Al borde del camino

lunes, octubre 22nd, 2012

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Kigali. Rwanda.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Las lecturas de la celebración de este domingo son un canto a la esperanza y a la confianza en el Señor, que tiene misericordia de su pueblo, de cada uno de sus hijos.

Jeremías nos invita a gritar de alegría porque el Señor salva a su pueblo, que retorna del exilio. Entre ellos hay cojos, ciegos, a los que guiará entre consuelos. El Señor nos dice, por medio de Jeremías, que ninguna situación es irremediablemente fatal, quizá el sufrimiento puede ser largo, pero al final del camino siempre hay una luz que nos abre a la esperanza:  Él es para nosotros Padre, nosotros sus hijos predilectos.

En los relatos de los evangelios nos encontramos con la presencia de los pobres, los cojos, los paralíticos… personas, que a su situación de pobreza se añadía la limitación, la enfermedad, alguna deficiencia física o psíquica que convertía su pobreza en miseria, viéndose obligados a vivir de la mendicidad y por tanto situados al margen de la sociedad.

En nuestro mundo, la crisis económica está dejando a un gran número de personas tiradas en la cuneta. Las guerras generan muerte, pobreza y sufrimiento en tantas personas que se ven obligadas a dejar todo para salvar su vida y a vivir hacinados en campos de refugiados…

Aquí vivimos en un barrio de los más pobres de Kigali, donde la gente lleva con dignidad su pobreza, intentando sobrevivir, pero si a su pobreza se añade la enfermedad, fácilmente la encontramos en situación de indigencia.

Bartimeo era una persona excluida de la sociedad, el Evangelio lo sitúa “al borde del camino”.  Quizá el peso del sufrimiento, los desprecios, la angustia por encontrarse en una situación límite habían hecho de él una persona sin esperanza y sin fuerzas para seguir viviendo, como sucede a algunas personas que nos rodean. Esto constituía “su ceguera”.

Oye  que Jesús de Nazaret pasa cerca de donde él se encuentra y lo llama: “Hijo de David, ten compasión de mí”, comprende mi situación, ponte en mi lugar.

Sólo quien se siente necesitado es capaz de gritar, de pedir ayuda.

Es una confesión de fe en el Mesías, en Jesús, que hizo suyas la palabras de Isaías:  “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a dar la buena noticia a los que sufren…”

El paso de Jesús por su vida hace renacer en él la esperanza: “Que pueda ver”

“Anda, tu fe te ha curado”.  Su  fe, su confianza en Jesús, ilumina su vida, que  ya no puede tener otro sentido que seguirle.

Los discípulos y bastante gente acompañaban a Jesús. Algunos de los seguidores de Jesús pedían al ciego que callara, que no estorbara.

En el mundo que llamamos desarrollado, los pobres no dan buena imagen de las ciudades. Cuando hay un evento importante se les retira de la vista… los países en vías de desarrollo han aprendido bien esta lección que les hemos enseñado y aquí sucede lo mismo.

Cada día encontramos en nuestras calles situaciones parecidas al relato del Evangelio, sabemos que la pobreza se está convirtiendo en una situación crónica, que sobrepasa nuestras posibilidades de resolver los problemas. Ante esto corremos el peligro de insensibilizarnos y no ver el sufrimiento de quienes nos rodean.

Jesús ante la llamada de Bartimeo se detiene, en contraste con nuestra actitud, que en ocasiones, volvemos la mirada y seguimos nuestro camino con indiferencia.

¿Cómo somos hoy los seguidores de Jesús?

¿Hacemos callar a los que están en situación de debilidad e indefensión?

¿Miramos con un corazón compasivo a tantos ciegos, cojos, paralíticos que nuestra sociedad ha dejado al borde del camino o seguimos a Jesús olvidando su presencia real en aquellos a los que Él más ama?

Podemos estar como Bartimeo, sentados al borde del camino que lleva a Jesús, amparados en nuestras seguridades religiosas, sociales, económicas… sin mirar las situaciones tan duras que vive la gente, justificando nuestra actitud… ésa sería nuestra ceguera.

¿Qué podemos, qué debemos hacer?

Pedir al Señor que “ilumine los ojos de nuestro corazón” para que veamos las situaciones de sufrimiento e injusticia que hay a nuestro alrededor y  vivamos más solidariamente.

Arrojar el manto que nos protege del dolor y abriga nuestra indiferencia. Abrirnos al paso del Señor en nuestras vidas que nos invita a cambiar y ver las situaciones de un modo nuevo, desde sus ojos.

Seguir a Jesús. Pasar haciendo el bien, en un amor entregado, en actitud humana y humanizadora de las realidades que vivimos, para que el Reino de Dios se haga más presente en nuestro mundo.

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