Abrir el corazón a ese Dios siempre nuevo

Abrir el corazón a ese Dios siempre nuevo

Por: Milagros Sanz. Vita et Pax. Biryogo (Rwanda)

Domingo 19º del Tiempo Ordinario, Ciclo B

La Liturgia del domingo 19 del tiempo ordinario nos muestra una vez más la preocupación de Dios por ofrecer a hombres y mujeres el “pan” de vida definitiva, nos invita a todos a prescindir del orgullo y de la autosuficiencia y a acoger, con reconocimiento y gratitud, los dones de Dios.

La primera lectura muestra cómo Dios se preocupa por ofrecer a sus hijos e hijas el alimento que da vida. En el pan cocido sobre piedras calientes y en el cántaro de agua con la que Dios repone las fuerzas del profeta Elías, se manifiesta el Dios de bondad y de amor, lleno de solicitud para con sus hij@s que anima a sus profetas y les da fuerza para ser testigos y ello sobre todo en los momentos de dificultad y desánimo.

La escena nos presenta a un Elías abatido, deprimido y solitario frente a la incomprensión y la persecución que sufre hasta tal punto de pedir a Dios la muerte, puesto que ve que su misión esta condenada al fracaso y que su lucha lo conduce por  un camino sin salida. Siente miedo y está dispuesto a desistir de todo. La escena es impactante y nos recuerda que el profeta es un hombre y que esta situación le lleva  a realizar la experiencia de su fragilidad y de su debilidad.

La escena nos asegura también la presencia continua de Dios y su cuidado con aquellos que llama y a quienes da alimento para seguir el camino de la fidelidad aún cuando las circunstancias y los contextos sean adversos. Dios no anula la misión del profeta, ni elimina a los perseguidores; sino que le da fuerza para seguir el camino hacia las fuentes, una peregrinación a los orígenes de Israel como pueblo de Dios. Elías necesita revitalizar su fe y reencontrar el sentido de su misión como profeta y como defensor de esa Alianza que Dios ofreció a su Pueblo en el Horeb.

La situación de fragilidad y de debilidad de Elías, es la que en tantas ocasiones nosotras conocemos. Nuestra experiencia profética está, muchas veces, marcada por las incomprensiones, por las calumnias, por las persecuciones; otras veces es el sentimiento de impotencia en el intento de cambiar el mundo lo que nos desanima  y angustia; otras veces la constatación de nuestra fragilidad, de nuestros límites lo que nos asusta. Cómo responder a todas estas situaciones. La peregrinación de Elías al Horeb/Sinai para encontrarse con los orígenes de la fe israelita y así cargar las baterías espirituales, nos sugiere la necesidad de que en algunas ocasiones, es muy positivo encontrar un tiempo para hacer un “parón” para la reflexión, para el reencuentro con Dios, para el redescubrimiento de lo fundamental de nuestra misión. Dicho “parón” no será  nunca un tiempo perdido sino una forma de redescubrir los desafíos que Dios nos hace en el ámbito de la misión encomendada.

En la segunda lectura y en la perspectiva de Pablo, seguir a Cristo y ser un Hombre Nuevo implica asumir una nueva actitud en las relaciones con los herman@s. Pablo llega a especificar que la amargura, la ira, los enfados e insultos, las violencias, la envidia, el orgullo deben de ser eliminados de la vida de los cristianos. Esos “vicios” son manifestaciones del “hombre viejo” que no caben en la existencia de un Hijo de Dios, cuya vida ha sido marcada por el sello del Espíritu.

El episodio del Evangelio de este domingo va precedido de la multiplicación de los panes después de la cual la gente quería hacerle rey, y Jesús los despidió y se marchó al monte para pasar la noche orando. Al regresar a Cafarnaúm la gente vuelve a acosarle y Jesús vuelve a situar el tema donde debe de estar, no en el entusiasmo por el rey que reparte pan gratis, sino en la aceptación de Jesús como Enviado de Dios. Jesús se presenta como tal y afirma su superioridad sobre Moisés aprovechando el signo del pan y del maná en el desierto. Los judíos no aceptan su pretensión de presentarse como “el pan bajado del cielo” para dar la vida al mundo. Ellos conocen su origen humano, están instalados en sus grandes certezas teológicas, son prisioneros de sus prejuicios y están acomodados en un sistema religioso inmutable y estéril y perdieron la facultad de escuchar a Dios y de dejarse desafiar por la novedad de Dios. Ellos construyeron un Dios fijo, rígido y conservador y se negaron a aceptar que Dios encuentra siempre nuevas formas de ir al encuentro de los hombres y mujeres y de ofrecerles Vida en abundancia.

Esta “enfermedad” que padecían los líderes y creadores de opinión en el mundo judío, no es tan rara. Todas tenemos alguna tendencia a la acomodación, a la instalación, al aburguesamiento, y, cuando nos dejamos dominar por esos esquemas, nos hacemos prisioneros de los ritos, de los prejuicios  de las ideas, etc. Es necesario que aprendamos a cuestionar nuestras certezas, nuestras ideas prefabricadas nuestros esquemas mentales en los que nos instalamos cómodamente. Es necesario que tengamos siempre el corazón abierto y disponible para ese Dios siempre nuevo y siempre dinámico, que viene a nuestro encuentro de mil formas para presentarnos sus retos y para ofrecernos vida en abundancia.

Menú
Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies
Translate »