La certeza de la fe

Domingo de Ramos, Ciclo A

Por: Rosa María Belda Moreno Grupo Mujeres y Teología Ciudad Real

Is 50, 4-7. El Señor Dios me ha dado una lengua de discípula.

El cántico que proclama Isaías agradece a Dios que ha recibido una lengua de discípulo para saber decir al abatido una palabra de aliento. Pero no se queda ahí, sino que añade que cada mañana le espabila el oído.

La Palabra abre mi corazón a este Dios que pone su predilección en la persona que sufre y que me ha dado dos medios para poner a su servicio: La escucha atenta que me vacía de mí misma, y la posibilidad de ofrecer el apoyo y el servicio a través de una palabra amiga.

Al comenzar esta semana de pasión, abro mis oídos a Él, que está presente en cada Eucaristía y celebración, y también en aquellos hermanos y hermanas rotos y abatidos.

Flp 2, 6-11. Cristo Jesús se hace en todo semejante al ser humano.

En esta carta, Pablo subraya que Jesús, siendo de condición divina, se despoja de toda posibilidad de ponerse por encima, y se hace de carne hasta las últimas consecuencias, incluso hasta atravesar la muerte, y una muerte de cruz.

Así, nuestra fe no deja de provocar el júbilo de saber que seguimos a Jesús, que se hace como nosotras, de la misma materia de lo humano, y si esa es la opción de Jesús, el camino tiene sentido, aunque haya que atravesar lo que no entendemos.

Mt 26, 14-27,66. Toda la tierra quedó en oscuridad. Jesús ha muerto.

Mientras escuchamos el relato de la pasión y muerte de Jesús, escuchamos el regalo de su vida que se ha entregado en cada gesto, en cada palabra. Este hombre que ha vivido sin lugar donde reclinar la cabeza, reclamando la coherencia y traduciendo la predilección de Dios por los que sufren, es traicionado, abandonado, azotado, burlado y llevado hasta la muerte injusta de la cruz.

Dicen las palabras de Mateo que Jesús no habló mucho aquellos días, sí que sintió tristeza y angustia, y sí que oraba deseando no pasar por lo que se le venía encima. También parece que se sintió abandonado por el mismo Dios y que gritó en el momento de morir. Si Él pasó por todo esto, si Él se quedó sin palabras y experimentó este dolor tan hondo, comprendo que está especialmente a mi lado cuando sufro, cuando me planteo lo limitada que es mi vida, cuando experimento la realidad de la enfermedad y de la muerte.

Sabemos que no queda todo ahí. Nuestra certeza es la certeza de la fe, otro modo de conocer que permite ver con los ojos abiertos del corazón sabio. Seguimos adelante con la esperanza de oírle de nuevo allá donde Él nos sigue hablando. Caminamos con Él en la oscuridad alentadas por su Pan y su Palabra, y también en el silencio de quien sabe que el dolor existe. Abrimos la vida a acompañar a las personas que se duelen y también a vivir de la mejor manera posible las experiencias de dolor cuando nos tocan en primera persona.

 

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; quien me sigue tendrá la luz de la vida

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona

La Cuaresma en su itinerario hacia la Muerte y Resurrección de Jesús, nos ofrece una gran riqueza  litúrgica a través de las Oraciones y   lecturas propias de este tiempo de Cuaresma, Semana Santa y Tiempo Pascual.

La primera Lectura  nos ofrece un relato muy interesante del primer  libro  de Samuel. Samuel recibe un mensaje de parte de Dios, le encarga una misión concreta: elegir entre los hijos de Jesé un Rey para el Señor. A primera vista, se fija en la buena apariencia de Eliab y dice: “Seguro que está su ungido ante el Señor” y así van pasando los  otros hijos.

El Señor hace caer en la cuenta a Samuel  de que sus criterios de elección no concuerdan con los  criterios de Dios: “El Señor dijo a Samuel”: “Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es éste”. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos”. Vemos la importancia que tiene  el sentido de familia, de comunidad que busca en cada ocasión hacer la voluntad de Dios.

Termina la lectura diciendo: “El Espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante”.  

San Pablo en su carta a los Efesios, nos hace caer en la cuenta de que somos hijos de la luz porque hemos dejado de vivir en las tinieblas. Vivir como hijos de la luz nos exige practicar la bondad, la justicia,  la verdad, la honestidad, en definitiva, entregarnos  a los más necesitados.

Cada día, cuando leemos o vemos la televisión, podemos comprobar que existen  situaciones que necesitan  ser iluminadas por la luz de los criterios evangélicos. Nos corresponde a los cristianos vivir  en esa  luz de la que nos habla San Pablo al invitarnos a: “Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz”. Nos toca a los que nos llamamos cristianos ser testigos de esa Luz y, trabajar por la justicia, por la paz, para hacer un mundo más justo, más humano. Y, sobre todo, más sensible al sufrimiento de las personas.  

El Evangelio de este domingo nos llena de gozo porque pone de manifiesto la misericordia de Jesús hacia el ciego de nacimiento: Pero a la vez, vemos que a lo largo del texto se percibe la tensión entre los fariseos y Jesús. Inmediatamente se crea la polémica: “Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús aprovecha  esta pregunta para hacer una catequesis, para explicar a los discípulos en qué consiste la Misericordia de Dios.

Parece que existía una  falsa tradición  de que todo mal físico era efecto de un mal moral, que radicaba en el enfermo o en sus antepasados. De ahí la polémica que se crea entre Jesús y los fariseos.

Jesús se salta todas  esas normas y tradiciones y va a lo fundamental: Busca en el ciego su propia verdad a  través del diálogo que se entabla entre los dos.  De paso, Jesús arranca del ciego su mejor acto de fe: “Creo Señor”. Y se postró ante Él.    

… No te cierres en ti mismo, cambia el corazón

Domingo V T.O. Ciclo A

Por: José Ignacio Blanco. Zaragoza (Eq. Eucaristía)

 ¿Sal y luz?

Llama la atención escuchar a Jesús que nos define a sus discípulos como «sal de la tierra» y «luz del mundo». Hemos perdido relevancia social, a veces tenemos la sensación de que detrás de nosotros no hay relevo en la Iglesia. Y hoy escuchamos: «Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo».

Desde la fe en Jesús es una ventaja la situación secularizada que nos está tocando vivir. De esa forma somos colocados donde Jesús quiere que estemos situados sus discípulos: en el corazón de mundo, en medio de las gentes. Según el papa Francisco «en las periferias existenciales de los seres humanos».

Identidad y misión son lo mismo 

Con frecuencia hemos sido educados en ideales grandiosos. Y así confundimos nuestro ser discípulos y la misión que nos corresponde con comprometernos en tareas de atención a los necesitados, a los enfermos, a la catequesis parroquial, a una organización humanista, a un movimiento eclesial… Pero, cuando descubrimos que nuestra misión prioritaria está en la vida ordinaria y anónima (familia, trabajo y relaciones), entonces la necesidad de hacer algo especial enmascara nuestra vanidad y quizá algo peor: nuestra fe superficial y nuestro amor rácano.  Damos sabor si nuestra calidad de vida lo tiene. Somos luz, si nuestra existencia es luminosa.

En continuidad con las Bienaventuranzas del domingo pasado

Jesús nos dice, al final del evangelio de hoy, que nuestra luminosidad tiene como finalidad que nuestras buenas obras den gloria a Dios Padre.  ¿Qué obras dan gloria a Dios Padre? Sin duda: las obras que brotan de vivir según las Bienaventuranzas que la Iglesia nos ofrecía el domingo pasado. Si alguien nos ve felices cuando las cosas no nos van bien, que somos libres sin necesidad de afirmarnos a nosotros mismos, que tenemos paz de fondo cuando los problemas se nos amontonan, que nos olvidamos fácilmente de nosotros mismos en favor de los demás… Entonces es posible que alguien se entere de que nuestras obras remiten a Dios, aunque es posible que muchos no se enteren. Pero eso no nos importa, porque no vivimos para que nos importe.

El secreto está en la mirada: Jesús se fía y nos confía su propia misión 

El secreto está en la mirada con que miramos esa vida ordinaria. Renovada esa mirada cada mañana, nos permite mirar a Dios en ese breve momento de oración. Nos permite mirar a los nuestros, familiares, conocidos, compañeros con los que nos vamos a encontrar en el trabajo. ¿Quién nos impide darles rostro y dignidad de personas? ¿Cómo te mira a ti, cómo los mira a todos ellos el Padre del cielo? Renovar nuestra mirada es una dosis de esperanza cada día. Justo la que necesitamos, ni más ni menos.

 

Arco Iris en la noche

FIESTA DE LA EPIFANIA. 6 ENERO 2017

Por: Mª Auxiliadora Fernández Fernández. “Mujeres y Teología” Ciudad Real

Epifanía: Nuestro Dios no es “propiedad privada”, es un Dios universal que ofrece su salvación sin distinciones ni exclusiones. “También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo”.

Mientras que a los “reyes” de nuestro mundo les encanta cerrar fronteras, poner concertinas y un largo y sangriento etcétera, a un Niño débil, envuelto en pañales, desde un establo –donde siempre huele mal-, se le ocurre regalar a raudales la Salvación. Un Niño que, desde su debilidad, destruye todas las fronteras, derriba todas las vallas, rompe todos los muros y, muy sencillamente, se regala a toda la humanidad. Un poco desconcertante es este Niño ¿no? A mí con frecuencia, así me lo parece pero, ¡Bendito desconcierto!

Epifanía: Los Magos se debieron quedar “de piedra” cuando llegaran al Establo. Venían pensando en adorar a un rey, y se encontraron con una pareja de emigrantes cuidando a un Niño, que llegaron obligados por la ley del Emperador, a salir de su pueblo y no les quedó más remedio que alojarse en un Establo, porque nadie les abrió las puertas; estaba todo completo….

Y la historia parece que tercamente, se repite: Para la gente empobrecida, casi nunca hay sitio en las posadas de nuestro mundo rico. Pero fue en un Establo, y sólo ahí, donde se paró la Estrella que guiaba a los Magos. También un poco desconcertante, pues, según la lógica humana, la Estrella se debía haber parado en el palacio de Herodes, ¿no? Pero la Estrella los condujo justo al sitio preciso: el lugar -los lugares- donde hoy se sigue manifestando la Salvación. ¡Bendito desconcierto!

Epifanía: ¡Convertirnos en estrellas! Esta es la llamada para quienes hemos tenido la gran suerte de acoger el regalo gratuito de la fe; para quienes intentamos seguir vislumbrando la Estrella, aún en medio de tantas estrellas fugaces que invaden nuestro universo y que a veces, hasta nos pueden entontecer.

Pero para vislumbrar la Estrella es preciso levantar la cabeza, “Levanta la vista en torno”, nos dice el Profeta. Levantar la cabeza para poder ver con absoluta nitidez, dónde están situados los establos de nuestro entorno. Y correr a adorarlos, acogiendo, comprendiendo, derramando ternura, ofreciéndonos como regalo.

A los Magos les mereció la pena el viaje, a pesar de tener que afrontar multitud de incidencias, dudas y hasta algún que otro fracaso. Se encontraron con Jesús, quedaron transformados y “Se marcharon a su tierra por otro camino”. El palacio de Herodes se les quedó pequeño, frente a lo que habían experimentado en Belén, porque, aunque el viaje sea duro, los Establos nos transforman acompasando nuestra vida al aire del Niño de Belén.

¡Convertirnos en estrellas! ES LA TAREA. “Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos”. Y por ello, porque estamos construidas y construidos de Esperanza, porque amamos, no cejamos de intentar honestamente Arcos Iris en la noche. Lo nuestro es lo imposible, porque se hizo posible en la ternura de un Niño.

Hasta que “Florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna”, seguiremos.

 

La riqueza de la Liturgia

Domingo XXVII del T O. Ciclo C

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona.

El Año Litúrgico avanza con la misma rapidez que lo hace el año natural. En el transcurso del mismo, vamos  descubriendo y experimentando la riqueza de la Liturgia que nos ofrece  la Iglesia, en las celebraciones de cada domingo y de las fiestas especiales.

En este domingo nos acompaña en la primera lectura el Profeta Abacuc, uno del grupo de los llamados Profetas “menores”. Se les llama menores no porque sus enseñanzas sean de menor importancia, sino porque sus escritos son menos extensos que los de los Profetas “mayores”. Unos y otros intentan mantener la esperanza  en el futuro, son hombres inspirados que se adelantan a su tiempo y van creando, poco a poco, nuevas relaciones entre  Dios  e Israel, el pueblo escogido.

Abacuc, ante las injusticias y opresiones que sufría su pueblo por parte de otras potencias más fuertes que Israel, clama al Señor preguntándole ¿por qué? ¿hasta cuándo?. Son las preguntas que nos hacemos todos frente a situaciones que no comprendemos, que nos desbordan, que nos resultan incomprensibles desde la mirada humana. A veces, la confianza en Dios se tambalea. Abacuc les pide que esperen en las  promesas de Dios aún en medio de la tribulación. El final de la lectura es la clave para seguir confiando en el Señor: “El justo vivirá por su fidelidad”.

En este domingo se inicia  la lectura de la 2ª carta a Timoteo. Son las cartas “llamadas pastorales” donde el tema principal es el de la verdadera tradición apostólica, frente a otras doctrinas que estaban poniendo en peligro las enseñanzas de los apóstoles. Como vemos al principio de la carta, Pablo llama a Timoteo querido hermano. Es un “título” que nos muestra la relación fraterna que había entre ellos. Pablo escribe a Timoteo desde la cárcel y le recuerda varias enseñanzas fundamentales para vivir de acuerdo con la doctrina que le transmitió, que “avive el don de Dios por la  imposición de las manos”. Que “no se avergüence de dar testimonio de Dios y del propio Pablo que está en la cárcel”. Que  “tome parte en los padecimientos que conlleva el anuncio del Evangelio y que “vele por el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

Son mensajes que nos vienen bien a todos los cristianos. Hoy también muchos de ellos viven en circunstancias  de persecución,  marginación y algunos, incluso,  mueren por el anuncio del Evangelio y  fidelidad al mismo.

 “Auméntanos la fe”. Así comienza el Evangelio de este Domingo. La respuesta de Jesús  es clara. El servicio está por encima de cualquier otro trabajo o misión por importante que sea. Nuestro servicio debe  estar enfocado hacia los más débiles de la sociedad: enfermos, ancianos, emigrantes, refugiados, maltratados, especialmente a mujeres y niños. Lo nuestro será ponernos del lado de los que más sufren y, como dice el Evangelio, al final de la jornada diremos: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.   

Donde está tu tesoro allí está tu corazón

Domingo XIX T.O. Ciclo C

Por: Cecilia Pérez Nadal. Vita et Pax. Valencia.

Adentrados en la más agobiante canícula, vivimos un verano lleno de situaciones dolorosas pero también de otras gozosas; cara y cruz de la vida que nos sorprende cada día porque la luz y la oscuridad son alternancia invariable, pero cara y cruz sostenidas por lo único que nos hace fuertes en nuestra fragilidad: la presencia de Dios y el gozo de nuestra pertenencia al “pueblo de su propiedad”, pueblo al que todos somos invitados con la puerta abierta por quien nos ha ofrecido los frutos del Amor.

Domingo donde la fe es elemento que subyace en este libro de la Sabiduría de la primera lectura; fe y esperanza por la certeza de una promesa. De entonces y de ahora es esta certeza, de entonces y de ahora la dicha de la pertenencia “al pueblo que el Señor se escogió como heredad”

Y en el Año de la misericordia un salmo que nos habla de misericordia, de la misericordia del Señor y de nuestra esperanza en ella. Es mi gran seguridad, la que me sostiene y me hace fuerte, como decía hace un momento, en medio de mis debilidades; porque cuando estoy débil, entonces soy fuerte, me repite siempre Pablo.

El Papa Francisco acaba de proclamarla como cualidad esencial del Amor de Dios y reto y objetivo para poder vivir la fraternidad.

Y volvemos a la fe y  a la esperanza en la segunda lectura de la carta a los Hebreos que nos trae a reflexión la figura de nuestro Padre en la fe, Abrahán, que sale, sin chistar, de su tierra y de sus cosas. ¿Es posible?  Y, más aún, camina y camina sin saber adónde…

¿Por qué Abrahán, me pregunto, estaba construyendo sobre roca?, ¿será por su firmeza en creer una promesa a todas luces inverosímil?

Ahí están, él y sus descendientes, caminando y caminando, sin ver pero seguros de quién se fiaban.

Es impresionante y éste es el mismo motor que hoy nos hace caminar y trabajar ansiando un mundo mejor y una patria definitiva.

Ah!, es lo mismo de entonces.

¿Y qué si alguna vez desfallecemos? ¿Y qué pasa si alguna vez miramos atrás? Nuestra fragilidad es patente, evidente, la mía y  la de todos…

Como patente y evidente es la Palabra en que fundamentamos nuestra vida.  ¡Qué descanso!

Y llegando al Evangelio según Lucas veo que lo primero que hace en esta perícopa es ofrecernos un regalo. No es Lucas, es Jesús.

¿Qué regalo?  EL REGALO DEL REINO.

Aunque, bueno, con unas condiciones:

La primera es saber dónde hemos de poner nuestro corazón, dónde está nuestro tesoro. Una pregunta para descender a lo más profundo de nosotros mismos.

La segunda es vivir la vida con unas actitudes imprescindibles: generosidad, vigilancia, fidelidad y responsabilidad.

El texto es bien claro, las parábolas que emplea Jesús nos ayudan a entenderlo.

Y este regalazo, ¿nos lo vamos a perder, me lo voy a perder?

Vuelvo a mi interior y me encuentro conmigo misma y me digo: si todo esto me lo creo, ¿cómo no gustar y vivir la vida? ¿cómo no entregarla? ¿cómo no sentirme peregrina, caminando un camino cuyo final es Promesa segura?.

Y nunca sola. Juntos, los cristianos podemos ser “voz” para que otros se enteren.

 

Fuerza para el camino

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares. SJ.

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. Ciclo C

La Solemnidad de hoy es un eco del jueves santo. El Señor Jesús quiso quedarse con nosotros. Y lo hace en cada Eucaristía, en donde somos convocados a la mesa de la Palabra y a la mesa de su Cuerpo y de su Sangre. El Evangelio de hoy nos habla de una característica importante de nuestro Dios: la generosidad. Cuando Dios da lo hace de tal manera que todos quedamos saciados, e incluso sobra.

No se nos da el alimento que nutre como si fuera “la sopa boba” que tomamos inconscientemente y que ni siquiera provoca en nosotros el agradecimiento. Necesitamos antes poner en la mesa nuestras pobrezas, lo poco que podemos aportar, casi nada, algo insignificante: “no tenemos más que cinco panes y dos peces” (Lc 9,13).  Sin estos dones no habrá luego Presencia y generosidad sin límites por parte del Señor Jesús. No pasar nunca por alto el ofertorio.

Ignacio de Loyola, cuando en la sacristía se preparaba para celebrar la Eucaristía, dice en su diario espiritual que se emocionaba con abundantes lágrimas. A la Eucaristía llevaba su vida y “sus negocios” apostólicos. Y en ella encontraba la luz y la fuerza para seguir adelante según Dios quería. El cristiano medio no nos solemos enterar “de la misa la media” y por eso ni nos emocionamos ni nos estremecemos con lo que en cada Eucaristía acontece.

Deberíamos hacer de la Eucaristía el centro de nuestra vida y de nuestras comunidades. En broma suelo a veces decir que “no es pecado ir a misa entre semana”. Es una invitación a participar lo más que se pueda en la Eucaristía. No salimos igual que entramos cuando acudimos a la celebración. En cada Eucaristía volvemos a experimentar la generosidad sin límites que es Dios. Lo repito, aunque nos parezca lo contrario, no salimos igual que entramos.

Me encuentro con frecuencia con cristianos que viven mucho su experiencia de fe hacia dentro; sin demasiadas, o más bien pocas, manifestaciones visibles de su ser creyentes. Las causas de este hecho pueden ser muchas y variadas. Desde el falso respeto a los no creyentes, el posible miedo a ser cuestionados por la fe que viven, o el pudor que provoca en algunos hablar de lo que sucede por dentro y de los valores que vertebran su vida. Cada cual sabe…

La devoción a la exposición del Santísimo tiene sus raíces en el siglo XIII. Es el Concilio de Trento el que anima a sacar a la calle en procesión el Cuerpo de Cristo y a ser venerado fuera del templo. Y así se sigue haciendo todavía en muchos lugares. Quizá también deberíamos hoy, en medio de una sociedad que tiene tanto desconocimiento de Dios, hacer más pública nuestra fe. No olvidemos que Dios quiere “darse a conocer” porque le importan sus criaturas y porque su generosidad no conoce límites.

Alguien así es el Dios en quien yo creo

Alguien así...Alguien así es el Dios en quien yo creo

Autor: Andrés Torres Queiruga

Edit. Trotta, 2013

Este libro se convierte en una confesión de fe del autor. Al final del prólogo Andrés nos hace una confidencia que transcribimos literalmente: La idea de este libro, con el título ya incorporado, me llegó espontánea una noche reciente, cuando estaba ya en diálogo con la Comisión Episcopal de la Fe, que preparaba una nota sobre mi obra, que seguramente, como así ha resultado, ya sería pública al salir a la luz este libro. Me gustaría que la publicación pudiera ser vista, también y de algún modo, como una respuesta positiva, hecha con tranquilidad de espíritu, dentro de la fraternidad eclesial y con esa apertura hacia una presencia de la fe en nuestra cultura que ha sido siempre preocupación central de mi trabajo teológico.

Gracias Andrés por la hondura de tu fe, por tu pasión por transmitirla y por tu rigor teológico.

Vivimos de la fe y damos la vida por ella

Domingo 27º del T.O., Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

La fe tiene sus raíces en la vida misma y hace posible toda vida humana, digna de este nombre, pues la fe es, ante todo, la confianza original del ser humano en la vida. Desde que nacemos vivimos de la confianza, en primer lugar, en nuestros padres y, por extensión, en las personas que vamos conociendo a lo largo del camino. La propia identidad como persona no se forma de la nada, junto a  nuestra libertad, se va fraguando en las relaciones recíprocas con quienes vamos caminando, entre lo que recibimos y damos.

La fe, a su vez, hace posible el encuentro con las otras personas y con la Otra; facilita la comunicación; nos permite el acceso a lo más íntimo del ser. Por muchos análisis bio-psicológicos a que sometamos a una persona, no podremos conocer su interioridad más que si entre las dos se abre una corriente de “confidencia” (cum fide). Sin fe, mi “yo” sería el límite definitivo de toda experiencia posible. La única manera de establecer relaciones con alguien, humana o divina, es mediante la confianza y la aceptación mutua.

Esto nos abre a la comprensión de la fe como encuentro personal. Cuando hablamos de fe, cabe referirse a ella, al menos, de dos maneras. Puede entenderse como una creencia y, es verdad, este aspecto se da en toda fe, pero para que cobre su pleno sentido debe integrarse en un concepto más amplio, el de la fe como encuentro interpersonal, que abarca a la totalidad de la persona: su inteligencia, su voluntad y sus sentimientos. Entonces, decir “yo creo” significa: “yo creo en ti, te creo”, confío plenamente en ti y en lo que tú me dices.

La fe viene a ser la forma por la que tenemos acceso a la intimidad más profunda de la otra. Sólo se conoce la hondura personal en la medida en que se cree a la persona en sí misma y ésta se abre libremente. La fe es, de esta manera, respuesta a una oferta de amor y posibilidad de participar en la vida de la amada, en su pensamiento, en su manera de ser. La fe ha dejado el terreno del mero ejercicio intelectual y ha entrado en el ámbito de lo personal, de lo vivificador, de los transformador, convirtiéndose en una forma excelente de conocimiento.

Sin embargo, no queremos, de ninguna manera, relativizar la importancia del ejercicio intelectual, ya que la fe busca siempre la verdad. La fe busca la verdad más allá de una misma y más allá de la apariencia, por eso, no puede aceptarse cualquier cosa ni a cualquier persona, sino sólo aquello y a aquellas que nos resultan creíbles, dignas de crédito. Conscientes de que toda creencia comporta el peligro del error, de equivocarnos, de ahí la necesidad de ser críticas. Críticas con lo que recibimos, de quiénes lo recibimos y con nosotras mismas, pues debemos tener presente nuestros propios límites.

Muchas de las censuras que se han hecho a la fe religiosa provienen de entenderla únicamente como creencia y entender la creencia como acogida y aceptación obligatoria de una serie de verdades o conocimientos. En realidad hay que entenderla como la acogida y aceptación libre del Dios que nos sale al encuentro y requiere nuestro amor. Este encuentro no excluye el conocimiento ni la doctrina sino que lo integra, porque la fe en la persona supone la fe en la palabra de esa persona.

Entendida  así, la fe cristiana es una experiencia y un participar en la vida del Dios que se nos da: el justo vivirá por su fe; el que cree en el Hijo tiene la vida eterna (Jn 3,16). La vida cristiana no es, pues, en su esencia, una filosofía o incluso una religión más, sino la entrada en una nueva vida, la vida de Dios. Al acoger la Buena Noticia y responder por la fe, la persona creyente entra en una nueva relación con Dios: nueva alianza, recibe una nueva familia: el pueblo de Dios que es la Iglesia, recibe una nueva identidad: un nombre nuevo, recibe un nuevo encargo: dar Vida, dar la vida.

Una teología arrodillada e indignada. Al servicio de la fe y la justicia.

 

Una teología arrodillada e indignada

Una teología arrodillada e indignada. Al servicio de la fe y la justicia
Autor: F. Javier Vitoria Cormenzana
Edit. Sal Terrae.  Colecc. Presencia Teológica

La justicia es un tema teológico para la fe cristiana. «Justicia» es uno de los nombres de Yahvé (Jr 23,6) y Jesucristo es para los cristianos «Justicia de Dios» (1 Cor 1,30). Sin embargo, el cristianismo vivido ha dejado de lado o llegado demasiado tarde a la cuestión de la justicia

En continuidad con el trabajo de reflexión realizado durante más de treinta años por el Centre d’Estudis «Cristianisme i Justícia» de los jesuitas de Cataluña para hacer visible el vínculo indisoluble entre la fe cristiana y la lucha por la justicia, este libro pretende sistematizar y sintetizar ese trabajo coral de reflexión para avanzar hacia un mundo más humano y más justo y una Iglesia más al servicio de los pobres. Para ello analiza con rigor, denuncia desde el compromiso y propone alternativas, con el fin de contribuir a la transformación de aquellas realidades generadoras de injusticias en nuestro mundo. De lo que se trata, en definitiva, es de mostrar cómo debería configurar la Iglesia su vocación de sacramento de fraternidad universal en un mundo injusto y ofrecer una serie de reflexiones sobre una espiritualidad capaz de configurar un cristianismo de rostro mesiánico y liberador en el siglo XXI.

El libro es el resultado modesto, pero convencido, de un teologar indignado «por los llantos inaudibles de los que nada esperan ya de nadie…» (J. Gil de Biedma) y arrodillado ante la presencia en esos despojos del «peso inmenso de la gloria eterna» de Dios (cf. 2 Cor 4,16).

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