La Experiencia de Dios en la vida de cada día

Por:   Dina Martínez

Saludo y presentación

He aceptado esta invitación porque creo que los cristianos tendríamos que expresar y compartir lo que la Fe va aportado a nuestra vida para ir alcanzando ese grado de madurez humana y de realización personal que todos buscamos. No soy  teóloga, ni mística, tampoco una estudiosa de las Sagradas Escrituras. Lo que os voy a compartir hoy son las etapas de una vida sencilla, que se ha desarrollado, en su mayor parte, entre los empobrecidos de este mundo y que me ha permitido experimentar que es verdad esa frase del Evangelio de Mateo, 5,4 “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

No voy a dar una definición de lo que es la experiencia de Dios, pues no me considero competente para ello, pero sí me parece importante diferenciar el término “experiencia de Dios”, del de “religión”, pues con frecuencia los confundimos. Mientras la experiencia de Dios remite a liberación, amplitud, gozo, profundidad, unidad…, la religión histórica ha significado, de hecho, para muchas personas, sumisión, estrechez, miedo, ritualismo, división… y posiblemente sea éste uno de los factores que ha llevado a mucha gente a apartarse de todo lo religioso.

Hace bastantes años, nos visitó en Rwanda un equipo de TVE y en un rato de charla informal, un periodista, que se dice ateo, me preguntó con un tono un poco desafiante y curioso: ‘Dina, ¿qué te motivó a los 18 años a elegir este estilo de vida? Yo contesté espontáneamente y sin rodeos le dije: ‘Vicente, a los 18 años me enamoré de Dios’. Miré a los que me escuchaban y observé una sonrisa incrédula o tal vez un poco burlona y me dije: Dina, tal vez has desperdiciado la ocasión de dar una buena respuesta a estas gentes que no preguntan con frecuencia cuál es el fundamento de una consagración a Dios. De todos modos la respuesta estaba dada y seguimos charlando sobre ese asunto y sobre otros. Nunca le he preguntado a mi amigo si le convenció mi respuesta, pero sí que he pensado varias veces que fue tan profunda y tan verídica como espontánea.

Nací en una familia cristiana, como casi todas las españolas de mi época, pero mi familia nunca ha sido muy practicante. Yo pensaba hacer lo que hacían la mayoría de las jóvenes de mi edad y para no perder tiempo, a los 17 años ya tenía un amigo con el que pensaba compartir mi vida. Pero Dios se hizo el encontradizo y a los 18 años me enamoró y también, sin perder tiempo entré en el “Instituto Secular Vita et Pax” al que sigo perteneciendo. Así empezaba a recorrer un camino en el que se han entrelazado la búsqueda y los encuentros con Aquel que me había seducido.

En mis años jóvenes, la presencia Eucarística fue para mí el Lugar donde encontraba respuesta a mis aspiraciones profundas y triviales. Sí, Allí podía descargar mi corazón, dar rienda suelta a mis ilusiones y soñar, como sueñan todos los jóvenes al lado de alguien de quien se han enamorado. Dios, que es un gran pedagogo, quiso quedarse entre nosotros en la Eucaristía para hacerse más cercano y asequible al ser humano.

Otra etapa de mi juventud estuvo marcada por la búsqueda de sentido. Fue el tiempo en que cuestionaba todo, lo que dejaba y lo que seguía. Tiempo de duda, de oscuridad, de proyectos y de realizaciones. También en esta etapa, el silencio y la oración fueron el lugar de Encuentro, donde descargaba mis dudas, donde gritaba mis añoranzas y donde, de vez en cuando, vislumbraba un rayo de luz que me animaba a seguir participando en la tarea de construir el Reino.

Me marché a Rwanda en 1973.

Mis maletas iban bien repletas de cosas materiales y sobre todo llevaba mi juventud (24 años), un diploma recién estrenado y el deseo de responder a una llamada que me invitaba a trabajar con los más pobres. También me acompañaban mis sentimientos profundos: pena de separarme de mi familia y amigos y de alejarme de una sociedad que me ofrecía posibilidades materiales e intelectuales que, en ese momento, eran importantes para mí. En lo profundo de mi corazón había una renuncia y una entrega. La perspectiva de compartir y, menos aún la de recibir, no las vislumbraba. Tuvieron que pasar muchos años y vivir muchas experiencias positivas y negativas, para tomar conciencia de todo lo que me había enriquecido la convivencia con aquel pueblo. El pequeño título de enfermera se había enriquecido con una fuerte experiencia profesional y humana. Los amigos que temí perder se habían  multiplicado y extendido por todo el mundo y los lazos familiares se habían fortalecido. Cuando tomé conciencia de esta realidad, pensé en esa frase fuerte del Evangelio que había oído muchas veces sin comprender su significado: “Quien  quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25; Mc 8, 35) Desde ese momento esas palabras cobraban un significado profundo para mí, pues ya no eran una teoría sino una experiencia de vida.

Pienso que todos hemos vivido momentos en los que hemos tenido que elegir y hemos dejado algo que nos gustaba para hacer otra cosa. Lo importante es ser conscientes de lo que vivimos, sin anclarnos en las lamentaciones que nos impiden justamente descubrir lo positivo que nos  ha aportado esa opción.

Viví años muy hermosos en Rwanda hasta 1990 que comenzó la guerra. Recuerdo un sentimiento que me invadía con frecuencia y que lo compartía con mi familia y amigos; les decía: tengo la impresión de crecer con este pueblo.

A partir de los años 90 la situación del país se fue deteriorando hasta llegar  al caos total en el 94 con el genocidio del que, sin duda, todos y todas habéis oído hablar. Este periodo marcó de un tono sobrio la etapa de mi edad madura. Fueron años de violencia, de sufrimiento, de pérdidas humanas, de dudas, de miedo. Pero puedo decir que fueron los años en que más he sentido la presencia de Dios en mi vida. Momentos fuertes de consuelo y de ternura que hicieron posible el continuar, aún cuando todo me invitaba a hacer marcha atrás.

Fueron también momentos de intuiciones profundas que me han ayudado a conocer más lo mejor y lo peor del ser humano. Recuerdo los meses que pasé en España desde que nos repatriaron, en abril de 1994, hasta diciembre que pude volver a Rwanda. Yo me debatía con la idea de haber abandonado aquel pueblo que tanto creía querer. El día del Buen Pastor, en la Eucaristía, al escuchar el Evangelio de Jn 10,11: “Yo soy el buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas…”, entendí que sólo Dios es el Buen Pastor y todos los demás, por mucho que nos creamos, estamos en proceso. Bendita confidencia que ‘me puso en mi lugar’ y sosegó mi corazón. Sí, sólo Dios es Dios y Él nos lo va diciendo al oído mientras lo buscamos y cuando lo escuchamos, le conocemos un poco más a Él y a nosotros.

 “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él” Jn 6, 55-56.

He necesitado años de contacto con la Eucaristía y superar muchas modas ideológicas para intuir un poco lo que estos versos del Evangelio nos pueden decir. La Eucaristía opera en nosotros algo tan sencillo y tan vital como lo que hace la comida en nuestro organismo. Si sólo nos alimentáramos de banquetes, nuestros cuerpos no se habrían desarrollado armónicamente y nuestras funciones vitales estarían desordenadas. La Eucaristía nos hace, a pesar de nuestra rutina y de nuestras incoherencias. Pero sería inconsciente por nuestra parte no pararnos nunca a saborear y a disfrutar ese manjar aunque también aquí, la iniciativa siempre viene de Dios.

En los años posteriores a la guerra, el pueblo ruandés estaba sumido en el sufrimiento y en la miseria más extrema, y me gustaba contemplar esos hombres, mujeres, jóvenes y niños que llenaban las iglesias para celebrar la Eucaristía. En mis años jóvenes habría tenido una mirada más crítica de esas asambleas, calificándolas de masivas e incluso folklóricas. Pero la experiencia vivida me llevó a mirar a esas gentes con un profundo respeto porque intuía que buscaban en la asamblea Eucarística el lugar donde no eran juzgados, donde eran reconocidos como personas, donde se sentían amados y donde recibían fuerzas para seguir viviendo.

También me impresionaba ver a algunas enfermeras del centro donde trabajaba, después de una larga mañana de servicio a los enfermos, en la hora escasa que teníamos para comer, retirarse a la capilla a rezar y salir sonrientes y pacificadas, dispuestas a seguir curando, consolando y haciendo realidad lo que nos dice Jesús en Mt. 4, 3-4: “No sólo de pan vive el ser humano…”. Esto, que puede parecer heroico o incluso extravagante en algunos ambientes de nuestro mundo rico, yo he tenido el privilegio de disfrutarlo cada día entre los pobres.

Otro texto del Evangelio que ha cobrado para mí una luz especial, el es relato de la multiplicación de los panes y los peces: Jn 6, 1- 15. Este episodio que tanto nos cuesta entender y más todavía creer yo sé, por experiencia, que es una realidad cotidiana que permite que la vida sea posible para muchos habitantes de los países empobrecidos.

Durante los 35 años que he trabajado en Rwanda, siempre hemos dependido de las ayudas de la gente para llevar a cabo el trabajo del Centro de Salud. La colaboración con los grandes organismos y con las ONGs con frecuencia era problemática pues teníamos la impresión que las ayudas estaban condicionadas a sus intereses, más que a dar una respuesta adecuada a la gente del país. Esto hacía que muchas veces no aceptáramos las ayudas para sentirnos más libres en nuestro trabajo y corríamos la aventura de comenzar el curso con un tercio del presupuesto que necesitábamos para llevar a cabo todas las actividades. Nunca nos faltó dinero para hacer lo que teníamos que hacer. Con la contribución de la gente sencilla que se beneficiaba de los servicios del centro y con las ayudas que recibíamos de nuestros amigos (los que confiaban en nosotras), siempre pudimos realizar las actividades previstas. Cuando esto lo vives durante muchos años llegas a la conclusión de que lo que compartimos y gestionamos para las causas nobles se multiplica.

Esta realidad también la vivimos en nuestra sociedad actual, siempre la hemos vivido, pero en estos últimos años aumenta el número de pobres y cada día son más los que sobreviven gracias a la solidaridad de los que se deciden a compartir lo que tienen y lo que son. Me gusta ver a tantos voluntarios en los diferentes servicios sociales, privados y públicos, ofreciendo su tiempo y sus capacidades para enseñar, para ofrecer espacios de acogida, para hacer compañía a los que están solos… Creo que este es un signo de vitalidad de algunos núcleos de  nuestra sociedad que no se han dejado invadir por el virus del capitalismo y de la superficialidad.

Desde hace cuatro años, vivo una nueva etapa de mi vida que estoy convencida de que será apasionante como las anteriores o tal vez más, pues la experiencia me dice que la página siguiente siempre es más interesante.

Voy conociendo la sociedad española que es bien diferente de la que dejé en 1973. Me alegra ver todos los logros económicos y sociales que se han conseguido y constatar como ha mejorado la vida de los españoles en estos últimos 40 años. Encuentro espacios de humanidad donde se respira respeto, fraternidad, responsabilidad, honradez y otros muchos valores que hacen que la vida sea hermosa. Pero desgraciadamente también descubro grandes superficies áridas, castigadas por la superficialidad y por la escasez de valores. Esto me llama mucho la atención porque creo que es, entre otras causas, fruto de la abundancia de recursos mal empleados.

En este mundo, en el que hoy he decidido vivir, sigo buscando a Dios y dejándome encontrar por El, pues ahora sé que es El, el que da sentido a mi vida.

¿Quién va haciendo en su vida esta experiencia de Dios?

Quien la desea consciente o inconscientemente. Aquellos y aquellas que escuchan su interior y que son fieles a sus deseos profundos: de amor, de justicia, de fraternidad, de plenitud, de humanidad…  Dios nos habla en nuestro interior y necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escucharle.

Este es un gran reto en esta sociedad del consumo y del entretenimiento. Nuestras necesidades nos las descubre la propaganda e inmediatamente nos ofrece una solución para satisfacerlas: la salud, la belleza, la moda, la vida social…

¿Qué nos va aportando la experiencia de Dios?

  • Humanidad. A  medida que experimentamos esa experiencia de  Dios en nuestras vidas constatamos que nos hacemos más humanos, más sensibles a los problemas de los demás, más cercanos a los que sufren, más tolerantes, más fraternos…
  • Gratitud y sencillez. La experiencia de Dios no es una conquista, es un regalo. No es algo que nos hemos ganado y que nos podemos apropiar, es lo que experimentamos y disfrutamos gratuitamente en la vida concreta.
  • Confianza. Alguien que va experimentando a Dios en su vida va creciendo en confianza que no es lo mismo que seguridad. La imagen que me viene a la mente es la del niño pequeño ante su madre: él no tiene seguridad, no le hace falta, pero no tiene miedo porque sabe que su madre le dará lo que necesite y confía en ella.
  • Libertad. La historia está llena de hombres y mujeres que nos han dejado el ejemplo de la libertad que da la experiencia de Dios. Jesús, el hombre libre por excelencia, libre frente al poder político y religioso de su tiempo y también frente a su propia naturaleza. “Padre, si es posible que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.Yo, en mi pequeña historia personal, he tenido la oportunidad de experimentar la libertad que nos da defender causas justas, Jn 8, 32 “Y la verdad os hará libres”;  y en Mc 13, 11“Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de que vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento, porque no seréis vosotros los que hablareis sino el Espíritu de Dios que habita en vosotros”,  Estos textos del Evangelio son hoy para mí una experiencia profunda que forma parte de mi vida.

Sí, hoy le daría la misma respuesta a Vicente: hice esta opción a los 18 años porque Dios me enamoró y, caminando con El y con los hombres y mujeres que se cruzan en mi vida, ese amor sigue creciendo. Cuando miro el camino recorrido veo que su presencia lo hace luminoso. Cuando miro el presente, a pesar de su sombrío telón de fondo, no me asusta pues sé que El sigue caminando con nosotros. 

IV Encuentro de reflexión y dialogo

Atreverse a construir y a amar a la humanidad que todavía no existe

María José Arana
Religiosa del Sagrado Corazón de Jesús

  1. INTRODUCCIÓN
  2. PREGUNTÁNDONOS: ¿Cómo sería hoy el mundo si las mujeres hubieran participado siempre en las decisiones políticas, sociales, sobre la paz, la salud, la economía, las Iglesias? ¿Cómo sería la humanidad?…
  3. APUNTES ANTROPOLÓGICOS.
  4. NECESITAMOS CONCIENTIZARNOS respecto a esta humanidad descompensada. La búsqueda.
  5. CRISIS DE LA MASCULINIDAD.
  6. RESCATAR “LO FEMENINO”, EQUILIBRAR LA HUMANIDAD.
  7. UNA TAREA COMPARTIDA: CONJUNTAMENTE CON LOS VARONES.
  8. ATREVERNOS A CONSTRUIR Y A AMAR A LA HUMANIDAD QUE TODAVÍA NO EXISTE. ¿Cuál es la aportación de la Teología feminista?

Lugar: Parroquia de San Pablo (Ciudad Real) Día: 11 de noviembre de 2011 Hora: 20’00

María José Arana (Bilbao, 1943)

Doctora en Teología sistemática, socióloga y maestra nacionalReligiosa del Sagrado Corazón y en este momento el trabajo más importante lo realiza en el interior de la Congregación. Ha formado parte con cargos de responsabilidad y también actualmente está implicada en los grupos de mujeres, de ecumenismo, de Teología feminista etc… Profesora de espiritualidad feminista en la “Escuela Feminista de Teología de Andalucía” (EFETA)Profesora de Historia de las religiones y diálogo interreligioso en la Facultad de Teología de España Norte en Vitoria. Ha sido profesora de Teología y Espiritualidad también en diversos lugares (Institutos diocesanos de Teología) de la diócesis de Bilbao y de San Sebastián. Imparte conferencias, cursos, retiros etc… y publica libros y artículos.

 

Mujeres y Teología de Ciudad Real lo formamos dos grupos que nos venimos reuniendo quincenalmente para compartir nuestro ser mujeres creyentes y feministas. Son encuentros profundos, repletos de experiencia de Dios, destiladores de sentido del humor y cargados de vida. En estos encuentros rezamos, reflexionamos y nos formamos, y compartimos la vida. Así revitalizamos la presencia de Dios en nuestras vidas, desde nuestro ser y sentirnos Iglesia, y nos llenamos de fuerza para seguir comprometidas en la construcción de un mundo más justo, desde la perspectiva feminista, poniendo a las mujeres empobrecidas en el centro de nuestra reflexión.

No olvidar lo esencial

Por: Mari Carmen Martín

A veces, podemos caer en la tentación de enredarnos en disquisiciones y discernimientos estériles buscando la voluntad de Dios. Hoy, Jesús, con una nitidez asombrosa, nos remite a lo esencial. Y lo esencial es el amor. El amor lo es todo. Lo que se nos pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en él para vivirlo todo desde su voluntad. Podremos luego sacar toda clase de consecuencias y derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante la humanidad en una actitud de amor.

Por eso añade Jesús el segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir olvidado de la gente que sufre y a la que Dios ama profundamente. No hay un espacio sagrado en el que podamos entendernos a solas con Dios, de espaldas a los demás. Un amor a Dios que olvida a sus hijas e hijos es una gran mentira. Quien ama a Dios sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación y olvido de las personas. Nada hay en la vida más importante que tener claro esto.

Que nadie piense que, al hablar del amor a Dios, se está hablando de emociones o sentimientos hacia un ser imaginario, ni de invitaciones a rezos y devociones. El amor total a Dios polariza todo nuestro ser y contagia de absoluto el encuentro con cada persona y situación. “Amar a Dios con todo el corazón” es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad; amar a Dios Padre-Madre, que es bueno y nos quiere bien; resistirnos a todo lo que traiciona su voluntad negando la vida y la dignidad de sus criaturas.

Jesús nos sitúa ante un lenguaje de totalidad: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Y los seres humanos respondemos con el lenguaje del deseo, no el de la realidad ya plenamente realizada, pues, mientras peregrinamos en esta tierra, la ambigüedad profunda se esconde en la hondura de nuestra libertad y nos roba una buena parte del don de nuestra persona que intentamos entregar enteramente a Dios o al prójimo.

Por otra parte, no es difícil observar entre los cristianos rasgos del individualismo moderno, donde el ideal de la vida es “sentirse bien”. Todo lo demás viene después. Lo primero es mejorar la calidad de vida, evitar lo que nos puede molestar y asegurar, como sea, nuestro pequeño bienestar material, psicológico y afectivo. No meterse con nadie, no hacer mal, no complicarnos la vida… El resultado es una sociedad encerrada en sí misma, instalada en su propio bienestar e indiferencia y con ella nos instalamos quienes nos confesamos cristianas.

Nos hacemos conscientes de estas adherencias, de nuestras limitaciones, tomamos nota de todo ello pero no nos dejamos hundir ni acomodar en la nostalgia. Al contrario, intentamos superarlo de la única forma posible que sabemos, es decir, acercándonos más a Jesús. Jesús, el Amor encarnado en nuestra historia. Cuanto más profundicemos en él, tantos más horizontes se nos abrirán. En Jesús, Dios se nos revela como un Tú cercano y amoroso. Estamos radicalmente creadas para el encuentro con este Tú encarnado. Los primeros discípulos se fueron transformando en la cercanía con Jesús. Esa misma cercanía nos transformará a los discípulos y discípulas de hoy.

El futuro está abierto. El horizonte se nos amplía. Nuestras posibilidades de amar tienen límites, son medidas, pero están abiertas a lo imposible. Sólo podemos ser y sentirnos infinitas en la comunión con el Infinito. La confianza de la persona que sabe de quién se ha fiado es el único fundamento para superar los límites luchando contra ellos, al tiempo que nos permite aceptarnos como somos sin quedar paralizadas en la condición presente. Y siempre nuestra oración con el salmista: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador…

Ser Paz

Por:  Maricarmen Martín

En la Biblia la palabra Shalom, paz, significa el bienestar total de la comunidad, la cual brota de una correcta relación con Dios y con los demás. Shalom va más allá de la mera tranquilidad. Abarca la abundancia material, la seguridad, la salud y hasta la armonía con la creación. Shalom significa la ausencia de violencia pero también incluye las relaciones sociales justas y respetuosas. No puede haber paz sin justicia. La Biblia no habla de Shalom desde una perspectiva ingenua. Habla de la paz para un mundo violento, el mundo real. Shalom designa un don de Dios tan precioso y tan central porque la vida es precaria y está continuamente amenazada.

Jesús supo bien que la vida es conflicto, combate, por eso, proclamó precisamente el reino de paz y nos la ofreció como algo muy preciado. Según el cuarto Evangelio, la paz es el regalo que Jesús deja a los suyos en su discurso de despedida: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27) y, a su vez, es el primer deseo del Resucitado: “Paz a vosotros”.  En otros lugares la identidad de ser hija o hijo de Dios consiste en ser constructor de paz: “Bienaventurados los constructores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

La paz es un regalo y, a la vez, una tarea, un desafío. Ser paz es la condición necesaria para ser constructores de paz. La paz no viene del cielo, los ángeles la anuncian cuando suenan las trompetas pero se la confían a los seres humanos para que la difundan. Es unánime la convicción según la cual la paz es el mayor bien para la humanidad y, al mismo tiempo, la historia prueba que la paz es una utopía cada vez más lejana. Los seres humanos hemos hecho “las paces” en muchas ocasiones pero hasta ahora no hemos conseguido hacer la paz. Esto explica por qué se queda generalmente en un deseo.

Son los deseos y las relaciones los que producen la guerra o la paz en el corazón. Para poner paz en el corazón no basta sólo perdonar como se suele aconsejar. Hay que elaborar, esclarecer, desatar el nudo… Nadie olvida una ofensa recibida, especialmente, cuando ésta ha tenido un relieve importante en la pequeña historia de nuestra vida. Es necesario que estas ofensas dejen de ser recuerdos envenenados y se conviertan en recuerdos que nos acaricien, recuerdos pacificados.

Es muy difícil que los recuerdos dolorosos que han trastornado nuestra vida y nos han hecho daño puedan llegar a ser pacíficos, pero no es imposible. Hemos de poner nombre al dolor, reconocer en ellos nuestra parte de responsabilidad y, si es posible, dialogar con la otra parte. Por último no buscamos el castigo por el daño que nos han infringido, llegados a este punto, sólo el perdón y la reconciliación abren la puerta a una relación nueva. El perdón es la posibilidad de cambiar las reglas del juego; cambiar ese estúpido ping-pong donde la pelota envenenada de la ofensa se echa constantemente de un lado a otro. Carece de importancia saber quién ha comenzado; lo importante es ver quién quiere terminar.

Desgraciadamente, nuestro tiempo ha descuidado la educación en el perdón y la reconciliación, de ahí la necesidad de postular comunidades alternativas en las que se viva la cultura de la paz, el shalom que hoy nos sigue regalando el Resucitado. El compromiso por la paz no es una conquista sino un logro a conquistar cada día.

Es fácil hablar de la paz como mera espectadora: la paz en el mundo, en la sociedad… Cuando no tenemos que ver nada en la historia somos muy pacíficas pero cuando entramos en juego, las cosas son de otra manera. Hoy puede ser un día perfecto para preguntarnos: ¿soy paz?; ¿cómo reacciono ante la ofensa?; ¿estoy entre quienes han alcanzado la identidad de hija o hijo de Dios construyendo la paz?; cuando entro en una casa, o estoy en el trabajo, o me encuentro con mi familia, ¿soy portadora de paz o de violencia?…

Mujeres en el siglo XXI. Identidad, opciones y desafíos.

Mujeres en el siglo XXI. Identidad, opciones y desafios

Mujeres en el siglo XXI. Identidad, opciones y desafios

Autora: María del Carmen Martín Gavillero

 Aunque pueda sorprender, las mujeres se siguen preguntando en el siglo XXI quiénes son, qué desean, qué pueden aportar a la construcción de una justicia más humana y universal… En medio de los quehaceres cotidianos y luchas reivindicativas, siguen haciéndose las preguntas de siempre. Saben respuestas aprendidas que otros han dado, pero creen que ha llegado el momento de ensayar sus propias respuestas. Esto es lo que pretende Mujeres en el siglo XXI.

A lo largo de estas páginas se dibujan nuevos rostros de mujeres, llamadas con urgencia a tener una profunda vida interior. Las mujeres se están convirtiendo en agentes sociales de transformación de una realidad que es injusta. Ser mujeres creyentes y feministas empuja a la construcción de un futuro más humano, de una humanidad nueva. Si el pensamiento feminista no conduce a fortalecer la justicia social, es un falso feminismo. Si el cristianismo no lleva a luchar contra todo lo que se oponga a la justicia social, no es cristianismo.

 No es este un libro de mujeres para mujeres. Es un libro que quiere construir puentes donde hombres y mujeres puedan encontrarse para establecer nuevas relaciones y llegar a construir un futuro común de justicia.

 

La espiritualidad en la construcción de la paz

Por: Leonardo Boff

Todos los factores y prácticas en los distintos sectores de la vida personal y social deben contribuir a la construcción de la paz tan ansiada en los días actuales. Los esfuerzos serían incompletos si no incluyésemos la perspectiva de la espiritualidad.

La espiritualidad es aquella dimensión en nosotros que responde a las preguntas últimas que acompañan siempre a nuestras búsquedas. ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Cuál es el sentido del universo? ¿Qué podemos esperar más allá de esta vida?

Las religiones suelen responder a estas inquietudes, pero ellas no tienen el monopolio de la espiritualidad. Ésta es un dato antropológico de base como la voluntad, el poder y la libido. Emerge cuando nos sentimos parte de un Todo mayor. Es más que la razón; es un sentimiento oceánico de que una Energía amorosa origina y sustenta el universo y a cada uno de nosotros.

En el proceso evolutivo del que venimos, irrumpió un día la conciencia humana. Hay un momento de esta conciencia en que ella se da cuenta de que las cosas no está lanzadas aleatoriamente ni yuxtapuestas, al azar, una al lado de la otra. Ella intuye que un «Hilo Conductor» pasa a través de ellas, las liga y las religa.

Las estrellas que nos fascinan en las noches cálidas del verano tropical, la selva amazónica en su majestad e inmensidad, los grandes ríos como el Amazonas, llamado con razón río-mar, la profusión de vida en los campos, el vocerío sinfónico de los pájaros en la selva virgen, la multiplicidad de las culturas y de los rostros humanos, el misterio de los ojos de un recién nacido, el milagro del amor entre dos personas que se quieren, todo eso nos revela cuán diverso y uno es nuestro mundo universo.

A este «Hilo Conductor» los seres humanos le han dado mil nombres, Tao, Shiva, Alá, Yahvé, Olorum y muchos más. Todo se resume en la palabra Dios. Cuando se pronuncia con reverencia este nombre algo se mueve dentro del cerebro y del corazón. Neurólogos y neurolingüistas han identificado el «punto Dios» en el cerebro. Es un punto que hace subir la frecuencia hertziana de las neuronas como si hubiesen recibido un impulso. Esto significa que en el proceso evolutivo surgió un órgano interior mediante el cual el ser humano capta la presencia de Dios dentro del universo. Evidentemente Dios no está solamente en este punto del cerebro, sino en toda la vida y en el universo entero. Sin embargo a partir de este punto quedamos habilitados para captarlo. Y todavía más, somos capaces de dialogar con Él, de elevarle nuestras súplicas, de rendirle homenaje y de agradecerle el don de la existencia. Otras veces no decimos nada. Silenciosos y contemplativos, lo sentimos solamente. Y entonces nuestro corazón se dilata a las dimensiones del universo y nos sentimos grandes como Dios o percibimos que Dios se hace pequeño como nosotros. Se trata de una experiencia de no-dualidad, de inmersión en el misterio sin nombre, de una fusión de la amada y el Amado.

Espiritualidad no es solamente saber, sino principalmente poder sentir las dimensiones de lo humano radical. El efecto es una profunda y suave paz, que viene de lo Profundo.

La humanidad necesita con urgencia esta paz espiritual. Ella es la fuente secreta que alimenta a la humanidad en todas sus formas. Irrumpe desde dentro, irradia en todas las direcciones, eleva la calidad de las relaciones y toca el corazón de las personas de buena voluntad. Esa paz esta hecha de reverencia, de respeto, de tolerancia, de comprensión benevolente de las limitaciones de los otros, y de la acogida del Misterio del mundo. Ella alimenta el amor, el cuidado, la voluntad de acoger y de ser acogido, de comprender y de ser comprendido, de perdonar y de ser perdonado.

En un mundo perturbado como el nuestro, nada hay de más sensato y noble que anclar nuestra búsqueda de la paz en esta dimensión espiritual.

Entonces la paz podrá florecer en la Madre Tierra, en la inmensa comunidad de la vida, en las relaciones entre las culturas y los pueblos, y aquietará el corazón humano cansado de tanto buscar.

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