De la visita amistosa al encuentro pastoral

De la visita amistosa al encuentro pastoral

Escuela de Pastoral de la Salud – Zaragoza, 3-4-2014 

Por: Hortensia Murillo. Vita et Pax. Zaragoza.

¡Buenas tardes! Mi saludo fraterno y cariñoso para todos.

D. Miguel, nuestro Delegado Diocesano, me propuso hablaros de este tema. La verdad, yo misma me sorprendo de estar aquí, preguntándome qué puedo deciros que vosotros no sepáis ya.

Hablar de nuestras visitas a los enfermos no es fácil, dada su diversidad inmensa en cuanto a tipos de enfermos, dolencias, situaciones, etc. y teniendo en cuenta la inmensa variedad de perfiles humanos de las personas que las llevamos a cabo.

Las orientaciones pastorales del Documento del Departamento Nacional de Pastoral de la Salud sobre “la atención religiosa en los hospitales” dice lo siguiente a propósito de estas visitas: (números 51 y 52)

Visita amistosa y encuentro pastoral

51. El agente de pastoral de la salud ha de saber distinguir entre la visita amistosa y la relación pastoral de ayuda.

Mientras la primera es bueno brindarla a todos los enfermos, la segunda es conveniente tan sólo para un grupo reducido de personas que están dispuestas a recorrer un camino más largo, profundo y continuo.

El discernimiento de las diferentes necesidades y la oferta de respuestas apropiadas, permiten al agente de pastoral distribuir ayuda, de manera racional, a las personas que lo han pedido.

Paso de la conversación corriente al diálogo pastoral

52. Tanto en las visitas breves como en las más extensas, el agente de pastoral ha de saber pasar de la conversación social al diálogo pastoral. Para ello ha de: concentrarse más en la persona que en los hechos externos;

saber escuchar, ser comprensivo y amable;

aceptar la tensión del enfermo, ayudándolo a afrontar la realidad, aunque sea dura;

preocuparse más de ayudar que de distraer, estando disponible al acompañamiento del enfermo;

saber pasar de la discusión sobre Dios a la experiencia de Dios y a la relación con él.”

Continúo ahora yo diciéndoos que, si vamos a analizar exhaustivamente las cualidades requeridas a un agente de pastoral, nos desanimaríamos. Aunque no debe decrecer nuestro interés por mejorar y formarnos, es la experiencia la que nos va enseñando. Voy, pues, a comentaros algo que nace de mi propia experiencia.

Disposición. La visita al enfermo es una escuela estupenda para nosotros; en muchos casos, ellos nos enseñan muchísimo con su testimonio de vida y de fe. Vamos a una casa a visitar a un enfermo con nuestro corazón abierto a la escucha, con nuestros ojos bien limpios para captar la situación concreta. Escuchamos atentos sus palabras, gestos, entorno ambiental y familiar, aspecto, lugar en el que se encuentra. Todo ello nos habla; nos da ya una orientación estupenda y necesaria para situarnos.

A través de nuestra atención, respeto, cercanía y ternura, expresamos ya las actitudes propias a nuestro Amigo y Maestro Jesucristo, el buen Samaritano que sana y libera. Pensemos en la infinidad de veces que Jesús se acerca al enfermo lo cura y lo sana. El Evangelio nos narra un sin fin de curaciones. Contemplar y observar los modos de actuar de Jesús, es fundamental para la vida de un cristiano que, por serlo, evangeliza en dondequiera que se encuentre. Jesús no invade, respeta al máximo la libertad, pide permiso hasta para curar: “si quieres puedo curarte”, ¿qué quieres que haga por ti?, ¿quieres quedar sano?“ Aunque no se atrevan a pedírselo, lee la situación y el deseo de las personas, como vemos lo hizo con la Hemorroísa cuando tocó con fe la orla de su manto y quedó curada; en este caso, Jesús puso al descubierto la acción de esta persona; la mayoría de las presentes somos mujeres y podemos captar mejor la “vergüenza” que ella sintió. Jesús lo hizo así porque quería, no sólo sanarla, sino agradecer públicamente la gran fe que había puesto en Él.

Jesús ve nuestro corazón, vive en lo más profundo de nosotros y vive también en cada persona que visitamos. Cuando sufrimos por el dolor ajeno físico, psíquico, moral o espiritual, -muchas veces agravado por la injusticia- y queremos aliviarlo, Jesús sufre con nosotros y nos ayuda; de alguna manera nos hace sentir aquello que dijo al Buen Ladrón, Dimas: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Jesús regala a Dimas su compañía eterna porque se compadeció del que sin culpa alguna sufría el mismo suplicio.

No lo puedo negar, muchas veces, sobre todo en el hospital, son desconocidos los que visitamos. Oras veces sentimos desánimo o decepción al realizar las visitas o no vemos fruto alguno. Hemos perdido la perspectiva; no nos damos cuenta de que Jesús nos acompaña y nos espera en esas personas que visitamos. Pero Él se hace presente para aclarar nuestras dudas y animarnos a “volver por el mismo camino” del amor y del servicio. Veamos el episodio de Emaús. Jesús, resucitado, se hace el encontradizo para “vendar los corazones destrozados” de aquellos amigos sin esperanza. (Lc 24,13-35). Leerlo.

Yendo a las visitas con Jesús y al encuentro de Jesús, no hay problema. Ese encuentro será sencillo, sin máscaras, respetuoso, cordial, lleno de ternura y compasión. Es esencial respetar al máximo el itinerario de vida y de fe de cada persona, su religiosidad y creencias. Tengamos presente que nada se hace sin el tiempo, es factor esencial para todo y vamos aprendiendo cada día.

La preparación personal, el conocimiento y amistad con Jesucristo emana del encuentro con Él y sólo Él nos lo puede dar. Es tarea diaria ahondar en ese Cristo que nos hace revivir, nos resucita cada mañana. Quiere enseñarnos su camino de bajar y más bajar hasta lo más profundo de nosotros, donde Él está como la perla preciosa enterrada entre las inmundicias del lodo del mundo; como la dragma o moneda perdida que requiere barrer y más barrer hasta desempolvarla… Él es el Camino: nació y vivió pobre, trabajó, obedeció, sirvió, gozó de la amistad y del bien, amó siempre, amó hasta el fin; aunque se viera perseguido por los poderosos, entregado por Judas, renegado e incomprendido por tantos, traicionado, abandonado aún por los que Él más amaba.

La verdad es que hallándose en situación de sufrimiento extremo, Jesús, el Señor, clama a su Padre Dios preguntándole por qué le ha abandonado, aunque en el Huerto de los Olivos le hubiera dicho “no se haga mi voluntad sino la tuya”. Se dejó ayudar en la subida al Calvario por el Cireneo; encontró junto a sí a su madre y a las otras mujeres que le fueron fieles y sufrían con Él; puso su bálsamo de amor y de perdón en Dimas, el malhechor, al que dio el don de creer en Él. Es en ese momento también cuando nos dejó a su Madre por Madre al ver cómo lo necesitábamos… Y en la Cruz, recogería el acto de fe del Centurión que creyó. Se dejó descender de ese árbol de la Vida y sepultar por unos amigos clandestinos. Las mujeres no le fallaron; es a ellas a quienes primero se manifiesta Resucitado, y las hace Evangelizadoras natas y seguidoras ardientes del que aman; irán al sepulcro dispuestas a afrontar todas las dificultades y consecuencias.

Les digo a los enfermos: Dios nos quiere mucho; Dios y la Virgen nos ayudan; ellos me responden: “Si no fuera por eso”, “lo estoy experimentando”, “he aprendido mucho en mi enfermedad”, “la enfermedad me ha acercado más a Dios” etc. Me sobrecoge contemplar la acción callada de Dios, imperceptible tantas veces para los demás.

Cuando veo a personas, sobre todo mujeres, junto a sus hijos, maridos, familiares, amigos, entregadas a cuidar en grado heroico a esos cristos vivientes crucificados en sus lechos, o llevándolos en sus sillas de ruedas, olvidadas de ellas mismas, derramando a raudales amor incondicional, me pondría de rodillas y lo hago en mi corazón. Me sucede lo mismo al ver a personas que han consagrado su vida a Dios y a los demás por Él, de pie, junto a las cruces más pesadas, atendiendo a sus hermanos con un cariño inmenso y en una entrega ilimitada, sólo me sale dar gracias a Dios porque el Camino que nos quiso enseñar no se ha borrado en la humanidad deseosa de seguir sus huellas. Hay muchas heroínas y héroes callados derramando amor en el mundo; hay muchas personas silenciosas ayudando desinteresadamente a los enfermos.

Cuando capto y admiro en los profesionales sanitarios y en el diversificado personal de un hospital gestos de cercanía y detalles que sanan, no puedo menos de ver en ello rastros de esa manera de hacer del Señor Jesús.

Nosotras, las visitadoras de la Pastoral de la Salud, vamos detectando a esos cristos olvidados de las parroquias y hospitales para llevarles un poco de consuelo; para dejarles un poco de luz en el discurrir de sus días grises, esa Luz que dimana de Cristo Resucitado y que se filtra por las rendijas de sus vidas anodinas y sufrientes; testificando que un día nos iremos con Él para estar siempre con Él; entonces “enjugará las lagrimas de toda nuestra vida”. En nuestro acompañamiento la oración con ellos y por ellos es imprescindible

Somos también un cireneo para las familias, aplastadas a veces por el peso de cruces muy pesadas para, sostenerlas en su amor fiel y pedir que sigan abiertas a la Esperanza.

Transcurridos los siglos, Jesús sigue así entre nosotros ya Resucitado. Quiere que sus seguidores vivamos de Él, por Él y con Él, siguiendo ese Camino que es Él mismo. Los cristianos somos en medio del mundo, la prueba de que Resucitó y de que Él vive entre nosotros; somos sus testigos con nuestra fe y nuestro estilo de obrar. Con esa mirada que traspasa la apariencia y llega al misterio de muerte y resurrección que cada vida encierra. Le pedimos sin cesar ser sus manos, sus pies fatigados, sus ojos transparentes, su corazón ardiente en el recorrer el ese camino con los hermanos enfermos. En la vida seremos esa persona desconocida de Cirene o esa Verónica que se cruza en los caminos del dolor.

Nosotras (la mayoría somos mujeres) seguimos valerosas tras sus pasos, con los dones y ternura que, como mujeres, nos ha regalado; pondremos animosas su Amor en cada corazón lastimado y ningún enfermo se verá solo; sabremos acompañar al que sufre en la soledad y el abandono y pasaremos por alto la fatiga y los trabajos que esto nos cause. Con su ayuda venceremos los obstáculos de todos los que no lo comprenden.

Os invito a escuchar ahora unas palabras del Papa Francisco sobre el sufrimiento, con motivo del Día del Enfermo 2014. Nosotros, cuando visitemos a los enfermos, se las transmitiremos adaptadas a cada circunstancia:

La Iglesia ve en vosotros, queridos enfermos, una presencia especial de Cristo sufriente. Es así, junto a nuestro sufrimiento, es más, dentro de él, está el de Jesús, que lleva junto a nosotros su peso y nos revela su sentido. Cuando el Hijo de Dios ha subido a la cruz, ha destruido la soledad del sufrimiento y ha iluminado su oscuridad. Estamos puestos de tal modo frente al misterio del amor de Dios por nosotros, que nos da esperanza y coraje: esperanza, porque en el plan amoroso de Dios también la noche del dolor está abierta a la luz de la Pascua, y coraje, para afrontar cualquier adversidad en su compañía, unidos a Él. El Hijo de Dios hecho hombre no ha quitado de la experiencia humana la enfermedad y el sufrimiento, sino que, asumiéndolos en sí, los ha transformado y redimensionado. Redimensionado, porque es la vida nueva en plenitud, y no la enfermedad y el sufrimiento, quienes tienen la última palabra; transformado, porque en unión con Cristo, de negativos, estos pueden convertirse en positivos. Jesús es el camino y con su Espíritu podemos seguirlo.”

La Virgen, nuestra Madre, precioso y póstumo regalo del Hijo de Dios y primera Discípula del Señor, nos ilumina con el pasaje evangélico de “la VISITACIÓN”. Es modelo perfecto de cómo se realiza una visita amistosa y evangelizadora en la Pastoral de la Salud.

María, Madre de los enfermos. Ruega por nosotros.

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