DAME, SEÑOR, TU MIRADA

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax.

Iniciamos este tiempo privilegiado de Cuaresma; sabemos que la Cuaresma no es un fin en sí misma, es el tiempo de preparación para la Pascua. Este año, os invitamos a que esté impregnada de una petición: “¡Señor que vea! ” (Lc 18,41); pero que vea no de cualquier manera sino como Dios, por eso, le pedimos: Dame, Señor, tu mirada (1Sam 16,7). Este es nuestro desafío cuaresmal: contemplar la realidad con ojos nuevos para descubrir a Dios en ella, tanto en la cotidianeidad como en lo diferente, en lo de cerca y lo de lejos, en lo sencillo y en la fragilidad… y seamos capaces de seguir reflejando en nuestra vida su Vida y su Paz. Por eso, pedimos unas por otras “Que el Padre ilumine los ojos de vuestro corazón” (Ef. 1,18).

  1. Ser miradas y mirados para poder mirar

Para poder ver la realidad de forma justa, sin distorsiones, antes tenemos que sentirnos miradas con ojos limpios que no desfiguren nuestra imagen, como los espejos deformes de las ferias que estiran o engordan a las personas, sino miradas que nos recreen al mirarnos. Hay ojos que saben mirar desde una hondura que crean vida en las personas sobre las que se posan. Por el contrario, cuando resultamos insignificantes para alguien, entonces decimos: “Ya ni me mira”, “no tiene ojos para mí.”

Acercarse a Dios es acercarse a su mirada. Su mirar compasivo es su manera de ser: “Clemente y compasivo es yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor” (Sal 103,8). Orar bajo la mirada del Dios Padre-Madre de bondad y cercanía que nos reveló Jesús, sentirse mirada por él, es la manera de situarnos para orar. Nada se esconde a su mirada; desde siempre y por siempre, el Señor mira y no tiene límite su salvación. Nadie es pequeño o menudo para Él. Para Dios no hay nada ni nadie insignificante ni despreciable: “y vio Dios… y todo le pareció bueno” (Gn 1,4.10.12.18.21.25.31).

Su mirada no es de vigilancia, de control, como a veces se nos enseñaba de pequeñas, sino de cuidado, de atención, de vida. En cualquier situación, por difícil que parezca, podemos sentir la mirada recreadora de Dios: “Yahveh se ha inclinado desde su altura, desde los cielos ha mirado la tierra para oír y liberar al cautivo ” (Sal 102,20-21). A veces, sólo mucho más tarde, nos damos cuenta de que estuvimos caminando al borde del abismo en medio de la noche más oscura, pero que la mirada de Dios nos contemplaba y desde dentro de nosotras mismas, en su discreción infinita, nos estuvo salvando (Sal 25,15-18).

Dios también nos invita a mirarnos a nosotras mismas y nosotros mismos como nos mira Él. Es el que “escruta los riñones” (Jer 11,20) “y el corazón” (1Sam 16,7). Conoce nuestros movimientos y pensamientos: “Sabes cuándo me siento y me levanto, mi pensamientos calas de lejos” (Sal 139,2). Así nos presenta Jesús a Dios como “a tu Padre que ve en lo secreto ” (Mt 6,4.6).

Una mirada puede encender y alimentar el fuego del amor entre las personas. Una mirada inagotable es la que necesitamos, pues estamos esencialmente creadas para un encuentro, sin final y sin intermitencias, con Dios encarnado en su Hijo Jesús. Nosotras vivimos de la Vida de Jesucristo pero con Romano Guardini también podemos decir que vivimos de su mirada, seguro que al P. Cornelio también le gusta la expresión:

“Me recibo continuamente de tus manos.

Esa es mi verdad y mi alegría.

Tus ojos me miran constantemente, y yo vivo de tu mirada ”.

Reflexión personal: Me pongo, sin prisas, delante de la presencia de Dios, sintiendo su mirada y viviendo de su mirada…

  1. Liberar nuestra mirada

Nuestra manera de mirar está muy determinada, a veces, incluso, nos ocurre lo que expresa el autor bíblico: “porque tienen ojos y no ven… ” (Dt 4,28; Sal 115,5-7). Por eso tenemos que liberar nuestra mirada, el objetivo es que nos transformemos como aquellos discípulos de Emaús: “Y se les abrieron los ojos y le reconocieron ” (Lc 24,31).

Todo comienza con ver, con mirar la vida, la realidad. Según miremos la vida, así nos situamos, reaccionamos y nos comprometemos con y ante la misma. La vida pública de Jesús, lo mismo que su vida en Nazareth, comenzó con una toma de contacto con las personas y situaciones (Mc 1,16). El problema está en cómo miramos la realidad. Para nosotros la referencia es la bondad de Dios: “¿Va a ser tu ojo malo porque yo sea bueno? ” (Mt 20,15).

Nuestros modos de mirar dependen del lugar donde estamos situados. Necesitamos suplicar, como aquellos ciegos del relato de Mateo: “Señor, que se nos abran los ojos” (Mt 20,33), para poder reconocer, agradecer… y descubrir puertas donde antes veíamos muros. Hoy nos tientan muchas cegueras: no se ven los que no cuentan económicamente, y hay millones de personas consideradas invisibles; estamos amenazadas por la ceguera de la seguridad, y los diferentes nos resultan extraños; vivimos cegadas por la prisa y las seguridades y las rupturas y las divisiones embotan nuestros sentidos y nos ciegan sobre nuestra unidad esencial.

Algunas sugerencias a tomar en cuenta para liberar nuestra mirada:

Con frecuencia somos impactadas por realidades presentadas de un modo tan reiterativo y con tanta violencia y sangre que se va configurando en nosotras una sensibilidad embotada. A nuestra sensibilidad ya se le hace difícil percibir los detalles más finos de la vida, la cual se va banalizando de tal manera que vemos muertes, saqueos y torturas sin inmutarnos, sin distinguir si es una noticia o una película más que compite por la teleaudiencia.

Necesitamos desarmar el corazón hinchado, a veces, porque ya venimos de “vuelta” de la vida y venimos repletas de razones, justificaciones y experiencias que nos impiden descubrir la novedad que se nos presenta ante nuestros ojos.

Podemos ir creando en nosotras una intimidad desencantada que nos lleve a vivir en el instante, olvidando nuestra historia de salvación con sus momentos luminosos y oscuros. Este desencanto puede teñir muy sutilmente nuestras relaciones y actividades, apagando la pasión por Dios, por su Reino y por las personas concretas. Sin pasión creadora, vamos introduciendo en nuestra vida adiciones que nos quitan la libertad.

Nos damos cuenta de que la queja recurrente por las situaciones que vivimos no es justa, si comparamos nuestra vida con la de las mayorías del mundo que viven excluidas en las periferias, privadas de su dignidad de personas y de los bienes fundamentales para existir. A veces, podemos usurpar la queja de los despojados, y así no tenemos que mirar hacia ellos para responder a sus preguntas y sus demandas.

Hay que mirar de otra manera para ver y ofrecer una visión alternativa de la realidad, para saber qué vivimos y desde dónde lo vivimos. Pero esto supone un largo proceso contemplativo que es inseparablemente ascético y místico, íntimo y social, personal y comunitario y así poder escuchar de boca de Jesús:

“Dichosos vuestros ojos porque ven ” (Mt 13,16).

Reflexión personal: ¿De qué tengo que liberar mi mirada?

  1. La mística de ojos abiertos

Quisiera recordar la conocida y profética frase de K. Rahner. “El cristiano del futuro o será un místico o no será cristiano ”. Hoy no nos basta con un Dios de catecismo, ni siquiera de eruditos cursos de teología. Necesitamos hacer la experiencia de Dios, encontramos cara a cara con Él y en lo cotidiano de nuestra vida decir como Jacob “Dios estaba aquí, y no lo sabía” (Gn 28,16); o poder exclamar en medio del sufrimiento de nuestro mundo roto “Te conocía sólo de oídas; ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5) o para dejarnos sorprender por una persona de otro color o de otra religión o de otro país y poder exclamar: “Os aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe ” (Mt 8,10).

La mística es una dimensión de toda vida humana y no un privilegio de personas especiales. Existir implica estar en relación con Dios, comunicarnos con Él de alguna manera, pues cuando salimos de sus manos empezamos un diálogo con Él que ya no tiene punto final. Esto es real para toda persona, pues todas “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28), aunque no todas las personas sean conscientes. Los dos elementos fundamentales de la mística son: la experiencia de Dios y el ser conscientes de ella.

La “mística de ojos abiertos” abre bien los ojos para percibir toda la realidad, porque sabe que la última dimensión de lo real está habitada por Dios. Se relaciona con el mundo dándose cuenta de las señales de Dios, que llena todo lo creado con su acción incesante. La pasión de su vida es mirar, y no se cansa de contemplar la vida, porque busca en ella el rostro de Dios: “Mirad las aves del cielo… y los lirios del campo… ¡Cuánto más cuidará el Padre de vosotros!” (Mt 6,25-34). Jesús recrea la mirada y recrea la vida de las personas a las que mira y que se reflejan en el espejo de sus ojos.

Y, tercamente, seguimos preguntando “¿Cuándo te vimos, Señor… ? ” (Mt 25,37­46). Al encontrarnos con los hambrientos, desnudos, emigrantes, enfermos y encarcelados, hemos visto al Señor. A la luz de esta desconcertante manera de juzgar el valor de la vida humana, que no es medida por el encuentro con los primeros, sino con los últimos, intentamos afinar nuestra mirada para ver ya hoy lo que en ese momento definitivo veremos con absoluta nitidez.

Con insistencia volvemos a nuestra petición de toda la Cuaresma: “¡Dame, Señor, tu mirada!” y con nitidez podemos escuchar las palabras de Jesús: “¡Hágase en ti según tu fe!” (Mt 9, 27-31). El desafío contemplativo es descubrir a Dios en la profundidad de todas las cosas, y a todas las cosas en la profundidad del corazón de Dios. Es un don y es también nuestra tarea.

Reflexión Personal: ¿Cómo es, en este momento de mi vida, mi relación con Dios?

  1. Una mirada comprometida

Sólo se puede contemplar bien lo que se ama. El amor permite reposar la mirada, volver una y otra vez sobre la realidad amada, para ver lo que el ojo simple no es capaz de percibir. Donde está el corazón, allí se posa la mirada. Es el corazón el que orienta, reposa y confiere calidad a la mirada (1Sam 16,7). Por el amor se ve; con el amor se ve. Es el amor quien ve.

A veces escogemos balcones privilegiados para contemplar una procesión que pasa por la calle, un espectáculo que se realiza en un escenario, en un terreno deportivo… Pero los balcones no son el espacio adecuado cuando se trata de contemplar la realidad. Hay que entrar dentro de ella, hay que amarla. Como Jesús, tampoco nosotras somos invitadas a situarnos en un palco privilegiado para ser espectadoras de las personas y de la historia humana. Sólo al implicarnos y complicarnos podremos experimentar cómo crece el dinamismo del Reino. Al comprometernos no sabemos nunca dónde acaba nuestra mano, aunque nos tiemble por la edad, dónde empieza la mano de Dios y cómo se unen las dos.

He leído hace unos días en la última revista Vida Nueva de enero 2012, un artículo titulado Los conflictos olvidados del mundo de José Carlos Rodríguez Soto. Algunas pinceladas que nos ofrece para espabilar nuestra mirada:

  • El país más pobre del mundo: República Democrática del Congo. Esto quiere decir que la mitad de los niños no están escolarizados y miles están condenados a una existencia inhumana en las calles; que la mayor parte de la gente no tiene acceso a la medicina.
  • Silencio: se mata en muchas partes del mundo. Lugares que ni siquiera sabemos situar en el globo. ¿A quién le suenan los conflictos de Cachemira, Armenia-Azerbvayán, la guerrilla islamista de Filipinas o los ataques del ejército sudanés contra las poblaciones Kordofán… ?
  • Cuerno de Africa: el hambre que no cesa. Somalia, el norte de Kenia, Etiopía, Eritrea y Yibuti sufren una crisis alimentaria sin precedentes. Cerca de 14 millones de personas sufren esta situación que, según Naciones Unidas, en septiembre de 2011 habría provocado ya la muerte de al menos 30.000 niños.
  • Mujeres explotadas y maltratadas. Las mujeres representan el 70% de los pobres del mundo. Pero el mayor atentado lo sufren las mujeres en India y China con los abortos selectivos. Se calcula que en la última década seis millones de niñas han sido abortadas.
  • Refugiados y desplazados internos: personas sin hogar. Según datos publicados a mediados de 2011 por Naciones Unidas, en el mundo hay 43 millones de personas que han huido de sus hogares debido a situaciones de conflicto.
  • Nuevos pobres: las víctimas de la crisis. Sólo en 2010, las Cáritas de España recibieron 1.800.000 solicitudes de ayuda, un incremento de un 104% con respecto a 2007. Al menos un tercio de las personas que residen en España, están en serio riesgo de exclusión social.
  • Cada una, desde donde está, podría seguir añadiendo personas y situaciones olvidadas.

Ante toda esta realidad, podemos mirar para otro lado o mirar de frente, con la mirada de Jesús (Mt 9,35-38), por eso le pedimos, Dame, Señor, tu mirada:

  1. Mirada dignificadora:
  2. En el tema del empleo: Si hay que contratar a alguien, hacerlo bien; apuntar al sector más débil de los parados, es decir, la inmigración.
  3. En el tema de la vivienda: ayudar a buscar lugares de bajo alquiler; acogida en nuestras casas, cuando y como se pueda, siendo personas que acogen.
  4. En el tema de la comida: no tirarla; no avergonzarse de pedir para dar; no avergonzar al dar, hacerlo con dignidad.
  5. En el tema de la denuncia: apoyar a las comisiones de denuncia de Cáritas u otras instituciones; creer en el valor de la denuncia con humanidad; hacerse visible en lugares de denuncia; apoyar campañas on line que apuntan a la denuncia.
  6. En el tema del dinero: compartir de nuestro presupuesto personal.
  7. Mirada de Vida y Paz:
  8. La necesidad de pensar, hablar y actuar desde el Dios de la Vida y de la Paz.
  9. Escuchar lo que no se oye: porque hay muchas cosas y muchas personas a las que no se oyen.
  10. Eucaristías alternativas: porque la Eucaristía tiene el grave problema de su rutina. Intentar, al menos de vez en cuando, Eucaristías en pequeños grupos.
  11. Ofrecer oración y espiritualidad: tener espacios y tiempos para la oración personal profunda, también para la comunitaria… de lo contrario el frío se nos mete por dentro. Traer a la oración y al corazón los conflictos olvidados.
  12. Evangelizar fuera del templo: en los locales parroquiales, en la misma calle, en el supermercado, en los mercadillos… poner oreja para la escucha es mirar desde el corazón.
  13. Mirada compasiva:
  14. Mirarnos con bondad en nuestras pobrezas: a nivel familiar, institucional, eclesial, social. Mirarnos para animarnos a trabajar más a pesar de la disminución numérica y de fuerza de nuestros grupos.
  15. Abrirnos: conjurar el peligro de cerrarnos. Invitar a nuestras casas a tomar café, a la oración.
  16. Vida sobria, honrada y religiosa: como forma concreta de existir. Volver a los caminos de lo simple, del disfrute con poco, del consumo controlado, del decrecimiento.
  17. Creer en la fuerza de nuestro potencial: humano, de medios y de experiencia. Aunque haya disminuido, aún tenemos posibilidades de trabajar, de colaborar con quien se preocupa por el futuro de lo humano, aunque sea haciendo pequeñas tareas.

Una mirada comprometida no es imposible, ni está fuera del alcance de cualquier persona que la anhele. Basta levantar la cabeza, contemplar la realidad y ver desde los ojos de Dios. tal vez, es la invitación que nos hace el propio Dios y que apunta ya a la Pascua (Jn 4,35).

Reflexión Personal. ¿A dónde y hacia quiénes dirige mi mirada la mirada de Dios, hoy?

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