Evangelizar en la Misericordia

XVII Encuentro Nacional del Voluntariado de Pastoral Penitenciaria

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Jesús, la misericordia conflictiva del Reino

Jesús, la misericordia conflictiva del Reino

portada_jesusmisericordiareinoJosé Laguna

PPC

Este libro presenta una dimensión casi olvidada de la misericordia ejercida por Jesús: el conflicto. La sociedad suele recompensar a las personas e instituciones que se dedican a ayudar a los demás. Los Premios Princesa de Asturias tienen sus categorías de “Cooperación internacional” y de “Concordia”, o los Premios Nobel la suya de “la Paz”. A quien ejerce la misericordia se le premia, no se le crucifica; a no ser, claro está, que el ejercicio concreto de la compasión revista dimensiones conflictivas de tal envergadura que movilice los mecanismos punitivos de los órdenes políticos, económicos y religiosos imperantes. Ese es el dinamismo transgresor que encontramos tras la mayoría de las acciones misericordiosas de Jesús y de las cuales, este libro se hace eco.

José Laguna estudió teología en la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid) y en el Centre Sèvres (París). Es DEA en Derechos Fundamentales por la Universidad Carlos III de Madrid. También es miembro de Cristianismo y Justicia.

Abrazados en la misericordia

IX Congreso de Pastoral Penitenciaria

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La herencia de Jesús

Domingo  XV  T. O.  Ciclo C

Por: Dina Martínez. Vita et Pax. Madrid.

Las lecturas de este domingo XV del tiempo ordinario, dan una respuesta clara y profunda a muchos problemas que vivimos en la actualidad.

El Dt 30, 10-14 nos dice, entre otras cosas, que lo que Dios nos pide para caminar hacia la plenitud y ser felices no es algo inalcanzable: “El mandamiento está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas”. Todo el texto encuentra una gran sintonía con en el evangelio de hoy.

El texto de Lc 10, 25-37, parece que está escrito para iluminar el momento que estamos viviendo con la diferencia de que este pasaje nos habla de un hombre que cayó en manos de unos bandidos y hoy son cientos de miles, los hombres, mujeres y niños que caen, cada día, en manos de los bandidos.

El encargo de Jesús sigue siendo el mismo: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano.

En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia. Hoy, podríamos describir la situación con términos más concretos. En las fronteras que separan el mundo de los ricos y de los pobres, hay miles de seres humanos, robados, agredidos, violados, despojados; muchos ya han muerto y yacen en el fondo del mar y otros siguen luchando para seguir adelante.

En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana? Este párrafo también lo podemos actualizar poniendo nombres concretos a los actores de nuestro tiempo, pero aquí dejo que cada uno/a haga su propia reflexión.

Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús ha introducido en el mundo y gracias a ella, la vida sigue siendo posible.

Lo primero que tenemos que hacer es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada puede despertar en nosotros la compasión” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros. Lo importante es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado y que cuando ayudo al otro, yo estoy creciendo en plenitud y en felicidad y es nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.

Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad y al mismo tiempo está respondiendo a su sed interior de misericordia y de compasión. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.

Son mucha/os la/os que están respondiendo con manos abiertas y tendidas: haciendo un hueco en su casa, esperando en la orilla para curar heridas de piel y de corazón, para cubrir con mantas de calor y de protección…

Es mucha la gente que lucha por la VIDA de quienes ya no tienen fuerza para luchar: ONGs que hacen visible lo invisible, asociaciones y movimientos que ponen voz a los que no la tienen, una Iglesia, desde sus múltiples formas (Cáritas, Cónfer…), que acompaña y busca respuesta a tanta situaciones difíciles.

“Misericordear”

Retiro de Primavera 2016

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Como viene siendo habitual, el Instituto Vita et Pax organiza en Daimiel (Ciudad Real), el Retiro de Primavera. Este año coincidía con la fiesta de Pentecostés, el 14 y 15 de mayo. Allí fuimos, convocados por la Ruah, dieciséis personas. Estábamos miembros de cuatro Institutos Seculares diferentes, personas casadas, otras solteras, mujeres, hombres… La variedad es un distintivo de este Retiro. Es muy enriquecedor porque la diferencia la vivimos como riqueza.

Daimiel

El tema no podía ser otro: la misericordia. Y la invitación del Espíritu en cada espacio de oración era a “misericordear”. Misericordia es la palabra clave que revela a nuestro Dios. La confianza absoluta y constante de Israel en el amor misericordioso y tierno de Yahve se manifiesta en cada una de las páginas de la Biblia. Pues bien, este amor misericordioso de Dios se ha hecho visible y tangible en Jesús.

Hay quienes invocan la misericordia como subterfugio para justificar la impunidad. Están equivocados. En su etimología latina misericordia tiene que ver con corazón y con pobreza. Es decir, quien tiene misericordia posee un corazón que se pone de parte de los pobres. La misericordia no es permisiva. Eso sería banalizarla. La misericordia acerca el corazón, pone el corazón en la miseria del otro, de la otra. Por eso, la misericordia duele. El corazón sufre cuando se acerca a la miseria de la otra persona.

Por otra parte, la misericordia conduce a la alegría. Nos lo enseña Jesús en esas parábolas de la misericordia del capítulo 15 de San Lucas. En concreto nos cuenta la alegría de una mujer que ha perdido una moneda, se pone a buscarla cuidadosamente y la encuentra. Y dice Jesús: ¡Así es Dios! Como esta pobre mujer que pone la casa patas arriba buscando su moneda y cuando la encuentra le brota la alegría, el compartir, la fiesta.

Una alegría que hace ligera la carga, que no guarda memoria de lo perdido sino gozo por lo encontrado, que necesita comunicarse y que tiene que ver con estar en camino, buscando. ¿No es eso lo mismo que hace Jesús cuando nos ha encontrado, cuando estábamos perdidos y nos ha hallado y necesita comunicarlo al Padre y a los otros, celebrando el banquete con su propio cuerpo?

Precisamente, con la celebración de la Eucaristía concluimos el Retiro, nos animamos a “misericordear” en nuestra vida cotidiana como lo hizo Jesús y nos dimos cita para el año que viene.

diálogosreflexión

El Espíritu Santo y la Misericordia

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Después de haber vivido con serena alegría la experiencia pascual, contemplando cada una de las apariciones del Señor Resucitado que ha fortalecido nuestra fe y nuestra esperanza con su luz, concluimos hoy  esta  cincuentena, celebrando la solemnidad de Pentecostés que supone un nuevo impulso evangelizador para toda la comunidad cristiana.

Durante estas semanas hemos  leído, reflexionado y seguido paso a paso la actividad misionera de los Apóstoles, anunciando con valentía el kerigma evangelizador: “ESTE JESUS QUE FUE CRUCIFICADO, EL PADRE LO HA RESUCITADO”,  hoy nos invita la liturgia a releer el principio de la misma, el acontecimiento fundante  que rompió temores, disipó miedos y universalizó a la iglesia naciente. Todos los pueblos, reunidos en aquel momento pudieron maravillarse de toda la obra que había realizado el Espíritu en los corazones de sus fieles y en sus jóvenes comunidades: todos entendían a los apóstoles en su “propia lengua” porque ya conocían el lenguaje del amor.

Quizás sería una sugerencia  interesante para nosotras y nosotros hacer también relectura festiva de  nuestros  recorridos de fe personales, institucionales y hasta eclesiales,  con la mirada  de nuestros propios  “pentecostés”  para maravillarnos humildemente de lo que el Espíritu ha ido haciendo en cada persona y en cada comunidad, para admirarla, para agradecerla con la seguridad de que se van realizando en nosotras/os “aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica” (cfr.: oración colecta solemnidad de Pentecostés).

No hay duda que este mismo Espíritu “eterno inquieto” en expresión del  P. Cornelio, impulsa y suscita actualmente nuevas iniciativas que renueven los corazones y nuestro mundo. El  ha inspirado este año la celebración del JUBILEO DE LA MISERICORDIA. En estos tiempos  sacudidos por tantos vendavales, por tanta incertidumbre, por tanta violencia, por la ausencia de paz, nos hacía falta hacer experiencia del Dios misericordioso,  lleno de ternura, volcado compasivamente hacia la persona humana.

Y este es el Dios que nos manifestó durante toda su vida, Jesús de Nazaret. Él  fue acompañado continuamente por la RUAH, que con su femenina delicadeza, estuvo presente en su concepción y nacimiento, al inicio de su vida pública en el Jordán, en el desierto, en su predicación y en su misión liberadora. En El, el Espíritu actuó de manera constante, haciéndole revelar los rasgos de su querido ABBA.  El Espíritu estuvo sobre El para ungirlo, enviarlo a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a liberar, a curar, a perdonar.

Y, al final de su vida, tuvo claro Jesús que llegaba el momento de desaparecer porque humanamente somos limitados: no podemos entrar al interior de las personas para lograr su conversión. Es  el Espíritu el que puede penetrar en los corazones, guiarlos a la verdad plena  y convencer. Por eso Jesús lo prometió a sus discípulos asegurándoles su presencia permanente hasta el fin de los tiempos. Resucitado, lo exhaló sobre ellos -lo había exhalado en la cruz horas antes- y les dio el poder de perdonar, ¡qué gran regalo! Junto con el mandato de dispersarse por el mundo llevando a las gentes el mensaje de salvación.

La invitación ahora para nosotras/as es volver a partir de esta  fecunda experiencia pentecostal. Salir de nuestros cenáculos para dispersarnos y hacer llegar a las gentes que nos rodean y a las más lejanas la Buena Noticia que subraya de manera especial  este aña jubilar:  Dios, rico en misericordia, Dios perdonando sin cansarse, Dios Padre e Hijo, ofreciéndonos generosamente la RUAH para que seamos testigos de su bondad y compasión.

 Y al vivir con hondura esta experiencia seamos capaces de reflejarla. De tener gestos de amor misericordioso, de cercanía a los que padecen cualquier carencia material o espiritual. Ocasiones no nos faltan, es cuestión de “no pasar de largo” ante tantas y tan variadas necesidades como se nos presentan día a día.

Ojalá que al finalizar este año y hacer su “relectura”, podamos constatar que el Espíritu nos ha renovado, nos ha hecho más sensibles, más solidarios/as más

                              MISERICORDIOSOS/AS COMO EL PADRE

 

XVI Jornada Regional de Pastoral Penitenciaria

Lema: “Alcanzados por la Misericordia”

Por: M: Carmen Latre. Vita et Pax. Alicante

El día 30 de abril nos reunimos en Castellón en el Seminario “Mater Dei”. Acudimos los voluntarios de Castellón, Valencia y Alicante. A las 9,30 comenzamos con la acogida y a las 10,00 tuvimos una oración con la invocación al Espíritu Santo seguido del salmo 145 ¡Grande es Dios!, después, unas preces por los presos, funcionarios, voluntarios, familias, pastoral penitenciaria, por la Jornada, etc…

M. CarmenA las 10,30 la Ponencia “EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA EN LA CARCEL”. Por el P. Florencio Roselló Avellanas, mercedario. Nos decía que el preso está necesitado de Misericordia. Hay que lograr cambiar el rostro del que está en la cárcel.

Los voluntarios somos el rostro de la Iglesia en la cárcel, el rostro de la Misericordia de Dios, somos mediación y testigos de la Misericordia. Pero para contagiarla hemos de haber experimentado antes esa Misericordia de Dios en nosotros, que Dios me quiere.

Para comenzar la reflexión nos lanzó esta pregunta: ¿Qué nos encontramos en la cárcel? Personas necesitadas de misericordia, que son incapaces de amar, de perdonar… ¿Cuál es nuestra tarea? Hemos de llevarles esa experiencia de saber amar y perdonar. El Amor todo lo puede, disculpa sin límites, respeta las situaciones. Hemos de respetar las situaciones, acompañar. Amar con pasión, conocer a las personas. Encarnarnos en la cárcel porque el preso también nos evangeliza.

La Misericordia en la cárcel es igual al abrazo del Hijo Prodigo. El Año de la Misericordia es una oportunidad para la renovación.

Para “Misericordear” en la cárcel hace falta ESCUCHAR, aceptación incondicional, empatía, coherencia. No nos olvidamos de las dificultades que suponen el encontrarnos con historias de fracasos, carencias afectivas, decepciones humanas, justicia, justicia y más justicia; la misericordia no es debilidad (aunque en la cárcel lo parezca), ni indiferencia, ni habitualidad. Sin embargo, existen espacios que favorecen a los voluntarios para ver la Misericordia de Dios. Falta lo humano. Dios no juzga. La misericordia es para todos. Lo cierto es que hemos de encarnar la Misericordia en un mundo dominado por la justicia.

El reto de la Pastoral penitenciaria es: que los capellanes y voluntarios han de ser el rostro de la Misericordia para el hombre y mujer en la prisión. Que el preso sea misericordia para el Eucaristíatomando cafépreso. Dios es Paciente y Misericordia.

A las 12,15 tuvimos testimonios  de misericordia en el ámbito penitenciario. A las 13,00 celebramos la Eucaristía presidida por el Sr. Obispo de Segorbe-Castellón, D. Casimiro López, y sacerdotes capellanes de las diversas cárceles de la región. A las 14,00 compartimos la comida y luego tuvimos un rato de distracción con el “Mago Llaves”. A las 16,00 espacio para compartir y aprender.

También contamos con  talleres formativos: jurídicos/enfermos mentales en prisión y prevención. No faltaron espacios para compartir experiencias: talleres ocupacionales/ Área religiosa y trabajo de reinserción. A las 17,00: Clausura de la Jornada.

Fue un día muy bueno de compartir, conocernos y aprender, especialmente, a ser MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE.

La próxima jornada será el año 2018 en Valencia.

 

Este es el tiempo de la Misericordia

Celebración penitencial

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Nos encontramos de lleno en el Año Santo de la Misericordia y, como no podía ser de otro modo, nos vamos a centrar en las entrañas del Padre de la Misericordia (Lc 15,11-32) para esta celebración de la Penitencia. ¡Qué sabida tenemos esta historia! Tal vez, por ello, no nos damos cuenta de la honda revolución que se encuentra dentro. Nos cuenta que había un hijo al que le quemaba el suelo paterno; la felicidad, según él, solo podía encontrarse fuera del hogar. Cuando partió no sabía si debía avanzar al norte o sur, este u oeste. Su brújula solo indicaba una dirección: lejos. Malgastó el dinero en simulacros de amor, incapaz de encontrar el verdadero. Acabó entre puercos, y tuvo que ser su estómago inquieto el que le recordase la inquietud del corazón: “en casa de mi padre… sí me levantaré, volveré…”.

Hay, sin embargo, en la parábola, otro corazón, el del Padre, que permanece en el hogar. Llama la atención que la palabra que más se repite a lo largo del texto es padre. No es hijo, ni hermano, ni pecado… es padre. Aparece 12 veces. El Padre dejó marchar al hijo, no se lo impidió. Le entregó lo que le correspondía de su herencia. Nos imaginamos su dolor. Y, a la vez, intuimos que, cuando firmaba los documentos que hacían a su hijo dueño del patrimonio, conservaba en secreto una esperanza. El hijo podía abandonar la casa pero no la nostalgia del Padre grabada en el fondo de su corazón, que le invitaba sin cesar a volver.

No pensemos que el Padre permaneció sin más a la vera del camino, esperando cada mañana la vuelta de su hijo. No se redujo a eso su actividad. Encontró la forma de meterse Él también en la maleta de su vástago, de colarse en el hatillo que se colgó al hombro, como una especie de GPS para que el hijo pudiese volver. Para ello grabó su propia imagen en el fondo de los deseos del hijo. Así sabía que, a través de toda su búsqueda y derroche, podía seguir atrayéndole de vuelta a casa.

Y al final de su ruta, hastiado de su vida, hambriento y sin dinero, descubre la gravedad de la ofensa al ver al Padre que le tiende los brazos. El amor, en vez de disimular la falta, de hacerla más pequeña, de justificarla, la pone de relieve. Pecar no es solo ir contra una norma, saltarse uno de los semáforos de Dios…  Quien peca hiere a un amigo, abandona a un hijo, reniega de un hogar, traiciona a un esposo, olvida a una madre, siega una vida, rompe una palabra, roba el salario del trabajador…

Al confesar el desastre en el que ha convertido su vida, el hijo pródigo proclama, también, una nueva dignidad. No culpa a nadie más, se niega a ser una víctima. Y la confesión nos prepara para la fiesta. Advirtamos que el Padre jamás le dice a su hijo: “Te perdono”. La fiesta es el perdón. Recibido por el Padre, el hijo pródigo pudo también perdonarse a sí mismo, reconciliarse con su historia extraviada. Jesús nos dice que cada vez que alguien es perdonado hay fiesta. Perdonar es una oportunidad para empezar de nuevo; una nueva posibilidad de vida nos es dada.

Había otro hijo en la parábola. Este no se marchó por los caminos; se quedó en su casa paterna. Pero hay muchas formas de estar presente. Y una puede ser la de hacer de todo en la familia – aportar el fruto del propio trabajo, tener allí comida y techo, vivir entre las mismas paredes… – y, sin embargo, no estar en el hogar.

Es este el drama del hijo mayor. Él no intercambió el amor del Padre por otros amores, como hizo el pequeño. No negó el amor con amores errados, sino con la indiferencia ante el amor. Eligió permanecer en casa, bajo apariencia de total normalidad, pero quedándose ausente, mero espectador de los afanes paternos, mercenario a su servicio. Su cuerpo estaba allí pero su corazón vagaba por otros lares.

Este es el tiempo de la Misericordia:

  • Repasa todo lo que queda en ti de hijo pequeño: ese deseo de alejarte de lo que significa vivir en fraternidad, lo que hay de vivir a tu aire, a tu gusto, sin compromisos ni tareas… gastando tus dones solo para ti…
  • Desde la experiencia de ese amor misericordioso del Padre desata los nudos que ahogan tu misericordia: las rencillas del corazón; las traiciones a las promesas dadas; el olvido de las manos tendidas en busca de ayuda; la media verdad que ensucia nuestros labios; la crítica que cosifica al otro; las huidas de casa en busca de novedades sin sustancia…
  • Nos acosa, a veces, la tentación de observar nuestras culpas desde la soledad.¡Dejemos de mirar nuestro pecado con los propios ojos! Miremos nuestro pecado desde Dios, con los ojos del Padre Misericordioso. Cuando Dios perdona nuestros pecados no está cambiando la opinión que tiene de nosotros, está cambiando la opinión que nosotros tenemos de Él. No cambia Dios, cambiamos nosotros.
  • Quizá, también, encuentres en ti algo del hijo mayor que pasa factura por los servicios, que tiene envidia de la fiesta que el Padre presta al hijo que se ha escapado… Y siente también que ese Dios-amor sale a tu encuentro en lo que hay en ti de hijo mayor para abrazarlo y para que descubras que “todo lo mío es tuyo”…
  • Contempla al Padre bueno largamente, sus entrañas misericordiosas que vuelven a engendrar vida… el perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza. Descubre lo que en ti ya hay de Padre-Madre bueno y da gracias por ello.

Una bondad sorprendente

4º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Por: José Antonio Ruiz Cañamares sj

Estamos en el año de la misericordia. Está siendo un acierto que nuestro Papa Francisco, actuando a modo de “párroco de toda la Iglesia” como él suele hacer, quiera que los cristianos vivamos con gozo la esencia que más define a nuestro a Dios: que ama con ternura y misericordia.

“Gustad y ved qué bueno es el Señor” nos dice hoy el Salmo 33. Nuestra fe afirma que  Dios es misericordia; sin embargo, cosa distinta es que nosotros lo podamos vivenciar  así desde nuestra experiencia religiosa personal. Me atrevo a afirmar que sólo desde experimentarnos vulnerables, débiles y pecadores podremos sentir y gustar que Dios, precisamente porque tiene entrañas de misericordia, sostiene nuestra vulnerabilidad, fortalece nuestra debilidad y perdona nuestro pecado. Dicho de otra manera, sólo desde la experiencia de saberse pecadores acogidos y perdonados, una y mil veces, podemos afirmar que Dios es misericordia. Sin pasar por aquí, el concepto “misericordia de Dios” queda vacío de contenido.

Del mismo modo que no nos sorprende que a la puesta de sol le suceda el amanecer, llegamos a vivir que tras el pecado viene el perdón. No tendría por qué ser así. Es así porque Dios es misericordia y no se cansa nunca de perdonarnos, como dice el Papa Francisco. Con objetividad habría que afirmar que muchas veces Dios tendría razones sobradas para “mandarnos a paseo”, y sin embargo, nos sigue acogiendo y perdonando. ¿Acaso no nos confesamos casi siempre de lo mismo? De aquí brota la alegría y el agradecimiento de la persona perdonada. Esta es mi experiencia cuando acudo al sacramento de la reconciliación, y es lo que percibo cuando la gente se acerca a mí como sacerdote para confesarse.

Si al hijo que se fue de casa y con su parte de la herencia, al cabo de unos años le preguntasen qué es lo mejor que le ha pasado en su vida, posiblemente respondería diciendo que un día fue un insensato y que se marchó de casa. Quizá, de haber seguido en la casa del padre no hubiese descubierto nunca el tipo de padre que tenía. Pero gracias a su insensatez llegó a conocer a su padre. Así es, el pecado se convierte en lugar de encuentro con Dios. No nos cambian los buenos propósitos (que son cosa loable) sino el agradecimiento a un Dios Padre/Madre que es así de bueno. Siendo Dios tan bueno como es, cómo no vamos a serlo también nosotros.

¿Qué le hace volver al hijo? El recuerdo de tener un padre bueno. “Seguro que como jornalero me admitirá”, se decía en su camino de vuelta. Lo que se encontró superó con creces sus expectativas.

Podemos tener un peligro los que ya llevamos años, o toda la vida, siendo creyentes. Es creer que ya lo conocemos todo sobre Dios y que no nos va a sorprender. ¡Cuánta ingenuidad si de hecho pensamos así! Dios es misterio de salvación sin fondo. Así vivía  el hijo mayor, que habiendo recibido también la parte de su herencia, porque el reparto fue a partes iguales para los dos, no sabía la calidad humana de su padre. Sólo un Dios tan humano puede ser divino. A eso estamos llamados. Que el Espíritu Santo nos ayude.

Momentos de encuentro

Por: Secretariado de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax

Estamos en Cuaresma y es un tiempo propicio para los encuentros en profundidad, para poder compartir lo mejor de cada una y las expectativas y deseos que llevamos dentro de mejorar y de convertirnos a una vida más misericordiosa.

Rosa y participantes

Rosa y participantes

Eso es lo que ha ocurrido estos días en nuestra casa de la calle Pintor López de Valencia. Como ya lo hizo en la zona de Pamplona, Rosa Belda nos acompañó el día 13 de febrero. Estuvimos toda la tarde del sábado dialogando sobre la vida, la muerte y la libertad. Sobre el Testamento Vital y otras cuestiones bioéticas en la práctica médica. Rosa inició su reflexión con la pregunta ¿cómo nos enfrentamos a la enfermedad grave y a la muerte? Y nos urgió a dignificar en morir. Dignificar el morir tiene que ver con no matar la posibilidad de vivir el morir, sino dar paso a la apropiación del morir.

Dignificar el morir es también acompañar en los interrogantes, miedos y soledades; aliviar los dolores y malestares corporales; que el momento final sea en consonancia con la vida vivida; que seamos dueños de nosotros mismos…

Y nos preguntábamos, está hoy el morir amenazado de indignidad. Desde mí:

  • Sigo siendo yo, aunque me veas casi inconsciente, respirando con dificultad, paralizada en una cama, con un cuerpo vencido de años…
  • Y este decirme lleva consigo el acto de “ponerme en pie” y afirmar que ni el dolor, ni el sufrimiento, ni la enfermedad, ni la misma muerte pueden arrebatarme lo que soy.

En torno a estas reflexiones concluimos el sábado y el domingo día 14 celebramos el cumpleaños de nuestra compañera Mary Bravo. Agradecimos a Dios su vida y su entrega y se lo dijimos cantando.

Cantando

Cantando

Escucha atenta

Escucha atenta

 

 

 

 

 

 

Y el día 16 estuvimos de retiro: “Este es el tiempo de la misericordia”. La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos sorprender por Dios. Una Cuaresma que, esta vez, tiene un color especial. El día 8 de diciembre del pasado año se abrió el Año Santo de la Misericordia. El mismo Papa en la Bula de Convocación del Jubileo nos llama a que “La Cuaresma de este Año Jubilar ha de ser vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios” (Nº 17).

Este es nuestro deseo, nuestro anhelo más profundo ser mujeres con entrañas misericordiosas que se dejan conmover por el dolor ajeno y se comprometen en establecer unas relaciones más justas y un mundo más de Dios.

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