A la escucha del Maestro…

lunes, septiembre 17th, 2012

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares, s.j. Madrid

Domingo 25 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Ser creyente y seguidor del Señor Jesús pasa por aceptarlo como Maestro de nuestra vida. Y las enseñanzas del Maestro son, casi siempre, tan contraculturales que cuesta mucho hacerlas vida en nosotros.

Marcos en el evangelio de este domingo nos muestra a Jesús camino de Jerusalén instruyendo a sus discípulos. Y ellos, como la mayoría de nosotros y nosotras, no quieren enterarse de lo que el Maestro intenta enseñarles. Este les habla en relación a lo que le espera en Jerusalén y ellos sin atreverse a preguntar lo que no entienden. No vaya a ser que la aclaración suponga tener que cambiar su manera de pensar, actuar y situarme en el mundo.

Efectivamente, basta que Jesús se adelante un poco en el camino para que ellos comiencen a discutir quién es el más importante. Y el Maestro, con su paciencia infinita, los sienta y les deja claro que “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Por si no queda clara la explicación abraza a un niño, “el que acoge a un niño… me acoge a mí”.

Se nos educa para subir, no para bajar. Y acabamos con una tendencia innata a tomar el ascensor de subida y nunca el de bajada. La “ley del escalafón” se instala en nuestro corazón y en el mundo interior de nuestros deseos más profundos. Con nuestros labios podemos decir que lo nuestro es el servicio gratuito, pero de hecho nos gusta que nos sirvan, nos admiren, nos ensalcen, nos promocionen, etc. Estos son los valores del mundo. Esto es lo “natural”, y seríamos muy ingenuos si pensáramos que los creyentes –y quizá más los que somos clérigos- estamos inmunes a este humus en el que vivimos.

Sin embargo, como dice mi compañero Toño García, “en el mundo se sube subiendo y en el evangelio se sube bajando”. Son las paradojas que contienen las enseñanzas del Maestro. Hay que atreverse a creer esto y pedir al Espíritu de Dios que nos dé la fuerza para hacerlo vida en nosotros.

Vuelvo a la escena del niño abrazado por Jesús. El niño simboliza lo débil, lo vulnerable, porque necesita radicalmente del cuidado de sus padres para subsistir y salir adelante. También tenemos un comportamiento muy aprendido de presentarnos públicamente ante los demás con lo mejor de nuestro “curriculum”. Y así, ser aceptados, valorados, etc. La imagen del niño abrazado por Jesús nos recuerda que lo que nos hace valiosos ante Dios no son precisamente nuestros “talentos públicos”, sino nuestra debilidad y vulnerabilidad.

Sólo la persona que haya tenido la experiencia de sentirse acogida, sostenida, valorada y querida por Dios desde lo que es, y sobre todo, desde “el niño” que todos llevamos dentro, puede dar crédito a las enseñanzas del Maestro, y desde la gratitud que brota de esta experiencia situarse en el mundo como aquel que quiere entender su vida como servicio desinteresado, como lo hizo el Maestro.

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