Encuentro EDC

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Ha sido un fin de semana muy intenso y entrañable, como suelen ser los fines de semana que nos juntamos. Del 26 al 28 de enero nos hemos reunido en Moncada (Valencia), el Equipo de Difusión del Carisma (EDC) de Vita et Pax con una agenda bien repleta. En el Equipo teníamos algunas ausencias que echábamos de menos pero la técnica nos ayudó a acortar distancias. Y Moncada nos acogió con una deseada y necesaria lluvia y con los naranjos repletos de jugosas y ricas naranjas. La casa ha sido un ejemplo de exquisita hospitalidad.

Todo nos ayudaba para el buen trabajo y así ha sido. Empezamos con la oración, invocando a la Ruah bendita para que nos iluminara y empujara nuestro corazón hacia adelante, hacia ese deseo de Dios que, a veces, nos sorprende y descoloca.

El trabajo central del sábado fue corregir los temas que previamente habíamos elaborado y que servirán como medio para la formación de los grupos Vida y Paz. Los temas son: El Espíritu Santo, El Reino de Dios, la Vida, la Paz, la Fraternidad, los Laicos, Profetas hoy… Estamos ya en la confección del tercer bloque de temas, esto significa que el caminar de nuestros grupos se va llenando de vida, de madurez y de experiencia.

Con laboriosa y atenta mirada fuimos compartiendo cada uno de los temas y realizando los cambios pertinentes hasta que quedaban como deseábamos. No es un trabajo fácil pero sí apasionante.

Por la noche retomamos algo que ya llevamos bastante tiempo en marcha y que no atinamos a concluir: el trabajo sobre el libro de nuestro fundador, D. Cornelio, “Mi amigo Jesucristo”. Esta vez, más inspiradas, hicimos el esquema y nos repartimos las tareas. Entre risas y chupito, finalizamos el día satisfechas del trabajo realizado.

El domingo, después de la Eucaristía y un rico desayuno nos dedicamos a compartir la vida de los grupos: motivación, funcionamiento, implicación, identidad, celebraciones… ¡Estamos en marcha, seguimos caminando!

La vocación esencial

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax

“El laico o laica es una persona bautizada, discípula de Jesús y miembro del pueblo de Dios” (Cf. LG 31).

Hasta el Concilio Vaticano II a los laicos se nos definía por lo que no somos: ni sacerdotes ni religiosos. El Concilio buscó superar esta definición negativa para afirmar que el laico o laica es una persona bautizada, discípula de Jesús y miembro del pueblo de Dios.

Por el bautismo los laicos se convierten en hijos de Dios, miembros de Cristo y de su cuerpo, que es la Iglesia; son consagrados como templos del Espíritu y participan de la misma misión de Jesucristo.

La persona laica no sólo pertenece a la Iglesia sino que es Iglesia. La Iglesia no está plenamente constituida si, junto a los obispos, sacerdotes y religiosos, no existe un laicado adulto y responsable.

La persona laica está llamada a vivir su fe y misión cristianas desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que vive, es decir, en su profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas y económicas. De esta forma, está llamada a realizar en su vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc.13,21).

Según el Concilio Vaticano II: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y en cada uno de los órdenes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí, llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”.

El papa Francisco lo dice una y otra vez, de una manera clara y contundente: el laico debe “primerear” para “hacerse prójimo”, con una especial atención a las “periferias existenciales”.

A su vez, las personas laicas somos movidas por una profunda espiritualidad. La espiritualidad laical es un modo de pensar, de decir, de estar en las situaciones de la vida cotidiana, preguntándose: “Y Tú, Señor, ¿qué harías en este momento, en esta dificultad, en esta situación?”. No se trata de repetir, sino de hacer memoria, de transmitir una visión de la vida, un estilo, un compromiso como el de Jesús.

Dentro del laicado han surgido los Institutos Seculares como Vita et Pax. Somos laicos, hombres y mujeres, que queremos vivir la consagración a Dios en medio del mundo, en la cotidianidad de la vida.

 

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono 678 89 88 38.

M. Jesús Antón Latorre. Teléfono 660 76 91 28.

Dirección de correo:vidapaz@vitaetpax.org

Concilio Vaticano II

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona

El 11 de Octubre de 1962, el Papa Juan XXIII, convocaba el Concilio Vaticano II a toda la Iglesia Universal. Fue Pablo VI  quien le dio continuidad hasta llegar a su fin, el día 8 de diciembre, Festividad de la Inmaculada de 1965. Se puede decir que fue el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX. 

El  Concilio Vaticano II contó con una mayor representación de lenguas y razas. Hubo una gran asistencia de Padres Conciliares, procedentes de todas las partes del mundo. Es bueno destacar también la presencia de miembros de otras confesiones religiosas cristianas. Una mención especial de la participación de laicos y laicas.

Aquel Concilio Ecuménico supuso un nuevo Pentecostés para la Iglesia Universal. Fue una puesta al día de la Iglesia para promover y renovar la fe. Juan XXIII quiso abrir la Iglesia a los laicos, llamándoles a la vocación de ser auténticos hijos de Dios y en definitiva a ser santos. También acercar la Iglesia a todos los hombres y mujeres de “buena voluntad”.

Juan XXIII popularizó la palabra aggiornamento. Con ella quería expresar el deseo de que la Iglesia Católica saliese actualizada y renovada del Concilio Vaticano II. Una renovación centrada en  la relación de la Iglesia con el mundo, a la vez que promoviera la unidad de los cristianos.

El Papa deseó que dicha renovación fuera hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro presentando a los miembros de la Iglesia la fe que “ilumina y la gracia que santifica” y hacia fuera presentando ante el mundo el “tesoro de la fe a través de sus enseñanzas”.

Otra gran novedad fue la atención especial de los “signos de los tiempos” o lo que es lo mismo la “lectura de lo que sucede en el mundo  con los ojos de la fe y con un sentido crítico, discerniendo desde la Palabra de Dios.

Fue un Concilio marcadamente “pastoral” pero a la vez “doctrinal”, no tanto de  normas, sino viva y cercana para el Pueblo de Dios. Quiso poner a la Iglesia en relación con el mundo, un acercamiento de ambas realidades.

Del Vaticano II salieron varios Documentos de gran importancia para la vida dela Iglesia:

Las Constituciones más importantes fueron: “Dei Verbum” sobre la revelación divina; “Lumen Gentium” sobre la Iglesia; “Sacrosantum Concilium”, sobre la Liturgia; y “Gaundium et Spes” sobre la Iglesia en el mundo actual.

Hubo otros documentos, como decretos, y declaraciones. Algunos de ellos están  dedicados al “apostolado de los laicos” y a la “libertad religiosa”.

Como no podía ser de otra manera, los Padres conciliares tuvieron muy en cuenta el papel de la Virgen en la Historia de la Salvación. Ella sigue acompañando a la Iglesia en su misión de llevar el mensaje del Evangelio a todas las culturas y razas. Así en el Decreto sobre el Apostolado de los Seglares nos dice: “Tengan en sumo aprecio el dominio de la propia profesión, el sentido familiar y cívico y todas aquellas virtudes que se refieren a las relaciones sociales, esto es, la honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, los buenos sentimientos, la fortaleza de alma, sin las cuales no puede darse una auténtica vida cristiana. El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual, mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (A.A. 4).

El Espíritu Santo hizo posible lo imposible: Sacar a la Iglesia del repliegue de algunos tiempos a la apertura al mundo. Se apostó por el respeto y diálogo con el mundo moderno, con otras confesiones e incluso con las grandes  religiones no cristinas.

El Vaticano II “recuperó” la Palabra de Dios. Nunca se había perdido, pero estaba un poco en la penumbra. Muchos cristianos se acercaron a ella con verdadero interés de profundizar en sus contenidos para que realmente fuera “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero”. (Sal. 118)

La renovación Litúrgica. Se pasó del Latín a las lenguas (vernàculas) más importantes  habladas por millones de personas. La Liturgia cobró VIDA. Por primera vez los fieles podían participar en la Eucaristía y en  los diferentes actos litúrgicos en unos términos y “signos visibles” que podían entender y captar mejor su mensaje de salvación.

El Concilio no se olvidó de los laicos y laicas del mundo. En varios documentos aparece la importancia de los mismos en la Misión de la Iglesia y  el apostolado en el mundo: “El apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el  Señor  mismo en virtud del Bautismo y de la Confirmación”. “Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante ala Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos” (Lumen Gentium, Cap. IV sobre Los Laicos).

“Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana” (Gaudium et spes, Cap. IV Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo).

Es importante tener conciencia de nuestro ser de bautizados, de laicos/as cristianos/as, dentro de la Iglesia, en las relaciones con el mundo, con la familia, en el trabajo, en la actividad  social, en la defensa de la justicia, en la política y en el trabajo por la Vida y por la Paz.

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