Arriesgarnos sin temor, por amor

Arriesgarnos sin temor, por amor

33º Domingo del T.O. Ciclo A

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

“La mujer que teme al Señor merece  alabanza”. Así nos indica  el libro de Proverbios y también nos describe muchas de las cualidades de la mujer hacendosa: dice que es trabajadora, generosa, fiel, habilidosa…

También el Salmo expresa que Dios bendice a la persona que teme al Señor.

Pero vamos a dar un salto al Nuevo Testamento y a apropiarnos de las palabras de San Juan cuando afirma que en el amor no hay temor (1 Jn. 4,18).

El evangelio de este domingo nos hace una llamada a salir de nosotros mismos y a arriesgarnos a trabajar por el Reino. Arriesgar sin temor, arriesgar por amor, porque el Señor nos acompaña en nuestra misión.

Pero el riesgo que debemos correr debe ser sensato y por lo tanto debe tener unas cualidades:

  • Primero: Conocer y reconocer los valores y potencialidades que hemos recibido de Dios y que son un regalo y que por lo tanto tenemos que compartir con una actitud de agradecimiento.
  • Segundo: Entregar estos valores en su justa medida, con alegría para poder producir los frutos que Dios espera de nosotros.
  • Tercero: Estar atentos para no desear o imaginar que podemos producir frutos que no poseemos porque nos crearíamos un conflicto personal, además de un sinsabor comunitario.

Y este riesgo sensato y generoso tiene que estar apoyado en la prudencia personal, pero fundamentado en el Señor  que es nuestra fortaleza. Seguramente que en ocasiones nos producirá algunos problemas pero que superaremos, precisamente porque hemos puesto nuestra confianza en Aquel que nos conforta y nos da ánimo para seguir construyendo el Reino de vida, justicia, paz y amor.

También  el texto de hoy nos predispone a hacer un ejercicio de evaluación y nos impulsa a reflexionar cómo estamos utilizando los talentos recibidos, cómo los administramos porque verdaderamente el dueño es el Padre Dios que es el Amor.

Pero en el mundo que hoy vivimos ofrece muchas dificultades que debemos vencer para ser fieles al compromiso evangélico.  La corrupción sin medida, la avaricia, la falta de compasión, el egoísmo impenitente pueden ser un obstáculo para conmovernos ante las necesidades de los de cerca y de los de lejos. Las noticias que nos llegan a través de los informativos pueden llegar a hacernos impasibles y quedarnos solamente en la crítica. Todas estas realidades exigen que hagamos un esfuerzo añadido para vivir la fe comunitariamente, para acoger la Palabra con frecuencia, orarla y compartirla y desde la luz de evangelio sacudir nuestras conciencias, para volver a lo esencial del evangelio, a nuestras raíces. En resumen: Convertirnos, purificarnos y volver a Jesús. Centrar nuestras vidas en Jesús y aprender de El, que pasó haciendo el bien.

Recordemos la aclamación previa al evangelio que propone la liturgia: Jn. 15.4:

“… el que permanece en Mí da fruto abundante”

 

 

 

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