Retiro de Cuaresma 2019

Una cena muy especial

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Iniciamos la Cuaresma, ese camino que recorremos cada año en dirección a la Pascua. Pero antes de llegar a la meta, está la cena. Una cena muy especial, la que llamamos “Última Cena”. Una de las principales características de la vida de Jesús fue sus encuentros de mesa y mantel con gente de todo tipo: ricos y pobres, pecadores y justos, recaudadores y contribuyentes, líderes religiosos y personas corrientes, fariseos y discípulos, mujeres y hombres…

Jesús dijo que el Reino de Dios es una gran mesa repleta de comida. Y no nos extraña esta comparación ya que la comida es para vivir, para reparar las fuerzas, para festejar la exquisitez de un alimento, de una amistad… para estar y sentirnos juntas y juntos. La “comida”, como el Reino, nos remite a la vida. Incluso en las tradiciones más antiguas de la Biblia, aparecen el alimento y la comida familiar asociados al encuentro con el Dios de Israel. También para Jesús, el alimento es un signo del encuentro con su Padre; porque siempre son el padre y la madre los primeros responsables en buscar el alimento de los hijos y de las hijas.

La Última Cena no es una más, una entre otras, sino precisamente la última, aquella que asume y ratifica el valor de todas las anteriores. Esta Cuaresma del año 2019 viene con una tarjeta de invitación personal para cada una y cada uno, una invitación a cenar; pero aparte de la peluquería, el vestido nuevo y los adornos complementarios, también es bueno prepararnos por dentro para asistir como dignas seguidoras de Jesús.

  1. La Pasión empezó con una fiesta (Mt 26,14-29)

Hace poco leí esta frase y me impactó: “La Pasión empezó con una fiesta”; es verdad. A veces se nos olvida que aquel grupo de personas se juntaron a cenar, a compartir un momento especial de amistad, de encuentro, de disfrute. Nos podemos imaginar las risas, las bromas de un lado a otro de la mesa, las conversaciones mezcladas. Eran los que habían compartido, de un modo más cercano, tres años de intemperie, de caminos, de aprendizaje, y seguro que traían un buen cargamento de anécdotas, historias y nombres.

Como ocurre en las grandes ocasiones, tenían un motivo, la fiesta de la Pascua. Jesús, lo vemos una y otra vez en los Evangelios, fue un hombre al que le gustaba celebrar la vida. “Amigo de comilones y bebedores” llegaron a llamarle. Alrededor de la mesa, comiendo y conversando con gentes de todo tipo, fue abriendo mentes y corazones, sanando heridas, acogiendo historias…

Es en esta cena donde Juan ubicará un largo discurso de Jesús sobre el amor y la amistad. Es aquí, en su gesto de partir y repartir el vino y el pan, relacionándolo con su propia persona, donde luego leerán la institución de una nueva alianza. Es bonito pensar en el papel que desempeña la Última Cena en nuestra memoria de la Pasión porque es un momento de júbilo, de gozo y de encuentro.

A veces, en nuestra vida nos falta la fiesta. Celebrar que no estamos solas. Que nos reconocemos hermanas y compañeras de camino a pesar de nuestras limitaciones y fragilidades. Celebrar que estamos vivas, gozando de muchísimas oportunidades que nos pasan desapercibidas y, sin embargo, para buena parte de la humanidad son casi inconcebibles. Celebrar el tener aseguradas las condiciones básicas para llevar una vida digna. La dicha de contar con muchos nombres y rostros que van formando parte de nuestro camino. El ser testigos de cómo la ciencia, la capacidad humana en todos sus aspectos, se desarrolla alcanzando cotas insospechadas. Celebrar la posibilidad de echar una mano. Que te la echen a ti. Aceptar la ayuda porque, juntas, se puede más…

Comienzo la Cuaresma tomando conciencia de todo lo que hay de fiesta en mi vida, de lo mucho que tengo para agradecer y celebrar.

  1. La Pasión empezó con una crisis (Mc 14,10-31)

No todo fue fiesta. La Última Cena marcó un momento de crisis en la relación de Jesús con sus discípulos. Uno de ellos ya le había vendido, otro le negará y la mayoría de los restantes se darán a la fuga. El grupo se deshace, los lazos de compañerismo se verán desgarrados. Enfrentados al hecho de la pasión y muerte de Jesucristo, no tenían futuro al que agarrarse. En el momento en que este frágil grupo se estaba desmoronando, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”.

Esta es la paradoja fundamental del cristianismo. Como cristianos, nos reunimos para recordar la historia de aquella Última Cena. Es nuestra historia fundacional y, sin embargo, es una historia que habla de un gran fracaso. Nos reunimos como comunidad en torno al altar y recordamos la noche en la que se deshizo la comunidad; cuando celebramos la Eucaristía, recordamos el momento en el que Jesús se vio enfrentado a la muerte y la deserción.

Pero Jesús asumió esta crisis y la volvió fecunda. La verdadera comunidad nació en medio de una gran crisis de esperanza, cuando el futuro desaparecía. Por eso, la Última Cena nos invita a no salir huyendo de las crisis, sino a acogerlas, enfrentarlas, confiando en que pueden dar sus frutos. Si salimos corriendo, el momento será estéril, al igual que si Jesús se hubiese escabullido por la puerta de atrás en lugar de afrontar aquella noche oscura de traición. Las crisis nos rejuvenecen.

Es difícil ponerse en el lugar de Jesús. Parece evidente que no fue fácil dar cara al conflicto, y que el choque final iba resultando cada vez más inevitable. Es legítimo suponer que Jesús tuvo miedo al imaginar lo que se le venía encima. ¿Quién no ha tenido miedo? Miedo a equivocarse. Miedo a no ser lo bastante fuerte, coherente o capaz en según qué circunstancias. Miedo a no estar a la altura de lo que se espera de una. Al dolor. Al rechazo. Al fracaso. A la muerte… Es tan humano que seríamos unas imprudentes si no mirásemos la realidad con lucidez. Jesús también tendría miedo. Y tuvo que lidiar con él. La clave no está en no temer, sino en no dejar que el temor nos paralice.

Con sinceridad, pongo nombre a mis miedos de hoy y los comparto.

  1. La Pasión empezó abierta a la esperanza (Jn 18)

En la Última Cena se produce un enfrentamiento entre dos formas de poder. Está el poder de las autoridades políticas y religiosas que es un poder brutal y mudo; el poder de tomar a Jesucristo por la fuerza, de encerrarlo, de humillarlo y de matarlo; el poder de Pilatos, quien le dice a Jesús: “¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” (Jn 19,10). Pero la historia de Jesús, particularmente en el Evangelio de San Juan, trata de otra forma de poder; es el poder del signo y de la palabra.

En este Evangelio, Jesús realiza signos: convierte el agua en vino, abre los ojos a los ciegos, hace hablar a los mudos… Por ello, la Última Cena marca el enfrentamiento entre el poder de la fuerza bruta y el poder del signo. Está el poder de Pilatos por un lado, y el poder del hombre débil y vulnerable que toma el pan, lo parte y lo comparte ante la perspectiva de la muerte.

En la Última Cena, Jesús no se limitó a hacer cualquier signo. El suyo fue un acto creativo y transformador. Iba a ser entregado a manos de sus enemigos. Sería confiado por uno de los suyos al poder brutal del Imperio, pero no se limitó a aceptar esto pasivamente: lo transformó en un momento de gracia. Hizo de la traición un momento de entrega.

A través de este signo Jesús acoge la traición y la vuelve fructífera. Razón por la cual no hay nada en la historia de la humanidad, tanto negativo como positivo, que, de algún modo, en formas que no somos capaces de anticipar, no pueda ser acogido y dar su fruto. Nuestro Sacramento de Esperanza se celebra en un momento en el que no parecía haber ninguna esperanza. Toda Eucaristía es una celebración de nuestra confianza acerca de que en Cristo el sentido acabará triunfando de una forma que no somos capaces de adivinar.

Ahí está el reto que se nos plantea en esta Cuaresma a cada una de nosotras: vivir con esperanza en medio de nuestras propias circunstancias y las de nuestro mundo. Recordamos lo dicho ya en otras ocasiones: la esperanza no es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga. Es la convicción de que todo aquello por lo que vivimos, con sus alegrías y sus penas, sus logros y sus fracasos, revelará tener un sentido.

Junto al sentido, también tejemos esperanza para otras personas cuando ejercemos el poder que tenemos, sea mucho o poco, para servir. Cuando colocamos nuestras capacidades, nuestra valía, nuestros recursos, al servicio, especialmente, de los sencillos, de los pobres, de los hombres y mujeres que encontramos en la vida y que pueden necesitarnos. Tejemos esperanza cuando nuestro poder es signo de servicio al prójimo, tratando de que su vida sea más plena. Imagina un mundo en el que todos viviéramos así, seguiría siendo un mundo imperfecto, frágil y complicado, pero sería un mundo mejor.

Qué está ocurriendo ahora en mi vida o en el mundo a lo que me cuesta encontrarle sentido.

  1. La Pasión empezó con un acto de libertad (Lc 22,1-34)

En la Última Cena, Jesús es la víctima inocente. Ha sido traicionado y en breve será entregado. Pero continúa eligiendo libremente. Sus opciones son muy limitadas, pero elige reunirse con sus discípulos para celebrar una última comida juntos en lugar de salir huyendo de Jerusalén. Elige cruzar el valle del Cedrón e ir al jardín de Getsemaní para enfrentarse con sus enemigos. No es una simple víctima.

“Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Esta no fue únicamente una acción solidaria que Jesucristo tenía la posibilidad de hacer o de no hacer. Los Evangelios ponen de relieve que todo lo que Jesús había venido haciendo anteriormente desemboca necesariamente en esto. Toda la libertad que Jesucristo había manifestado al perdonar los pecados, tocar a los leprosos, trascender la ley, todo ello culmina en este acto de absoluta libertad. Se trata de lo que Jesucristo debe hacer pero también de lo que hace más libremente.

Cuando pensamos en la libertad como elección, es en relación a algo que poseemos. Pero tenemos la posibilidad de identificar una libertad más profunda, que es la de ser lo que somos. Relata un prisionero en Auschwitz: “La libertad es algo que tú y yo consideramos que tenemos y si nos encierran, nos la quitan. Pero en los campos de concentración, la libertad consistía en lo que éramos, lo cual configuraba nuestras actitudes respecto de nuestra situación y de nuestro destino”.

En este mundo consumista solemos dar por supuesto que cuantas más opciones tengamos, más libres seremos. Si podemos elegir entre diez clases distintas de yogures, somos más libres que los que sólo tienen dos. Pero cuando hemos evolucionado en dirección a esa libertad más profunda, la realidad es exactamente lo contrario. No hay más que unas pocas opciones profundas y fundamentales a elegir; y tienen que ver con llegar a ser libres y felices en Dios. Además, la libertad jamás es meramente individual, como la del consumidor dudando en escoger entre distintos productos. La libertad es el espacio en el que florecemos juntas.

Y aquí aparece una consecuencia difícil: la renuncia. Es el reverso de toda decisión. Eliges un camino y rechazas otro. Se trata de apostar por algo a lo que das tanta importancia que lo antepones a todo lo demás. Jesús se ve en la encrucijada de elegir entre su seguridad y bienestar o mantener la coherencia con lo que ha hecho y dicho hasta el final. Sabe que si huye ahora, tendrá que seguir huyendo siempre. Si huye, salva su vida, pero a costa de dejar de ser quien es, de hablar en nombre de los pobres, los desesperados y los excluidos. A costa de dejar de hablar del Dios Abbá que vuelve del revés la Ley. Por lo tanto, opta por afrontar el juicio de los que no comprenden su Evangelio. Elige afirmar, contra viento y marea, la verdad del Dios que viene a revelar y su Buena Noticia. Aunque le cueste la vida.

Qué renuncias me han dejado huella.

  1. La Pasión empezó con un amor entregado (1Cor 11,23-26)

En la Última Cena, Jesucristo realiza el más libre de todos los actos habidos en la historia de la humanidad. Jesús da su propia vida: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Parece un acto casi temerario el ponerse en manos de sus discípulos, las mismas personas que le traicionarán, le negarán y se apartarán de él. Parece incluso la pérdida de toda libertad.

Jesús se entrega y corre el riesgo del rechazo. La Última Cena nos muestra con un realismo extremo los peligros de darnos a alguien. Esta cena no se trata de una cita romántica en un pequeño restaurante a la luz de las velas. La Última Cena es la historia del riesgo que supone el darnos a los demás. Esta es la razón de que Jesús muriera, porque amó.

La Pasión no es el itinerario ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.

El amor entregado de Jesús lo llevará hasta la cruz y allí amará a quienes lo acompañan y a quienes lo ejecutan. Un amor que le impulsa a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. Un amor que le hace volverse al ser humano que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. Un amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos a tantos otros y otras que buscamos aliviar la soledad. Un amor que busca su fuente última en Dios y por eso llama, pregunta, grita, expresa necesidad…, porque el amor no es todopoderoso sino pobre. Un amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.

Agradezco a Jesús su invitación a la cena y le presento todo lo que hay en mi vida de fiesta y júbilo, mis miedos, los ‘sin-sentidos’ que vivo, las renuncias… y le agradezco de corazón su amor gratuito y entregado por mí y por toda la humanidad…

Dios nos quiere a todos con Él

7º Domingo TO. Ciclo C

Dionilo Sánchez Lucas. Laico de Ciudad Real.

Cada  mañana cuando me levanto debo bendecir al Señor, cada día que sale el sol debo dar gracias a  Dios, por esas cosas cotidianas que acontecen, que pasan desapercibidas, que parecen no tener importancia, pero que nos dan la vida; por esa persona que está a nuestro lado y nos pregunta: ¿qué tal has dormido?, por el agua caliente que nos limpia y nos refresca; por el desayuno que nos alimenta y da energía para luego afrontar nuestro trabajo; por poder sentir la brisa de la mañana, desplazarnos a pie o en transporte; saludar a las personas que vamos encontrando y sobre todo a las que estaremos juntos gran parte del día.

Reconozcamos cuánto me ha dado Dios a mí en tan poco tiempo, para también nosotros hacer el bien, nos pongamos a disposición de los demás. Seamos el profesor o maestro que procura que sus alumnos aprendan conocimientos, respeten a sus compañeros, cuiden su entorno, despierten su fraternidad. Seamos el médico, el enfermero, el cuidador que escucha, observa y anima al enfermo, acompaña a la persona en su dificultad. Seamos la persona que está en la oficina que atiende al que llega, que resuelve sus problemas. Seamos la persona que está en la fábrica o el taller para hacer un buen producto que sirva a quien lo vaya a utilizar. Seamos quien está en la tienda o en el restaurante procurando agradar a los demás. Seamos el agricultor, pescador o minero, que ofrezca su sudor para obtener alimentos y bienes básicos, cuidando la naturaleza.

Llegarán otros momentos del día por los que ser agradecidos, en los que seguimos recibiendo el bien por el espíritu de amor del Señor. El encuentro y el compartir con nuestros padres, con nuestros hijos; el disfrutar un tiempo de lectura o escuchar música; el practicar algún deporte, pasear; asistir a reuniones, conferencias, encuentros en asociaciones; el poder tener tiempo para la oración o reflexión, dedicar tiempo a un voluntariado o entrega a otras personas.

Por todo lo que nos ofrece la vida debemos de reconocer a Dios tanto que hace por nosotros, en lo cotidiano de la vida y también por lo extraordinario: la enfermedad que se cura, la adicción superada, el trabajo deseado y encontrado, la amistad y el amor reencontrado, el hijo que nace.

Pero esa relación con las personas y con el mundo no siempre la vivimos bien: La falta de amor, respeto y comprensión en la familia; los desprecios, rencores y envidias en el entorno social; la falta de honradez y responsabilidad en el trabajo y otros ámbitos de la vida; la falta de solidaridad y cuidado con el pobre y el débil; la no acogida al inmigrante. Pero ahí está el Padre que nos trata siempre mejor de lo que merecemos, que es paciente y nos espera, que es compasivo y misericordioso.

En la Palabra de este domingo Jesús nos enseña el centro de su Evangelio, el amor por encima de todo. “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os injurian; al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también el manto. Al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Así escuchadas o leídas podemos pensar que es una llamada a la necedad, que es darle la razón al mal, aceptar y hasta arrodillarnos ante la injusticia. Pero todo lo contrario, es interiorizar que el odio no se combate con rencor, que la injuria se cambia con la verdad, que la guerra termina cuando surge la paz, que nuestros bienes son para compartirlos con los demás. Estas actitudes positivas más allá de pretender hacer méritos para que nos sean reconocidos, han de servir para cuestionar a aquellos que viven con el odio, la mentira, la injusticia, la violencia, la lujuria, atesorando riquezas. El juicio y la condena castigan a la persona, la ternura y el perdón son su libertad.

Que nuestra vida sirva para cambiar el corazón de las personas que no han conocido a Jesucristo, que el amor sea el principio y el fin de la humanidad, que el Reino de Dios esté presente en el universo, porque Dios nos quiere a todos con Él. 

No temas mujer

5º Domingo TO. Ciclo C

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

1ª lectura: Isaías 6, 1-2a.3-8

En este relato, que produce un cierto vértigo, resuenan en mí dos frases puestas en boca del profeta. La primera es “Ay de mí, estoy perdido”. Es la expresión de un sentimiento de derrota que aparece en tantos momentos de la vida que se ponen cuesta arriba, y que nos sitúan al límite de nuestras fuerzas físicas y mentales.

La segunda frase es la que dice: “Aquí estoy, mándame”. Pareciera que el profeta pasa de tocar fondo a experimentar que toca ponerse en marcha en favor de los demás, al servicio de Dios. A veces será de maneras muy sencillas. En cualquier caso, es pasar de estar mirando hacia nuestras penurias a responder, con las fuerza que tengamos, a la llamada de Dios.

2ª lectura: 1 Corintios 15, 1-11

Pablo nos sitúa frente al humilde reconocimiento de saberse el último, el pecador, el menos importante, pero al mismo tiempo el digno de ser mirado por Dios, de ser acompañado por su Gracia. Y añade: “su gracia no se ha frustrado en mí”. Ante esta expresión, me pregunto si su gracia se ha frustrado o no en mí. ¿Qué haré para que se plenifique Dios en mí? ¿Cómo iré dejando hueco en mí, despojada de lo que no es de Él, propiciando que se haga su obra, su voluntad en mí, en el mundo? La expresión en la que me detengo es un reto para el seguimiento.

Evangelio: San Lucas 5, 1-11

Lucas relata un signo de Jesús en el que Pedro deja, tal vez como Pablo,  que la gracia de Dios no se frustre en Él. Y es que sus palabras: “por tu palabra, echaré las redes”, son una metáfora de la superación de las dudas para dar un paso adelante. Nos metemos en la faena de la vida, de los quehaceres a favor de los demás, de la responsabilidad, del seguimiento de los valores del Evangelio, dejando a parte las inercias, las dudas, los miedos, y hasta las evidencias de que “esto no funciona”. Nos rodean las voces que nos tientan: trabajar lo mínimo para cumplir, esperar a ver si otra toma la iniciativa, hacer solo aquello que me da placer, recompensarme en exceso, consumir sin tregua, quejarme o hacerme la víctima… En definitiva todo lo que me centra más en mí y menos en Él, que es lo mismo que decir, lo que no me hace mirar por el bien ajeno, al menos tanto como por el mío.

Las dudas, las inquietudes, los interrogantes, incluso la propia vulnerabilidad, no son el problema. Bien claro dice Jesús: “No temas”. Por eso, basta ya de los “no puedo”, de las zozobras, que nadie nos quiere perfectas, ni el mismo Jesús, que como amante Dios nos mira con afecto entrañable, le gustamos así, como somos, con tantas virtudes como defectos, con tanta luz como sombra.

Hoy, desde el corazón, dejamos que Jesús suba a la barca de nuestra historia, le decimos, “aquí estoy, mándame”, y dispuestas a escuchar su palabra y despejar los obstáculos sobre todo internos (nuestras defensas psicológicas, los automensajes paralizantes), nos abrimos a su confianza. Él nos da la mano y nos repite: “No temas, mujer”.

Jesús no se arrugó

4º Domingo TO. Ciclo C

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Jesús no se arrugó cuando nos dijo que traía un programa diseñado por su Padre: comenzar una nueva humanidad. Venía a iniciar un proyecto, el proyecto del Reino de Dios: un reinado donde los hombres pudieran encontrarse, como nos decía Pablo, en un único camino; en el sendero que traza la andadura en el AMOR: su práctica.

Qué diferentes son las llamadas de este Amigo que siempre nos sorprende y nos intuye. Todos coincidimos en algo: es Él el que nos llama. Es el “Rey de la Iniciativa, del Riesgo”. Jeremías debía de ser un hombre sosegado y así le entra Dios, desde la serenidad de su Palabra “Recibí esta palabra del Señor”. No es lo mismo en Pablo, donde Jesús se vio obligado a “parar su caballo, tirarlo a tierra y dejarlo ciego”. Establece con Jeremías una relación estrecha“yo te escogí, te consagré y te nombré profeta”, pero ABIERTA, es una relación encaminada a salir de nosotros mismos e ir hacia “los otros” y no a cualquier otro, se enfrentará a los poderosos.

¡¡Su llamada!! Cuantas veces, en mi vida cotidiana, echo mano de esos momentos para mirar desde lejos ese camino comenzado y comprobar que sigo sus huellas, que no me dejo llevar por la permisividad hacia mí misma, por el temor,…y que el amor sigue siendo mi premisa primera, cuántas veces concluyo pidiendo perdón por permitir que mis decisiones pasen por delante de las suyas… entre otras cosillas.

Y me consuela el saber que Dios me sostiene y que tras un reconocimiento, sabe que voy a volver a comenzar, ¡claro! a comenzar con todo. Pero su Espíritu estará en los próximos momentos con la misma calidez que estaba desde el principio. Y le digo: Jesús, que te siga siempre.

Nos habla Pablo en la carta a los corintios de campana ruidosa y platillos estridentes: “… si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes”; estos días también podemos escucharlo en boca de nuestros políticos. Nosotros vivimos en ese camino hacia el amor fraterno, es el momento de acallar nuestros ruidos y hablar de JESÚS, de su camino, de nuestro camino. Momento de que nos conozcan por el interés sincero, efectivo y eficaz por el bien de los demás y ello arropado por el Amor, sin el Amor todo quehacer carece de valor. Con el Amor como motivación para “ser y estar” se llega a vivir la salvación, en muchas ocasiones lo hemos vivido, lo hemos palpado. En el Amor encuentras a todos los amigos, encuentras a nuestro Amigo.

Y llega Jesús a proclamar la Palabra en Isaías y se come el final “el día de la venganza de nuestro Dios”, en ocasiones nos quedamos con lo que nos interesa para nosotros mismo, para esos momentos que vivimos y nos vienen bien; pero Jesús no quería que ocurriera eso, los conocía y sabía que ese punto era el que más fuerza tenía para ellos. Jesús se queda con el año de gracia del Señor, PARA TODOS, porque somos TODOS DEL SEÑOR. Así lo recuerda Jesús cuando habla de la viuda de Sarepta, de Naamàn el Sirio.

Jesús quiere que dejemos de pensar en que Dios es Señor de un solo pueblo para que pasemos a pensar que es PADRE de TODOS. Y el pueblo se enfada con él, al igual que nosotros que a veces nos enfadamos con Dios, no por lo que creemos entender si no por lo que sentimos que no nos dice.

Lo estamos viendo en nuestra sociedad. No se confía en la actitud de diálogo, la actitud de conciliación, la escucha del otro, el silencio de tu palabra, la actitud de saber ceder…, ante esas actitudes surge en muchas ocasiones la decepción “así no vamos a conseguir nada…”. Pues Dios actúa bajo esas premisas de propuesta, oferta, conciliación y si fuera necesaria, la reconciliación, el acercamiento al otro, aunque se pierdan momentos y peldaños, y hacerlo como Jesús, SIN ARRUGARNOS.

Un viaje de fe

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid   

“El nombre de la doncella era María”, así la presenta el Evangelio de Lucas (Lc 1,27). No cabe mayor sencillez. Los textos evangélicos nada nos dicen sobre su lugar de origen. Ni sobre sus padres. De pronto aparece en Nazaret, un pueblo del que se dudaba si podría salir algo bueno (Jn 1,46).

Miriam de Nazaret es una joven judía del siglo I d.C. que vive en una aldea campesina de Galilea, ocupada por los romanos. Económicamente es pobre, los impuestos romanos explotan a la gente del pueblo condenando a muchos a la indigencia. Políticamente, la sociedad es violenta y está arruinada, porque el ejército invasor se desentiende de ciertos tipos de violencia y provoca otras. Socialmente, ocupa un puesto bajo en la escala cultural, probablemente era analfabeta.

Vista desde fuera, la suya fue una vida trivial y sin brillo, la de cualquier mujer media en un perdido rincón de un pequeño país, lejos de los grandes acontecimientos de la historia. La vida no la trató con delicadeza. Cuando se entera de que está embarazada se pone en camino a visitar a su prima Isabel y cuando ésta la saluda, entona un canto profético de alabanza a Dios. María se mueve dentro de la larga tradición judía de mujeres que cantan subversivos cánticos de salvación como Miriam (Ex 15,20-21), Débora (Jue 5,1-31), Ana (1Sam 2,1-10), Judit (Jdt 16,1-17)…

María, al igual que cualquier ser humano, vivió un proceso personal de fe, etapas que la fueron madurando para ser la primera discípula de Jesús y la madre del Salvador. Ella da el primer paso cuando, al entrar el ángel y hablarle “se conturbó por estas palabras” (Lc 1,29). La turbación, la sorpresa… suele ser la primera reacción espontánea ante la llamada de Dios.

A partir de aquí María inicia todo un proceso con altos y bajos.  En la visita a su prima se subraya la perfecta armonía entre ella y el plan de Dios, pero el Evangelio hace notar que pronto comienzan para María los que se pueden llamar “tiempos oscuros” y no comprenderá lo que está sucediendo (Lc 2,48); su propio hijo la invitará a descubrir la verdadera maternidad en la escucha de la Palabra (Lc 11,27-28)…; al final del Evangelio la encontramos al pie de la Cruz y, a la vez, ella será, también testigo de la Resurrección y del nacimiento de la Iglesia.

Según Lucas, María es una mujer que guarda en su corazón todo cuanto le ocurre. En la escena de hoy lo apunta cuando los pastores se marcharon; doce años más tarde se la describe de nuevo pensando, después de haber perdido a Jesús y haber sido hallado en el templo (Lc 2,51). Ambas escenas tienen que ver con la revelación de la identidad de este niño. Todo lo que él significa no se ve de forma inmediata y por eso María guarda estas cosas dándole vueltas.

Ella no entiende del todo lo que está viviendo y entonces lo repiensa en su mente,  sopesa. No es ninguna tonta, intenta interpretar su vida; procura entender las cosas difíciles que tienen que ver con las vidas de los que ama. Espera distinguir cómo se manifiesta Dios en todo esto. Reflexiona con el fin de penetrar en su significado y seguir el camino acertado. En medio de todo lo que le acontece María conserva, recuerda, atesora los hechos en su corazón, cavila sobre el significado de su vida y de las vidas de sus seres amados y avanza en su camino de fe con Dios.

En verdad, la vida de María fue un viaje de fe, desde su domicilio aldeano en Nazaret hasta la Iglesia doméstica en Jerusalén; desde el pesebre hasta la cruz; desde la juventud hasta el matrimonio y, tal vez, la viudedad; desde el nacimiento de su primogénito hasta la horrorosa muerte del mismo y… hasta oír que se le proclamaba Señor, Mesías y Salvador.

Familia planetaria

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

En el marco del ciclo navideño celebramos la fiesta de la familia de Nazaret, cuyo centro es Jesús. El evangelista Lucas nos presenta un texto parecido al de otros relatos legendarios extrabíblicos sobre personajes famosos de la antigüedad, a los que ya desde niños se les atribuía unas dotes intelectuales especiales. Y Lucas construye un relato en el que quiere poner de relieve la sabiduría de Jesús. No deja de resultar curioso que en algunos evangelios apócrifos aparezca discutiendo sobre astronomía o medicina.
Si bien es cierto que a lo largo de la tradición cristiana, la Sagrada Familia ha inspirado durante siglos el comportamiento de padres e hijos, esta fiesta se ha idealizado a fin de mantener un modelo tradicional de familia en la que estaban clara e indiscutiblemente definidas las funciones de sus integrantes: el esposo dedicado al trabajo; la esposa, a la crianza y cuidado de los hijos; y estos sumisos y obedientes a sus progenitores, como atestigua el libro del Eclesiástico, escrito en las primeras décadas del siglo II antes de Cristo, con una mentalidad mítico-tribal.
En la fase tribal de la humanidad, las comunidades humanas vivieron centradas en sus propios territorios, muy celosas de su propia identidad. La familia, tribu o nación lo eran todo. Eran extremadamente rígidas las fronteras entre “los nuestros” y “los de fuera”. Y esto hace comprensible que la familia estuviera volcada y centrada en si misma. Este es el contexto vital del libro del Eclesiástico, que nos ofrece un manual de reglas y comportamientos para judías y judíos piadosos. Por eso, no es de extrañar que defienda posiciones conservadoras que hoy nos chocan bastante, como las que se refieren al rol de la mujer en la sociedad (Eclo 25, 12 y siguientes).
Ahora bien, Jesús, como fiel seguidor de los antiguos profetas, ensancha los horizontes de la familia. Ya el segundo Isaías se dirigía con palabras como éstas a su pueblo:
“Ensancha el espacio de tu tienda
y de tus lonas,
extiende tus moradas con libertad,
clava tus estacas y alarga tus cuerdas..” (Is 54, 2).
La familia doméstica no está llamada a replegarse sobre sí mima. Por eso, con desconcertante novedad, Jesús propone un nuevo estilo de familia al lanzar a sus oyentes este desafiante cuestionamiento: “Quiénes son mi madre y mis hermanos”. Y recurre a un criterio de pertenencia a esa familia: “el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mc 3, 35). “Son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 21). Jesús trasciende los lazos de la sangre. Rebasa el nivel tribal de consciencia. Jesús no sabe de fronteras ni muros. “ “Todos vosotros”, nos dice, “sois hermanos” (Mt 23, 8).
Para Jesús, la voluntad de Dios no tiene tanto en cuenta el cumplimiento de unos preceptos o normas para poder hacer “méritos” quienes los cumplen. Dios es también “bueno con los ingratos y malos” (Lc 6, 35). “Hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). En una palabra, Dios es gratuito. Cuando Jesús habla del cumplimiento de la voluntad del Padre, no parece referirse al seguimiento de normas establecidas por un “superior” o “superiora”. Va mucho más allá. Toda su vida fue un decir Sí a la voluntad del Padre, en las duras y en las maduras. “En Él todo ha sido sí” (2ª Cor 1, 19). Cumplir la voluntad de Dios es alinearnos con la realidad, tal como se nos presente en cada momento de nuestro diario vivir. Significa hacer nuestras las palabras de Jesús: “Padre, que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14, 36). O aquellas de María, la pobre de Nazaret: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Hoy en día, nos encontramos en nuestra sociedad con nuevos perfiles de familia que se salen del patrón tradicional familiar. Y son notorios los juicios, las descalificaciones, los chistes, los acosos y hasta el mal trato contra personas que optan por ese estilo de convivencia. Etiquetamos con ligereza a esas personas, violando incluso la dignidad de su ser más profundo. Llegamos incluso a escandalizarnos cuando surgen voces de comprensión y de misericordia hacia ellas, porque en el fondo estamos contagiados de legalismo. Pensamos que la ley está por encima del respeto al ser humano. Y nos preguntamos: Qué misericordia cabe hacia matrimonios que han vuelto a casarse. Esta forma de expresarnos solo son propias de aquellos fariseos y letrados que colocaban la “ley de Dios” por encima de la vida de las personas. Reconozcamos, al menos que no pocas veces son improvisados y ligeros nuestros juicios, burlando así el criterio de Jesús: “No juzguéis, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado, y los medirá con la medida con que hayan medido a los demás” (Mt 7. 1-2).
Como familia planetaria que somos, la festividad de la Sagrada familia nos apremia a ejercitarnos cada día en la práctica de una convivencia respetuosa. Y en esta familia, como nos recuerda el teólogo y antropólogo jesuita, Javier Melloni, “debemos aprender a escucharnos, a no cegarnos mutuamente ni luchar por apagar la luz que nos rodea o contradice, sino que es urgente que aprendamos a iluminarnos conjuntamente. Tenemos que aprender a encender juntos el fuego que calienta la tierra, que arda sin destruirla. No se trata de discutir por la verdad, sino de conspirar juntos por ella: no se trata de competir por nuevos territorios, sino que es tiempo de construir juntos espacios verdaderamente humanos, de labrar juntos terrenos sagrados que hagan habitable el planeta” (“Hacia un Tiempo de Síntesis”, Fragmenta Editorial. Primera edición, mayo del 2011; p. 53).

Os traigo una gran NOTICIA

Natividad del Señor

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Os  traigo una gran NOTICIA: HOY EN BELÉN DE JUDÁ os ha nacido un Salvador

Sí, hoy nos ha nacido un Salvador, es la gran Noticia que debemos proclamar a todo el mundo, es Navidad, palabra que suena a fiesta, a villancicos, a regalos que la sociedad del consumo se atreve  a presentarla como el centro de la vida, pero para nosotros los cristianos es la gran fiesta, fiesta que se celebra de manera global, es decir por todo el mundo.

Reconoce oh cristiano tu dignidad” dice San León Magno. Los cristianos tenemos motivos suficientes para el gozo y la alegría “pues un niño  nos ha nacido, un hijo se nos dado y se llama Emmanuel, Dios con nosotros” (Isaías 9, 6). Celebramos que Dios se hace presente entre nosotros, se hace uno de nosotros, toma nuestra humanidad, se encarna, con todas sus consecuencias, nace pobre, en un portal, “pues no había sitio para ellos en el mesón”, por lo que con el evangelista Juan podemos decir: “Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS”.

Las lecturas de este día, que tiene el privilegio de tres celebraciones Eucarísticas, nos presentan,  sobre todo los evangelios, la realidad del misterio en toda su amplitud. Lucas nos relata el nacimiento en Belén, pobre y humilde; la Adoración de los pastores que fueron los primeros, los privilegiados en recibir la Buena Noticia y Juan en su prólogo nos dice que el acontecimiento de Jesús de Nazaret es la PALABRA ENCARNADA.

Las  lecturas de los tres esquemas de las  Eucaristías  nos invitan a vivir en profundidad el misterio,  a no dejarnos captar por las llamadas que la publicidad y los medios de comunicación nos presentan,  una Navidad de cenas y comilonas, de fiestas mundanas y de encuentros familiares, pero también a sentir la cercanía de los pobres y marginados, de los que se sienten solos, de los emigrantes  y de todos los excluidos de la sociedad, y con hechos decirles que Jesús, el Hijo de Dios se ha encarnado y tratar de vivir como El vivió.

No es fácil ir a contracorriente, pero es la llamada que la Iglesia nos hace. El Papa Francisco en su discurso programático dice  “Sueño con una Iglesia pobre para los pobres”, discurso que sigue ofreciendo, no solo a los creyentes sino también a todos los hombres de buena voluntad con palabras, pero sobre todo con su vida, y en otros momentos de su magisterio nos lo va repitiendo.

En la Oración colecta de la Misa del día, le pedimos al Señor “compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Es una oración literariamente perfecta y teológicamente sublime. Viene a ser una síntesis del Misterio de Navidad que estamos celebrando (D. Cornelio Urtasun, Oraciones del Misal.)

Qué puedo hacer yo hoy. Cómo podemos vivir las comunidades eclesiales esta Navidad. Qué respuesta podemos dar en este mundo conflictivo donde los hombres y las mujeres vivimos enfrentados, donde las desigualdades, las violencias, las guerras están a la orden del día. Desde nuestras realidades, por pequeñas que nos parezcan podemos colaborar y hacer posible un mundo más humano y fraterno, participando en acciones que pacifiquen las relaciones humanas, que luchen por la justicia,  desde la solidaridad  y el compromiso.

También podemos reconocer y agradecer a tantos hombres y mujeres que en el mundo trabajan por mejorar la vida de los excluidos. Gentes creyentes y no creyentes, gentes de Iglesia, consagradas/os que trabajan en los países en vías de desarrollo, con problemas graves de convivencia, en los barcos que tratan de recuperar a los emigrantes que viven a la deriva en el mar que vienen en pateras, cerca siempre de los que sufren y viven en condiciones infrahumanas, ellos hacen posible la Navidad, la presencia del Dios con nosotros

GLORIA A DIOS EN EL CIELO Y EN LA TIERRA  PAZ

Acércate a esos lugares del mundo
donde hoy acampa silenciosamente
el Verbo, sin derechos y sin palabra,
donde se refugia su humanidad
desnuda, doliente, maltratada.

Acércate y ofrécele acogida,
casa donde pueda morar y descansar,
porque ha venido y está en lo suyo,
aunque no tenga credenciales.
ni permiso legal de residencia.

Acércate y escucha, en silencio, el clamor
de sus gritos, gemidos y palabras,
reivindicando sus derechos
y los nuestros que están pisoteados;
acércate sin miedo, quiere ser nuestro amigo.

Acércate y déjate querer
por quien ha plantado su tienda entre nosotros,
y en medio de este mundo tenso,
hostil, cerrado y acotado,
pone la ternura de Dios en nuestras manos.

Acércate a Belén como los pastores
y contempla a Dios encarnado;
acércate alegre y raudo
aunque ya no haya estrellas
ni rumor de ángeles ni cantos.

Acércate ahora que puedes
comenzar un año nuevo
lleno de vida y presentes
y se te abre el horizonte
porque hay alguien que te quiere.

Florentino Ulibarri

La conjunción copulativa

31 Domingo TO. Ciclo B

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Amarás al Señor tu Dios y amarás a tu prójimo. Esta es la gran cuestión. La clave se encuentra en la conjunción copulativa ‘y’. Ni a Dios sin el prójimo ni al prójimo sin Dios. Hemos entendido demasiadas veces este amor de manera sensiblera, incluso ñoña, que nos apartaba de la realidad y nos introducía en una especie de nube sin acceso a internet. Por eso, las lecturas de hoy nos sumergen de lleno en la historia general y en las historias concretas de nuestros hermanos y hermanas. Nos invitan a no sentirnos nunca lo suficientemente buenas, lo suficientemente amadoras y comprometidas con Dios y con la humanidad.

No es posible amar a las gentes ni a Dios sin indignarnos con lo que está pasando en nuestro mundo, sin despertarnos del sueño letárgico, al que sucumbimos con tanta facilidad que nos lleva a vivir tan ricamente postradas en el ‘sofá’, y sin que ese amor se convierta en una fuerza moral poderosa para el cambio de rumbo en el mundo.

Hacen caso omiso de esta ‘y’ copulativa quienes solo se lamentan de lo que hoy está pasando pero son incapaces de ponerse manos a la obra para la acción constructiva. Sus quejas son ineficaces tanto para el prójimo como para Dios y ellas mismas cómplices del sistema cuyos efectos destructores critican. Hacen caso omiso de esta ‘y’ las que se dejan llevar por la inercia de los acontecimientos, de la indiferencia y de la banalización del mal. El desencanto es un buen material de combustión que ayuda a fortalecer la buena salud de este sistema dominante.

La ‘y’ copulativa brilla en todo su amor allí donde encontramos comportamientos humanos con el ‘aire de Jesús’. Allí donde una acción humana promueve vida antes que muerte para todas las personas y quiebra el sueño paralizante de la apatía que todo lo envuelve. Allí donde se oyen los anhelos de grupos de ciudadanos y ciudadanas que, a pesar de su debilidad, se empoderan como sociedad civil y reclaman democracia real e integral, aunque no conozcan muy bien ni el cómo ni el cuándo. Allí donde nadie mira para otro lado y se denuncia con rapidez la violencia de género y se grita con terquedad por las plazas públicas ‘las queremos vivas’. Allí donde escuchamos con cariño, acogemos con ternura y alimentamos con respeto…

Advertimos que permanecer cerca de esta ‘y’ copulativa resulta peligroso, hay riesgo de fuego, de incendio. Y sólo a la vista de este peligro resplandece la visión del Reino de Dios que en Jesús se ha hecho cercano. Aunque pueda sorprender, ‘Peligro’ es una categoría fundamental para la percepción de esta conjunción copulativa porque donde brilla en su esplendor aparece el riesgo de inseguridad, de desarraigo, de crítica, de no aceptación, de exclusión e incluso de muerte, como le sucedió a aquel que la llevó a plenitud: Jesús.

Quien se alía con esta ‘y’ copulativa se hace potente eco de la voz de Dios. Dios que ha visto el dolor de los suyos y no lo aguanta. Le encolerizan los rescates bancarios y las bajadas de las pensiones, los contratos precarios de los de abajo y los contratos blindados de los altos ejecutivos, las concertinas de Melilla para extranjeros pobres y las facilidades para los extranjeros ricos, los desahucios, el paro, las mujeres violadas, los pueblos olvidados, los niños sin poder jugar…

Seguramente nuestro mundo necesita de un milagro para desembarazarse de este modelo económico y social avasallador que padecemos. Pero mientras tanto, irrumpe con fuerza silenciosa las personas que empeñan su vida en esta ‘y’ copulativa y nos convocan a globalizar la fraternidad y a buscar la construcción de otro modelo económico y político alternativo aunque sea de manera parcial y fragmentaria. Estos actos, como los milagros de Jesús de Nazaret, son subversivos y provocan recelos desde el punto de vista de los que ostentan el poder.

Pero es en esta ‘y’ copulativa, pequeña y sencilla, diminuta y simple, peligrosa por cierto, por donde el Reino de Dios de la fraternidad, de la justicia, de la libertad y de la paz se va abriendo camino en la historia.

Servicio hasta dar la vida

Domingo 29º del T.O. Ciclo B

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla. Navarra

En este domingo las lecturas nos hablan de la importancia de una vida dedicada al servicio con sus consecuencias: “Mi siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor”. Sin embargo, la tendencia natural de las personas cuando nos dejamos llevar por las comodidades es la contraria: ser servidos, estar cerca de los que ostentan el poder para poder subir de categoría, disfrutar de los bienes de la tierra aunque tantas personas  no tengan acceso a ellos y evitar todo lo que produce dolor buscando el placer al precio que sea.

El relato del evangelista Marcos de este domingo se sitúa en el final del recorrido de Jesús con sus discípulos antes de su entrada a Jerusalén. Ha sido un camino de enseñanzas: de preguntas y respuestas, de encuentros con las gentes, de curaciones, de manifestaciones. Se podría pensar que ya estaban preparados para emprender su misión; sin embargo, la condición humana, esta vez en búsqueda de poder, aparece en Santiago y Juan haciéndole una petición a Jesús: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” Para el evangelista Mateo esa misma petición la hace la madre de los Zebedeos. La madre quería lo mejor para sus hijos y sus hijos querían lo mejor para ellos. Y el resto de sus discípulos, ¿no pretendían  lo mismo aunque no lo expresaran?

A la pregunta de Jesús de si eran  capaces de beber su mismo  cáliz y bautizarse con su mismo bautismo, ellos responden afirmativamente, aunque todavía no sabían el verdadero significado de “beber su mismo cáliz”,  pero Jesús les hace ver que a él no le toca conceder lo que piden.

A partir de esa petición, Jesús les reúne para decirles con claridad cuál tiene que ser la actitud de los que dicen y decimos querer seguir su camino: SERVICIO, hasta dar la vida.

Nos resulta muy fácil detectar y hablar sobre las ansias de poder de los políticos, de los que tienen autoridad en cualquier estamento de la sociedad, de los que buscan subir de categoría aunque sea pisando a los de al lado, de las trampas que realizan para no pagar los impuestos, de la corrupción que existe. Y hacemos muy bien teniendo una actitud crítica en la vida y denunciando cualquier injusticia a la vez que colaboramos para ir construyendo una sociedad más justa. Es nuestro deber de ciudadanía estar alerta y colaborar con todos los grupos comprometidos en exigir una sociedad más justa  y más humana.

Pero aquí Jesús está hablando y enseñando a sus discípulos, a los que van con Él durante todo el camino, a los que van a continuar su misión. Queremos pertenecer a ese  grupo dentro de la Iglesia  y es aquí donde tenemos que trabajar también para ser SERVIDORAS/ES. Un servicio que implica acogida, hospitalidad, empatía, respeto, donación, entrega al estilo de Jesús. Así actuaba Él  y así  nos corresponde actuar. No queremos una Iglesia que desde el poder y una mal entendida autoridad, se aproveche de su situación para todo tipo de abusos: sexuales, dominio, autoritarismo.  El Papa Francisco está siendo muy valiente al enfrentarse y, aunque le duela, denunciar todas estas conductas. Todos y todas tenemos una parcela de poder por pequeña que sea, de ahí la importancia de ser humildes y revisarnos para ver cómo la utilizamos. ¿Por qué se abusa?, ¿por qué en lugar de construir dividimos?, ¿por qué no vivimos la fraternidad? Muchas más preguntas podríamos hacernos y la respuesta del evangelio de hoy es clara y sencilla: actuamos así cuando no vivimos con fidelidad el mensaje del Maestro: “Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Cuando nos alejamos del servicio y buscamos el dominio, perdemos lo más genuino del mensaje de Jesús: Vivir el amor hasta las últimas consecuencias.

Si queremos colaborar en la construcción de una Iglesia más humanizada, más sencilla, más comprensiva, más evangélica, más coherente con las enseñanzas y vida de Jesús, tenemos un largo camino por recorrer; sabiendo que no depende solo de nuestra voluntad, aunque también, sino de dejarnos conducir por Él como su vida entera fue reflejo de la voluntad de su Padre.

 

¡Qué bien lo hace todo!

23º Domingo  T.O. Ciclo B

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

El evangelio de hoy nos habla de una curación  que Jesús hace en tierras de la región de Decápolis, zona pagana, y  en camino hacia el mar de Galilea, zona donde realiza su anuncio del Reino. Pero, para Jesús, el espacio es lo de menos, porque su corazón solo entiende de sanación y buenas noticias para todos.

Lo suyo es promover la vida, sanar, regalar esperanza y restaurar la dignidad de las personas, aquellas que por su fragilidad, enfermedad o pequeñez, están marginadas, invisibilizadas  en  la sociedad y rechazadas por  su comunidad.

Y escucha el grito agradecido de quienes acompañan al que  se sabe sanado, salvado por su encuentro con él.  “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.”

En verdad este gesto sanador de Jesús permite al hombre mudo y sordo volver a ser él mismo. Puede, de nuevo, expresar su palabra, compartir su verdad, hablar de sus sueños y esperanzas, decir y decirse.  También escuchar los sueños, las inquietudes y la verdad de los otros y las otras.  Incluso, puede, si lo quiere, ser agradecido con quienes le han acercado a Jesús y su sanación.

Dos reflexiones:

  1. Hoy tantos seres humanos que, teniendo el “poder de sanar” y devolver la voz y la palabra a quienes están marginados, invisibilizados, descartados de la sociedad y de sus bienes y recursos, vengan de donde vengan, solo piensan en sus propios intereses, y utilizan su fuerza y posición para su propio beneficio, olvidando que su misión es servir al pueblo y a quienes más lo necesitan. Sus ojos y sus oídos están cerrados al clamor de su pueblo. Siguen ciegos de egoísmo y soberbia. Piensan que ellos no necesitan de esa sanación que ofrece Jesús y que nos permite, a todas y todos los que lo buscamos, mirar  y sentir la vida de otra manera, más incluyente, más sororal, más cercana a la propuesta del proyecto de reino que Jesús oferta y que nos viene de Dios Padre misericordioso, que solo busca la felicidad de sus hijos. Pero no lo “vemos”…

 Ellos, – y nosotras/os, ciegos y sordos tantas veces-, no escucharán el canto agradecido “Todo lo hace bien…”

  1. En nuestro mundo y nuestra sociedad, donde constatamos tantas bocas silenciadas y tantos ojos que se cierran a la realidad dura que hermanas y hermanos nuestros viven, estamos llamadas/os a ser como esas personas de las que nos habla el evangelio de hoy que se adelantan a llevar a Jesús al hombre enfermo, para que él, con su fuerza sanadora, le devuelva a la vida digna e integradora. Tal vez necesitamos, antes, escuchar de Jesús la palabra clave “¡Effetá!  ¡Ábrete!”

Que sea él quien nos abra los ojos a los signos de los tiempos que nos hablan de mujeres marginadas y maltratadas, personas que van de un lugar a otros buscando acogida y son echados fuera, niños que crecen en la soledad y la ignorancia…

Y nuestros ojos siguen cerrados y nuestros oídos no quieren escuchar su llanto y desesperanza.

¿Quién los llevará a Jesús para que les restaure la vida?

¿Quién recreará hoy en nuestra historia, la historia de sanación y vida que realizó Jesús? ¿Quién devolverá la voz a los sin voz, la luz a los que viven en la soledad de su silencio?

No se trata de “hacer milagros”, sino de recrear en nuestra propia vida lo que  Jesús hizo. Desde nuestra fragilidad y sencillez, desde las cosas pequeñas que podamos realizar cada día en nuestro trabajo y entorno, desde lo que somos y tenemos, desde lo que creemos y fortalecidas/os en nuestra certeza de que otro mundo es posible.

Yo creo que esa es la invitación que hoy se nos hace desde la palabra evangélica.

Y tal vez, si nos lanzamos a la tarea, podamos escuchar resonando en el silencio del corazón esa palabra agradecida y solidaria  ¡Qué bien lo hace todo!… o, al menos lo intenta.

 

 

 

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