¿Cuál es nuestra actitud ante Cristo?

Domingo XXVIII TO.
Is 25,6-10/Sal 22/Flp 4,12-14.19-20/Mt 22,1-14
Por: Francisco Gijón. Escritor. Alicante.

¿Cuál es nuestra actitud ante Cristo?

Domingo XXVIII TO.
Is 25,6-10/Sal 22/Flp 4,12-14.19-20/Mt 22,1-14
Por: Francisco Gijón. Escritor. Alicante.

En la primavera del año 30, Jesús estaba solo: la gente se había desilusionado, sus discípulos apenas le entendían, los poderosos le rechazaban y los sacerdotes le veían como un grave peligro. Es en este ambiente en el que Mateo sitúa las que conocemos como parábolas de la reprobación. Desde que entra en Jerusalén, el Maestro sabe que está a punto de culminar su misión, aquella para la que había vivido y en la que tenía puesto su deseo sobrehumano: el bautismo de sangre (Lc. 12,50), la muerte como única manera de merecernos; la inmolación voluntaria que ya había anunciado muchísimo tiempo antes (Is. 53,7).
Y es en este ambiente previo a la consumación de su sacrificio, en medio del rechazo y la indiferencia, cuando el Señor dirige a su auditorio sus últimas advertencias. Israel se ha cerrado a la Palabra. Para el escriba, Dios es la Ley y su religión conocer; y para Jesús es antes hacer. Para el fariseo, Dios es cumplir y conservarse limpio; Jesús «quiere misericordia y no sacrificios». Para los sacerdotes, lo que importa es el Templo, porque desde el poder controlan al pueblo; Jesús no se interesa mucho por el Templo, incluso anuncia que desaparecerá. Para Pilato es una molestia y para Herodes un divertimento; Jesús no ha venido para los políticos. Los ricos le ignoran, los pobres quieren tener lo que tienen los ricos; y los discípulos no van a entender nada hasta que no llegue el Paráclito en Pentecostés.
En definitiva, en la primavera del año 30, Jesús está solo porque para unos es una mala noticia, para otros una molestia; para algunos, un loco y para los únicos que lo aceptaron, una decepción. Y es ahí donde Jesús pone de relieve la advertencia de que, si Israel rechaza el Reino de su propia Alianza con Dios, éste se abre ahora al mundo entero y otros aceptarán la Nueva Alianza (esa será la tesis fundamental en los Hechos de los Apóstoles). Es una advertencia muy seria; y muy dura.
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar cuál es nuestra actitud ante Cristo y cómo entendemos nuestra propia religión. Porque los enemigos del Jesús histórico son los mismos enemigos del Dios Encarnado: la religión que espera de Dios satisfacciones materiales, la de los que son más puros que los demás, la de los sabios que lo saben todo de Dios y consideran un patrimonio personal su mensaje, la del culto espectacular. La religión, en fin, descafeinada hasta lo meramente postural, anacrónica con el Evangelio y comercial. La religión que llevó a Cristo a la muerte, que nada tiene que ver con Jesús y que niega a Dios.
La pedagogía del Señor en estas sus últimas advertencias antes de cumplir su Misión Salvadora no son únicamente valederas para sus contemporáneos de Palestina, sino también para nosotros, casi veinte siglos después. Debemos estar preparados, nos dice, y para ello hemos de preguntarnos si el Espíritu de Jesús sigue haciéndose presente en la religión que practicamos. Si es así, la recompensa nos la indica el Salmo de hoy: Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Y acaso sea el Salmo precisamente el que nos da la pista sobre cómo estar alerta: dejando que el Señor sea nuestro pastor, conductor, guía y acompañante. Porque Dios, como dice San Pablo a los Filipenses, está deseando proveer todas nuestras necesidades con magnificencia. Si nos dejamos.
No olvidemos, por cierto, que la parábola de hoy está dirigida a los sacerdotes del Templo: los de entonces y los de ahora.
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