XX Jornadas Mujeres y Teología

Una espiritualidad saludable para quienes buscan despertar

Organiza: Núcleo Mujeres y Teología. Guatemala

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Sororidad Marzo 2017

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Tiranos con tinte en el pelo

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En la historia de la humanidad siempre han aparecido personas que han querido dominar, imponer sus leyes y deseos, poseer un poder absoluto sobre las demás, levantar muros para que no entren los que no interesan, que su voz resuene por encima de las otras, tiranos con tinte en el pelo… y es curioso, cómo las mujeres tenemos una forma peculiar de enfrentarnos y vencer a estos faraones. A los de ayer y a los de hoy. Nuestras antepasadas, las mujeres del Éxodo, nos la enseñaron.

En el capítulo uno del libro del Éxodo aparece el faraón de turno con su poder ciego, corrupto y sin memoria. Necesita esclavos, brazos, mano de obra gratis para saciar su codicia. Pero además, tiene miedo, por eso, da una orden a las parteras de las mujeres hebreas para hacer morir a los niños hebreos. Ordena el infanticidio abierto, hay que matar a los niños ya nacidos. Orden de muerte y de discriminación a la vez. Matar a los niños y dejar con vida a las niñas. Es a ellos a quien teme, no ve ningún peligro en las niñas, al fin y al cabo, las mujeres son seres indefensos y débiles.

Junto a este poderío, aparecen dos mujeres insignificantes, Sifrá y Puá que, sencillamente, no dudan en desobedecer protegiendo la vida, buscando bases de futuro. Y lo hacen con una sabiduría y arrojo absolutamente libres: si éste reprime la vida, ellas la fomentan; si él quiere destruirla, ellas la van a salvar; como “profesionales de la vida” que son, tienen palabras y actuaciones sagaces a favor de la vida.

Las parteras se resisten a la orden de muerte, desobedecen y además mienten. Y Dios las aprueba, el versículo 20 dice “y Dios favoreció a las parteras”. Lo cierto es que lo debieron de hacer tan bien, son tan hábiles y actúan con tanta audacia, que el Faraón ni se da cuenta de que le han mentido descaradamente  y no toma ninguna represalia contra ellas. Cree con toda docilidad lo que le dicen las mujeres, de modo incuestionado e iluso, y cambia la orden. Es ahora todo el pueblo quien tiene que matar a los niños ya nacidos (Ex 1,22).

En el capítulo dos, las parteras dejan paso a otras mujeres valientes que van a continuar enfrentándose y desobedeciendo al faraón. Aparecen sin nombre: una es la madre de un niño hermoso, la otra es su hermana y la tercera es la hija del Faraón. Están en relación entre ellas por causa de una acción que, sin saberlo, van a hacer juntas: salvar un niño, salvar la esperanza, velar por el crecimiento de lo frágil, por el fortalecimiento de lo débil.

La madre, una mujer sometida política y socialmente a la ley de Faraón, llega un momento en que no puede ocultar más a su hijo y busca esconderlo. Lo pone en una cesta. Y es la segunda mujer, su hermana, la que se va a quedar a distancia para ver. Extraordinaria misión la de esta hermana que “vigilaba”, “cuidaba”, desde lejos a su hermano. Y la hija del Faraón que, al ver a un niño que llora, se compadece de su llanto con absoluto y tácito olvido de la orden de muerte que había dado su padre.

El Éxodo lo inaugurarán las mujeres que, hábiles y sabias, transgreden los poderes faraónicos. Ellas vencerán en osadía, atrevimiento y estrategia. Resistirán, desobedecerán y mentirán al tirano y Dios estará con ellas. Esta es una manera muy sororal de enfrentarse a los faraones. Redes de mujeres de distintos credos religiosos, de distintas nacionalidades, culturas, edades, condiciones sociales. Todas mujeres de la utopía y de la esperanza: esclavas y princesas, madres y hermanas, hebreas y egipcias, judías y musulmanas, cristianas y budistas, jóvenes y ancianas… Todas unidas a favor de la dignidad humana.

Es hoy como lo fue ayer. Sin violencia, sin derramar una gota de sangre, sin disparar un solo tiro, sin necesidad de ninguna guerra… las mujeres hacemos la revolución de la vida y nos enfrentamos a los faraones de turno, esos tiranos con tinte en el pelo.

Sororidad nº 29- Enero 2013

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Sororidad nº 28 – noviembre 2012

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Hacia la sororidad universal

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala.

Domingo 27 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

El libro del Génesis, de donde tomamos la primera lectura  en la liturgia de la Palabra de este domingo dice así: “Dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude…”

En el pensamiento y el corazón de Dios, está el deseo de que el hombre no esté solo y pueda compartir la vida, los sueños y las esperanzas con otro ser “igual” a él. Quiere que sea alguien que le pueda ayudar. ¿Pero en qué clase de ayuda está pensando Dios? Tal vez en una ayuda que le permita al varón poder reconocerse en otra persona como él; que le permita ser él mismo, con identidad propia, persona plena, feliz, valiosa y única.

 “… y Dios formó una mujer” y cuando el hombre la vio exclamó: “Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Podríamos interpretar las palabras de Adán como si dijera: “Ésta sí es como yo”.

Este regalo mutuo que Dios ha hecho al ser humano, a través de la historia ha ido cambiando su significado más profundo y ha derivado en una relación, no de mutua ayuda, sino de dominio, dependencia y sumisión de la mujer, en relación al varón. La interpretación patriarcal del texto ha significado que ambos han entendido que uno manda y la otra obedece… ayuda. Pero no se ha respetado la igualdad original de ambos seres. Por lo que, tal vez, éste sea el mayor obstáculo para una relación de igualdad, de desarrollo pleno y de reconocimiento valioso y único de cada una de las criaturas creadas por Dios.

¿En qué momento se torció la historia? ¿Qué afán de poder y dominio ha llevado al varón a ir rebajando ese querer original de Dios y ha colocado a “su compañera” no al lado, sino abajo? Y tanto las estructuras eclesiales como sociales han perpetuado esa realidad de dominio patriarcal, impidiendo a la mujer recuperar su espacio propio y, por lo mismo, a no poder realizar su original función de ayuda para que cada uno de los seres humanos -hombre y mujer- pueda alcanzar la plenitud para la que han sido creados.

Pero llega la palabra de Jesús y ante la pregunta capciosa de sus discípulos sobre si al hombre le es lícito divorciarse de su esposa, contesta preguntando por la prescripción dada por Moisés. Y frente a la respuesta de los discípulos  contesta: “Por vuestra dureza de corazón dio Moisés esta prescripción de repudio y divorcio de la mujer, pero en el principio no fue así…”. Y pretende dirigir sus pensamientos y su corazón al sueño original de Dios Padre Creador de que hombre y mujer sean compañeros, rompiendo, una vez más, los esquemas dominantes de la época.

Al decir esto, plantea su postura de desacuerdo en la actitud del varón de poder sobre la mujer y de dependencia y sumisión de ésta hacia él.

No, en el principio no fue así….

Dios quiere una comunidad de iguales, donde el poder se expresa en el servicio y no en la dominación. Una comunidad de crecimiento y apoyo mutuo, donde unos y otras nos ayudemos a crecer, nos respetemos en nuestras diferencias y nos enriquezcamos con nuestras identidades propias. De lo contrario, no seremos felices; hablaremos lenguajes distintos y al mirarnos unos a otras nos pasará como a Adán que fue reconociendo y nombrando a cada ser de la creación, pero no encontró en ninguno la “compañía” necesaria para hacerlo sentirse “él”, para poderse identificar y reconocerse en otro ser igual.

¿Será por eso que no logramos encontrar un camino común que nos plenifique y lleve a la felicidad? ¿Será por eso que no acabamos de “reconocernos” a nosotros mismos y buscamos la ayuda en la tecnología, que cada día más nos deshumaniza e incomunica de los otros seres humanos, que nos permite quedarnos en nuestro mundo individualizado sin que nos roce la vida y los sueños de las demás personas; que buscamos el poder y el dominio en tantas cosas que no nos hacen felices?

Y de nuevo Jesús nos da la pauta para rencontrar nuestro espacio de sororidad e igualdad mutua. Coloca a unos niños junto a él y proclama que el Reino de Dios es de los que son como ellos. Los indefensos, los sin poder, los que necesitan de los demás para empujar la vida y lograr sus sueños, los iguales porque no tienen nada, más que su esperanza puesta en Dios…

Ellos sí forman una comunidad de iguales, donde cada persona-niño es lo que es y en ello está su valor.

¿Por qué será que nos cuesta tanto entender la Palabra? Dejémonos de palabrerías y volvamos al origen de nuestra misión: Ser personas en plenitud, ayuda unas para otras.

Sororidad nº 27 – Septiembre 2012

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Sororidad nº 26 – junio 2012

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Sororidad nº 25 – abril 2012

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