Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; quien me sigue tendrá la luz de la vida

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona

La Cuaresma en su itinerario hacia la Muerte y Resurrección de Jesús, nos ofrece una gran riqueza  litúrgica a través de las Oraciones y   lecturas propias de este tiempo de Cuaresma, Semana Santa y Tiempo Pascual.

La primera Lectura  nos ofrece un relato muy interesante del primer  libro  de Samuel. Samuel recibe un mensaje de parte de Dios, le encarga una misión concreta: elegir entre los hijos de Jesé un Rey para el Señor. A primera vista, se fija en la buena apariencia de Eliab y dice: “Seguro que está su ungido ante el Señor” y así van pasando los  otros hijos.

El Señor hace caer en la cuenta a Samuel  de que sus criterios de elección no concuerdan con los  criterios de Dios: “El Señor dijo a Samuel”: “Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es éste”. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos”. Vemos la importancia que tiene  el sentido de familia, de comunidad que busca en cada ocasión hacer la voluntad de Dios.

Termina la lectura diciendo: “El Espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante”.  

San Pablo en su carta a los Efesios, nos hace caer en la cuenta de que somos hijos de la luz porque hemos dejado de vivir en las tinieblas. Vivir como hijos de la luz nos exige practicar la bondad, la justicia,  la verdad, la honestidad, en definitiva, entregarnos  a los más necesitados.

Cada día, cuando leemos o vemos la televisión, podemos comprobar que existen  situaciones que necesitan  ser iluminadas por la luz de los criterios evangélicos. Nos corresponde a los cristianos vivir  en esa  luz de la que nos habla San Pablo al invitarnos a: “Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz”. Nos toca a los que nos llamamos cristianos ser testigos de esa Luz y, trabajar por la justicia, por la paz, para hacer un mundo más justo, más humano. Y, sobre todo, más sensible al sufrimiento de las personas.  

El Evangelio de este domingo nos llena de gozo porque pone de manifiesto la misericordia de Jesús hacia el ciego de nacimiento: Pero a la vez, vemos que a lo largo del texto se percibe la tensión entre los fariseos y Jesús. Inmediatamente se crea la polémica: “Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús aprovecha  esta pregunta para hacer una catequesis, para explicar a los discípulos en qué consiste la Misericordia de Dios.

Parece que existía una  falsa tradición  de que todo mal físico era efecto de un mal moral, que radicaba en el enfermo o en sus antepasados. De ahí la polémica que se crea entre Jesús y los fariseos.

Jesús se salta todas  esas normas y tradiciones y va a lo fundamental: Busca en el ciego su propia verdad a  través del diálogo que se entabla entre los dos.  De paso, Jesús arranca del ciego su mejor acto de fe: “Creo Señor”. Y se postró ante Él.    

¿Señor, dónde vives? Venid y lo veréis ( Jn 1,38)

Por: Pilar Riera. Vita et Pax. Valencia

Está claro que Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. La respuesta está en nosotras/os.

Tenía 20 años, la vida me sonreía, una buena familia, religiosa, normal en esos años. Tenía relación con un chico que era la ilusión de mis padres y la “envidia” de mis amigas y con el que quería formar una familia.

Estudié en el Colegio de las Dominicas de la Anunciata y con frecuencia nos visitaba un dominico joven, muy dinámico, que nos hablaba de Jesucristo con mucha familiaridad y a mí me entusiasmaba. Empecé a leer el evangelio y fui descubriendo facetas de Jesús: cómo trataba a la gente, cómo hablaba, cómo vivía, cómo rezaba, etc. etc.

Mi juventud fue la de una chica normal, me gustaban las fiestas, los bailes, divertirme…pero todo eso en el fondo me dejaba insatisfecha.

Decidí hacer Ejercicios Espirituales para aclarar mis ideas y allí sentí la llamada del Señor, con tal claridad, que no me quedó la menor duda de que me pedía consagrarme a El en el mundo. Al tomar esa decisión recuerdo que me inundó una gran paz. Lo difícil y doloroso fue el tener que comunicar mi decisión a mis padres y al chico que tanto quería…

No conocía los Institutos Seculares y todo era rezarle al Señor: “¿dónde moras?”. Después de un año de búsqueda, conocí Vita et Pax y entendí la respuesta del Señor: “ven y lo verás”… Fui, vi y me quedé.

Mi primer contacto fue con el Fundador D. Cornelio Urtasun que, desde el principio, supo encaminarme y lanzarme a la gran aventura de ir descubriendo la humanidad de Jesucristo, hasta enamorarme cada vez más de El.

Yo no sabía de apostolado, solo quería hacer la voluntad de Dios.

Estuve en Japón colaborando con los PP. Jesuitas. En Brasil viviendo con “niños de la calle” y compartiendo la vida con la buena gente de las “favelas”. Allí aprendí cómo se puede vivir con tan poco, ser feliz y tan agradecidos a Dios!!! Esto para mí fue una bendición. Luego estuve en Roma y en España trabajando en nuestras “Librerías Manantial”.

En ese empeño de seguir a Jesús, no todo ha sido claro y fácil. He pasado años de oscuridad, baches, luchas… Buscaba ayuda y al final la encontré en un padre jesuita. El me ayudó a darme cuenta de que “estaba buscando fuera, al que tenía dentro” y me sale decir de corazón: ¡Dios compasivo y misericordioso!.

Ahora comparto mi vida con compañeras un poco más mayores que yo, algunas dependientes. Soy feliz y agradezco a Dios lo pasado y lo presente, sobre todo esta etapa en la que puedo afirmar con toda sencillez que: “EL MEJOR VINO SE SIRVE AL FINAL”.

El portero, misión de confianza y esperanza

Por: Juan Pablo Ferrer – Párroco in solidum de Albarracín (Teruel)

1º Domingo de Adviento 2011

Durante cuatro años fui el capellán de un grupo de familias españolas emigrantes en un barrio burgués de la capital de Francia. Muchas de esas familias vivían en las porterías de los inmuebles, pues las madres de familia ejercían el oficio de conserjes. Entonces percibí la confianza que los propietarios de esos inmuebles depositaban en esas mujeres conserjes: estas guardaban sus llaves, sus encargos… hasta sus secretos. Era un trabajo de 24 horas: para saber quiénes entraban o salían y para los servicios comunitarios de todos, confiados a ellas.

Hoy es un trabajo en recesión: los medios electrónicos de las modernas puertas lo hacen innecesario en muchos casos. Sin embargo, en tiempo de Jesús las grandes mansiones disponían necesariamente del oficio de portero. Las llaves de las grandes puertas consistían en grandes vigas de madera que atrancaban las puertas por dentro. Era un oficio imprescindible para abrir y cerrar, para velar las entradas y salidas de las grandes mansiones y de las ciudades, un oficio de mucha confianza en la persona del portero, pues se ponía en sus manos la vida, la seguridad, la comunicación exterior… de todos los que allí vivían.

Es un motivo para la autoestima como cristianos el escuchar de labios de Jesús en su discurso a sus primeros discípulos las palabras: “Encargó al portero que vigilara. ¡Velad entonces! (Marcos 13, 34b-35a), pues hoy somos nosotros a quienes nos las dice, confiándonos el oficio de portero en lo que tiene de estar despiertos. Es un acto de fe de Jesús en nosotros al que no podemos defraudar. Es muy valioso lo que nos confía y más valiosa es la confianza que deposita en nosotros.

Esta confianza que Dios deposita en nosotros es más grande que nuestras fuerzas. En la relación con los demás y también en nuestros propios proyectos, ¡hemos sentido tantas veces la decepción, el fracaso, el aburrimiento! -tal como los vemos reflejado en la oración de la profecía de Isaías (64, 15)-. Sin embargo, estos sentimientos de melancolía y desencanto del pueblo de Israel están salpicados de súplicas: “¡Vuélvete! ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! Cuando alguien grita así manifiesta una gran esperanza en que va a ser escuchado. Si no, se callaría. Israel en su plegaria del salmo 79 –“¡Oh Dios, restáuranos que brille tu rostro y nos salve!– nos asegura que podemos confiar y esperar en el que nos ha encargado tanto. En la responsabilidad que tenemos entre manos no estamos solos, como no está solo el portero: a otros criados se les confió el cuidado de la casa, con las tareas repartidas y armonizadas (cf. Marcos 13, 34). Así lo reconoce el mismo san Pablo en la comunidad de Corinto que no carece de ningún don “en el hablar y en el saber” (1 Corintios 1, 5b). Por tanto, confiemos en nosotros mismos y en los dones de toda la comunidad cristiana como Dios confía en nosotros, aunque nos parezca una realidad pobre y débil, porque entonces seremos ricos y fuertes.

El portero contaba con la confianza de “aquel hombre que se fue de viaje”, confianza reforzada por la ausencia del mismo en la casa, porque si no la tuviera, hace tiempo que le hubiese relevado de esa misión. Pero nosotros no tenemos lejos al que nos ha confiado tanto, está presente: nos mantiene y “nos mantendrá firmes hasta el final” (1 Corintios 1, 8a). Él es el Resucitado que cuenta con nuestros dones, con nuestras manos, pies, mente, corazón… ¡somos su cuerpo! para continuar su labor de “hacer el bien y curar a los oprimidos por el mal”.

Para alimentar nuestra confianza en nosotros mismos, necesitamos experimentar la presencia del Resucitado entre nosotros: es la presencia que el profeta Isaías constata en hechos del pasado: “Bajaste  y los montes se derritieron con tu presencia” (Isaías 64, 1). Es momento de recordar momentos del pasado de la Historia de la Salvación, pero no para alimentar la nostalgia de tiempos que no volverán, sino para volver a la confianza depositada en los discípulos de Jesús de hoy. Tampoco hay que volver para desresponsabilizarnos de nuestro presente, que está en nuestras manos; ni para echarle la culpa de los problemas actuales de la sociedad o dela Iglesia a los protagonistas del pasado reciente. Esta es la tentación de los revisionistas actuales que lanzan todo su furor ideológico tradicionalista sobre los protagonistas del Concilio y el postconcilio, para no abordar los verdaderos retos de los tiempos presentes, siempre tiempos nuevos.

Una urgencia del Adviento 2011: Si los del pasado supieron reconocer y acoger la presencia del Resucitado, transformando la historia, también los de hoy sabremos hacerlo, porque Él confía muchísimo en nosotros. Sus razones tendrá Él para hacerlo. Y si Él confía, ¿quién se atreverá a desconfiar?

Servicio Bíblico Latinoamericano

Domingo 13 de noviembre de 2011
33º domingo de Tiempo Ordinario
Leandro

Prov 31,10-13.19-20.30-31: Trabaja con la destreza de sus manos
Salmo responsorial 127: Dichoso el que teme al Señor
1 Tes 5,1-6: Que el día del señor no los sorprenda como un ladrón
Mt 25,14-30: Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor

La parábola de los talentos es sin duda el texto capital entre los tres de hoy. Un comentario pastoral a esta lectura podrá ir por la senda usual con este texto: Mateo acaba de hablar de la venida futura del Hijo del Hombre para el juicio, y a continuación nos dice cuáles son las actitudes adecuadas ante esa venida, a saber, la vigilancia (parábola de las diez vírgenes) y el compromiso de la caridad (parábolas de los talentos y del juicio de las naciones). La parábola de los talentos es, en este contexto interpretativo, un elogio del compromiso, de la efectividad, del trabajo, del rendimiento. Podrá ser aplicada fructuosamente al trabajo, la profesión, las realidades terrestres, el compromiso secular…

Sin embargo, el contexto de la hora histórica que vivimos es tal que este mensaje, en sí mismo bueno y hasta ingenuo, se puede hacer funcional respecto a la ideología actualmente dominante, el neoliberalismo. Éste, en efecto, predica, como grandes valores suyos, la eficacia, la competitividad, la creación de riqueza, el aumento de la productividad, el crecimiento económico, los altos rendimientos de interés bancario, la inversión en valores, etc. Son nombres modernos bien adecuados para lo que se presenta en la parábola, aunque si se los utiliza en la homilía, no pocos oyentes pensarán que el orador sagrado se salió de su competencia… Por una casualidad del destino, esta parábola se hizo bien actual, y los teólogos neoconservadores (también hay «neocons» en teología) la valoran altamente. Algunas de sus frases, sin necesidad siquiera de interpretaciones rebuscadas, avalan directamente principios neoliberales. Pensemos, por ejemplo en el enigmático versículo de Mt 25, 29: «Al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce, se le quitará hasta lo que tiene». No será fácil hacer una predicación aplicada que no haga el juego a un sistema que, para muchos cristianos de hoy, está en los antípodas de los principios cristianos.

La eficacia, la productividad, la eficiencia… no son malas en principio. Diríamos que no son valores en sí mismas, sino “cuantificaciones” que pueden ser aplicadas a otros valores. Se puede ser eficiente en muchas cosas muy distintas (unas buenas y otras malas) y con unas intenciones muy diversas (malas y buenas también). La eficacia en sí misma, abstraída de su aplicación y de su intención… no existe, o no nos interesa. El juicio que hagamos sobre la eficacia dependerá pues de la materia a la que apliquemos esa eficiencia así como del objetivo al que se oriente.

Cabe entonces imaginar una “eficiencia” (agrupando en este símbolo varios otros valores semejantes) cristiana. El mismo evangelio la presenta en otros lugares, en su célebre inclinación hacia la praxis: No todo el que dice ‘Señor, Señor’, sino el que hace..., la parábola de los dos hermanos, Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra y la ponen en práctica… y más paradigmáticamente, el mismo texto que continúa al de hoy, que meditaremos el domingo próximo, Mt 25,31ss, donde el criterio del juicio escatológico será precisamente lo que hayamos “hecho” efectivamente a los pobres…

La eficiencia aceptada y hasta encomiada por el evangelio es la eficiencia “por-el-Reino”, la que está puesta al servicio de la causa de la solidaridad y del amor. No es la eficiencia del que logra aumentar la rentabilidad (reduciendo trabajadores por la adopción de tecnologías nuevas), o la del que logra conquistar mercados (reduciendo la capacidad de auto-subsistencia de los países pequeños), o la del que logra ingresos fantásticos por inversiones especulativas del capital “golondrina”…

La eficiencia por la eficiencia no es un valor cristiano, ni siquiera humano. Quizá sea cierto que el capitalismo, sobre todo en su expresión salvaje actual, sea “el sistema económico que más riqueza crea”; pero no es menos cierto que lo hace aumentando simultáneamente el abismo entre pobres y ricos, la concentración de la riqueza a costa de la expulsión del mercado de masas crecientes de excluidos. El criterio supremo, para nosotros, no es una eficiencia económica que produce riqueza y distorsiona la sociedad y la hace más desequilibrada e injusta. No sólo de pan vive el ser humano. Cristianamente no podemos aceptar un sistema que en favor del (o en culto al) crecimiento de la riqueza sacrifica (idolátricamente) la justicia, la fraternidad y la participación de masas humanas. Poner la eficiencia por encima de todo esto, es una idolatría, la idolatría del culto del dinero, verdadero dios neoliberal. Sobre la “idolatría del mercado” y el carácter sacrificial de la ideología neoliberal, ya se ha escrito mucho.

No, no es pues que nosotros no queramos ser eficientes, competentes (más que competitivos), o que no seamos partidarios de la “calidad total”, ni mucho menos… Somos partidarios de la mayor eficacia en el servicio al Reino, así como de la competencia y la calidad total en el servicio al Evangelio. (In ordinariis non ordinarius, decía un viejo adagio de la ascética clásica, queriendo llevar la calidad total a los detalles más pequeños de la vida ordinaria u oculta).

Y no es que no haya que reconocer que con frecuencia los más “religiosos” hayan estado ajenos a las implicaciones económicas de la vida real, predicando fácilmente una generosa distribución donde no se consigue una producción suficiente, esperándolo todo de la limosna o los piadosos mecenas. También en el campo de la economía teórica -sobre todo en esta hora- se necesita el compromiso de los cristianos.

Si Jesús se lamentó de que los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz, ello significa que la «astucia» (otro tipo de eficacia) no es mala; lo malo sería ponerla al servicio de las tinieblas y no de la luz.

Encender una fe gastada

Por: José Antonio Pagola

La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.

No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.

Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus antorchas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo donde se celebrará el banquete nupcial.

Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco «sensatas» y previsoras que toman consigo aceite para impregnar sus antorchas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas «necias» y descuidadas que se olvidan de tomar aceite con el riesgo de que se les apaguen las antorchas.

Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus antorchas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: «Que se nos apagan las antorchas». Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.

Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del «aceite». ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal…? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: «Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?». ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con él?

¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?

Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.

32 Tiempo ordinario (A)
Mateo 25,1-13

No olvidar lo esencial

Por: Mari Carmen Martín

A veces, podemos caer en la tentación de enredarnos en disquisiciones y discernimientos estériles buscando la voluntad de Dios. Hoy, Jesús, con una nitidez asombrosa, nos remite a lo esencial. Y lo esencial es el amor. El amor lo es todo. Lo que se nos pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en él para vivirlo todo desde su voluntad. Podremos luego sacar toda clase de consecuencias y derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante la humanidad en una actitud de amor.

Por eso añade Jesús el segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir olvidado de la gente que sufre y a la que Dios ama profundamente. No hay un espacio sagrado en el que podamos entendernos a solas con Dios, de espaldas a los demás. Un amor a Dios que olvida a sus hijas e hijos es una gran mentira. Quien ama a Dios sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación y olvido de las personas. Nada hay en la vida más importante que tener claro esto.

Que nadie piense que, al hablar del amor a Dios, se está hablando de emociones o sentimientos hacia un ser imaginario, ni de invitaciones a rezos y devociones. El amor total a Dios polariza todo nuestro ser y contagia de absoluto el encuentro con cada persona y situación. “Amar a Dios con todo el corazón” es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad; amar a Dios Padre-Madre, que es bueno y nos quiere bien; resistirnos a todo lo que traiciona su voluntad negando la vida y la dignidad de sus criaturas.

Jesús nos sitúa ante un lenguaje de totalidad: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Y los seres humanos respondemos con el lenguaje del deseo, no el de la realidad ya plenamente realizada, pues, mientras peregrinamos en esta tierra, la ambigüedad profunda se esconde en la hondura de nuestra libertad y nos roba una buena parte del don de nuestra persona que intentamos entregar enteramente a Dios o al prójimo.

Por otra parte, no es difícil observar entre los cristianos rasgos del individualismo moderno, donde el ideal de la vida es “sentirse bien”. Todo lo demás viene después. Lo primero es mejorar la calidad de vida, evitar lo que nos puede molestar y asegurar, como sea, nuestro pequeño bienestar material, psicológico y afectivo. No meterse con nadie, no hacer mal, no complicarnos la vida… El resultado es una sociedad encerrada en sí misma, instalada en su propio bienestar e indiferencia y con ella nos instalamos quienes nos confesamos cristianas.

Nos hacemos conscientes de estas adherencias, de nuestras limitaciones, tomamos nota de todo ello pero no nos dejamos hundir ni acomodar en la nostalgia. Al contrario, intentamos superarlo de la única forma posible que sabemos, es decir, acercándonos más a Jesús. Jesús, el Amor encarnado en nuestra historia. Cuanto más profundicemos en él, tantos más horizontes se nos abrirán. En Jesús, Dios se nos revela como un Tú cercano y amoroso. Estamos radicalmente creadas para el encuentro con este Tú encarnado. Los primeros discípulos se fueron transformando en la cercanía con Jesús. Esa misma cercanía nos transformará a los discípulos y discípulas de hoy.

El futuro está abierto. El horizonte se nos amplía. Nuestras posibilidades de amar tienen límites, son medidas, pero están abiertas a lo imposible. Sólo podemos ser y sentirnos infinitas en la comunión con el Infinito. La confianza de la persona que sabe de quién se ha fiado es el único fundamento para superar los límites luchando contra ellos, al tiempo que nos permite aceptarnos como somos sin quedar paralizadas en la condición presente. Y siempre nuestra oración con el salmista: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador…

Invitación

Por: José Antonio Pagola

A través de sus parábolas Jesús va descubriendo a sus seguidores cómo experimenta a Dios, cómo interpreta la vida desde sus raíces más profundas y cómo responde a los enigmas más recónditos de la condición humana.

Quien entra en contacto vivo con sus parábolas comienza a cambiar. Algo “sucede” en nosotros. Dios no es como lo imaginamos. La vida es más grande y misteriosa que nuestra rutina convencional de cada día. Es posible vivir con un horizonte nuevo. Escuchemos el punto de partida de la parábola llamada «Invitación al Banquete».

Según el relato, Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos e hijas, pues a todos quiere ver sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena. Esta imagen es una de las más queridas por Jesús para sugerir el final último de la historia humana.

Frente a tantas imágenes mezquinas de un Dios controlador y justiciero que impide a no pocos saborear la fe y disfrutar de la vida, Jesús introduce en el mundo la experiencia de un Dios que nos está invitando a compartir con él una fiesta fraterna en la que culminará lo mejor de nuestros esfuerzos, anhelos y aspiraciones.

Jesús dedica su vida entera a difundir la gran invitación de Dios: «El banquete está preparado. Venid». Este mensaje configura su modo de anunciar a Dios. Jesús no predica doctrina, despierta el deseo de Dios. No impone ni presiona. Invita y llama. Libera de miedos y enciende la confianza en Dios. En su nombre, acoge a su mesa a pecadores e indeseables. A todos ha de llegar su invitación.

Los hombres y mujeres de hoy necesitan descubrir el Misterio de Dios como Buena Noticia. Los cristianos hemos de aprender a hablar de él con un lenguaje más inspirado en Jesús, para deshacer malentendidos, aclarar prejuicios y eliminar miedos introducidos por un discurso religioso lamentable que ha alejado a muchos de ese Dios que nos está esperando con todo preparado para la fiesta final.

En estos tiempos en los que el descrédito de la religión está impidiendo a muchos escuchar la invitación de Dios, hemos de hablar de su Misterio de Amor con humildad y con respeto a todos, sin forzar las conciencias, sin ahogar la vida, despertando el deseo de verdad y de luz que sigue vivo en lo más íntimo del ser humano.

Es cierto que la llamada religiosa encuentra hoy el rechazo de muchos, pero la invitación de Dios no se ha apagado. La pueden escuchar todos los que en el fondo de sus conciencias escuchan la llamada del bien, del amor y de la justicia.

28 Tiempo ordinario (A)
Mateo 22, 1-14

Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS

 

Corazones que tiritan de frío

Por: Tere Echarri VP – Alicante

Cuando paso la puerta que les separa de la libertad, intento descalzarme y pisar el suelo de su prisión.

La sensación al entrar es de frialdad y avanzo casi mirando sus suelos, esos suelos que para ellos son su vida. Todo me recuerda la tristeza y el abandono hasta que llegan ellos. Cuando mi mirada se cruza con ellos comienzo a notar la calidez. Y los veo tristes e intento llegar a ellos con el poder de la sonrisa, ese es mi primer encuentro. Ellos me miran y noto cómo su mirada me envía mensajes de acogida.

Aquel día me encontré con un periodista y me preguntó “¿Tere a ti qué te aporta la cárcel?, ¿qué aportas tú como persona?” Esta pregunta así de golpe y delante de ellos me dejó algo confusa. Los miré a todos y les dije:” siempre he querido estar cerca de gente como vosotros con la pena de no poder disfrutar de la libertad, ya desde niña y también cuando estuve en Chile, acudí al campo de concentración “Chacabuko” y esa experiencia me dejó marcada para siempre. Cuando llegué a Alicante desde el principio quise acercarme a ellos, a vosotros y vosotras para compartir “un poco” la vida, vuestra vida. Tuve la suerte de que mi ilusión de estar entre vosotros se cumplió, sobre todo, al jubilarme porque ya pude disponer de mi tiempo para vosotros/as”.

En este tiempo he recibido mucho de ellos, mucho más que lo que les pueda aportar. Cuando comparten conmigo su vida, sus cariños, sus amores, sus frustraciones son como escuchar y entrar en lo más sagrado de la vida. Son para mí como entrar en un templo, todo alrededor se convierte en silencio, en respeto… te abren la puerta de su corazón y destapan todo lo que son. ¿Hay mayor entrega que esa? ¿Acaso existe un regalo mayor que la intimidad de una persona? Los veo desde lejos con sus miradas perdidas y conforme me acerco a ellos les veo cómo se les dibuja una sonrisa, sus ojos cobran vida ¿hay mejor regalo que el cariño?

Corazones que tiritan de frío

Voy notando cuando estoy entre ellos cómo, mediante su encuentro, el rostro de Jesús cobra vida, El está allí con ellos. Yo los toco y noto cómo circula entre nosotros una energía que transforma un encuentro en oración, una oración que nos acerca a la compasión que Jesús nos transmitió, esa compasión podemos recordarla en el encuentro con la Samaritana.

Y entonces, reconociendo a Jesús en ellos, me acerco ofreciéndoles cercanía, intentando acogerlos con la mayor sencillez y naturalidad e intentando llevar el mensaje de Jesús con los gestos de mi propia vida.

En estos años de voluntaria junto a los que no tienen libertad me han hecho entender que no todas las personas sin libertad están en prisión, eso lo he descubierto junto a ellos, allí en la cárcel. Y me he sentido privilegiada por ser depositaria de sus vivencias, de sus cariños gratuitos…. Y he aprendido de su entrega incondicional… “Tere yo te lo cuento porque sé que me escuchas”,… y mi respuesta llega a ser para él lo más importante de su vida, y yo sé que Jesús está allí entre nosotros porque al marchar mi corazón lo noto lleno de vida, de vida y paz serena. 

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