Gracias

Bodas de oro

Por: M. Carmen Latre. Vita et Pax. Alicante

Señor aquí estoy para darte las gracias por estos 50 años de mi Oblación, gracias por tu LLAMADA.

Gracias a todas las personas que me ayudaron a poder vivir mi vocación.

A mi familia, especialmente a mi madre, que le costó mucho aceptarlo, pero no me puso inconvenientes y gracias a mis hermanos y hermana Amparo que siempre me ha ayudado.

Gracias al Padre Cornelio por todo lo que recibí de él directamente y a través del Instituto.

Gracias a muchos sacerdotes que siempre han estado a mi lado dándome fortaleza.

A muchas compañeras de Instituto, especialmente en los años de formación. Que algunas ya están en el cielo, como Carmen Molina, Ventury, Consuelo Amorós y a Carmiña que está aquí presente y siempre está dispuesta a ayudarme.

También quiero recordar a las que hemos vivido y trabajado juntas muchos años como son: Carmen García, Ascensión Cebrián, Ma. Carmen Castells y Leonor Casiano, que ya está gozando de la Echechiquia del Cielo.

También quiero agradecer al Instituto por todo lo que me ha dado, por tanto que he recibido en los tiempos de formación y a través de las Convivencias, cursillos, etc., etc.

He tenido diversas etapas en la vida: de trabajos, vivencias, dificultades, etc. etc. Pero estoy contenta, puedo decir que prácticamente no he tenido crisis, la vida me ha dado mucho.

Por eso Señor quiero seguir haciendo algo por Ti, (como hemos escrito ahí en el altar).

Quiero vivir el presente con coherencia, con alegría, con esperanza, con ilusión… Confiando plenamente en tu Espíritu que está en mi, que me da fuerza y ánimo.

Quiero aceptarme y aceptar a las demás como son.

Quiero caminar sin temor a riesgos. Caminar con libertad. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad y como Tú estás en mí, quiero esa libertad.

Quiero ser dadora de VIDA Y PAZ  a través de mi entrega a los demás.

          GRACIAS SEÑOR JESÚS

          GRACIAS MARIA, MADRE DE JESÚS, que siempre me has llevado de tu mano.

Y por último quiero agradecer al Consejo actual y en especial a Ma. Carmen Martín que a través de los temas que preparó y trabajamos juntas, las tres que celebramos las bodas de oro, he podido hacer esta pequeña historia de mi vida y reconocer y ver tanto como he recibido desde la llamada del Señor, hasta la actualidad.

                            GRACIAS SEÑOR JESÚS

                            GRACIAS A VITA ET PAX  y

                            GRACIAS A TODAS VOSOTRAS QUE FORMAMOS EL INSTITUTO.

 

 

 

… Ven y sígueme

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

No me resulta fácil expresar en unas líneas el proceso seguido en relación al descubrimiento de Jesucristo como centro de mi vida desde muy niña, y que por las circunstancias familiares de ser hija única, perder a mi madre en la adolescencia y vivir con mi padre de cierta edad, lo viví interiormente y, a veces, expresándolo de manera clara.  Fue un camino largo, pero que me ayudó a ir forjando mi ser, con esas ansias de entrega generosa a Él y al Reino por un lado,  y por otro no exento de momentos de oscuridad y de limitaciones en el camino.

La muerte de mi madre  fue un duro golpe, pues ella era una mujer sencilla, valiente y con una religiosidad ya un poco avanzada para la época y, por supuesto, yo estaba muy unida a ella. Fue quien me enseñó el camino espiritual y los valores del Evangelio. Este acontecimiento marcó mi vida y  me ayudó a madurar como persona, debiendo tomar responsabilidades avanzadas para la edad;  aunque supuso también el que hubiera en mí algunas  lagunas que,  aunque eran suplidas por otras realidades como puede ser el aspecto religioso y mi inclinación por vivir de la vida de Jesucristo, esas lagunas crearon en mí fallos y momentos de dificultad interior que con la gracia del Señor fui superando

No podría distinguir un tiempo exacto para situar la llamada entre esos años, la juventud y el momento de concretarla en el Instituto Vita et Pax. En todos esos años jóvenes viví dentro del ámbito de la Parroquia, con el acompañamiento de sacerdotes entregados que se desvivían para que nosotras, las jóvenes, viviéramos una espiritualidad centrada en la persona de Jesucristo y que nos culturizáramos con los medios de que disponíamos: biblioteca, cine, coro parroquial, preparación litúrgica y otros medios que yo procuraba aprovechar al máximo. Con todo ello la idea de una entrega total al Señor y la Misión, no se desvanecía de mi cabeza y de mi corazón.

Quiero destacar que en esa etapa viví con profundidad el Concilio Vaticano II que supuso grandes cambios en la Iglesia, manifestados en el cómo vivir la liturgia, la espiritualidad, entender la Iglesia como Pueblo de Dios etc., etc., y que marcó también mi vida.

Con todo este bagaje llegó el momento en que, tras la muerte de mi padre, me siento en la disyuntiva de dar un paso adelante en la concreción del cómo y cuál iba a ser el cauce de mi entrega. Durante un año intenté conocer y ver cómo podría encauzar mi vida: vivir una Consagración individual o entrar en una Comunidad de Consagradas. La vida religiosa en sí no me atraía. Entonces conocí esas comunidades de consagradas en el mundo y para el mundo, que vivían con bastante normalidad en la vida. Descubrí Vita et Pax, muy conocida por sus orígenes en Pamplona, las contacté y el año 1967 entré a formar parte de este Instituto.

Después de dos años de formación fui invitada a marchar a Japón,  donde un grupo de Vita et Pax colaboraba con la Misión Jesuítica en el país del Sol Naciente. Pasé cuatro años allí  en los que fui cultivando mi Oblación al Señor, acompañada por cinco compañeras de Vita et Pax y por la comunidad de Jesuitas con los que trabajábamos.

A la vuelta de Japón concreté  mi vocación profesional en el terreno social. Realizados los estudios sociales, fui invitada de nuevo por el Instituto para trabajar en la Emigración Española en Suiza. Allí fue concretándose mi Consagración desde el servicio a los emigrantes, en aquellos años el movimiento era muy importante en Europa. Procedían de los países del sur, necesitados de trabajo y los del norte de mano de obra. Viví unos años muy felices compartiendo, desde el espacio de la Misión Católica Española en Suiza, las necesidades que el colectivo español y una parte del  latino-americano tenían y necesitaban,  tanto en el terreno social, como en el pastoral. Tengo que decir que mi vocación se reafirmó, me sentí dando una respuesta concorde con los tiempos que se vivían y con una apertura grande a todas las dimensiones que la persona humana debe vivir: la religiosa, la social, la política… en fin, allí viví los años de la madurez humana y vocacional.

La llamada del Instituto a realizar un servicio en el interior de la propia Institución, cambió mi manera de realizar la Misión. Fue un servicio hacia adentro, compartiendo con mis hermanas la Misión que cada una desarrollaba, fuera en el terreno individual como en proyectos comunitarios o en la Misión “Ad gentes”. Fue otro periodo importante en mi proceso de seguimiento de Jesucristo.

Al final de esta etapa, ya en la madurez de vida, tuve el regalo de compartir mi vida en el proyecto de Vita et Pax en Rwanda. Misión difícil por la edad que tenía y por lo que supone enfrentarte a esa realidad mundial de las diferencias sociales, económicas, culturales y en todos los campos de la vida. Contemplar y vivir de cerca la pobreza, la exclusión, las injusticias… hacen que sientas una convulsión interior que no acabas de comprender ni de asimilar. Aquí sí que me tuve que agarrar fuerte al Señor, confiar en Él.

Hoy, desde mi situación de  jubilada, sigo disponible para el servicio allí donde se me necesite. Y puedo dar gracias al Señor y decir con el salmista: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Una experiencia peligrosa

Domingo XX  T.O. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Nos cuesta mucho vivir la dificultad. No es que seamos blandos o que pudiéramos ser más fuertes, aunque también, es que evitamos las dificultades y no las afrontamos hasta que no hay más remedio. Se sobreprotege a los niños, se consiente a los jóvenes, que no nos falte de nada a los mayores; se eliminan problemas o se encuentran soluciones antes de que lleguen, se dan rodeos para no caminar por zonas peligrosas…

Todo esto, aparentemente, está fenomenal. El problema es que no nos preparamos para lidiar con las  tormentas. Entendemos que la dificultad es mala, indeseable, la asociamos a la equivocación o al fracaso; cuando la dificultad forma parte del caminar humano. Y en el momento que llega, estamos fuera de juego, no sabemos enfrentarlo y nos descolocamos. Es verdad que no hay por qué aguantar y es bueno buscar soluciones rápidas pero parece que, demasiadas veces, nos rendimos sin luchar. En las rendiciones prematuras hay una trampa, buscamos soluciones fáciles y el problema resurge aumentado.

Al mismo tiempo nos acomodamos una especie de “coraza” que nos defiende del mundo. Es el no querer ponernos en el lugar del otro o de la otra que sufre, de un modo tal que eso me afecte, me implique y me complique; tenemos dificultad real para sentir e intuir lo que la otra persona vive y para vincularnos a esas vivencias ajenas. Es una mezcla de distancia e impotencia, costumbre y desconocimiento, ignorancia y renuencia a asomarnos de un modo personal a otras vidas. El miedo se atrinchera en el fondo de cada cual y el proyecto vital queda reducido a “ir tirando”. Estamos vivos pero pareciera que “invernamos” esperando siempre tiempos más cálidos.

Sin embargo, la Palabra de Dios hoy, nos despierta de nuestro letargo sin piedad. Y empieza Jeremías. Jeremías fue un profeta en tiempos difíciles, cuando se avecinaba una gran catástrofe que afectaría el destino del pueblo. Y, no se pone la coraza, se implica y complica en la realidad de su época. Su lenguaje está lleno de participación, de ardor, de fuerza, de imágenes y símbolos. Su persona misma, su sufrimiento, sus crisis frecuentes son parte viva de su profecía. Nos enseña mucho este profeta porque quien habla, la mayoría de las veces, no es un joven ingenuo, lleno de entusiasmo por el encuentro con la Palabra; sino un hombre decepcionado, que ha experimentado muchos fracasos y peligros y, sin embargo, ha sido fiel a su vocación inicial. Jeremías se agarra a la experiencia de su vocación para permanecer fiel en medio de tantas dificultades.

Y, el Evangelio termina de despertarnos con su grito de alerta: permanecer cerca de Jesús resulta peligroso, hay riesgo alto de fuego, de incendio. Solo a la vista del peligro resplandece la visión del Reino de Dios, que en Jesús se ha hecho cercano. Peligrosa es, a todas luces, la experiencia de la vida de Jesús y su mensaje y peligrosa es la experiencia para cada cristiana o cristiano, que quiera serlo de verdad. Allí donde el cristianismo está cada vez más arraigado y se hace más llevadero; donde cada vez resulta más fácil de vivir, hemos sustituido el Evangelio por un sucedáneo. Por el contrario, allí donde resulta difícil de soportar y se muestra rebelde; donde, por tanto, promete más peligro que seguridad, más desarraigo que protección, allí se encuentra más próximo de Aquel que dijo “no he venido a traer paz, sino división”.

Permanecer con Jesús es apuntarnos a la aventura, a lo que no controlamos, a la pasión y a la Pasión. Pasión que es fuego y motivo, acicate y bandera, horizonte y camino. Pasión que a veces nos entierra y luego nos resucita.

Al borde del camino

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Kigali. Rwanda.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Las lecturas de la celebración de este domingo son un canto a la esperanza y a la confianza en el Señor, que tiene misericordia de su pueblo, de cada uno de sus hijos.

Jeremías nos invita a gritar de alegría porque el Señor salva a su pueblo, que retorna del exilio. Entre ellos hay cojos, ciegos, a los que guiará entre consuelos. El Señor nos dice, por medio de Jeremías, que ninguna situación es irremediablemente fatal, quizá el sufrimiento puede ser largo, pero al final del camino siempre hay una luz que nos abre a la esperanza:  Él es para nosotros Padre, nosotros sus hijos predilectos.

En los relatos de los evangelios nos encontramos con la presencia de los pobres, los cojos, los paralíticos… personas, que a su situación de pobreza se añadía la limitación, la enfermedad, alguna deficiencia física o psíquica que convertía su pobreza en miseria, viéndose obligados a vivir de la mendicidad y por tanto situados al margen de la sociedad.

En nuestro mundo, la crisis económica está dejando a un gran número de personas tiradas en la cuneta. Las guerras generan muerte, pobreza y sufrimiento en tantas personas que se ven obligadas a dejar todo para salvar su vida y a vivir hacinados en campos de refugiados…

Aquí vivimos en un barrio de los más pobres de Kigali, donde la gente lleva con dignidad su pobreza, intentando sobrevivir, pero si a su pobreza se añade la enfermedad, fácilmente la encontramos en situación de indigencia.

Bartimeo era una persona excluida de la sociedad, el Evangelio lo sitúa “al borde del camino”.  Quizá el peso del sufrimiento, los desprecios, la angustia por encontrarse en una situación límite habían hecho de él una persona sin esperanza y sin fuerzas para seguir viviendo, como sucede a algunas personas que nos rodean. Esto constituía “su ceguera”.

Oye  que Jesús de Nazaret pasa cerca de donde él se encuentra y lo llama: “Hijo de David, ten compasión de mí”, comprende mi situación, ponte en mi lugar.

Sólo quien se siente necesitado es capaz de gritar, de pedir ayuda.

Es una confesión de fe en el Mesías, en Jesús, que hizo suyas la palabras de Isaías:  “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a dar la buena noticia a los que sufren…”

El paso de Jesús por su vida hace renacer en él la esperanza: “Que pueda ver”

“Anda, tu fe te ha curado”.  Su  fe, su confianza en Jesús, ilumina su vida, que  ya no puede tener otro sentido que seguirle.

Los discípulos y bastante gente acompañaban a Jesús. Algunos de los seguidores de Jesús pedían al ciego que callara, que no estorbara.

En el mundo que llamamos desarrollado, los pobres no dan buena imagen de las ciudades. Cuando hay un evento importante se les retira de la vista… los países en vías de desarrollo han aprendido bien esta lección que les hemos enseñado y aquí sucede lo mismo.

Cada día encontramos en nuestras calles situaciones parecidas al relato del Evangelio, sabemos que la pobreza se está convirtiendo en una situación crónica, que sobrepasa nuestras posibilidades de resolver los problemas. Ante esto corremos el peligro de insensibilizarnos y no ver el sufrimiento de quienes nos rodean.

Jesús ante la llamada de Bartimeo se detiene, en contraste con nuestra actitud, que en ocasiones, volvemos la mirada y seguimos nuestro camino con indiferencia.

¿Cómo somos hoy los seguidores de Jesús?

¿Hacemos callar a los que están en situación de debilidad e indefensión?

¿Miramos con un corazón compasivo a tantos ciegos, cojos, paralíticos que nuestra sociedad ha dejado al borde del camino o seguimos a Jesús olvidando su presencia real en aquellos a los que Él más ama?

Podemos estar como Bartimeo, sentados al borde del camino que lleva a Jesús, amparados en nuestras seguridades religiosas, sociales, económicas… sin mirar las situaciones tan duras que vive la gente, justificando nuestra actitud… ésa sería nuestra ceguera.

¿Qué podemos, qué debemos hacer?

Pedir al Señor que “ilumine los ojos de nuestro corazón” para que veamos las situaciones de sufrimiento e injusticia que hay a nuestro alrededor y  vivamos más solidariamente.

Arrojar el manto que nos protege del dolor y abriga nuestra indiferencia. Abrirnos al paso del Señor en nuestras vidas que nos invita a cambiar y ver las situaciones de un modo nuevo, desde sus ojos.

Seguir a Jesús. Pasar haciendo el bien, en un amor entregado, en actitud humana y humanizadora de las realidades que vivimos, para que el Reino de Dios se haga más presente en nuestro mundo.

Sin celos que nos aten ni riquezas que nos ceben

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Domingo 26 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Lo que Moisés deseaba con tanto ardor: ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!, en el libro de Joel es profecía (Jl 3) y en los Hechos de los Apóstoles es cumplimiento (Hch 2).  Y hoy, quienes queremos seguir a Jesús y emprendemos el camino de la historia con Dios descubrimos que, en realidad, es Dios quien nos acompaña y nos sostiene con los dones de su Espíritu: suya es la pasión que mantiene vivo nuestro amor; suya la sabiduría que ilumina nuestra vida; suya la fortaleza que nos permite permanecer en el camino; suya la resistencia al odio y al desaliento; suya la ternura que suaviza nuestras asperezas…

El Espíritu no tiene un modo propio de actuar en la historia con independencia de la acción humana. Su acción propia consiste en hacer actuar a las mujeres y hombres en dirección a la realización de la promesa de salvación de Dios. El Espíritu es el Amor de Dios, derramado en el corazón de los seres humanos, que provoca lo que, precisamente, de más humano, personal, original y único hay en cada uno de ellos y los impulsa, poniéndolos a trabajar en favor de todo aquello que construye la vida y la vida en plenitud.

Sin embargo, nos cuesta comprender, igual que les costaba a los discípulos. A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a vivir como Él, al servicio del Reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, digna y feliz, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que los anima, no entienden su amor grande a todos los seres humanos. En el relato anterior a éste del evangelio de hoy, los discípulos habían discutido por el camino sobre quién era el mayor dentro del grupo, es decir, la jerarquía del grupo, ahora la discusión se centra en quién está dentro y quién fuera.

Los discípulos informan a Jesús de un hecho que les ha molestado mucho. Han visto a un desconocido “expulsando demonios”. Está actuando “en nombre de Jesús” y en su misma línea: se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera digna. Pero a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. Les ha parecido mal y se lo han prohibido, pues las acciones en nombre de Jesús las interpretan restringidas a los de dentro. Su actuación les parece una intrusión que hay que cortar, en el fondo, como advierte la primera lectura, están celosos. No les preocupa la salud de la gente, sino su prestigio de grupo. Pretenden monopolizar la acción salvadora de Jesús: nadie ha de curar en su nombre si no se adhiere al grupo.

Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos. No se trata de dispersar, dividir y competir, sino, por el contrario, de reconocer, unir y multiplicar. Según Jesús, toda persona que “echa demonios en su nombre” está evangelizando. Toda mujer, hombre, grupo o partido capaz de “echar demonios” de nuestra sociedad y de colaborar en la construcción de un mundo mejor está, de alguna manera, abriendo camino al Reino de Dios. Este es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores.

Me considero una mujer privilegiada porque he tenido la oportunidad de conocer a muchas y muchos que “echaban demonios”, aunque no eran “oficialmente” de los nuestros. Hay un número incontable de mujeres y hombres que hacen el bien y viven trabajando por una humanidad más digna, más justa y más liberada. En ellas y ellos está vivo el Espíritu de Jesús, por eso, hemos de sentir a estas personas como amigas y aliadas, no como adversarias. No están contra nosotros, pues están a favor del ser humano, como estaba Jesús.

Quien realmente no es de los nuestros es la persona que, estando dentro o fuera de nuestro grupo, opta definitivamente por ser y actuar como rico, es decir, se siente seguro y confía en su propia riqueza: bienes, poderes, influencia… Estas personas no están libres de culpa. Actuar como rico, habiendo pobres alrededor ofende a Dios  y a los hermanos. Comportarse de esta manera corrompe las riquezas que tenemos, incluso, aunque creamos poder afirmar que han sido ganadas “legalmente”. Dios no quiere tales diferencias que oprimen y esclavizan. Esas personas se están cebando para el día de la matanza, dice el apóstol Santiago.

El que pierda su vida por mí y por la buena noticia la salvará

Por: Paqui Castilla Muñoz, militante de la HOAC de Ciudad Real.

Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

La primera lectura de este domingo (Is 50, 5-9) nos muestra una fe en el Señor que sostiene y apoya al que desfallece, al que se siente perseguido y ultrajado. Insiste, asimismo, el Salmo 115, en la fe en un Dios que escucha la voz suplicante, que nos consuela y salva de la angustia, que es tierno y justo y “guarda a los sencillos”. Cuando desfallecemos, cuando creemos que todo se hunde, ahí está Dios.

Pero la fe no pueden ser sólo palabras ni debe confundirse con una espiritualidad intimista y evasiva. Santiago, en la segunda lectura, nos lo recuerda: “la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma”.

Vivimos en la realidad histórica de nuestro mundo actual tiempos duros. Esta escandalosa crisis, y las “soluciones” que se están planteando para salir de ella, nos hacen toparnos día a día con situaciones de sufrimiento (familias empobrecidas por el paro y la precariedad laboral, personas inmigrantes sin atención sanitaria, servicios sociales cada vez más desmantelados…). Los cristianos y cristianas no podemos permanecer impasibles ante este sufrimiento, aunque muchas veces caigamos en la tentación de encerrarnos en nosotros y nosotras mismas adormecidos en una fe intimista que nos conforta. Es precisamente esta fe en el Dios de Jesús, en el Dios que nos ama, que escucha nuestra voz suplicante, que es benigno y justo, la que nos debe llevar al compromiso solidario con nuestros hermanos y hermanas, especialmente con los últimos.

El evangelio de Marcos relata el camino de Jesús, un camino inesperado que va desde el inaugural anuncio gozoso del Reino por los caminos polvorientos de Galilea hasta el giro dramático de su entrega como Hijo del Hombre en Jerusalén. El paso del anuncio de la llegada del Reino al nuevo anuncio de su propia muerte por el Reino, marca la segunda parte del evangelio de Marcos. En el tenso diálogo de Jesús con Pedro, cuando iban de camino hacia las aldeas de Cesarea, Jesús expuso abiertamente a sus discípulos las nuevas y exigentes implicaciones, descubiertas tras el camino recorrido, para que el Reino sea posible en esta tierra: el Reino no vendrá sin la entrega de su propia vida hasta la muerte.

Jesús había escogido a los Doce, para que estuviesen con él, y para así enviarlos a predicar en su nombre (3,15). Ahora reformula ese motivo, diciéndoles que sólo podrán acompañarlo en el camino mesiánico si están dispuestos a caminar tras él, con el compromiso de entregar con él y por él la vida, es decir, por el Reino.

Jesús quiere que sus discípulos se conviertan (y nos convirtamos) en verdaderos seguidores, asumiendo en sí mismos el camino mesiánico de la solidaridad no violenta hasta entregar la vida por el Reino. Quiere que caminen (y caminemos) su mismo camino y lo caminemos de la manera que él lo camina, porque no hay otro camino ni otra manera de ser “cristiano y cristiana”. Es esta enseñanza la que Pedro no entiende y que le costará asimilar. Pues bien, hasta que un seguidor de Jesús no le conozca de verdad, es decir, no aprenda a vivir conforme a su proyecto de entrega “en pobreza, humildad y sacrificio” (“si alguien quiere seguir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”), Jesús le impone total silencio sobre su persona: “les mandó que no hablaran a nadie sobre él”. Esta cura de silencio es esencial para cualquier seguidor fiable de Jesús. Sólo el seguimiento cotidiano tras Jesús hará por fin posible que el discípulo le entienda de verdad y pueda hablar de él con palabras que salven al que escucha: ofreciendo espacios de solidaridad a los pobres y no muerte de los otros, y entrega personal, en medio de la violencia y egoísmo de la sociedad en la que vive.

La manera de ser cristianos y cristianas, que “no es la de Dios, sino la de los hombres”, a la que tantos nos hemos apuntado, ha de enmudecer sobre Jesús; pues lo que se nos pide es comenzar de nuevo el seguimiento de nuestro único Señor hasta aprender a renunciar a nosotros mismos, cargar con la cruz de un amor total a nuestros hermanos y hermanas empobrecidas y seguir así humildemente tras Jesús hasta la entrega total.

Abriendo ventanas al futuro

Por: Secretariado de formación.

Del 1 al 20 de agosto hemos celebrado la LX Convivencia de nuestro Instituto, este año con el título Abriendo ventanas al futuro. Una convivencia cargada de encuentros, Eucaristías, cursillos, reflexiones, fiestas… es decir, una convivencia cargada de vida.

Poco a poco fuimos organizándonos con la pericia que da la experiencia y nos pusimos en marcha entre informaciones y evaluaciones de todo lo realizado en el curso anterior.

Los días fueron pasando más rápido de lo que deseábamos y casi sin darnos cuenta llegamos al día seis en el que celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor, el aniversario de la primera Eucaristía celebrada por el Padre Cornelio, fundador del Instituto, y también nos informaron del caminar de las casas de Formación de Rwanda y Guatemala. Por la tarde, el Equipo de Difusión del Carisma nos informó de los diferentes grupos de Vida y Paz que se van formando en distintos lugares de España con el deseo de  compartir nuestro Carisma y Misión.

Muy intenso y cuestionador fue el cursillo que Javier Vitoria nos impartió: “Seguidoras de Jesús hoy”. Nos dejó con un interrogante convertido en reto: ¿nuestro seguimiento tiene hoy capacidad de seducir, contagiar, convertir y provocar la fe?

Días de mucho trabajo resultaron el 12 y 13. Estuvimos preparando ya nuestra VIII Asamblea con la ilusión y la pasión que siempre provoca la celebración de una Asamblea General. Queremos seguir abriendo ventanas al futuro y un buen medio para conseguirlo es preparar bien la próxima Asamblea que se llevará a cabo en Julio del año que viene.

 

Y el corazón de toda la convivencia fue la Celebración de la Vigilia de la Asunción el día 14 por la noche y la Fiesta de la Asunción del día 15. En ella 10 compañeras celebraron sus Bodas de Oro de Consagración. Como ellas mismas dijeron en la ambientación: esta celebración es sobre todo un tiempo para agradecer. La actitud fundamental que queremos compartir con todos es el agradecimiento a Dios por la vida, agradecimiento y acción de gracias por la generosidad de nuestros padres y familiares, agradecimiento por la llamada de Dios y por su amor, agradecimiento por estos cincuenta años de vida entregada en la cotidianidad del mundo, agradecimiento por el Padre Cornelio que nos dejó el mejor carisma: vivir de la vida de Jesucristo… y, sobre todo, gracias a María que en estos años nos ha ayudado a hacer lo mismo que ella: dar al mundo al Salvador.

Esa noche concluimos con humor del bueno. Como no pudimos ir a Londres para presenciar los Juegos Olímpicos,  algunas compañeras nos los trajeron a El Escorial, con Reina Madre y Príncipe heredero incluidos. También nos visitaron los mejores atletas cargados de medallas y para comprobar que todo era correcto nos hicieron algunas demostraciones de sus habilidades. Estos juegos también aportaron una sirenita como mascota.

Después de la fiesta volvimos al trabajo con un nuevo cursillo: “El Sacerdocio Bautismal”, el profesor fue Andrés Huertas y al día siguiente, Victoria Cañas, nuestra compañera, aterrizó el tema en la Dimensión Sacerdotal de nuestro Carisma.

Concluimos con un trabajo por grupos y puesta en común.

Con motivo del Año de la Fe que se iniciará el 11 de Octubre, Luis González-Carvajal nos compartió las primicias de supróximo libro: “La fe: un tesoro en vasos de barro. Una introducción al año de la fe”. Fue un día y medio desbordante de la serena sabiduría que caracteriza al ponente y que nos ayudó a ponernos en marcha con lo que se va a celebrar.

No quedaba más tiempo, la evaluación y recogida llegaron con prontitud y ahí estuvimos prestas para llevarlas a cabo. Las despedidas y viajes nos anunciaban que la LXI Convivencia se aproxima con paso firme y rápido y nosotras ya la estamos aguardando.

Sabemos dónde está el Señor

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia. 

2º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B

Todavía están sonando en el corazón los sones alegres de los villancicos. También seguimos contemplando, admirados, la mirada inocente de los más pequeños que quieren ver a los Reyes de Oriente, sí, terminamos de vivir un tiempo litúrgico extraordinario en el que se nos ha revelado nuevamente  el amor y la compasión de Dios Padre a cada uno de sus hijos. Y hemos visto y oído a Jesús, el Hijo Predilecto que se nos hacía presente en la sencillez y pobreza del portal de Belén.

En este domingo segundo del tiempo ordinario, la liturgia nos ayuda a no cortar de repente esta posibilidad de contemplación de la realidad amorosa de Dios.  El evangelio de Juan nos presenta una secuencia en la que Juan Bautista presenta a Jesús como el Cordero de Dios, lo cual nos ayuda a nosotros a pasar de las “mieles de Belén” a vislumbrar la posterior realidad: la donación total de Jesús, que llegará hasta entregar la vida para que todos tengamos vida. Juan designa a Jesús como Cordero, como Maestro, como aquel a quien no se atreve a desabrochar la sandalia, como el Salvador, el que va a anunciar que es posible una manera de vivir presidida por la fraternidad.

Jesús acoge el seguimiento de los dos discípulos e inicia un pequeño diálogo que termina con una llamada: “Venid y lo veréis”.

Nosotros sabemos dónde está el Señor y dónde vive porque el evangelio, la buena noticia, nos lo reitera en muchas ocasiones.

Jesús está donde y con quienes han recibido la Luz, la Palabra, porque los ha hecho capaces de ser hijos de Dios.

Jesús está al lado de quienes se empeñan en hacer visible y extender el Reino de Dios: reino de justicia, de vida, de paz, de amor…

Jesús es y está en el hambriento, el sediento, en el encarcelado, en el enfermo…

Es decir que Jesús está entre los más débiles, los que no cuentan, los que no pretenden grandezas.

Tenemos que preguntarnos  si verdaderamente queremos ir y ver dónde está Jesús para estar con El, para trabajar con El, para consolar como El, para hacer su voluntad.

Hemos rezado muchas veces “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”. Quizá sería interesante que hiciéramos un “ejercicio espiritual” y designáramos a Jesús con aquella palabra que surja de nuestro interior y analizáramos si nuestras actitudes y conductas responden a esa definición. Después, pedirle al Señor que nos siga regalando el don de la fidelidad total.

El deseo de seguir aprendiendo, de ser amables en el servicio, ser sencillos en nuestras relaciones interpersonales es el regalo que hemos recibido en la Epifanía, es el impulso que nos ayuda a comenzar este año 2012 con esperanza y deseo de renovación.

 

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