Barro que puede transformarse.

Domingo XXVII TO.
Por: Ma Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ruanda.

Barro que puede transformarse.

Domingo XXVII TO.
Por: Ma Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ruanda.

No vivimos tiempos para ‘andarnos por las ramas’ sino para sembrarnos, echar raíces y dar frutos en las fronteras de nuestra humanidad. Si la tierra es fértil no hay nada que temer, el Dios labrador hará lo que esté en su mano para que la cosecha sea copiosa.

Tenemos lo necesario para que la viña que somos cada una y cada uno dé a tiempo su deseado fruto. No hay que temer un mal año, no hay que dejarse vencer por el cansancio de lo de siempre o lo peor que queda por llegar, no hay que hacer daño a nadie que venga a podarnos… la fecundidad está ya en nosotras. La primera palabra de la creación es la fertilidad, la bondad.

Dios ha sembrado el Reino en nuestra realidad como un campesino arriesga las semillas fértiles  y las confía a la tierra. Esa decisión es irreversible. Dios estuvo en el origen de la creación y está siempre en todo origen de nueva creación de lo bueno.

Humus es tierra, y más concretamente, la capa fecunda de la tierra que ofrece posibilidades insospechadas de vida. Está al alcance de nuestra mano para manipularla y transformarla. Pero necesita el sol y el agua, cuidados y desvelos para desarrollar su fecundidad. El humus es la mejor herencia de siglos de evolución de animales, minerales y vegetales y es también la herencia humedecida por la sangre y el sudor de muchas personas, creyentes o no, que, antes de nosotras, regaron los surcos de la historia.

Todas estamos plantadas en este humus fértil preparado por Dios para que podamos convertirnos en una fructífera viña. Es más, todas somos humus, tierra productiva animadas por el Espíritu de Dios, barro que puede transformarse.

La tierra es fecunda y la semilla fértil. La semilla desaparece bajo la tierra y se renueva. Es una experiencia de muerte, donde la semilla deja de serlo para convertirse en una planta nueva. Sólo se puede confiar y esperar. Y, cuando llega el momento oportuno, florecer como la primavera en su tiempo.

Poco a poco, la semilla asoma sus hojas verdes y se abre paso con su debilidad en medio de la tierra dura, sin forzar ni herir ni dominar, y desafía las circunstancias adversas. En esa fragilidad existe la gran fortaleza de la vida.

En todo momento, Dios labrador trabaja en la historia humana y cuida de cada una como cuida de Jesús, cortando las ramas secas que ya no tienen valor, y son una traba para nuestro crecimiento, o podando cuidadosamente las ramas buenas para que den un fruto de más calidad.

El proceso es lento y frágil, el peligro acecha. La cizaña puede aparecer en cualquier instante ahogando el nacimiento de la semilla. O cuando la viña empieza a crecer, en su desarrollo, se mezcla la cizaña. También puede surgir el conflicto con los depredadores que quieren adueñarse de todo, matando a los mensajeros del dueño de la viña y asesinando finalmente a su hijo.

Pero existe la posibilidad real de la buena tierra y la fértil semilla y con ellas los frutos abundantes. Nada queda excluido de esta cosecha: el descubrimiento de la vacuna contra la malaria, una pareja reconciliada, la posibilidad de perdón donde parecía imposible, un voluntario que acompaña con amor y cuidado a alguien invisibilizado, la generosidad que pone el bien común por encima del propio, pueblos amigos…

La humanidad descartada de la mesa del banquete de la fraternidad: niños de la calle, sin papeles, enfermos, sin trabajo, pueblos empobrecidos, mujeres con su dignidad pisoteada por otros… son los primeros invitados a participar de los frutos. Sólo hay una mesa y en ella, los bienes se comparten.

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