Construyendo igualdad

Comunicado 8 de marzo 2019

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Sororidad, marzo 2019

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Pisar Tierra Sagrada

XVI Jornadas ATE

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Día Internacional de las Mujeres

Publicado en: Revista Homilética -por Pepa Torres-

CANTO: “La mujer que mueve el mundo con sus manos” (Presuntos implicados)

CÁNTICO DE LA BUENA NOTICIA DE LA LIBERACIÓN DE LAS MUJERES

Bendito seas, Señor, por las mujeres testigos

que nos han precedido en la historia de la salvación.

Por las mujeres admiradas y reconocidas por Jesús,

por las mujeres protagonistas de sus parábolas

y fieles a la liberación del Evangelio hasta el fin.

Bendito seas por las que encontraron la Vida en ti.

Por La hija de Jairo, por la mujer que iba a ser apedreada

por el peso de una moral hipócrita.

Por todas las mujeres que en el encuentro contigo

se empoderaron y recuperaron su dignidad

poniéndose en pie y ayudando a hacerlo a otras y otros.

Bendito seas por la samaritana, que proclamó entre su pueblo

que la Buena Noticia de Jesús lo era también para las mujeres,

haciendo así nacer la comunidad de iguales.

Bendito seas por la mujer cananea que, con su reclamo,

te ayudó a reconocer que el pan del Reino no tiene fronteras.

Bendito seas por la mujer que metió la levadura en la harina

y por la viuda que compartió lo poco que tenía

y, al hacerlo, conmovió tu corazón

y la pusiste como ejemplo ante los ricos y los fariseos

Bendito seas por aquella mujer

terca en reivindicar una justicia que le era negada

de la que hablaste en tus parábolas.

Bendito seas por Marta y María, tus amigas de confianza,

por María Magdalena, Apóstol de los apóstoles, y primera testigo de tu Resurrección.

Bendito seas por Lidia, Damaris, Priscilla, Erodia, la diaconisa Febe,

colaboradoras y lideresas en las primeras comunidades cristianas.

Bendito seas por tu madre, María de Nazaret,

mujer de la confianza y la rebeldía por otro mundo posible

como nos revela el Magníficat.

Bendito seas por todas las mujeres y hombres que se comprometen

por la erradicación de la feminización de la pobreza

y la violencia contras las mujeres en nuestros ambientes y en el mundo

 

 

Manifiesto 8 de marzo

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Sororidad marzo 2018

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Reforma y reformas en la Iglesia

XV Jornadas de la ATE

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Huellas de santidad borradas

Festividad de todos los Santos

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Hemos restringido la designación de “santo” a las personas que han muerto y que sus vidas han sido ejemplares en relación al seguimiento de Jesús, normalmente, varones. Pero en la Sagrada Escritura la santidad es, en sentido estricto, un atributo exclusivo de Dios que, llevado de su amor y fidelidad, reúne un pueblo para compartir con Él esa santidad: “Yo soy el Señor que os saqué de Egipto para ser vuestro Dios: sed santos porque yo soy santo” (Lv 11,45).

La santidad no consiste, en un principio, en prácticas éticas o piadosas, ni tampoco en ser moralmente perfectos. Ser un pueblo santo significa participar, de alguna manera, de la forma de ser de Dios. Sus miembros están empapados de una cualidad sagrada que luego, naturalmente, se manifiesta en forma de compromiso y servicio con el mundo.

Las primeras comunidades cristianas asumieron este sentido de santidad y tampoco pusieron el centro en su propia piedad o perfección ética, sino en Dios que gratuitamente les había dado el don de la salvación. En el seno de la comunidad, los cristianos reunidos aquí o allí y llenos del Espíritu Santo, forman una sociedad de santos, individualmente y en conjunto, para el bien del mundo.

Es más, se aferran a la esperanza de que ni siquiera la muerte “nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39). De ahí que pronto sacarán la conclusión de que su comunidad no estaba formada exclusivamente por las personas que en aquel momento vivían y respiraban, sino que incluía además a quienes ya habían muerto.

Y de este pueblo santo, de vez en cuando, surgen personas que destacan por su testimonio de vida. Cuando son reconocidas por la comunidad pasan a ser públicamente significativas para los demás. Se les designa también santos o santas. Sus nombres se recuerdan como una bendición, un estímulo para la fe, un aliciente para el compromiso.

Durante los doce primeros siglos de la historia cristiana, la Iglesia local, con la aprobación de obispos regionales, reconoció a estas personas ejemplares, que eran nombradas durante la misa y formaban parte de la lista de los santos locales. Sin embargo, a comienzos del siglo XII se centralizó el proceso de canonización, exigiendo que fuese Roma quien dijese la última palabra en esta cuestión. Esta decisión tuvo consecuencias positivas pero también negativas.

Se fue elaborando la lista de los santos oficiales, convertidos en un grupo cada vez más elitista, ya que están proclamados por sus virtudes heroicas y su poder de obrar milagros espectaculares; un grupo, por otra parte, que terminó reflejando el rostro de quien lo creaba: predominantemente clerical, célibe y masculino; un grupo cuya creación exigió grandes inversiones de tiempo y dinero.

Como fruto de la canonización, la posición de las mujeres en la memoria pública de la Iglesia es mínima. Un simple recuento muestra que más o menos un 75 por cierto de las personas que aparecen en la lista oficial de los santos canonizados son varones, lo mismo que tres cuartas partes de los santos que figuran en el calendario litúrgico; en cambio, las mujeres que reciben ese mismo reconocimiento ronda apenas el 25 por ciento.

¿Quiere esto decir que los hombres son más santos que las mujeres? Naturalmente, no. Sin embargo, esta diferencia pone de relieve quién tiene el poder de canonizar en la Iglesia. Y entre las santas, las menos representadas son las mujeres que estuvieron casadas de por vida, es decir, que no se hicieron monjas, lo que demuestra que, si ser mujer representa ya una desventaja, ser mujer sexualmente activa hace casi imposible la idea de encarnar lo sagrado, y las pocas excepciones que conocemos a esta regla son reinas o mujeres próximas a la realeza.

Como resultado, la historia de la santidad de las mujeres ha sido en gran parte borrada de la memoria colectiva de la Iglesia. Esta ausencia debe reconocerse, echarse en falta, criticarse y corregirse. No es simplemente cuestión de añadir algunas. El reto es remodelar la memoria de la Iglesia, reclamando una participación paritaria para las mujeres, y de esa manera transformar la comunidad.

Sororidad Octubre

Sororidad Octubre 2017

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XX Jornadas Mujeres y Teología

Una espiritualidad saludable para quienes buscan despertar

Organiza: Núcleo Mujeres y Teología. Guatemala

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