Celebración del XXV aniversario de los mártires de la UCA

Celebración del XXV aniversario de los mártires de la UCA

Por: Maite Menor y Chus Laveda.  Guatemala

 “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”. (Jn. 15,13)

Este año se cumple el XXV aniversario del martirio de los jesuitas y las dos mujeres asesinadas en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador.

Maite Menor y María Jesús Laveda participamos como miembros de la delegación de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala, que también está animada por los jesuitas.

La experiencia ha sido impactante, profunda y llena de esperanza.

En el corazón de dicha celebración estuvo la Eucaristía, concelebrada por  tantos sacerdotes jesuitas, compañeros  de los mártires. Familiares, amigos, amigas, compañeros, y especialmente el pueblo salvadoreño, rindió homenaje a quienes fueron capaces de dar la vida por su pueblo.

Lo más impactante, la expresión plástica, convertida en testimonio, del asesinato de las ocho personas. Hoy queda como signo visible de ello el Jardín de las Rosas, donde crecen seis rosales rojos y dos amarillos en memoria de ellos y ellas.

Lo más hondo, el testimonio de fe y solidaridad de los mártires con el pueblo salvadoreño al que eligieron  para servir y dignificar la vida de los más empobrecidos.

Lo que energiza es la constatación de la fuerza que brota del pueblo que mantiene viva la memoria histórica de todos y cada uno de los que dieron su vida. Los saben amigos…

Lo más evangélico, el grito de esperanza que brota de cada uno de los gestos vividos. No nos pueden romper la esperanza… porque los que creemos en Jesús sabemos que nuestra vida es Pascual, y de la muerte brotó la vida.

Nuestro Dios es un Dios de vivos y durante los dos días que duró la celebración el pueblo vivió en fiesta: Saludos, música y canciones representativas de los diferentes países, abrazos amistosos, apoyo mutuo, trabajo compartido realizando alfombras significativas del acto que conmemorábamos y que sería espacio común donde levantar la voz y cantar la vida de nuestros mártires.

Otro signo de esperanza es la vida y la muerte de Monseñor Oscar Armulfo Romero, obispo y mártir por el pueblo salvadoreño. No se puede hablar de unos, sin tener en cuenta al otro y viceversa. Y es que les unió la misma vocación y amor al pueblo de El Salvador. Su misión, bajar a los crucificados de la cruz, aún a costa de ser ellos mismos crucificados.

Compartimos mesa y misa. En verdad fue una fiesta, donde el pueblo, la gente sencilla, cantaba la vida agradecida a su Dios, por el don de quienes durante tanto tiempo les acompañaron, sirvieron, animaron y denunciaron injusticias, violencia,  pobreza y muerte. Hasta que ellos mismos sufrieron la misma suerte.

Queda de la experiencia, mucha alegría, una esperanza fortalecida, una mayor toma de conciencia de nuestro propio compromiso de servicio a pueblo empobrecido y la constatación de que no estamos solas en la tarea. Somos muchas y muchos. Somos el pueblo que camina en defensa de la vida y la dignidad de cada ser humano.

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