¡Tú eres mi Hijo…!

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Bautismo del Señor, T.O. Ciclo C

“…Y se oyó una voz que venía del cielo:  ¡Tú eres mi Hijo!” (Lc.3,22) Cualquiera de nosotros, escuchando esta expresión, comprendemos que quien habla es un padre.  Y dicha con fuerza manifiesta no sólo la afirmación de una paternidad biológica sino todo un contenido de reconocimientos, responsabilidades y relaciones paterno-filiales, en este caso asumidas y proclamadas por el padre.

Jesús había escuchado a Juan el Bautista, que anunciaba la llegada del Reino de Dios y pedía una conversión: “Preparad el camino al Señor, allanad los senderos…” (Lc, 3,4) Juan bautizaba en el Jordán a los que estaban dispuestos a cambiar sus vidas porque esperaban y veían urgente una manifestación de Dios. Las cosas no iban bien, especialmente para los más pobres -que eran la mayoría- y estaban  injustamente tratados por los que detectaban el poder económico y religioso.  Jesús compartía esa esperanza y se unió a los que se disponían a ser bautizados por Juan, como signo de su voluntad de “enderezar lo torcido y de allanar lo escabroso” para facilitar la llegada del Reino que ya había anunciado el Profeta Isaías (Is 40,1-4).

Jesús, Hijo de Dios, que “se hizo uno de tantos y actuó como un hombre cualquiera” (Flp. 2,6-7) asume ante Juan, y junto a todos los que se bautizan, el compromiso de preparar el camino al Señor. Dice el Evangelio de Lucas que Jesús oraba al ser bautizado y fue entonces cuando se oyó la voz que venía del cielo:  “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc. 3,22).

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Dios no está en crisis

Por: José Antonio Ruiz Cañamares, sj. Madrid

La Epifanía del Señor   2013

Recuerdo con mucho cariño que siendo niño mi padre ponía un esportón de cebada al lado de la ventana la noche de reyes. Y yo le obligaba a que añadiera un cubo de agua por si los camellos tenían sed. Enmarcado en el conjunto de la navidad la fiesta de hoy tiene su encanto, sobre todo para los más pequeños.

Evidentemente que pasaron muchos años hasta que me enteré que el nombre litúrgico de la solemnidad de hoy es la epifanía, la manifestación de Dios a todos los pueblos, más allá de las fronteras de Judea y de Palestina.

Vivimos tiempos muy difíciles para la economía de nuestro país. Baste hacer mención de las personas en paro, los que no pueden pagar la hipoteca, etc. La crisis es como una marea negra que cada vez afecta a más personas. Y esto sucede en una sociedad que poco a poco se ha ido secularizando. En donde Dios parece haber desaparecido. Y la juventud, en su mayoría, crece y vive al margen de la fe de sus padres o de sus abuelos. ¿También podemos afirmar que hay crisis de Dios?

La fiesta de hoy nos lanza una buena noticia: Dios no está en crisis. Puede que haya crisis de Dios, pero Él no está en crisis. La epifanía nos avisa de que Dios quiere ser conocido por todos los hombres y mujeres de este mundo, por encima de razas y fronteras. No es que a Dios le gusten los protagonismos, sino que Él sabe, y nosotros que somos creyentes también, que a la persona le falta plenitud de vida cuando vive la existencia de espaldas a Dios, o en ausencia del mismo.

La fiesta de hoy, convertida por la sociedad de consumo en la fiesta del regalo, no nos dice que si no regalamos es que no queremos a los demás, sino que Dios no está de vacaciones, que anda poniendo estrellas en los senderos que las personas  transitamos. También en mi camino personal.

Queda de nuestra parte discernir el movimiento y el brillo de las estrellas que nos encontramos, para ver si nos llevan a Dios y a los hombres o nos alejan de ellos. No seamos ingenuos, no todas las estrellas nos conducen a Belén. Encontraremos estrellas que nos conduzcan a lugares vistosos, acomodados y con poder, pero allí no está Dios. Que se nos conceda el don del discernimiento y que sepamos ser estrellas para los demás y conducirlos al encuentro con Dios, que siempre nos salva.

Creyente contemplación – Gozoso anuncio

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Festividad de Santa María, Madre de Dios

Estamos celebrando con gozo y alegría las fiestas navideñas, fiestas hechas para la contemplación, el asombro, la  gratitud… días en los que el corazón se expansiona extasiado ante el gran misterio del Dios que se manifiesta en la máxima sencillez, humildad y pobreza.

Hoy nos invita la liturgia a fijar los ojos en María madre, la mujer que está viviendo momentos de una  intensa experiencia maternal, la cual aviva su actitud serenamente, contemplativa.  Ella envía a  la profundidad de su ser, los acontecimientos que están ocurriendo, guardándolo todo, reflexionando y meditando: “¿qué será de este Niño?” –se pregunta-.  Y va recibiendo luces.

Al poco rato de haber dado a luz a su hijo querido, se le presenta un alegre grupo de pastores ansiosos por ver lo que había pasado. Y ¿qué ve María en ellos?  Pues ve a gente  sencilla, pobre, los marginados de la sociedad, despreciados, los que no cuentan. Y llegan porque han recibido una BUENA NOTICIA, anunciada por “un ángel”  a quien se le junta un coro alegre y alborotado  de otros ángeles  que cantan GLORIA A DIOS EN EL CIELO Y EN LA TIERRA PAZ  ¡Cuánta bulla debía haber en el  cielo aquella noche!, tanta como silencio en la tierra en la que casi nadie se estaba enterando de lo que pasaba ni de que vivía el momento más álgido y sublime de la historia!.

Sólo ellos, los pastores, ante lo que se les manifiesta, reaccionan y sin  pensarlo se van deprisa a ver “la señal”. Corren y “encuentran al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” y junto a él sus padres.  Se sienten, ellos también  envueltos por la presencia del Dios que, fiel a sus promesas y fiel a su modo de actuar, se revela “a los humildes y sencillos” Ellos, junto con María, viven una experiencia única . Por eso, se postran, adoran, alaban, bendicen y glorifican. Y espontáneamente comunican “lo  que han visto, oído, palpado”.  Se convierten, sin pretenderlo, en testigos, en evangelizadores.

¿No son estos los pasos de la evangelización?   ¿Corremos presurosos y presurosas al encuentro del Señor siguiendo los indicadores que nos van mostrando  “los ángeles”?  Y cuando lo encontramos, revelado en lo cotidiano, en lo normal de la vida, ¿adoramos, agradecemos gozosamente?  Y desde ahí, ¿transmitimos la más grande noticia:  Dios está entre nosotros, se ha hecho uno de nosotros? ¿Qué Dios ama tanto a los hombres y  mujeres que les ha entregado su propio Hijo? ¡Qué maravillosa misión!  Y desde ahí  ¡cómo arderá el corazón!  Y con qué facilidad surgirán los nuevos métodos.

Y María sigue meditando en su corazón. Dice un autor espiritual que el verdadero sentido del mundo y de la historia sólo a los místicos se revela, sólo a quienes viven en Él y desde Él, a  quienes  ven con sus ojos y escuchan con sus oídos.  Si esto es así, María es el  paradigma, la gran mística que supo interiorizar poco a poco lo que  estaba ocurriendo,  fue interpretando a lo largo de su vida lo que  Dios iba diciendo a través de los acontecimientos tan simples, tan aparentemente  insignificantes como un  frágil recién nacido. Ella, la MADRE,  fue descubriendo el alcance de su misión a lo largo de todo el tiempo que pasó con su hijo a quien enseñó todo lo humano y de quien aprendió a sentirse hija. Y a llamar a Dios: ABBA

¿Y qué siente hoy  María, Madre de la Iglesia, madre de todos los hombres y mujeres en el aquí y ahora de nuestra  historia?  Seguramente que su corazón siente preocupación al ver  cómo los discípulos/as de Jesús no  acabamos de entender el proyecto de Dios sobre la  humanidad, no acabamos de aceptar las  vías de la fraternidad y de la solidaridad, los caminos del amor y del servicio, no terminamos de aniquilar nuestros egoísmos para acabar con las escandalosas diferencias entre ricos y pobres,  que siguen marginando a tantas personas y a tantos pueblos.

Pero también puede contemplar a tantas personas, hombres y mujeres de buena voluntad, que se afanan para que este mundo mejore, que infatigablemente  trabajan por dignificar la VIDA y por alcanzar la justicia y la PAZ. Son innumerables las iniciativas que persiguen estos objetivos humanitarios. BENDITOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ: es el mensaje de esta Jornada mundial.

Que Santa María nos impulse a todos/as a ser dóciles creyentes, contemplativos/as de las maravillas de Dios y activos/as en el anuncio liberador.

Una familia nada idílica

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Sagrada Familia, Ciclo C

El domingo siguiente a la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Hay muchas imágenes cursis de esta Sagrada Familia que, en otro tiempo, llegaron a ser modelos para la convivencia de nuestras familias cristianas. Tales imágenes nos resultan un tanto insulsas, ñoñas. Todo en ellas parece ser idílico y armonioso. Pero la Biblia nos ofrece otra imagen de la familia de Jesús. Ciertamente, hay que leer la Biblia más a menudo.

Comienza esta imagen de la familia bíblica con la propia genealogía de Jesús donde aparecen unas “antepasadas nada convencionales”. Las cuatro mujeres nombradas no son las veneradas matriarcas israelitas del Génesis. El texto nombra a Tamar, Rajab, Rut y la mujer de Urías. Todas estas mujeres se encontraron en algún momento fuera de la estructura de la familia “normal”, son gente insignificante, escandalosa, fuera de la ley, indefensa, objeto de tabúes… Y, sin embargo, Jesús es tan hijo de Tamar, Rajab, Rut y Betsabé tanto como lo es de Abrahán y de David (Mt 1,1-17).

Seguimos con su concepción. Recordemos que, según la costumbre del matrimonio judío, María y José estaban unidos en matrimonio legalmente ratificado. Antes de llegar a vivir juntos sucedió que María concibió un hijo. José sabía que él no podía ser el padre. Su embarazo parecería ser resultado de un comportamiento adúltero. Siendo un hombre justo, recto y observante de la Ley, se encontraba ante un dilema. Según la Ley, si se descubría que una joven desposada, antes de ir con su esposo, había perdido la virginidad, tenía que ser lapidada hasta morir. Es por lo que José tomó la decisión que sabemos… (Mt 1,18-25).

Después llega el nacimiento de Jesús. Una serie de elementos señalan en el relato de Lucas la dificultad de este parto, empezando por lo desarraigado de su escenario. José deja la casa junto con María en estado avanzado de embarazo. El viaje se emprende por un decreto del emperador romano César Augusto para que todo el mundo se censara en la ciudad de sus antepasados. Lejos de su casa, estos padres expectantes, sin habitación para ellos en la posada, se refugian en una cueva o establo donde había animales. Y entonces “le llegó a ella el tiempo del alumbramiento…” (Lc 2,1-20).

Al poco tiempo viven una experiencia de terror y desplazamiento. Con una ira violenta Herodes intenta matar a su rival recién nacido. Advertido en sueños, José tomó consigo “al niño y su madre” y huyó a Egipto de noche. En Belén, los soldados mataron a todos los niños varones de menos de dos años de edad. Tras la muerte de Herodes, José guiado por otro sueño volvió con “el niño y su madre” a la tierra de Israel pero advertido de un nuevo peligro, José encaminó su familia al norte, a Galilea, donde pusieron su morada en la ciudad de Nazareth (Mt 2,13-23).

Y en el evangelio de hoy (Lc 2,41-52), Lucas nos presenta a Jesús en el Templo de Jerusalén con doce años. Después de la fiesta de Pascua, Jesús se queda atrás discutiendo con los expertos en la Escritura, haciendo caso omiso de los temores de sus padres. No es el buen chico que hace exactamente lo que sus padres quieren de él. Cuando, tras buscarlo angustiados durante tres días, sus padres lo encuentran finalmente en el Templo, le hacen la pregunta con cierto reproche y en su respuesta Jesús no parece tener demasiada compasión.

Sin embargo, sí hay un relato fantástico donde aparecen trazos de su vida en común (Lc 2,22-40), es la escena anterior al texto de hoy. En ella Lucas nos describe cómo los padres llevaron al niño a Jerusalén; cómo ellos ofrecieron sacrificios; Simeón se encontró a “los padres”  haciendo con Jesús lo que era costumbre según la ley; “el padre y la madre del niño” se quedan pasmados ante sus revelaciones; “su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo…” (v. 34). Qué cuadro tan llamativo: la joven pareja arropada por la bendición de este sabio noble anciano, recibiendo su oración y siendo recordados ante Dios los dos juntos. No es María sola la que aquí es bendecida, no José aparte. Los dos están unidos, preparados para el cuidado de su hijo.

Ya vemos que esta familia de idílica nada. Sin embargo, Jesús creció no en el vacío, sino en el círculo de su familia galilea. Es más que probable que, al menos, alguna parte de su idea del amor de Dios para salvar provenga de estos padres judíos que, durante los años decisivos de su desarrollo, le enseñaron a conocer al Dios compasivo y liberador, de las Escrituras hebreas.

Hoy nos ha nacido un Salvador

Por: María Auxiliadora Fernández. Grupo Mujeres y Teología. Ciudad Real

Natividad del Señor  2012

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”
(Is. 9,2)
“Ha aparecido la gracia de Dios”
(Ti. 2,11)
“No temáis, os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy os ha nacido un Salvador”
(Lc. 2, 10-11)

Los Profetas, casi siempre suelen tener razón. Lo que anunciaron se cumplió entonces y se sigue haciendo realidad en nuestros días. Nuestro mundo camina en tinieblas, la mayoría de ellas impuestas por quienes encienden cada día sus luces cegadoras, provocando multitud de oscuridades, fruto de un modelo económico empeñado en poner en primer lugar el máximo beneficio de unos pocos, a costa de machacar a la mayoría.

En este tiempo tan recio y tan espeso, un pueblo –nuestro pueblo-  camina entre tinieblas, y  todo apunta a que quienes tienen en sus manos el “Imperio”, no quieren abrir ventanas a la LUZ. ¡Y así nos va!

Así les va sobre todo, a quienes están padeciendo las consecuencias de tanta oscuridad como nos envuelve: Cuántas vidas rotas; cuántos rostros doloridos; cuánto llanto inútil; cuánta muerte, cuánta sin-razón….. La lista de rostros destrozados se alarga sin medida, pareciera que no va a tener fin.

Pero la Palabra emerge de nuevo en medio de la noche, y nos recuerda que existe una “LUZ GRANDE”, esa que no deslumbra, sino que alumbra encendiendo el corazón, iluminando la mente, calentando el alma… de quienes hemos optado por acoger la LUZ que se regala en un “Establo”.

Y aparece también la “Gracia de Dios que trae la salvación”, rica de bondad, repleta de ternura y rebosante de esperanza; ya no está escondida, se nos regala y nos habita y ha mostrado su rostro en una personilla débil y frágil. Así es nuestro Dios: Un “trastocador” de planes; bien lo dijo la Mujer que lo acogió en sus entrañas: “Derriba los poderosos de sus tronos y ensalza a los humildes”.

Un Dios que además, nos quita cualquier miedo: “No temáis, os traigo una Buena Noticia”. Se acabaron los miedos. Es posible otro mundo, porque en Belén se hace posible lo imposible. Y esto no es un cuentecillo. Es la razón profunda de nuestra fe. Nada está perdido, mal que les pese a “los mercados” y a sus vasallos “mercaderes”. Es nuestra hora, la de quienes creemos en el Dios nada-poderoso.

Vayamos a toda prisa al Pesebre; no hay tiempo que perder; nos empuja el dolor del mundo, hecho nuestro en los márgenes de la historia -siempre en los márgenes-; nos impulsa la esperanza de saber que un Niño está de nuestra parte; nos lanza al compromiso una Luz en medio de la noche. Poco importan los costes de la entrega, los sudores de la lucha, los escasos resultados visibles….. ¡Importa la VIDA!

¡Es NAVIDAD, con esto basta!

Experiencia de Dios y Misión

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala. 

Bautismo del Señor, Ciclo B

Saboreando todavía el gran Misterio de la Navidad, la ternura del Dios hecho Niño compartiendo nuestra condición humana hasta los últimos detalles, el calendario litúrgico nos sitúa rápidamente ante la celebración del Bautismo de Jesús. Un Jesús que, naturalmente, ha ido pasando día a día por las sucesivas etapas de niñez, adolescencia, juventud hasta llegar a la plena madurez. Tiempo silencioso, oculto, normal, que le ha ido enriqueciendo en los aspectos culturales de su tierra y de su tiempo. Ellos serán, sin duda  la observante pedagogía de su predicación.

Hoy lo encontramos ya en el Jordán, uno más en la fila de los que se sienten necesitados de recibir el bautismo y de dar el paso a la conversión a la que invita Juan el Bautista. De nuevo un gesto solidario, humilde,  anónimo,  queriendo ser de verdad “uno de tantos”. Pero al salir del agua purificadora se encuentra con la gran sorpresa: Dios, su Padre, le hace un gran regalo: Le concede vivir una profunda experiencia de HIJO.  No es que Jesús no supiera que Dios era su ABBA pero otra cosa fue, en este momento crucial de su vida, experimentarlo, llegar a tener conciencia plena de ello. El cielo de su corazón se abrió, el Espíritu lo invadió y en él resonó la voz del Padre: TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREDILECTO.

Fue una experiencia fundante, decisiva,  que ocurrió –según Lucas- “mientras oraba”. Para Jesús, estar en continua relación con su Padre, sería algo habitual pero esta vez tuvo una intensidad especialísima que selló su identidad de Hijo para siempre Y, a su vez, le reveló la misión que Dios le confiaba: ser el mensajero de la BUENA NOTICIA

En Jesús se unirían en esta experiencia el gozo de saberse el Hijo amado, el predilecto,  y el saberse también el siervo cuya misión tenía que asumir. En su mente y en su corazón resonarían también las palabras de Isaías describiendo de manera directa, la voluntad de Dios, su designio eterno de estar cerca de la humanidad, de cuidarla con delicadeza exquisita, de liberarla de toda opresión para conducirla por los caminos de la justicia y la paz: “El siervo no gritará, no voceará por las calles, no quebrantará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante…” Será liberador, justo, pacífico… Para Jesús fue una misión apasionante que le absorbió por completo y con la que se comprometió hasta las últimas consecuencias.

Para las y los que hoy somos sus discípul@s, y que queremos identificarnos con él, esta escena es fundamental y es importante dedicarle un rato de contemplación. Ciertamente no recordamos nuestro bautismo pero sí sabemos que fue el gran don que recibimos al inicio de nuestra vida. Nunca lo agradeceremos bastante.  Pero sí, a lo largo de nuestro camino de seguimiento,  habremos tenido experiencias fuertes en las que Dios nos ha manifestado su querer, verdaderas estrellas que brillan en nuestra vida. Ellas han de ser las que mantengan nuestra relación filial con el Padre, y nuestra amistad con Jesucristo. Según Ranher nos va en ello la identidad: “el cristiano del siglo XXI o será  místico o no será”.

Pero unida a estas experiencias, como la otra cara de la misma moneda, está la misión confiada por el Padre a cada uno, a cada una, la misma que confió a Jesús. Siguen existiendo a nuestro alrededor, injusticias que denunciar, derechos a promover, cañas cascadas y pábilos vacilantes que cuidar con delicadeza,  ciegos y sordos –y no precisamente físicos- a quienes abrirles los ojos y los oídos del corazón para que puedan ver y oír el clamor de los pobres, los marginados y los excluidos. Y por encima de todo hay una BUENA NOTICIA que anunciar: el REINO DE DIOS, hecho de justicia y gracia, de VIDA y verdad,  de amor y de PAZ.

Santa María, Madre de Dios

Por: María Jesús Laveda – Vita et Pax , Guatemala

Año Nuevo 2012

Comenzamos un nuevo año civil, porque el que vamos recorriendo desde la fe, ya lleva su pequeña andadura. Todas las personas encuentran en este día un momento para el abrazo y los buenos deseos para este año que comienza. También Dios Padre–Madre, que nos regala su bendición y nos asegura su presencia durante todo nuestro caminar por el 2012. Así escuchamos “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. Una tradición en Israel y una tradición en tantos pueblos -yo lo veo en Guatemala- en donde los padres, especialmente las madres, bendicen a las hijas e hijos cuando van a emprender un viaje o una misión importante.

Dios nos bendice al comenzar el año. Tenemos por delante una misión, una nueva oportunidad por estrenar para llenar nuestro tiempo de Buenas Noticias, para cada un@ de nosotr@s y para cada persona con la que entrelazamos la vida y el trabajo.

Compartamos esa bendición a lo largo de todo el año que comienza.

Otro regalo de Dios Padre es la paz. Regalo, don, tarea. En nuestro mundo, en nuestras sociedades, la paz es una tarea imprescindible que no podemos dejar en manos de otras personas cuyos intereses no incluyen a tantos pueblos: hombres, mujeres, niñ@s, a los que el Dios de la Paz mira con cariño, pero que son olvidados por los que tienen en sus manos las decisiones que favorezcan esa paz que la tierra grita desde lo más profundo de su ser.

Cada una de nosotras hemos recibido, de una manera especial, la Paz como un don y una tarea. Forma parte de nuestra identidad. Una paz que va más allá de la ausencia de guerra y que afecta a todo ser humano. Sin paz no hay justicia, ni libertad, ni respeto mutuo, ni armonía entre las personas, ni en el cosmos, ni dignidad humana.

Compartamos y construyamos esa paz, a lo largo de todo el año que comienza.

Jesús nace y lo hace bajo la ley, nace de una mujer, como cada ser humano. Acoge nuestra realidad común y es entre nosotr@s donde va a llevar adelante su proyecto del Reino. De esa manera consagra toda realidad humana, haciendo posible la utopía de la nueva humanidad. Por eso podemos decir que “otro mundo es posible, desde Jesús de Nazaret”.

Difícil pero posible. Invitación a ser personas arriesgadas que apuestan por la vida. Y que saben guardar en su corazón, como María, la madre de Jesús, la mujer oyente de la Palabra, ese misterio y tesoro escondido que le da la fuerza necesaria y la certeza de que está respondiendo al plan de Dios-Sabiduría que quiere contar con los seres humanos para construir el Reino. Incomprensible, pero cierto, Dios cuenta con nosotr@s y nos regala todo un año, como una nueva oportunidad para transformar nuestro mundo en una casa común, fraterna, pacífica, solidaria, llena de vida y bendecida por Dios.

Compartamos esa tarea, construyamos ese mundo diferente, estrenemos año nuevo, nueva esperanza.

De la mano de Jesús, el nombre elegido para él y que define su misión: Dios salva. Habrá que trabajar para que cada ser humano pueda “reconocer” su nombre grabado en el libro de la Vida. Es nuestra misión. Nos va en ello nuestra vida y la de cada una de las personas que formamos parte de la familia humana.

Hay tarea por delante: Feliz Año Nuevo, pleno de Vida, abierto a la Paz.

Retiro de Adviento 2011 – Oyentes de la Palabra

Por: Maricarmen  Martín

La espera es la actitud a la que el tiempo de Adviento nos invita continuamente. Ésta nos genera una tensión sana. Quien espera no mata el tiempo de puro aburrimiento, aspira a una meta. Tenemos algo-Alguien que aguardar. Aguardar ensancha el corazón porque cuando aguardo, advierto que no me basto a mí misma. Mientras esperamos el corazón se extiende hacia lo que espera. Nos damos cuenta de ello cuando esperamos a un amigo o amiga, a cada minuto miramos el reloj para saber si es ya o no la hora de que venga.

En Adviento no esperamos sólo nosotras; también Dios nos espera. Este tiempo pretende invitarnos a ensanchar el corazón en la espera y a animarnos por nuestra condición de esperadas. Con este ánimo nos proponemos ser “personas oyentes de la Palabra” y, al igual que María, quedar fecundadas por la Palabra y dar al mundo al Salvador.

Y esperamos hoy, en un contexto social, político y religioso concreto. Basta leer el periódico, escuchar la radio, bucear en Internet, ver la televisión, prestar atención a los vecinos, amigos o familiares… para tomar conciencia de ello. La situación no la deberíamos echar en saco roto, a pesar de que nos desazone. Su olvido convierte en cínica nuestra espera. Tenerla presente nos desplaza del terreno de nuestros discursos al de nuestras prácticas y nos hace merecedoras de la bienaventuranza de Jesús (Lc 11,27-28).

De las personas que no tienen trabajo, de los pueblos que se mueren de hambre, de los ancianos o enfermos en soledad, de los emigrantes que llegan a nuestras costas, de las gentes pisoteadas y excluidas, de los que trabajan por conseguir la paz… se podrían decir aquellas mismas palabras de la Escritura con las que el Evangelio se refirió a Jesús “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (Mt 21,42). Cómo haremos para que el Adviento sea una Buena Noticia también para ellos y ellas.

De todo el contexto social, político y religioso en el que vivimos, qué personas o grupos  voy a tener presentes, de manera especial, para que este Adviento pueda ser una Buena Noticia también para ellos y ellas.

1. LA ESPIRITUALIDAD DE LA PALABRA

Podría dar la impresión de que los nuestros no son tiempos propicios para la espiritualidad; pero sería una impresión engañosa. En medio del ruido de las ciudades, de lo cambiante de una sociedad que considera pasado de moda lo vivido ayer, de la crisis económica y de valores que nos envuelve… resulta que las búsquedas espirituales brotan, aquí y allá, con una sorprendente abundancia y una gran variedad.

No, los nuestros no son malos tiempos para la espiritualidad. La espiritualidad no tiene límites fijos porque desde antiguo se sabe que el soplo del Espíritu es libre como el viento. También la Palabra posee su propia espiritualidad.La Biblia es el segundo libro de Dios que, junto con el libro de la Vida, nos permite discernir dónde está Dios, cómo es y cuál es su Palabra para nosotras. Debemos escuchar la Palabra de Dios con un oído en la Biblia y otro en la realidad donde vivimos.

La espiritualidad bíblica se encuentra más allá de la simple letra escrita. Depende de ella, pero está en otro horizonte. Por eso, es preciso habituarse a releer los textos en sus raíces, en sus trasfondos, en su capacidad de sugerencia, en ese terreno de la libertad donde nos lleva el Espíritu… Las palabras de la Palabra resuenan en el fondo. Hay que apuntar ahí. Si las situamos en la superficie, las palabras se vacían de contenido, son meros fonemas. Mirar al fondo es contemplar, asomarse a ese abismo de sombras y de luz es encontrarse con la propia verdad. En el fondo de todo texto bíblico, por extraño o por inquietante que pueda parecer, hay un nódulo de buena nueva- de Evangelio- esperando a ser desenterrado. Tarea grande pero posible. Al menos, podemos intentarlo en este tiempo de Adviento.

Es verdad, este tiempo de Adviento es privilegiado para adentrarnos en la Palabra. Y María es un buen ejemplo para ello. A María se la refleja habitualmente sola, leyendo sosegadamente, cuando el ángel Gabriel irrumpe en su vida. No nos podemos imaginar la Anunciación ocurriendo durante el transcurso de un gran botellón. Se requiere silencio. Volver a aprender a estar en silencio. El silencio puede ser inquietante. Una nunca sabe lo que puede oír. La Palabra emerge del silencio. Es importante acallar la cháchara interior dentro de nuestra vida cotidiana.

Contemplo a María, la mujer “oyente de la Palabra”, su gran libertad para la escucha  y cómo esa Palabra le cambió la vida

Después del silencio, abstenernos de proceder a un interrogatorio inmediato, como si pudiéramos, por la fuerza y demasiado rápido, apropiarnos de su mensaje. Existe una escucha pasiva que nos abre a la posibilidad de quedar fecundadas y fecundados por la Palabra como María. De modo que tenemos que permanecer sin más junto al texto, descansar en su presencia, no tratar de comprenderlo con demasiado empeño. Recibimos la Palabra con una hospitalidad tranquila, como un huésped al que hacemos los honores.

Por último, la Palabra siempre espera respuesta. En el Antiguo Testamento, la respuesta habitual suele ser una palabra hebrea, Hineni, “Heme aquí”. Al decir Hineni, el interlocutor acepta la responsabilidad respecto de sí mismo y de la labor que Dios le encomienda. Es arriesgado responderle a Dios “Heme aquí”. No sabemos adónde puede llevarnos la conversación con Dios. María finalmente responde: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Este es su Hineni.

Nuestro reto es oír la Palabra de Dios y continuar diciendo “¡Heme aquí!”. Seguimos descubriendo quiénes somos en la relación con Dios. Este descubrimiento no se detiene. María está inmersa en la tranquila historia de su vida, esperando su matrimonio con José y las dichas de la vida hogareña cuando, de repente, se ve envuelta en una historia mucho más amplia, que se remonta al rey David y se prolonga en dirección al Reino. Si respondemos diciendo: “Heme aquí” ala Palabra, en este Adviento del año 2011, también la historia de nuestras vidas seguirá siendo transformada.

Cómo es mi manera de acercarme a la Palabra. Qué transformaciones percibo que la Palabra ha ido haciendo en mí

Y respondemos Hineni, desde nuestra cotidianidad. La realidad cotidiana es nuestra zarza ardiente, el lugar donde el Espíritu se nos manifiesta y donde nos espera, y nos vamos descalzando cuando aprendemos a estar en ella comprometidas en su humanización, cuando la vivimos en clave de donación y gratuidad. La Palabra ha de ser, entonces, instancia real de iluminación de esta vida cotidiana. Palabra para el discernimiento, para el análisis grupal, familiar y personal. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos o escritos que manejamos. La Palabra ha de ser estilete acerado que pinche en nuestras contradicciones vitales, amparo amable que cure nuestros desgarros, consuelo y gozo que aumente nuestro disfrute.

Cómo ilumina la Palabra las situaciones difíciles por las que atraviesa mi familia o grupos a los que pertenezco

Quien oyere la Palabra y no le naciera desde lo profundo la certidumbre de saberse privilegiada por el ofrecimiento de un gran don, de ser amada en la evidencia de haber sido llamada a la aventura de vivir, de creer que esa aventura está iluminada por el mismo Dios en su Palabra… no habría oído bien. Quien oyere la Palabra y no experimentara que su desamparo vital mengua, que las nieblas de sus indecisiones se diluyen, que el ánimo surge modesto pero imparable… no habría oído bien.

Para vibrar de esta manera ante el texto bíblico se precisa tener sed y hambre. La desgana hace que el alimento de la Palabra sea soso, que ya seamos personas “satisfechas” y que el agua de sus manantiales resulte rutinario. Pero si se tiene sed, si “arde el corazón” como lo hacía en el interior de aquella pareja de Emaús, si escuecen los labios y el alma como le ocurrió a Ezequiel… es entonces cuando hay posibilidad de sumergirse en el mundo de la espiritualidad bíblica.

Abstenerse las personas desencantadas, saciadas, satisfechas, cansadas. La Palabra y su espiritualidad es para personas que tienen activado el amor y el deseo, el anhelo y la búsqueda. Es para personas de ojos abiertos, de mirada incansable, preguntona y profundizadora de la realidad. La Palabra convoca al diálogo, a la pregunta, a la colaboración, al encuentro. Es una Palabra para vivir con espíritu, con alma, con entrega. La Palabra nos remueve por dentro, nos alienta, afianza los lazos comunes para contribuir a la empresa fraterna de vivir en grupo, en familia, el seguimiento de Jesús.

Hago un compromiso concreto de acercarme a la Palabra, asiduamente, en este Adviento

2. Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

La Palabra toma el camino de la humanidad, se hace tierra fértil: posibilitadora de todo lo que existe, discreta acrecentadora de la vida. Crea y se retira para dejarnos ser. El “sí”  de María, su Hineni, abre las puertas a la humanidad compasiva de Dios. En la noche, en el silencio, la Palabra se hizo carne superando toda expectativa, toda razón. “Carne” en el lenguaje bíblico significa el ser humano en su condición débil y mortal. Con esta breve frase recoge Juan el tema del anonadamiento que Pablo desarrolla en el Capítulo 2 de Filipenses.

No vino como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos. In-fans, significa “el que no habla”. La Palabra enmudece. El que tiene todo el poder y el honor se muestra despojado de poderes y de honores. Es increíble que la pequeñez y la vulnerabilidad sean las tarjetas de visita de Dios. La Navidad es el memorial de esta verdad, que una y otra vez se nos olvida. No nos tiende la mano desde arriba, sino que se muestra necesitado desde abajo. Nos ayuda desde la debilidad.

Medito Flp 2,1-11: cuál es mi tarjeta de visita

“Puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14), esta bella imagen está tomada del Antiguo Testamento. En el Éxodo se dice que “tomó Moisés la tienda y la plantó para él a cierta distancia, fuera del campamento y la llamó Tienda del Encuentro” (33,7). Para los israelitas la tienda fue muy importante durante la travesía del desierto hacia la tierra prometida. La sombra de esa carpa daba reposo, sentido y ánimo a la larga marcha. La presencia de la tienda cambiaba lo que esa experiencia tenía de árido y la convirtió en lugar de encuentro con Dios.

Para Juan la carne que asume la Palabra es la tienda del nuevo encuentro. A reunirnos en ella estamos convocadas, ser discípula de Jesús es vivir, creer y esperar bajo esa carpa. Una carpa bien iluminada porque sólo la Palabra es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9). Al igual que el pueblo de Israel estamos invitadas a acudir a esa carpa en nuestra propia travesía por la vida.

En esta carpa somos iniciadas a un nuevo encuentro con Jesús; a percibir el tiempo de un modo diferente, más cordial, a nombrar y acompañar el tiempo que nos toca vivir, a habitar con intensidad la segunda, la tercera o la cuarta etapa de nuestra vida. Cada momento esconde su perla, y es muy hermoso poder llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del hoy de Dios para con nosotras, sentir y poder reconocer el tiempo de su venida. Sus pasos los percibimos mientras llega y cuando ya ha pasado y la historia, y nuestra historia, es el rumor de esos pasos.

Medito Jn 1, 1-18, reposo y tomo aliento junto a esta nueva carpa porque… “de su plenitud hemos recibido todas”

Y nació en Belén, “pequeña entre las aldeas de Judá” (Miq 5,1), rodeado de pastores y animales. Un nacimiento con olor a estiércol porque hasta un establo habían llegado sus padres después de tocar inútilmente muchas puertas en el pueblo. Allí en la marginalidad, la Palabra se hace historia, debilidad y solidaridad; pero también podemos añadir que, por eso mismo, la historia, nuestra historia universal y personal, se hace Palabra.

Desgraciadamente, en nuestras sociedades y en sus estructuras sigue sin haber lugar para aquellos que más lo necesitan. Las personas que vienen buscando la vida en medio de nosotras carecen de lo necesario para sobrevivir; y, sin embargo, ellos son la estrella que nos conduce hasta el Niño, una luz tan potente que es increíble nos cueste tanto seguirla. Dios nos invita a mirar la realidad, a recibirla, desde aquellos que no tienen sitio, para los que no hay lugar en la posada.

Las Marías y Josés de nuestro tiempo no se acercan al establo, pues han estado siempre allí, y quien se acerca al Niño se acerca a ellos, que están sumergidos en su luz. Sea cual sea el tipo de pobreza que marca la vida de las personas, esta carencia les empuja hacia el establo, y quien se acerca a ellos se acerca al Niño aún sin saberlo.

En la presencia de este Niño todo es aceptado, todo encuentra su sitio. Nada se rechaza. Lo sucio y lo que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado, pierde su aspecto desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado por el fulgor de la luz que emerge desde dentro, y hay mucho más espacio del que podríamos llegar a imaginar, y mucha dignidad y mucha belleza.

El Adviento es una invitación honda a hacernos puro sitio, pura capacidad, a estar profundamente abiertas, sin mostrar resistencias, en una creciente receptividad; y que la vida entera sea pesebre, cueva, espacio sin fondo donde acoger el desplegarse de una misma y de los otros y otras. Sólo así podemos responder a la pregunta que nos hacíamos al principio. Cómo haremos para que el Adviento sea una Buena Noticia también para ellos y ellas, cuando nuestra vida entera se haga pesebre.

Qué personas o situaciones, que me cuestan,  me comprometo a dar pasos para acoger en este Adviento

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