Bien equipada/os para caminar por la vida

domingo, mayo 12th, 2013

Domingo de Pentecostés. Ciclo C

Por: José Antonio Ruiz Cañamares, sj. Madrid

El evangelio de Lucas de la semana pasada, en el contexto de la Ascensión, ya nos decía que Jesús enviaría algo, procedente de lo alto y prometido por el Padre, que nos revestiría de fuerza. Ese “algo” es, evidentemente, el Espíritu Santo.

La mariología está muy tratada en teología y la relación afectiva con la Virgen es algo muy presente en nuestra religiosidad. Se ha dejado de rezar el rosario en familia, pero “la Virgen sigue siendo la Virgen”. Sin embargo, tenemos un déficit en el desarrollo teológico de la pneumatología y escasa relación personal con el Espíritu Santo en la vida de fe.

Afirmar que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad es correcto, pero insuficiente. Dando un paso más a nivel de lo aprendido en el catecismo afirmamos que los dones del Espíritu son: ciencia, consejo, fortaleza, inteligencia, piedad, bondad y temor.

Dios a lo largo del Antiguo Testamento no se revela diciendo quién es, sino haciendo. Dios es el que hace prodigios a favor de su pueblo. Del mismo modo hay que acercarnos al Espíritu Santo mirando más lo que hace, que encontrando la definición exacta de quién es. Y así, también aprendimos un día que los frutos del Espíritu son: amor, gozo, paz, paciencia, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, templanza y castidad.

El Espíritu es ante todo fuerza, aliento que da vida. Lo mejor que nos puede dar el Resucitado es su Espíritu (Jn 20, 23) porque es lo que necesitamos para andar por la vida como seguidores de Jesús yendo bien equipados.

Posiblemente tengamos más experiencia del Espíritu que la que creemos. Todos tenemos experiencia, cuando miramos hacia atrás en nuestra vida, que ha habido momentos en que nos han sobrado motivos para tirar la toalla y abandonar caminos emprendidos desde Dios. Y no lo hicimos. Allí estaba el Espíritu Santo.

En otras ocasiones, conociendo nuestra fragilidad y limitación personal hemos tenido que caminar un trecho de nuestra vida con grandes dificultades que exigía mucha fortaleza, paciencia y templanza y lo hicimos y no nos rompimos. Allí estaba el Espíritu sosteniendo y conduciendo.

Los senderos de la vida nos llevan en muchas ocasiones a tener que trabajar o compartir la vida con personas que difícilmente nos podríamos entender bien dado los distintos que somos. Y comprobamos atónitos que la unidad es posible en medio de la diversidad. Sabemos que esto no es fruto sólo de nuestro talante, más o menos respetuoso, sino de una fuerza misteriosa, que quizá no podemos definir con exactitud, pero que la fe nos dice que es el Espíritu Santo.

Las personas que en su día hicimos un compromiso de por vida sabemos que si perseveramos en el camino emprendido no es por nuestros méritos, fortaleza e inteligencia (la vida se encarga de decirte lo pequeños que somos), sino por una Fuerza misteriosa que nos envuelve, acompaña, sostiene y conduce, que es el Espíritu del Resucitado, el Espíritu Santo.

Si esto es así, y yo creo que sí, podemos afirmar que tenemos experiencia de la tercera persona de la Santísima Trinidad. Dicha experiencia es la que nos hacer pedir (a veces de rodillas y con mano extendida de mendigos), en el día a día que se nos regale Espíritu Santo. Sin este aliento desfallecemos o pasamos por la vida durando, pero no viviendo. Y Dios nos quiere vivos y vivas, aunque nuestras fuerzas físicas estén cada vez más mermadas. Que nuestra plegaria para hoy, y para todos los días, sea: ¡ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor!

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