Vuestra soy, para Vos nací

Por: Santa Teresa de Jesús. Liturgia de las Horas

teresaVuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad, eterna Sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, Alteza, un Ser, Bondad:
La gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criasteis,
vuestra, pues me redimisteis,
vuestra, pues que me sufristeis,
vuestra, pues que me llamasteis.
Vuestra, porque me esperasteis,
vuestra, pues no me perdí:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma:
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición.
Dulce Esposo y Redención
pues por vuestra me ofrecí:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida;
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad;
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo:
pues del todo me rendí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?

Lidia

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad. Vita et Pax.

Presentamos a la que dicen fue la primera cristiana de Europa. Se llamaba Lidia y era lo que hoy llamaríamos una mujer empresaria. Procedente de Tiatira, vivía en la ciudad de Filipos en el siglo I de nuestra era, comerciaba con tejidos y púrpura y gozaba de buena posición. Su historia aparece en los Hechos de los Apóstoles (capítulo 16) y no se nos habla de su marido, pero sí de su familia y del personal de su casa.

Los Hechos relatan que ella, junto a un grupo de mujeres, se reunía los sábados junto al río. Un grupo de mujeres inquietas que buscaban algo más que bienestar en sus vidas. Y fue un sábado cualquiera que unos desconocidos se les unieron y les hablaron de un tal Jesús. Lidia se hizo bautizar y, con ella, sus familiares.

En Lidia podemos apreciar un bonito proceso de conversión:

  • Ella misma que busca. La persona despierta e inquieta que busca la verdad-Dios con perseverancia y honestidad tarde o temprano la encuentra.
  • “El Señor abrió su corazón”. Ella no lo llamó, ni pidió que vinieran unos misioneros a enseñarla. Es Dios quien sale al encuentro, es Jesucristo quien se adelanta y nos llama. A través de Pablo y sus compañeros, Dios hizo llegar su llamada a Lidia y a su gente.
  • Una vez el corazón está abierto, la siguiente fase es recibir, como lluvia fecunda, las palabras que abren un horizonte nuevo. Lidia atisbó esa vida nueva. Y creyó.
  • La conversión culmina con un gesto en el que Dios derrama su aliento, su Espíritu: Lidia se bautiza, y no solo ella, sino toda su casa.
  • La persona, como buena tierra, da frutos: atrae e invita a otros hacia Dios; abre las puertas de su casa; pone sus bienes a disposición de los demás…

Búsqueda, sed de verdad, apertura, compromiso, acogida del otro, abandono en el Espíritu… este fue el camino de Lidia, éste puede ser también nuestro camino. Una empresaria es capaz muy bien de ocuparse de su casa y de su negocio, ¡y al mismo tiempo ser apóstol y misionera! La secularidad y la consagración se llevan bien. Seguro que si hubiera vivido en esta época, Lidia hubiera pertenecido a un Instituto Secular.

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

  • M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono     678 89 88 38.
  • M. Jesús Antón Latorre. Teléfono    660 76 91 28.

Dirección de correo:  vidapaz@vitaetpax.org

¡Así es Dios!

Domingo XXIV  T. O.   Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Seguramente, el relato de las parábolas de Jesús capta enseguida el interés de todas las personas que le escuchan por su realismo. Nos vamos a fijar en la segunda. Una mujer pobre que tenía diez monedas pierde una. No es gran cosa. Todos conocían aquella monedita que solo valía el salario de un jornalero por un día de trabajo. Sin embargo, para ella es de gran valor. La mujer no se resigna a perder su pequeña moneda y va a hacer todo lo que está a su alcance por encontrarla.

“Enciende una candela”, porque su modesta casa no tiene ventanas y tampoco es mucha la luz que entra a través de la única puerta, casi siempre baja. “Barre la casa” con una hoja de palma para poder oír el sonido de la moneda al rodar en la oscuridad por el suelo de piedra. Cuando por fin la encuentra, no puede contener su alegría, llama a sus vecinas y les invita a compartir su dicha: “Alegraos conmigo”.

¡Así es Dios! nos dice Jesús. Como esta pobre mujer que busca su moneda y se llena de una inmensa alegría al encontrarla. Lo que a otros les puede parecer de valor insignificante, para ella es un tesoro. Una vez más los oyentes quedan sorprendidos. ¿Será así Dios? ¿Será verdad que los publicanos y las prostitutas, las mujeres y los pecadores… que tan poco valor tienen para algunos, son tan queridos por Dios? ¿Será que yo, tan insignificante, soy así de querida, de querido, por Dios?

Pero, cómo se atreve Jesús a comparar a Dios con una mujer, con una pobre mujer que pierde una moneda, algo tan poco valioso, y pone la casa patas arriba hasta que la encuentra y de nuevo brota la alegría, el compartir, la fiesta. Qué poco hemos contemplado la imagen de Dios como una sencilla mujer con su mandil y con su escoba buscando cuidadosamente su moneda perdida.

Llama la atención que esta alegría es el resultado de un proceso. Lo que tenemos al principio es una situación de pérdida, de dolor, de preocupación. La alegría emerge en el marco de un encuentro y la iniciativa, el primer paso, ha sido de la persona para quien lo perdido era algo muy valioso.

Es, además, una alegría que se necesita compartir, es expansiva, avanza por sí misma. La mujer llama y reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo porque he encontrado la moneda que se me había extraviado”. La alegría no es sólo el gozo interno sino que se muestra también en la convivencia festiva que se expresa exteriormente.

Jesús no sabía ya cómo invitar a las gentes a alegrarse y gozar de la misericordia de Dios. Y les habla en parábolas para que esté bien claro: Dios es como el Buen Pastor, Dios es como la Buena Ama de Casa, Dios es como el Padre-Madre Bueno. El Bautista ha predicado el mensaje amenazador del juicio de Dios, invitando al pueblo a la penitencia. Ahora, está Jesús invitando a todos a alegrarse por la misericordia de Dios con los pecadores pero, muchos, lejos de alegrarse lo descalifican.

Y vemos la alegría de Dios que se manifiesta en las tres parábolas. Alegría que nace de alguien y va hacia alguien, nunca es una alegría solitaria. Es expansiva y comunitaria en su propia naturaleza. Una alegría por la que se invierte la mala noticia en buena, la desgracia en oportunidad, la carencia en abundancia.

Una alegría que hace ligera la carga, que no guarda memoria de lo perdido sino gozo por lo encontrado, que necesita comunicarse y que tiene que ver con estar en camino, buscando. ¿No es eso lo mismo que hace Jesús cuando, después de su búsqueda cuidadosa, nos ha encontrado y necesita comunicarlo al Padre y a los otros y otras, celebrando el banquete con su propio cuerpo?

 

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