Es hora de despertar

Festividad del Corpus Christi

Por: Teodoro Nieto. Burgos

La festividad del Cuerpo de Cristo se remonta al siglo XIII, y fue inspirada por una religiosa que sintió la necesidad de revitalizar la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Durante siglos, la piedad de los creyentes parece haber puesto el acento en la adoración y en el culto procesional del Santísimo Sacramento. Ahora bien, en el mundo en que vivimos, cabe preguntarnos: ¿Podemos quedarnos únicamente en una adoración intimista y cruzarnos de brazos ante una sociedad que antepone el valor de la economía de mercado a los ochocientos millones de seres humanos hambrientos en nuestro planeta; que es caldo de cultivo de la desigualdad social, de la precariedad, de carencias en el ámbito de la educación, de la salud, del trabajo, de políticas corruptas, de maltrato femenino, de miles de refugiados que, lejos de acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos los sepultamos en el mar?
Esta festividad puede, tal vez, ayudarnos a despertar y a redescubrir aspectos que fácilmente podemos pasar por alto en la celebración de nuestras Eucaristías.
Es profundamente significativo el relato de la multiplicación de los panes que hoy proclamamos en el Evangelio. El evangelista Lucas resume el de Marcos, introduciendo algunos cambios, según su estilo propio. Las cifras que aparecen: siete (cinco más dos), cinco mil, cincuenta, doce, tienen un valor puramente simbólico que nos remiten al pueblo judío, representado en los cinco libros del Pentateuco (la Ley), y en el doce, que hace referencia a las doce tribus de Israel. Ello excluye, por tanto, una interpretación literal de los mismos.
En realidad, más que de “multiplicar panes”, el texto habla de “repartirlos”. No se trata, pues, de “multiplicar”, sino de “repartir” y “compartir”. Sabemos que el sistema capitalista neo-liberal es experto en “multiplicar” la riqueza, a costa de flagrantes injusticias. Pero se niega a repartir o distribuir el pan en la mesa de los hambrientos. Jesús no hizo el milagro que podemos imaginar, y tal como estamos acostumbrados a imaginar. Jesús compromete más bien a sus discípulos a asumir la realidad del hambre de la gente. Y les da una orden tajante: “Dadles vosotros de comer”. Hoy nos preguntaría: ¿Os preocupa que cientos de millones de seres humanos en el mundo no tengan todos los días pan anbundante en sus mesas?
En el relato de Lucas aparece con claridad su trasfondo eucarístico: Toma los panes, alza los ojos al cielo, los bendice, los parte y se los da a los discípoulos. Solo quedan al final unos pedacitos. El pan tiene que saciar a todos.
En la antigüedad, compartir el pan era un signo o sacramento de la vida, con potencialidad de crear y fortalecer sentimientos traducidos en la vida cotidiana en comportamientos de auténtica solidaridad. Por eso lo usa Jesús en su cena de despedida. En el transcurso de la historia, el núcleo de todo culto eucarístico es la presencia de Jesús en el pan y en el vino: “Esto es mi cuerpo”, “Esta es mi sangre”, que en arameo, la lengua que él habló, equivale a decir: “Esto soy yo”, y que, trascendiendo todo literarismo, Jesús no se refiere a la “materialidad” del cuerpo, como parece haber entendido cierta teología posterior, sino a toda su persona, a su ser total. Cuando Jesús dice “esto es mi cuerpo/esta es mi sangre”, no contempla únicamentge el pan y el vino materiales que tiene ante sus ojos. Nos está diciendo que lo Divino está encarnado en lo humano, en toda la realidad existente, y que todo es sagrado. El pan y el vino simbolizan toda la humanidad, el cosmos entero. Y esos símbolos tendrían que llevarnos a descubrir la presencia de Cristo en todo y en todos.
Por consiguiente, la Eucaristía es la celebración de la unidad de todos y de todo en Dios. Para las primeras comunidades cristianas, como lo atestigua Pablo, el pan eucarístico era vínculo de unión: “Si el pan es uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo” (1 Cor 10, 17). Este es el sentido primordial de la Eucaristía. En realidad podemos decir que “comulgar” el Cuerpo de Cristo es comulgar, no solo con todos los hermanos y hermanas, sino con todo lo que alienta y vive. Porque la Eucaristía no es un simple rito aparte de la vida. Es la celebración de la alianza o pacto de unidad de Dios con toda la creación. Aunque el “ojo de la carne” no pueda percibirlo, somos una misteriosa e indivisible comunión. Celebrada y vivida así la Eucaristía, podemos al menos atisbar que toda la vida es Eucaristía, en el sentido más genuino de la palabra, es decir, una acción de gracias.
La festividad del Corpus Christi puede despertar en nosotros ecos la la Unidad olvidada que somos, y ayudarnos a tomar cada día más conciencia de la apremiante necesidad de construir con gestos cotidianos y concretos la fraternidad y sororidad, sobre todo con los hombres mujeres más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad Porque éste fue y sigue siendo el sueño más acariciado de Jesús, que tan insistente y amorosamente pidió al Padre: “Que todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo” (Jn 17, 21).

Comunidad de Amor

Domingo de la Santísima Trinidad

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

“Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo”

Una vez terminado el ciclo litúrgico con Pentecostés, la Iglesia nos propone la celebración de esta fiesta: el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio de difícil comprensión para nuestra mente humana pero a la luz y con la fuerza del Espíritu, podemos vislumbrar y llegar a entender el significado de esta realidad, en la que de una forma especial honramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el Dios Uno y Trino, que forman una Comunidad de Amor.

Juan, en el relato evangélico, nos presenta claramente la vivencia comunitaria de  las tres personas, la Trinidad: “Todo lo que tiene el Padre es mío, el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará”.  Ahí tenemos todo un programa de vida, Jesús es el Hijo amado del Padre y actúa como el Padre le enseña, el Espíritu es el que les fortalece y les enseña cómo tienen que actuar, les hace comprender esta realidad.

Efectivamente, la contemplación de las tres personas, su unión y su actuación, nos hacen comprender a nosotros el gran misterio del Amor. La Trinidad nos muestra qué es vivir en comunidad de amor en la que se dan todos los componentes de la vida comunitaria, ofreciéndonos un ejemplo y un programa de vida: nos enseña que no debemos vivir solos, nos fortalece  para que no perdamos nada que tenga que ver con el amor, nos compromete a vivir siempre vinculados a los otros y abre nuestros ojos para descubrir que nada de lo que pasa en el mundo nos es ajeno.

Para los creyentes creer en un solo Dios que es comunión Trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria.

Ante la realidad del mundo de hoy, qué podemos hacer. Nos puede entrar el desaliento pero cada uno desde el lugar que ocupa en la vida tenemos la responsabilidad de crear espacios en los que, de una forma concreta, aportemos nuestro granito de arena a la creación de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde reine la justicia y el amor, de forma que seamos ya aquí una verdadera Comunidad de Amor. Comunidad sin violencias ni guerras, donde se respeten los derechos humanos y cada ser viva con la dignidad que le corresponde. Comunidad donde la fraternidad sea el signo de que creemos en el Dios Padre que nos ama, en el Hijo que nos muestra cómo es el Padre y que con palabras y actuaciones nos invita a vivir fraternalmente. Todo con la fuerza del Espíritu que nos hace clamar Abba, Padre.

La primera lectura, tomada del libro de los Proverbios, es un canto precioso a la creación en la que con un lenguaje poético, el autor nos introduce en la contemplación maravillosa de la obra creadora de Dios. Esta obra supone para nosotros una gran responsabilidad. La Casa Común, como la llama el Papa Francisco, y que en la Encíclica Laudato Si, nos plantea la importancia de hacer que sea un espacio habitable con un programa de trabajo para su cuidado; todos somos invitados a ser los cuidadores, los custodios, llamados a realizar una labor que nos lleve a la fraternidad universal.  San Buenaventura dice “que toda criatura lleva en sí, una estructura propiamente Trinitaria” ( LS 239).  Por tanto, en esta celebración se nos invita a unir estas dos realidades, la Trinidad y el cuidado de la creación.

Como canto a la creación se completa  esta liturgia con el salmo 8.

“Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra.
Cuando contemplo el cielo obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado
qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para darle poder”.

Que la celebración de la fiesta de la Trinidad nos ayude a ir creando lazos de fraternidad, a responsabilizarnos con los bienes que poseemos, a una justa distribución de ellos,  cuidando la Casa Común y los seres humanos que la habitan. Que con Isabel de la Trinidad podamos decirle: “Hay un ser, el Amor que nos invita a vivir en sociedad con él- ¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en Ti”.

… el fuego de tu amor

Domingo de Pentecostés

Por: José Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza

“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor”

Percibo en mí, y en otras personas, poca relación con el Espíritu Santo. De alguna manera es el “olvidado” en nuestra vida espiritual. Y no es que el Espíritu Santo necesite de nuestra oración, somos nosotros los que necesitamos invocarlo: ¡Ven Espíritu Santo!

¿Por qué necesitamos invocarlo? Tres razones fundamentales:

  1. Por muy fuertes que nos creamos a veces, nuestra condición de criaturas nos hace invocar la fuerza que necesitamos para recorrer el camino de la vida, el camino de seguimiento del Señor Jesús. Las mayores experiencias de Dios suceden cuando al sabernos y experimentarnos en la debilidad percibimos que somos habitados por una fuerza que no es nuestra y que nos hace seguir adelante. ¡Ven Espíritu Santo a fortalecer nuestra debilidad!
  2. El discernimiento. Discernir no es elegir entre lo bueno y lo malo. Discernir es un proceso en donde entran en juego distintos elementos para elegir entre dos cosas buenas. E intentamos acertar con lo que es la voluntad de Dios para nosotros. Para el buen discernimiento se necesita la luz del Espíritu Santo que ilumine nuestras potencias naturales para acertar en las pequeñas o grandes encrucijadas y decisiones de nuestra vida. Nos jugamos mucho en acertar con lo que es la voluntad De Dios. ¡Ven Espíritu Santo e ilumina nuestro caminar hacia Dios!
  3. Dios nos quiere en relación y no aislados. Sin embargo, pertenece a la condición humana la soledad. Es la compañera de la vida por muy acompañados que vivamos. El creyente debe vivirse habitado, no por un inquilino, sino por el mismo Dios Espíritu Santo. San Pablo lo deja claro en Rom 8. De no experimentarnos habitados, la soledad se puede convertir en aislamiento y provocar búsquedas no sanas para llenar un vacío interior que nunca acabará de estar satisfecho. ¡Ven Espíritu Santo y habita nuestra persona!

Existe una cuarta razón para invocar al Espíritu Santo. Quizá sea de mayor peso que las anteriores y por esa razón la dejo para el final. Sabemos, y todos estamos de acuerdo, que como varones y mujeres hemos sido creados para amar. Y todos constatamos lo difícil que nos resulta con frecuencia vivir amando con generosidad, a todas las personas y en todas circunstancias. Quien ama gana, vive mejor. El que no lo hace pierde. Cuando experimentemos que nuestro corazón no ama bien, al modo como Dios ama, invocamos desde nuestra oración: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor”.  ¡Feliz día de Pentecostés!

La fe cristiana es una fe comprometida

Fiesta de la Ascensión del Señor

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Lo central en la vida cristiana es la experiencia de fe. Lo vemos en los discípulos, primero quedaron fascinados por la persona de Jesús, después, la fe en el Resucitado, la certeza de que Dios lo había resucitado, que estaba vivo… consolidó esa experiencia naciente. Es esta misma fe la que les hizo bajar la vista del cielo a la tierra, a ponerse manos a la obra, la obra del Maestro; porque el compromiso, la acción… pertenece a la esencia del cristianismo. La fe cristiana es una fe comprometida.

‘Obras son amores y no buenas razones’ dice la sabiduría popular. Todas nuestras palabras, razonamientos, declaraciones de fe, oraciones profundas, buenas intenciones… quedan enfrentadas al test de los hechos. Y no es por mero utilitarismo o eficacia, la fe los reclama como un asunto de honestidad, para no dar lugar a la hipocresía y a la falsedad. Nuestro compromiso es la verificación de nuestra fe, es ponerle cuerpo.

Lo contrario, es un error farisaico que puede afectarnos también a nosotras. Es un empeño equivocado de engañar a Dios, a los demás e incluso a nosotras mismas. Confunde los deseos con la realidad, las palabras con los hechos, las oraciones con la conducta.

El compromiso cristiano es un asunto de rectitud, de integridad. Ser sinceras y honradas para con Dios, los demás y una misma es quizá la primera dimensión de la responsabilidad cristiana. Implica un deber serio con la verdad, que es el ámbito de Dios. Un compromiso en la cotidianidad del día a día.

No podemos ser cristianas a ratos o solo en ciertas actividades. La ventaja de la vida ordinaria es que revela la autenticidad de lo que somos. Hay ámbitos en los que una puede protegerse, esconderse o disimular, pero en la vida ordinaria, no. No hablamos de ser perfectas, sino de esa coherencia básica en la que una muestra lo que es, más allá de los errores, meteduras de pata o la parte inevitable de incoherencia que tenemos.

Nuestro compromiso no es una obligación impuesta desde fuera, nace del interior de la experiencia cristiana, a impulsos de la fe y del Espíritu de Jesús. Con frecuencia se interpreta como una dura carga, una obligación moral, un pesado fardo que nos aleja de la felicidad. Visto así, el cristianismo es una mala noticia; nada tiene que ver con el Evangelio, con la buena noticia de Jesús.

La felicidad es un derecho irrenunciable de todo ser humano. Ningún compromiso será auténtico si niega este derecho. Eso sí, el compromiso cristiano puede y debe cuestionar algunas concepciones de la felicidad al uso, y formas egoístas e insolidarias de buscarla. Nadie tiene derecho a ser feliz a costa de los demás. Toda felicidad auténticamente humana y cristiana ha de ser una felicidad solidaria.

Es más, un compromiso auténtico tiene que implicarnos, que llevarnos a poner en juego lo más valioso y lo más querido: la propia vida. Y en eso Jesús ha dejado un ejemplo maravilloso. Ha ido verdaderamente por delante. Después de la muerte de Jesús no podemos hablar frívolamente sobre el compromiso. Pues no será verdadero si no arriesgamos nuestra comodidad, imagen, reconocimiento,  intereses… la propia vida.

Pero tenemos un problema añadido porque, a primera vista, el riesgo que conlleva el compromiso no es ‘razonable’, no tiene el éxito garantizado. El final de Jesús es un claro testimonio de fracaso humano. Sólo en la fe se puede confiar que la fragilidad del amor triunfe sobre la fuerza del poder, que la justicia indefensa se imponga sobre la injusticia violenta… Y sólo en la fe, descubrimos que la resurrección de Jesús es la confirmación del valor que tiene ese compromiso a los ojos de Dios. De tal manera, que la fe nos lleva al compromiso y el compromiso nos devuelve, otra vez, a la fe.

Somos morada de Dios

6º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia.

“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y haremos morada en él”.

Este mensaje de Jesús a los suyos pone en evidencia que  la comunidad cristiana y cada persona se convierten en morada de Dios. La misma realidad humana se hace santuario de Dios.  Ya no hay ámbitos sagrados donde Dios se manifieste fuera de la persona.

Estamos viviendo la Pascua del Señor y contemplamos que el proceder del Señor es una total donación de su propia vida para que toda la humanidad tenga vida. Una vida gastada a favor de los hermanos. Es una entrega total y radical, definitiva, hasta la muerte, al servicio y al amor de los más pequeños.

Al reconocer este plan amoroso de Dios en relación con sus criaturas, un sentimiento de profunda gratitud se apodera de todos nosotros.

Nosotras, identificadas con Jesús, tenemos la misma tarea: construir el Reino, servir, aliviar y compadecernos de los más débiles. Ahora bien, vivir esta dinámica es estar continuamente en comunión con Jesús y con el Padre, porque todos los creyentes tenemos el deber de que en nuestras acciones se revele el Dios libertador que tiene un proyecto de salvación para todas sus criaturas.

Este texto nos hace comprender que Jesús se despide de los suyos. Los apóstoles temen su nueva situación y se preguntan ¿Cómo mantendrán la comunión con Jesús y cómo recibirán de Él la fuerza para entregar día a día la propia vida?

Y nosotros tenemos la respuesta: El Padre, en el tiempo de la Iglesia, nos envía un abogado, un auxiliador que nos va a recordar todo lo que Jesús nos ha enseñado: el Espíritu que nos ayuda a interpretar las propuestas de Jesús a la luz de los nuevos retos que el mundo, que  la sociedad, nos pone por delante. ¿Estamos atentos a las llamadas del Espíritu? Debemos aprender a responder a los desafíos de nuestro tiempo con audacia,  imaginación, con libertad y sobre todo escuchando la voz del Espíritu en nosotros.

Así ocurre en el Concilio de Jerusalén, tal como nos indica la primera lectura. En esa asamblea eclesial, van a enfrentarse varias opiniones: Pedro reconoce la igualdad fundamental de todos, judíos y paganos, considera que la Ley  es un yugo que no debe imponerse a los paganos, pero Santiago procura mantener las tradiciones judías. Es decir, o abrir horizontes y mirar adelante o no avanzar y presionar para que las tradiciones se mantengan.

Asistidos por el Espíritu, la decisión se toma por los convocados al Concilio. Así, se manifiesta la conciencia de la presencia del espíritu, que conduce y que asiste a la Iglesia en su caminar por la historia que nos va haciendo comprender que el amor está por encima de la ley.

La segunda lectura nos ofrece una metáfora de  “la nueva Jerusalén que baja del cielo”. Se repite el número 12 que integra la totalidad del Pueblo de Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, pueblo que es conducido hacia la vida plena por la acción salvadora y liberadora de Cristo.  El texto denota que la ciudad no tiene Templo y anuncia que en la vida plena la criatura no tendrá necesidad de mediaciones, porque vivirá siempre en la presencia de Dios y se encontrará con Dios cara a cara, más aún, según hemos aprendido en el evangelio cada corazón humano será morada de Dios.

La Iglesia no es todavía la comunidad mesiánica de vida en plenitud, pero tiene que procurar ser, a pesar de las limitaciones y del pecado,  un anuncio y un testimonio de la luz de Dios, de la fraternidad por él querida

“La nueva Jerusalén” tiene que ser construida desde ahora en esta tierra. Esta es la tarea que nos tiene que comprometer: la construcción de un mundo de justicia, de amor y de paz que sea reflejo del mundo futuro que nos espera.

Al final del texto evangélico, Jesús se despide dejándonos su paz y una vez más nos insiste a no tener miedo porque Él nos da la seguridad de que sigue estando en nosotros y afirma que su muerte es vida para todos, porque Él es la manifestación suprema del amor. Él es la paz, acogerlo a Él es acoger al amor que nos trasforma y que nos hace instrumentos de su paz en nuestra vida y a nuestro alrededor.

 

¿Una propuesta política decepcionante?

5º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Jose Luis Terol. Laico. Zaragoza

Debemos estar muy lejos del cielo nuevo y de la nueva tierra de los que nos habla el libro del Apocalipsis en la liturgia de este domingo. En este cielo y tierra nuevas no habrá ni muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, y, sin embargo, parece que nos hemos acostumbrado a la muerte constante e invisibilizada de las personas migrantes que tratan de alcanzar nuestras costas; al drama absurdo de miles de familias desahuciadas de sus viviendas; al dolor de tantas personas expulsadas de un mercado de trabajo que camina hacia la esclavitud; a la angustia de los trabajadores y de las trabajadoras pobres que no consiguen satisfacer las necesidades básicas de las personas a las que quieren; a la pobreza de los niños y las niñas que crece en nuestro país; a la trata de personas por explotación sexual; al goteo constante de asesinatos machistas; al sufrimiento inevaluable que conlleva el recorte constante de los servicios públicos esenciales desde una visión económica que no se centra en las personas sino en los beneficios económicos de unos pocos.

Ante esta situación atravesada por un clamor y un dolor social que resulta difícil eludir, hace unas semanas, en las elecciones generales de nuestro país, 2.677.139 de nuestros compatriotas votaron a un partido que les ofrece alternativas basadas en el miedo y en el rechazo a los diferentes, a los pobres y a quienes no comparten nuestros valores y creencias culturales. Probablemente, una buena parte de estos convecinos y convecinas nuestras, se consideran cristianos y valoran que de esta manera están defendiendo la fe y los valores que desde la Iglesia hemos transmitido a nuestra sociedad.

¿Cómo entender y acoger la Palabra en estos tiempos de incertidumbre y de tribulación? ¿Cómo caminar y acercarnos al cielo nuevo y a la tierra nueva que se nos acaba de proclamar a la comunidad? ¿Cómo ser instrumentos de ese Señor que hace nuevas todas las cosas y que proclamamos como Buena Noticia?

El libro de los Hechos ya nos ha dado una pista significativa: “hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. No parece que la propuesta de seguimiento de Jesús se parezca nada a todos los cómodos plazos de felicidad que se nos ofrecen cada día en el mercado de los valores y del sentido de la vida.  La propuesta definitiva y parece que nada compleja la acabamos de escuchar en el evangelio de Juan: “un mandamiento nuevo que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

En estos tiempos de elecciones y, por tanto, de corresponsabilidad ciudadana y de construcción de la comunidad, la Palabra nos ilumina y nos posibilita hacernos cargo unos de otros. Justamente ésta es la raíz y el sentido de la Política en su sentido hondo y auténtico.  La experiencia de la fe se va alejando cada vez más del miedo y del rechazo al otro –experiencia tan humana de fragilidad- para caminar desde la comunidad hacia la experiencia y la construcción de relaciones de Amor. La propuesta radicalmente política de Jesús, que desborda las propuestas concretas de todos nuestros partidos políticos, tiene poco de as en la manga o conejo sacado de la chistera. Es así de simple, provocadora y seguramente decepcionante: AMAOS.

Ya sabemos que el próximo fin de semana volvemos a tener una cita con el ritual democrático de las votaciones y las elecciones. Aportemos nuestra voz y nuestra mirada para definir la Europa, las  regiones y las ciudades que queremos. Votemos ese día y, sobre todo, votemos cada día en nuestros entornos desactivando nuestro rechazo y nuestro miedo y construyendo relaciones incondicionales, de acogida y de construcción de la gran comunidad humana que formamos.

Creer sin tapones

4º domingo de Pascua, Ciclo C

Por: José Alegre. Sacerdote. (Equipo Eucaristía)

Crónica de una ruptura

La primera lectura de hoy es una expresión, muy bien sintetizada, del conjunto de tensiones que fueron apareciendo entre los primeros cristianos y los judíos, todos ellos procedentes de la comunidad judía.

Unos y otros creyentes en el Dios del Antiguo Testamento, pero unos entusiasmados por la predicación que de Dios hacía Jesús de Nazaret, mientras los otros ya habían rechazado a Jesús.

Bien pronto, el judío radical Pablo, convertido a la nueva fe, abre la puerta a la entrada de no judíos en la sinagoga, es decir, a poder ser considerados como miembros de pleno derecho del pueblo de Dios. Y en eso, los que son herederos históricos, genéticos y religiosos de la fe de Israel no están dispuestos a ceder.

Todavía hoy resuena con frecuencia esta misma cuestión. Para unos son cristianos los bautizados e inscritos en los libros parroquiales. Para otros son los que practican los sacramentos. Para otros, son los que cumplen la moral cristiana que sería tener sensibilidad social y ayudar al prójimo o cumplir los mandamientos. Todo eso nos hace pensar.

Teología de esa ruptura

Para los teólogos de aquella segunda generación de cristianos que se plantearon la cuestión y tuvieron que dar respuesta al problema de la relación con otras religiones o de los mismos cristianos entre sí, no son las diferencias externas, ni el cumplimiento moral, ni la sensibilidad social, ni la pertenencia a un partido u otro. Tampoco lo son las relaciones jurídicas con la institución correspondiente, ni la pertenencia a grupos de tradición bien contrastada y de costumbres muy implantadas. Lo decisivo para marcar el ser cristiano en sentido original y profundo es la actitud que se adopta ante Jesús y su Palabra, que es la que marca la diferencia con cualquier otra religión.

Para nosotros Dios es padre

Al cristiano le corresponde la expresión Padre para referirse a Dios. Jesús tuvo ese título en su boca continuamente como clara forma de distinguirlo frente a las denominaciones que otros podían utilizar para referirse a Él pero no evocaban las mismas cosas que ese nombre tan familiar y, si es bueno, tan lleno de ternura, compasión y preocupación. Si hay quien dice que la infancia y la relación con los progenitores conforman el patrimonio psicológico y social de la personalidad, habrá que darles la razón a quienes, como Pablo, vieron enseguida que este Dios no es igual ni el mismo que el de los fariseos, al que ellos consideraban Juez. Vivir la alegría de un Dios como el de Jesús es lo propio de un tiempo como el de Pascua que nos invita a ver, poco a poco, todas las consecuencias que tuvo la Resurrección para nosotros.

Tiempo de búsqueda

2º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

Acabamos de concluir la Semana Santa y ahora es el tiempo de hacernos conscientes de la sorprendente verdad de un Dios que tiene una palabra de vida más allá de la muerte. Jesús fue resucitado de entre los muertos. Es una respuesta sorprendente de Dios; el reconocimiento de que la palabra definitiva no es de muerte, sino de vida; no es de fracaso, sino de victoria; no es de esclavitud sino de liberación. Esta respuesta de Dios cambia totalmente la perspectiva de la vida e invita a plantarle cara al miedo, a las tormentas y al mal, sin temor a fracasar en el intento; o, más bien sabiendo que ni siquiera el fracaso, que llegará, será definitivo.

En el relato de hoy vemos a los discípulos encerrados, muertos de miedo, esperando la oportunidad para huir sin riesgo de la ciudad y volverse a sus aldeas, donde retomarían la vida que llevaban antes de conocer a Jesús. Sin embargo, algo ocurre, algo tan poderoso como para cambiarles la mirada y la existencia definitivamente. Pasarán de encerrarse, lejos de la vista de las gentes, a salir al medio de la ciudad; del silencio temeroso a la palabra audaz; de la preocupación por su supervivencia a la confianza en que ni la persecución, ni la prisión, ni siquiera la muerte han de tener la última palabra.

Los discípulos empezaron a darse cuenta de que había algo más. De que Jesús seguía con ellos. Y ese darse cuenta –no exento de incertidumbres como vemos en Tomás- les transformará para siempre. A partir de esas primeras búsquedas comparten preguntas y respuestas entre ellos. Unos son testigos para los otros. Se comunican relatos y experiencias y se transmiten lo que han visto. No siempre reconocen a Jesús, al menos no de entrada. Lo que perciben son más bien, destellos; vislumbran su presencia, lo adivinan en el camino… y luego lo vuelven a perder.

Pareciera que nosotros seguimos siendo como aquellos discípulos, hombres y mujeres llenos de preguntas, que necesitamos reconocer en nuestras rutas los destellos del Resucitado. A menudo nos preguntamos por qué Dios no se manifiesta más claramente. Por qué, si resucitó a Jesús, no lo vemos, no lo encontramos en nuestros caminos con más nitidez. Por qué la consecuencia de la Resurrección no es un mundo más justo donde se perciba con precisión vida digna para todos y todas.

De ahí que este tiempo de Pascua es privilegiado para la búsqueda, buscar al Resucitado. Escudriñar sus huellas en nuestra historia cotidiana y, a veces, rutinaria. Esa búsqueda nadie puede hacerla por nosotros. Podemos confiar, acoger la palabra de otros testigos, fiarnos y hasta empeñar la vida en ese acto de confianza. Pero sigue siendo ineludible la actitud de búsqueda personal.

He aquí una de las claves de la Pascua. Es el tiempo del encuentro, sí, pero sobre todo es el tiempo de la búsqueda. Lo buscaremos en la Escritura, en nuestro interior, en las otras y los otros, la naturaleza, el mundo… y hasta tratando de abrirnos al mismo Dios, donde quiera que esté y como quiera que hable. En dicha búsqueda se nos puede ir la vida entera.

 

Este es el Día que hizo el Señor, Día de fiesta y de gozo…

Domingo de Pascua de Resurrección

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Valencia

Hemos vivido con el Señor, de forma intensa, en esta Semana Santa, su entrega hasta la muerte por amor… “Nos amó y se entregó por nosotros”.

Pero aquí no terminaba su camino, el Espíritu lo RESUCITÓ de entre los muertos.

Él nos reservaba su gran don, RESUCITAR CON ÉL, para vivir PLENAMENTE EN ÉL. Lo veremos cara a cara, seremos semejantes a Él…

Esta realidad que vivieron los apóstoles, nos la narran con convicción y firmeza:

“Dios lo resucitó al tercer día, nosotros somos testigos… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, ES LA RAZÓN DE NUESTRA FE.

Sabemos que nuestra vida es limitada, que un día terminará aquí en la tierra, pero desde nuestro nacimiento, o más bien, desde nuestra existencia en el pensamiento de Dios, estamos destinados a vivir eternamente con Él y a vivir EN PLENITUD DE SU MISMA VIDA.

A veces, siento que nuestra confianza no es tan firme ni segura como la de los Apóstoles, aunque también a ellos les costó creer: “Hasta entonces no habían entendido la Escritura…”

María Magdalena, guiada por su amor a Jesús, fue al sepulcro, donde lo habían depositado, y no lo encontró… “no sabemos dónde lo han puesto…” y quizá entonces se tambalea la fe, nuestra confianza.

María corrió a transmitir su inquietud a Pedro, que con Juan, fue al sepulcro. Vieron los signos de la muerte: lienzos, sudarios… pero  Juan VIO Y CREYÓ.

Volvamos, como María Magdalena, a buscar al Señor al jardín, donde Él dirá nuestro nombre y le reconoceremos vivo y glorioso: “Resucitó de veras mi amor y mi esperanza. Venid a Galilea, allí el Señor aguarda, allí veréis los suyos la gloria de la Pascua”

Que la Resurrección del Señor, ilumine nuestros ojos y caldee nuestro corazón, para VERLE Y VIVIR  resucitados.

Yo me pregunto ¿los cristianos creemos verdaderamente en la resurrección? Si es así, ¿por qué tememos tanto la muerte?

Toda nuestra vida es un caminar de la mano de la vida y de la muerte, siempre vienen con nosotros las dos. A un tiempo que crecemos y maduramos, algunos aspectos de nuestra vida se van perdiendo, siempre la vida y  la muerte.

“Lucharon Vida y muerte en singular batalla y muerto el que es la VIDA, triunfante se levanta.”

Esta VIDA va penetrando nuestro ser para renovarnos cada día, hasta llegar a ser plenamente lo que Él pensó para nosotros, desde el principio.

Es importante vivir buscando “las cosas de arriba”, los aspectos que nos van haciendo más humanos, más fraternos, más creadores de vida a nuestro alrededor.

No busquemos entre los muertos al que VIVE.

Vayamos a Galilea, como TESTIGOS DE SU RESURRECCIÓN y pasemos por el mundo, como Él, haciendo el bien, creando un mundo más justo, humano y fraternal y una tierra capaz de acoger y dar vida a todos.

¡¡¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA  Y NOSOTROS RESUCITAREMOS CON ÉL!!!

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECIÓN!

Las veinticuatro horas más extraordinarias de la historia

Jueves y Viernes Santo 2019

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

 Después de habernos preparado en el tiempo cuaresmal para revivir intensamente el MISTERIO PASCUAL, nos encontramos ya en su plena celebración. Dejémonos pues, impregnar de su sentido profundo y acompañemos a Jesús en estas sus últimas veinticuatro horas que físicamente estuvo en este mundo. Intentemos penetrar en su corazón y en sus sentimientos.

Jesús es consciente de que su camino hacia el Padre está tocando a su fin porque sabe, como verdadero profeta que es, que se ha comprometido al máximo denunciando hipocresías, anunciando el Reino y mostrando el rostro misericordioso de su Padre.  Desde esta conciencia, siente tensión interior reflejada en la expresión del evangelista Juan: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El amor de Jesús por los suyos, por los que formaron la primera comunidad, fue patente desde el primer momento en que los eligió y a lo largo de su proceso de formación en el que los fue educando con el mayor cariño. Pero llegado este momento brilla de una manera especial.

Según las palabras introductorias, parece que va a pasar algo grande, provocan expectación,

Y SÍ pasa algo importante pero humilde y sencillo: se pone a lavarles los pies. Impresionante,

Jesús con este gesto da la última lección: el amor debe expresarse en servicio continuo, de hecho, se ciñe la toalla y no se la quita  después del lavatorio. Es simbólico, sus seguidores, sus amigos, las futuras comunidades cristianas, la iglesia que nacerá de su entrega total, deben  tener incrustada esta actitud: estar humildemente al servicio. “¿Comprendéis lo que acabo de hacer?”  dirá luego, “pues así ha de ser entre vosotros”. Jesús es totalmente consecuente, por activa y por pasiva ha inculcado que quien quiera estar arriba sea el servidor de todos. Reflexión seria para esta noche.

Seguidamente viene la cena pascual con todos sus salmos y sus  ritos. Pero en ella encuentra Jesús el modo de que la alianza sea actual para siempre y en ella asegura su presencia continua entre los suyos. Al comer el pan y tomar la copa se estremece, intuye la muerte que se le avecina y hace del pan su carne y del vino su sangre. Había llegado la hora de llevar a cumplimiento lo que había anunciado al multiplicar los panes y peces. Nadie podía comprender entonces cómo podría ser posible semejante afirmación. Él encontró la manera pero para que fuera real tenía que ser envuelta de terribles sufrimientos y desemboca en la crucifixión. Sus sentimientos en esta noche debieron ser encontrados y mezclados. Por un lado, sentiría el gozo de haber llevado a cabo la misión que el Padre le había confiado, casi obsesivamente quería insistir en el amor y señalar el punto ideal del mismo: “como el Padre me ama, así os he amado YO”. Así os estoy amando, así debéis amaros los unos a los otros.  Por otro lado, sentiría el dolor inmenso de la traición, del abandono, de la negación  y no solo de las pocas horas siguientes sino de todas las traiciones, negaciones, abandonos que a lo largo de la historia sufriría su transparente mensaje.  Muy duro sentir  todo eso, por eso no es extraño que, puesto en oración, llegara a sudar  sangre.                           

Y la noche iba transcurriendo. Llegó el prendimiento, las falsas acusaciones, los falsos testimonios, el ir y venir de “Herodes a Pilato”; nadie encontraba motivos suficientes que justificaran la condena. Burlas, azotes, coronación de espinas y finalmente el más injusto juicio de la historia seguida también de una injusta sentencia. Y en medio de todo ello, el admirable silencio de Jesús, roto únicamente ante las preguntas del sumo sacerdote y el interrogatorio de Pilato. Sus respuestas son serenas, claras, provocan indignación o bien hacen reflexionar. Ante ellos, y según el relato de Juan, Jesús controla los acontecimientos y se revela dueño de sí y testigo de la VERDAD. Imposible entenderse, transmiten en distintas “ondas”. Por eso, sin entender y presionado por las autoridades judías, el procurador romano lo envía a la crucifixión.

Jesús ya en la cruz, después de tanto tormento y seguramente con fiebre alta, siente dentro de sí la pasión por el Reino y quiere dejar concluida su misión: perdona y excusa a los que lo han crucificado: efectivamente no saben lo que han hecho. Se llevará consigo al paraíso el ladrón que reconoce su culpa. Tendrá sed, quizá aún le parezca poco lo que ha pasado para conseguir que la humanidad se rinda a los planes del Padre. Mira a los que tiene al pie de la cruz y con toda ternura nos deja la Madre y la confía al discípulo amado. Ahora sí: TODO ESTÁ CONSUMADO.  Le falta solo derramar la última gota de sangre y agua. Entrega el Espíritu. Es el gran PENTECOSTÉS, el NACIMIENTO DE LA IGLESIA y de la NUEVA VIDA SACRAMENTAL.

GRACIAS INFINITAS JESÚS, POR TU VIDA, TU PASIÓN, TU MUERTE. CON  ESPERANZA ANHELAMOS TU GRAN TRIUNFO: ¡TU  VIDA RESUCITADA!.

Desde Guatemala, con su particular vivencia de esta semana, alfombradas sus calles al paso de  nazarenos y sepultados, con fervor popular al más alto nivel,

¡¡¡GOZOSA PASCUA PARA TODOS Y TODAS!!!

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