Una cosa nos falta… (Mc 10,17-22)

Por: Secretariado de Formación. Vita et Pax.

Este curso todo el Instituto Vita et Pax estamos trabajando el objetivo sobre la pobreza. Es lo de siempre pero a la vez diferente porque el contexto social y nosotras mismas somos diferentes. Y es diferente también porque cada vez lo queremos hacer mejor, queremos parecernos más a Jesús pobre. Sabemos de nuestra pequeñez y fragilidad pero también sabemos que Dios cuenta con nosotras y, como nos decíamos en el lema de la VIII Asamblea General, vamos “al encuentro de Jesús y su Reino, con la mirada de hoy”.

El curso pasado salimos al encuentro de Jesús encarnado, es decir, Jesús que se despojó de su condición divina y se hizo uno de tantos, se hizo carne débil y vulnerable en la historia humana y, por puro amor, nos dio su Vida (Flp 2,6-11). De ahí, que el objetivo trabajado fue apostar por la vida, priorizando la institucional, y revisamos cómo vamos entregando nosotras nuestra propia vida.

Pero Jesús no solo se despojó de su condición divina sino que se hizo pobre y se puso al lado de los pobres. En este curso caminamos al encuentro de Jesús pobre. Pobre de verdad. Nace pobre, en la periferia del mundo, vive en medio de los pobres y muere abandonado como un pobre. Su enseñanza es reflejo de su vida: “Los zorros tienen guaridas y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza” (Lc 9,58). Por su parte, San Pablo, en sus cartas, presenta a Jesús diciendo: “Siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza…” (2Cor 8,9).

El P. Cornelio, nuestro fundador, el “enamorado de Jesucristo”, lo describe así: “Nació en la miseria: en una cueva, y lo pusieron sobre pajas y en un pesebre. Vivió, toda su vida, en un ambiente estrecho y pobre … Y murió, además del abandono y la miseria, en la ignominia del suplicio de los más grandes malhechores y rodeado de ellos y, -como se lo había indicado a un “postulante”- sin tener un palmo de tierra donde reclinar la cabeza… Fue un hombre pobre de verdad: de los pies a la cabeza. Con un corazón de pobre que no se lo pesaba y así fue como amó la pobreza tan tenazmente y a los pobres tan apasionadamente…” (IV Asamblea General).

Lucas subraya la preferencia de Jesús por los pobres en las parábolas del banquete (Lc 14,15-24); en el rico y Lázaro (Lc 16,19-31); en el relato de Zaqueo, a quien invita a devolver sus bienes a los pobres (Lc 19,1ss)… En el Magníficat, María retoma la mística de los pobres del Antiguo Testamento y proclama, como mujer de condición humilde, la justicia de Dios (Lc 1,48). En las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12; Lc 6,20-23), Jesús proclama a los pobres como herederos privilegiados del Reino…

Si Jesús es así, no nos sorprende la respuesta que le dio a ese hombre que fue corriendo, urgido por una gran inquietud, a preguntarle qué tenía que hacer para evitar que la muerte fuera el final de todo. Jesús mirándole con cariño le dijo:

  • una cosa te falta,

  • vete, vende lo que tienes

  • y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo

  • y ven, sígueme… (Mc 10,17-22).

Ya sabemos cómo termina la historia. A todos nos cuesta asumir “esa cosa que nos falta”, es decir, vender lo que tenemos y dárselo a los que no tienen, para poder seguir a Jesús más radicalmente. La enfermedad del dinero, de acumular, es silenciosa pero muy dañina. La lucha contra la pobreza está vinculada a la esencia del cristianismo porque “si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, cómo puede permanecer en él el amor de Dios” (1 Jn 3,17).

No podemos terminar esta reflexión sin recordar al Papa Francisco. Desde el inicio de su pontificado ya nos dijo: “Sueño con una Iglesia pobre y para los pobres”. A partir de ahí, tanto en sus enseñanzas como en su vivir diario deja bien claro su compromiso y cercanía con los excluidos de la sociedad y nos urge a la solidaridad, a la sobriedad de vida, al compartir nuestros bienes: “Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos… Estamos llamados a ser personas-cántaro para dar de beber a los demás…” (EG).

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