… mi paz os doy …

6º  Domingo de Pascua. Ciclo C 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

¡Vaya regalazo el de Jesús hoy! Nos han tocado todos los boletos de la lotería a la vez. Nos regala su paz. Esta humanidad nuestra necesita con urgencia la paz. Las guerras y los atentados terroristas, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, la violencia machista, las crispaciones crónicas… marcan nuestro hoy, multiplicándose de tal manera en muchas regiones del mundo, hasta asumir la forma de lo que algunos llaman “tercera guerra mundial en fases”.

Sin embargo, una vez más, Jesús nos regala su paz. Y lo hace no de forma individual sino colectiva, en grupo, en comunidad, os doy mi paz.  ¡Qué bien nos conoce Jesús! Es importante que la paz de Dios, se haga visible en una fraternidad humana. No importa si es pequeña y sencilla, si está formada por jóvenes o mayores, hombres o mujeres, muchos o pocos, valientes o cobardes… Sólo desde la fraternidad tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotras mismas.

Esta fraternidad de paz se convierte en una fraternidad y en una paz alternativa a nuestro mundo, donde lo más importante no es el hacer, aunque sean cosas muy buenas para la paz; lo más importante es el ser. Debe ofrecer algo más que un simple contexto protector, no es sólo medio para realizar la paz, sino que es el lugar donde la paz que andamos buscando recibe su primera forma.

En esta fraternidad existen los problemas, las controversias, las discusiones… como aparecen en la primera lectura, pero se les pone nombre, se sitúan encima de la mesa y se buscan soluciones juntos y juntas a la luz de la Palabra. Utilizamos nuestra palabra como regalo para construir, nunca para destruir, controlando la violencia verbal. Y escuchando.

En esta fraternidad compuesta por personas normales y corrientes reconocen que el perdón es el gran don divino que Jesús nos ofrece. Y perdona. La paz es una misión de perdón, de reconciliación (Col 1, 15-20); el perdón rompe el círculo del eterno retorno de la violencia (Jn 20,19-23). Jesús no ofreció un optimismo basado en las estadísticas, en el análisis político, en el equilibrio de poder o en la capacidad para destruir, sino una esperanza basada en la promesa del perdón de Dios a todas las personas, en la promesa de su amor incondicional hasta dar la vida.

Una paz que se logra con armas no es paz, sino dictadura de los poderosos. Un orden que se alcanza sometiendo y acallando con violencia a los posibles disidentes es coacción. La paz no se impone ni negocia, sino que brota donde hay hombres y mujeres que acogen y se perdonan gratuitamente. Por eso, la fraternidad no es una serie de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La fraternidad es la expresión de una victoria ya conseguida. San Pablo dice: “la muerte ha sido vencida” (1 Cor 15,54), por eso, son personas de esperanza y agradecidas. Capaces de reconocer y celebrar la paz de Dios.

Esta fraternidad de paz abre su casas y acepta el regalo de las víctimas. La vida no crece y se extiende por la lucha entre fuertes sino por la presencia y palabras de aquellos que no tienen ni lugar, porque no tienen derechos. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema: huérfanos, viudas, extranjeros, refugiados… y de aquellos que los acogen para vivir en Cristo. Nos regalan la paz sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque la paz solo es posible cuando alborea la justicia (St 3,18).

Una fraternidad, en fin, que tiene el “deber de memoria”, es decir, de repensar la vida y la muerte toda desde la memoria del sufrimiento de las víctimas. La memoria es justicia y, por tanto, paz; el olvido, injusticia y, por tanto… no paz.

Bien equipada/os para caminar por la vida

Domingo de Pentecostés. Ciclo C

Por: José Antonio Ruiz Cañamares, sj. Madrid

El evangelio de Lucas de la semana pasada, en el contexto de la Ascensión, ya nos decía que Jesús enviaría algo, procedente de lo alto y prometido por el Padre, que nos revestiría de fuerza. Ese “algo” es, evidentemente, el Espíritu Santo.

La mariología está muy tratada en teología y la relación afectiva con la Virgen es algo muy presente en nuestra religiosidad. Se ha dejado de rezar el rosario en familia, pero “la Virgen sigue siendo la Virgen”. Sin embargo, tenemos un déficit en el desarrollo teológico de la pneumatología y escasa relación personal con el Espíritu Santo en la vida de fe.

Afirmar que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad es correcto, pero insuficiente. Dando un paso más a nivel de lo aprendido en el catecismo afirmamos que los dones del Espíritu son: ciencia, consejo, fortaleza, inteligencia, piedad, bondad y temor.

Dios a lo largo del Antiguo Testamento no se revela diciendo quién es, sino haciendo. Dios es el que hace prodigios a favor de su pueblo. Del mismo modo hay que acercarnos al Espíritu Santo mirando más lo que hace, que encontrando la definición exacta de quién es. Y así, también aprendimos un día que los frutos del Espíritu son: amor, gozo, paz, paciencia, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, templanza y castidad.

El Espíritu es ante todo fuerza, aliento que da vida. Lo mejor que nos puede dar el Resucitado es su Espíritu (Jn 20, 23) porque es lo que necesitamos para andar por la vida como seguidores de Jesús yendo bien equipados.

Posiblemente tengamos más experiencia del Espíritu que la que creemos. Todos tenemos experiencia, cuando miramos hacia atrás en nuestra vida, que ha habido momentos en que nos han sobrado motivos para tirar la toalla y abandonar caminos emprendidos desde Dios. Y no lo hicimos. Allí estaba el Espíritu Santo.

En otras ocasiones, conociendo nuestra fragilidad y limitación personal hemos tenido que caminar un trecho de nuestra vida con grandes dificultades que exigía mucha fortaleza, paciencia y templanza y lo hicimos y no nos rompimos. Allí estaba el Espíritu sosteniendo y conduciendo.

Los senderos de la vida nos llevan en muchas ocasiones a tener que trabajar o compartir la vida con personas que difícilmente nos podríamos entender bien dado los distintos que somos. Y comprobamos atónitos que la unidad es posible en medio de la diversidad. Sabemos que esto no es fruto sólo de nuestro talante, más o menos respetuoso, sino de una fuerza misteriosa, que quizá no podemos definir con exactitud, pero que la fe nos dice que es el Espíritu Santo.

Las personas que en su día hicimos un compromiso de por vida sabemos que si perseveramos en el camino emprendido no es por nuestros méritos, fortaleza e inteligencia (la vida se encarga de decirte lo pequeños que somos), sino por una Fuerza misteriosa que nos envuelve, acompaña, sostiene y conduce, que es el Espíritu del Resucitado, el Espíritu Santo.

Si esto es así, y yo creo que sí, podemos afirmar que tenemos experiencia de la tercera persona de la Santísima Trinidad. Dicha experiencia es la que nos hacer pedir (a veces de rodillas y con mano extendida de mendigos), en el día a día que se nos regale Espíritu Santo. Sin este aliento desfallecemos o pasamos por la vida durando, pero no viviendo. Y Dios nos quiere vivos y vivas, aunque nuestras fuerzas físicas estén cada vez más mermadas. Que nuestra plegaria para hoy, y para todos los días, sea: ¡ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor!

¡Oh Espíritu Santo!, ¡ven; no te hagas esperar más!

Por: Cornelio Urtasun

El Espíritu del Señor ha inundado la redondez de la tierra. ¡aleluya!. Venid y vamos a adorarle. ¡Aleluya!. El Señor cumplió su promesa: no nos hemos quedado huérfanos y nuestro corazón ha estallado de alegría.

Pentecostés: se desborda el océano de la VIDA. Viene sobre nosotros el Espíritu Santo para convertirnos a cada uno de nosotros en un pequeño manantial de esa misma VIDA.

Yo veo aquel cielo hermoso al que el Señor se marchó, convertido en un océano infinito de vida, en un mar inmenso de agua Viva, transparente como el cristal: algo así como una gigantesca presa en la que están acumulados, desde toda la eternidad, no ya muchos de los tesoros de la Trinidad, sino la totalidad de ellos: la Vida, la Paz, la Luz, el Amor.

Todo este tesoro de Vida, el Padre lo ha destinado para los hombres y sobre la Iglesia.

 ¡Ven Espíritu Santo.
Colma nuestros corazones.  Enciende en ellos el fugo de tu Amor!
¿Qué misión traes Espíritu Santo?:

Vengo a ser tu consuelo, a darte la Paz, a inundarte de Luz, a saturarte de Vida. Vengo a recordaros tantas cosas que El os enseñó en su Evangelio. Vengo a enseñaros toda la VERDAD. Vengo a iniciaros en todo… Yo soy el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, que es vuestra Vida.

Éste es el mensaje que dirá el Espíritu Santo a cada uno de nosotros, el día de Pentecostés. Porque  Él  es Padre de los pobres,  dador  de los dones y  luz de los corazones. El Consolador incomparable, el descanso confortable. Y, sobre todo, el dulce Huésped de nuestras almas.

El Espíritu Santo ha venido para acentuar nuestra vida de hijos de Dios, es más,  para incrustarnos en su Vida y  hacernos partícipes de su Divinidad. Para hacernos ÉL.

Como Maestro que va a ser nuestro de tantas cosas que nos interesan, su papel es trascendental en nuestra vida espiritual. TODO nos lo tiene que enseñar. Pero no ejercerá su magisterio si nosotros no le mostramos  todo el interés que se merece.

Enséñanos también a vivir su  vida de oración, su vida de sacrificio y, sobre todo, a vivir de la VIDA DE JESUCRISTO: a vivir de Ella hasta dejar de sobra: a plasmar en nosotros toda la manera de ser y pensar del Maestro. A respirar con su aliento, a ser altavoces de su Palabra y reproductores de sus virtudes: de su pobreza, de su generosidad…

¡Oh Espíritu Santo!,  ¡ven; no te hagas esperar más!.
Que en esta fiesta de Pentecostés de este año de gracia, su llegada a nuestras almas sea el comienzo de una vida nueva.
¡Oh Espíritu Santo!,  ¡ven; no te hagas esperar más!.
Enséñanos a estar zambullidos  en el mar de la VIDA: en Cristo Jesús.

Vivir en plenitud, vivir en Cristo Jesús

Ascensión . Domingo 7º de Pascua, Ciclo C

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Rwanda.

Llenos de la alegría pascual, celebramos hoy la Ascensión del Señor, un momento más del misterio Pascual, con el que forma una única realidad. Jesús inició su camino “despojándose de su rango y pasando por uno de tantos… hasta someterse a la muerte… por eso Dios  lo exaltó” (Fil, 2). Hoy, celebramos su exaltación, su glorificación, el reconocimiento que es EL SEÑOR, como escuchábamos domingos atrás, confesar a Tomás.

Jesús vivió en una entrega plena a la voluntad del Padre y, por ello, en una vida de amor y servicio, hasta el don total de su vida. En Jesús, la persona humana alcanza la plenitud de su dignidad: “porque  la  Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es nuestra ascensión,… en El nuestra naturaleza humana participa de su misma gloria.” (Or. Colecta y post comunión), es la esperanza a la que nos llama, a ser y vivir como hijos resucitados.

Los apóstoles y las mujeres, que habían vivido la experiencia de encontrarse con el Señor resucitado y lo habían re-conocido de diferentes maneras: María Magdalena al escuchar su nombre de labios del Señor, Juan con su intuición, al verlo en la orilla, los discípulos de Emaús al partir el pan,… todos se llenaron de alegría con la seguridad de que estaba VIVO. Esta experiencia de que Jesús estaba VIVO cambió sus vidas y la presencia del Espíritu les hizo capaces de ser testigos de cuanto habían vivido.

La Ascensión, la separación de Jesús, no fue para ellos causa de tristeza. La presencia de Jesús llenaba sus vidas de un modo diferente, se sentían habitados por El, aunque quizá sin haber comprendido bien, todavía, su mensaje. Como nos dice la primera lectura, siguen preguntando “si es ahora cuando va instaurar la soberanía de Israel”… La paciencia del Señor es infinita porque “somos torpes y lentos para creer”.

La madurez humana y la madurez en la fe son un proceso que precisa de vaciamiento, de escucha, de entrega, para llegar a la plenitud como personas, como creyentes, hasta la identificación con Jesús. A esa esperanza estamos llamados… y en esa esperanza caminamos.

Los discípulos reciben de Jesús la MISION de ser testigos de su resurrección hasta los confines del mundo. Ser testigo es anunciar con la palabra y con la vida que  Jesús VIVE, QUE MURIÓ Y RESUCITÓ para que todos tengamos VIDA y VIDA EN ABUNDANCIA.

La vida de la persona humana debe ser valorada en toda su dignidad, es necesario poner todo nuestro esfuerzo en procurar que la gente viva en pie, con dignidad de personas y de hijos de Dios. Hay que  ascender la persona a su situación de dignidad, como Dios la ha creado.

No podemos resolver los múltiples problemas que encontramos a nuestro alrededor: explotación,  opresión,  guerra,  pobreza,  hambre, todas ellas fruto de la injusticia, pero nuestra vida no puede tener otro sentido que trabajar, en esas situaciones concretas que nuestro mundo vive, para devolver a las personas su dignidad. No podemos quedarnos “plantados mirando al cielo”.

Trabajemos para que toda persona pueda desarrollarse y vivir en plenitud, para llevar a todos la felicidad del Evangelio. Los gestos de acogida, cercanía,  comprensión,  misericordia, les harán más cercana, a las personas que nos rodean, la presencia de Jesús.

Jesús, que se despojó de su rango y pasó por uno de tantos, nos dejó claro el camino para vivir en plenitud como personas y como creyentes: “el que pierde su vida la gana…”,  “el primero entre vosotros que sea vuestro servidor”. Sólo desde la entrega y el servicio, en especial, a los más necesitados, llegaremos a alcanzarla.

“Y vendremos a El…Y haremos morada en él”

Domingo 6º de Pascua, Ciclo C

Por: Milagros Sanz. Vita et Pax. Rwanda

La liturgia de éste domingo quiere destacar la promesa de Jesús: “acompañar de forma permanente el caminar de su comunidad en el tiempo y en la historia, hasta hoy. No estamos solas; Jesús resucitado va siempre con nosotras”.

La primera lectura nos presenta a la Iglesia de Jesús   enfrentándose a los retos que van surgiendo en las primeras comunidades y en los primeros tiempos. Constatamos como animados por el Espíritu, los creyentes aprenden  a discernir lo esencial  de lo accesorio y a actualizar lo central de Evangelio, para que el mensaje liberador de Jesús sea acogido por todos los pueblos y culturas. Varios interrogantes nos lanza esta primera lectura:

-Cuales son las practicas actuales que nos impiden descubrir el núcleo del mensaje de cristiano?
-Tenemos conciencia profunda de la presencia del Espíritu en nuestras comunidades?
-Ante los desafíos que la Iglesia debe afrontar hoy, somos capaces de responder con audacia, imaginación, libertad, desprendimiento de prácticas trasnochadas y sobre todo, escuchando al Espíritu?

La Segunda lectura nos presenta  la meta final  del caminar  de la Iglesia: “la nueva Jerusalén”  en la que viviremos  en comunión con Dios, en plenitud y felicidad. Esta certeza tiene que dar un sentido nuevo a nuestro caminar y tiene que alimentar nuestra esperanza. No obstante esto no se realizara sin nosotras, de ahí que nuestra vida tiene que testimoniar de esa comunidad futura  en la que viviremos en plenitud. Por eso la “nueva Jerusalén tiene que ser construida desde el aquí y el ahora  mediante nuestro compromiso por la justicia, el amor y la paz para que nuestro mundo sea un reflejo del mundo futuro que nos espera.

En el evangelio seguimos en el contexto de la “cena de despedida” en el que Jesús acaba de fundar su comunidad, dándole como estatuto el mandamiento del amor. Antes de marcharse les quiere explicar como mantendrán la relación con El y con su Padre. Los discípulos están inquietos y dudan si podrán  seguir el camino que Jesús les ha enseñado  y marcado  si El no esta a su lado. Como podrán seguir el “camino ” marcado por Jesús? Seguir este camino  es ni más ni menos que gastar la vida a favor de los hermanos en una entrega total y radical, hasta incluso la muerte. Cómo recibirán de El la fuerza para entregar, día a día la propia vida? Jesús les dice claramente que para seguirle es necesario amarle y guardar su Palabra. Viéndoles preocupados y desanimados Jesús le promete el Espíritu Santo  para recordarles  todo lo que El  les ha  enseñado  y para ayudarles  a interpretar adecuadamente  los retos que el mundo les va a poner en su camino. Al final Jesús les promete la paz no como la da el mundo puesto que Jesús les va a acompañar en todo su caminar ya que  les dice, que aunque se va estará con ellos, que su marcha no es definitiva.

Personalmente me encuentro  a veces con las mismas dudas e inquietudes que los discípulos: Cómo dar respuesta a  los acontecimientos cotidianos  y actuales? Como llevar la paz a una sociedad angustiada por tantos problemas de vida o muerte, de conflicto, de problemas de supervivencia? Soy consciente que el Espíritu de Jesús esta en mi? Dudo de su fuerza de consejero?  De Pacificador…?

Amor y Justicia

Domingo 5º de Pascua, Ciclo C

Por: Julio Ruiz, militante de la HOAC de Ciudad Real.

El Evangelio de este 5º domingo de Pascua (Jn 13,31-33a.34-35) nos presenta el fundamento de la fe cristiana hecha vida: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”;   “… por el amor que os tengáis conocerán todos que sois mis discípulos”. En tan poco, tanto.

Cuántas preguntas nos asaltan tras este texto y cuántas pretendidas respuestas. Será por eso, más que seguro, que tanta gente no nos reconoce como discípulos o que nuestro discipulado aporta poco al mundo y a la vida de las personas en este momento de nuestra historia. Y lo que es peor aún; ¿será por eso que tantos hombres y mujeres no conocen a Jesús y no pueden dar razón y testimonio de su esperanza?

Cuánto hablamos y escribimos del amor y, sin embrago, qué poca repercusión parece que tiene en las personas y en los pasos por los que transcurre nuestra historia. La Iglesia desde sus diferentes ámbitos y en cada momento ha reflexionado sobre las implicaciones concretas y prácticas del mandamiento nuevo.

Sin duda, uno de los peligros en los que podemos caer en la vivencia y tratamiento del amor es el de reducirlo a un plano  individualista donde solo cuentan las relaciones interpersonales (que desde luego son importantísimas) y olvidarnos de la dimensión ambiental y estructural. Hoy más que nunca, necesitamos aunar “amor “ y “justicia”. Si el amor nos lleva a hacer nuestra la vida y el sufrimiento del otro, también debemos hacer nuestra la vida y el sufrimiento de los empobrecidos, el dolor y muerte producidos por las “estructuras de pecado” que dominan en tantos espacios de este mundo. Es lo que la Iglesia llama “caridad política”, “que no se trata solo de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante fruto del amor cristiano a los hombres, considerados como hermanos en favor de un mundo más justo y más fraterno, con especial atención a las necesidades de los más pobres.”  (CCE, Los cristianos en la vida pública, 61).

Visto desde esta perspectiva, posiblemente adquiera un significado mucho más pleno y actual la llamada que la segunda lectura, el capítulo 21, 1-5 del Apocalisis, nos hace: “… veremos un cielo nuevo y una tierra nueva… donde no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido”.

Sin embargo, este no es un camino fácil ni triunfal ni de continua levitación espiritual. En la primera lectura ( Hech 14, 21-27), Pablo y Bernabé, en su ida y vuelta por las comunidades que fundaban, animaban a los discípulos, los exhortaban a permanecer firmes en la fe y les decían: “Tenemos que pasar muchas tribulaciones para poder entrar en el reino de Dios”. Quizá así, nosotros también como ellos podamos celebrar que a muchos “paganos abrimos las puertas de la fe”.

Pero esta vivencia del mandamiento nuevo no es, en el fondo, solo un mandato, una ley o una norma moral de benéficas consecuencias.  Desde ahí es difícil que el amor contagie y sea realmente liberador. En realidad, el “amor al prójimo” no es sino la respuesta agradecida, la “acción de gracias” que realizamos personal y comunitariamente, tras haber experimentado en nosotros lo que el Salmo 144, 8-13 canta: “que tus obras te den gracias, Señor “, porque “… el Señor es clemente y compasivo, paciente y rico en amor”. Y así, frente a todo imperio y poder, frente a todo capital y cultura dominante, podamos también clamar que: “Tu reinado es eterno, tu gobierno dura por todas las edades.”

¿Quieres tú?

Domingo 4º de Pascua, Ciclo C

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Nos faltan líderes. Nuestra sociedad y nuestra Iglesia sufren un alto déficit de personas líderes, sobre todo, líderes al estilo de Jesús. Jesús, el buen pastor, nos presenta otra manera diferente de ejercer el liderazgo. El liderazgo se ha asociado más con el poder y la autoridad que con la capacidad de hacer vivir al grupo y a la persona. Tradicionalmente, se le ha identificado como el ejercicio de la autoridad sobre un grupo, se ha entendido de forma piramidal y jerárquico, que subordina a los seres humanos y la creación. Como podemos constatar mirando a nuestro alrededor, el poder “desde arriba” es utilizado para conseguir los intereses del líder, en lugar de los intereses del grupo.

Jesús nos ofrece un liderazgo alternativo, no para obtener ventajas para sí, no por poder, dinero o prestigio, sino siempre por el bien ajeno, para que nadie perezca y al precio que fuera para sí mismo. No cabe duda, el liderazgo de Jesús es diferente. No funciona como enemigo del bien común. No moviliza ejércitos, no mata. Capacita a la gente con la que se encuentra para vivir y para Vivir. Su objetivo no es forzar a las personas a hacer algo, sino inducir para hacer lo mejor para todos.

El liderazgo de Jesús es concebido como capacitación, como empoderamiento de las otras personas, el poder-con, la capacitación de las otras y otros para la vida. La primera preocupación que debe tener un líder “es hacer existir a la persona”. Es decir, resaltar la humanidad, levantar a las personas para facilitar el encuentro con Dios, saquen lo mejor de sí mismas y se comprometan con el trabajo por la justicia.

El liderazgo de Jesús supone también el romperse, el quebrarse, el darse.  El gran modelo que está en el trasfondo es la experiencia de la Eucaristía. Klasis tou artou, “el partir el pan”,  que los primeros compañeros del Señor compartían en las casas… Esto nos da, por así decirlo, la fuerza del papel del líder. Quien ejerce de líder tiene que brindar alimento y vida, y tiene que hacerlo partiéndose. El líder no te deja morir, te hace vivir… No deja morir el cuerpo, las ilusiones, la dignidad, las opciones.

Y por el camino, paso a paso, el líder se tiene que ir ganando la autoridad. Hay una parte de autoridad que te la otorga el nombramiento pero la parte más importante la tienen que ir dando las personas por el camino. Auctoritas (autoridad) viene de augmentare, aumentar. La persona que tiene autoridad, por tanto, es la que hace crecer… La autoridad propiamente no es para mandar sino para aumentar, para engrandecer, para hacer crecer a las otras.

Lo ideal sería ejercer el liderazgo en caravana, es decir, como los ciclistas, cuando van en caravana, el que va adelante abriendo brecha recibe el mayor impacto del viento, y por eso, es quien más se fatiga en ese momento… pero luego, otro toma la delantera y él empieza a hacer parte de la caravana… quizá se camina un poco más lento de lo que se puede hacer cuando se va sola pero se camina con la fuerza de ser y sentirse grupo.  Situarse no enfrente de las demás personas o del grupo sino al lado.

Necesitamos estilos de liderazgo inspirados en una perspectiva de la realidad que nos lleve a compartirlo, a cultivarlo junto con otros y otras. El poder debe siempre compartirse y multiplicarse, y no debe acumularse en los niveles superiores. El líder debe incluir especialmente a los que viven en los márgenes, a los que piensan que “no son nadie”. La autoridad se logra estableciendo conexiones, trabajando en equipo y evitando  todo tipo de competencia que pueda crear celos, envidias o divisiones.

Un líder, por tanto, es aquella persona, mujer u hombre, que establece una relación constructiva con las personas, capaz de influir, entusiasmar y movilizar a los demás en favor de unos objetivos comunes, y de ahí su importancia para la Iglesia y la sociedad. El liderazgo se gana, es un derecho que le otorga su entorno, y hay que alimentarlo día a día para mantenerlo. Un líder se hace, se forma, pero para ello hay que querer ser líder, ¿quieres tú?

Tú sabes que te quiero

Domingo 3º de Pascua, Ciclo C

Por: Lorenzo Tous 

“Jesús de acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”.

El evangelista describe, sugiere y deja que nuestra fe complete la escena. Cuando la iniciativa para pescar es de Pedro, el fracaso es total. Cuando estos pescadores se fían del Maestro y le obedecen, el resultado es admirable, 153 peces grandes.

Es el discípulo amado el primero que descubre lo que está pasando, se adelanta y dice: “Es el Señor”. El amor junto con la fe nos descubre a Dios.

Jesús, sin contar con los peces de la barca, ha preparado una comida: “Al saltar a tierra ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan”. El Maestro se adelantó, les tiene preparado el almuerzo sin necesidad de los peces de la barca de Pedro. “Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó a la orilla”.

La admiración, hasta cierto vértigo espiritual, detiene en silencio a Pedro y sus compañeros. Acaban de palpar la cercanía de Dios: a toda la noche estuvieron fracasando, ahora, en cambio, tienen 153 peces grandes.

“Jesús se acerca”

[Leer más…]

“Paz a vosotros” … y esperanza

Domingo 2º de Pascua, Ciclo C

Por: Paqui Castilla Muñoz. Militante de la HOAC de Ciudad Real

En el evangelio de este 2º domingo de Pascua Juan nos muestra que, tras la muerte de Jesús, lo que queda es lo de siempre: gente miedosa “con las puertas atrancadas por miedo a los dirigentes”.

Una comunidad atemorizada, oculta, sin valor para pronunciarse públicamente a favor del inocente condenado. Y en esa situación se presenta Jesús en medio de su comunidad.

El que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz: «Les enseñó las manos y el costado».

Por otra parte, empieza la misión para los cristianos: “Igual que el Padre me ha enviado a mí, os mando yo también a vosotros”. La misión ha de ser cumplida como él la cumplió: demostrando el amor hasta el final que simbolizan las manos y el costado.  Ahora pueden (y podemos) ir a la misión sin temor alguno, dispuestos a morir para dar mucho fruto.

Al dar el Espíritu (sopló sobre ellos y dijo: «recibid el Espíritu Santo») Jesús capacita para la misión y la confiere. El discípulo es elevado a la altura misma de Jesús, el Hijo de Dios, pues comparten el mismo  Espíritu.

[Leer más…]

Nuestra Pascua

Por: D. Cornelio Urtasun

“SURREXIT CHRISTUS, SPES MEA…”

¡Ha resucitado Jesucristo, mi esperanza: Alleluya!”

La muerte y la Vida riñeron importante y espectacular duelo. El Dueño de la Vida, que resucitó cuando había muerto, vuelve a reinar pletórico de Vida, pues acaba de resucitar.

Éste es el eterno mensaje pascual que la Madre Iglesia nos trae en esta Pascua de 2013: que ha resucitado el Maestro; que el clavado en la cruz y escarnecido, que el muerto y sepultado, ha vuelto a la vida; que aquel en quien nosotros pusimos nuestra esperanza no nos ha defraudado, pues reina y triunfa como nunca, en un reinado que nada ni nadie le podrá arrebatar. Y por eso entonamos el canto de triunfo y victoria:

¡¡¡ ALLELUYA, ALLELUYA !!!

¡Ha resucitado Jesucristo, nuestra esperanza!

Será posible tanta belleza.

¡Más que posible: es realidad!!

Como en las grandes alegrías se nos traba la lengua, se nos llenan los ojos de lágrimas y ante esa divina figura del Resucitado, no sabemos decir más que el canto de nuestro júbilo, el grito de nuestra victoria:

¡¡¡ALLELUYA, ALLELUYA!!!

La muerte no ha podido con el que es nuestra Vida; las tinieblas no han podido con la LUZ, con el que es nuestra Luz.

Hoy nos sonríe su triunfo, nuestras sienes se tocan con la corona de la victoria. Nuestra esperanza no se ha visto defraudada. Nuestras ilusiones han tenido el más espléndido cumplimiento. ¡Ha resucitado Jesucristo, mi esperanza. Alleluya! Y nosotros resucitamos con Él y en Él. ¡¡Alleluya!!

Parecía que las lágrimas nunca tendrían fin; que la cruz se hacía más pesada, insoportable… que aquello no acababa nunca. ¡De qué manera tan distinta se nos aparecen ahora las cosas! Es que ha resucitado Jesucristo nuestra Esperanza. Y el cielo se ve más azul. El Señor, en su infinita delicadeza, después de hacernos entristecer con su Pasión, nos alegra con su Resurrección para que sigamos, año tras año, camino de nuestra plenitud en Cristo, de nuestra total captación por El. ¿Cuánto queda todavía para ser captados, seducidos por Él?

Y si estas resurrecciones temporales con Cristo y en Él nos hacen desbordar de gozo y de consuelo, cuál será la alegría de nuestra muerte, cuando nos encontremos con Jesucristo resucitado, no escondido y disimulado en la humilde hostia diminuta, sino tal y como es, envuelto en el resplandor fulgurante de su gloria. Qué será aquella aparición de Cristo en persona, que nos repite su inconfundible: “PAX VOBIS. SOY YO. NO TENGAS MIEDO”.

Para unos antes, para otros después, ese encuentro vendrá, esa PASCUA sin fin será realidad inconmovible. Nada ni nadie nos la podrá quitar. Nada ni nadie nos la podrá discutir. Eternamente felices, eternamente triunfantes, nuestros labios no conocerán más que un canto, el canto del inacabable ALLELUYA. Nos parecerá imposible tanto gozo por tan poco dolor, una dicha sin fin por unas pocas lágrimas, pero será así. Aquello no tendrá fin. El gozo de esta Pascua que vivimos es una muestra insignificante. Cómo debe encenderse nuestro coraje ante la lucha presente.

Ha resucitado Jesucristo nuestra esperanza. Y nosotros con Él y en Él. ¡¡ALLELUYA, ALLELUYA!!

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies