Tu Palabra nos transforma

2º Domingo TO. Ciclo C

Por: Blanca Lara Narbona. Mujeres y Teología. Ciudad Real.

“Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como una antorcha” (Is 62, 1-5)

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; (…) hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Cor 12, 4-11)

“No tienen vino” (…) “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 1-11)

Cada vez que nos acercamos a tu palabra para escucharte, para encontrarnos contigo, late en nosotros la profunda emoción de saber que eres Tú el que nos sales al encuentro para hablar con nosotros. Con esa confianza comparto lo que siento que, las escrituras de este domingo, quieren enseñarnos y animarnos a vivir.

Isaías nos llama a perseverar, a no rendirse, a no dejar de gritar ni dar descanso a Dios, hasta que establezca su justicia en este mundo tan perdido. No podemos ser espectadores indiferentes recluidos en nuestra pequeña burbuja de realidad, con miedo a que los acontecimientos del exterior puedan alterar la comodidad, la seguridad que, con tanto esfuerzo, hemos construido, dejando fuera, a la intemperie, todo y a todos los que pueden descolocarnos. Urge aprender a gritar “justicia” y a trabajar para hacerla posible, no solo para mí y los míos, sino, también y especialmente, para los “nadies” que sufren la indignidad y el olvido.

San Pablo nos habla de nuestros carismas, de cómo, el Espíritu de Dios se manifiesta de una manera singular en cada uno de nosotros, para que realicemos “los trabajos de Dios” en bien de todos. Nos exhorta a ser uno con Él en el obrar, teniendo presente, que la obra es suya no nuestra. ¡Cuánta tonta vanidad nos atrapa en el frenesí de hacer el bien! ¡Cuánta tonta vanidad nos hace esclavos del resentimiento que surge al compararnos! Olvidamos que el Padre nos quiere, a todos y a cada uno, única y totalmente. Aprendamos a gozar internamente del Espíritu que nos habita y dejémonos mover por él.

El evangelista Juan nos relata una fiesta de bodas, a la que fueron invitados María, Jesús y sus discípulos. De cómo María, con sus ojos y su corazón atentos a la novedad de Dios en su vida, se da cuenta que no hay vino para la celebración. El vino en la Biblia es símbolo de la alegría profunda del corazón, del disfrute y del amor nupcial, por lo que no podía faltar en una boda. Así que, María mediadora, interviene, no deja a los novios e invitados en la carencia. Busca a Jesús, y sencillamente le dice: “No tienen vino”. Ni pide ni exige. Confiadamente pone en manos de su hijo una necesidad para que él actúe. Aunque a nosotros la respuesta de Jesús nos desconcierta, María no parece alterarse y pone en marcha la transformación, cuando le dice a los criados: “haced lo que él os diga”. Estos dispusieron las tinajas llenas de agua como Jesús les había pedido para después transformar esas tinajas de agua en tinajas de vino. Jesús no hace aparecer el vino de la nada. Jesús toma lo que tiene, el agua, y la transforma en algo mejor, en algo superior, en vino. Eso hace con nuestras vidas.

Aprendamos de María a presentar a Jesús nuestras carencias. Busquemos un encuentro de intimidad con él, y humildemente reconozcamos que “no tenemos vino”. Que a nuestra vida le falta sentido profundo, celebración y goce de vivir. Que le falta la alegría que da, saberle en nosotros, vivirle en nosotros. María nos muestra el camino y nos dice, como a los sirvientes:” haced lo que él os diga”. Y ¿Qué quiere Jesús que hagamos?  Quiere que pongamos ante él nuestras pobres tinajas llenas de agua para transformarlas en tinajas llenas de vino. Quiere tomar el agua de nuestras vidas, lo que somos y tenemos, nuestros vacíos y dudas; nuestros apegos, nuestros dolores, nuestros miedos y rebeldías, y convertirla en vino de vida nueva. De vida plena de confianza, de hondura, de libertad, de alegría, de esperanza. Quiere que nuestras tinajas se desborden y que el vino llegue a los lugares menos transitados, y a las personas excluidas de este mundo que no se sienten invitadas al banquete del Padre.

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