Sin celos que nos aten ni riquezas que nos ceben

lunes, septiembre 24th, 2012

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Domingo 26 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Lo que Moisés deseaba con tanto ardor: ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!, en el libro de Joel es profecía (Jl 3) y en los Hechos de los Apóstoles es cumplimiento (Hch 2).  Y hoy, quienes queremos seguir a Jesús y emprendemos el camino de la historia con Dios descubrimos que, en realidad, es Dios quien nos acompaña y nos sostiene con los dones de su Espíritu: suya es la pasión que mantiene vivo nuestro amor; suya la sabiduría que ilumina nuestra vida; suya la fortaleza que nos permite permanecer en el camino; suya la resistencia al odio y al desaliento; suya la ternura que suaviza nuestras asperezas…

El Espíritu no tiene un modo propio de actuar en la historia con independencia de la acción humana. Su acción propia consiste en hacer actuar a las mujeres y hombres en dirección a la realización de la promesa de salvación de Dios. El Espíritu es el Amor de Dios, derramado en el corazón de los seres humanos, que provoca lo que, precisamente, de más humano, personal, original y único hay en cada uno de ellos y los impulsa, poniéndolos a trabajar en favor de todo aquello que construye la vida y la vida en plenitud.

Sin embargo, nos cuesta comprender, igual que les costaba a los discípulos. A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a vivir como Él, al servicio del Reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, digna y feliz, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que los anima, no entienden su amor grande a todos los seres humanos. En el relato anterior a éste del evangelio de hoy, los discípulos habían discutido por el camino sobre quién era el mayor dentro del grupo, es decir, la jerarquía del grupo, ahora la discusión se centra en quién está dentro y quién fuera.

Los discípulos informan a Jesús de un hecho que les ha molestado mucho. Han visto a un desconocido “expulsando demonios”. Está actuando “en nombre de Jesús” y en su misma línea: se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera digna. Pero a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. Les ha parecido mal y se lo han prohibido, pues las acciones en nombre de Jesús las interpretan restringidas a los de dentro. Su actuación les parece una intrusión que hay que cortar, en el fondo, como advierte la primera lectura, están celosos. No les preocupa la salud de la gente, sino su prestigio de grupo. Pretenden monopolizar la acción salvadora de Jesús: nadie ha de curar en su nombre si no se adhiere al grupo.

Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos. No se trata de dispersar, dividir y competir, sino, por el contrario, de reconocer, unir y multiplicar. Según Jesús, toda persona que “echa demonios en su nombre” está evangelizando. Toda mujer, hombre, grupo o partido capaz de “echar demonios” de nuestra sociedad y de colaborar en la construcción de un mundo mejor está, de alguna manera, abriendo camino al Reino de Dios. Este es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores.

Me considero una mujer privilegiada porque he tenido la oportunidad de conocer a muchas y muchos que “echaban demonios”, aunque no eran “oficialmente” de los nuestros. Hay un número incontable de mujeres y hombres que hacen el bien y viven trabajando por una humanidad más digna, más justa y más liberada. En ellas y ellos está vivo el Espíritu de Jesús, por eso, hemos de sentir a estas personas como amigas y aliadas, no como adversarias. No están contra nosotros, pues están a favor del ser humano, como estaba Jesús.

Quien realmente no es de los nuestros es la persona que, estando dentro o fuera de nuestro grupo, opta definitivamente por ser y actuar como rico, es decir, se siente seguro y confía en su propia riqueza: bienes, poderes, influencia… Estas personas no están libres de culpa. Actuar como rico, habiendo pobres alrededor ofende a Dios  y a los hermanos. Comportarse de esta manera corrompe las riquezas que tenemos, incluso, aunque creamos poder afirmar que han sido ganadas “legalmente”. Dios no quiere tales diferencias que oprimen y esclavizan. Esas personas se están cebando para el día de la matanza, dice el apóstol Santiago.

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