Dos mundo diferentes y tan iguales

Por: Dina Martínez. Vita et Pax. Madrid

Me alegro de poderos compartir mi experiencia misionera vivida en uno de esos países que acertadamente llamamos “países empobrecidos”. He trabajado en Rwanda 34 años, más de la mitad de mi vida y esto provoca en mí un mestizaje africano-manchego que no me ha cambiado el color de la piel, aunque si ha modificado mi manera de entender la vida y de leer los acontecimientos y el momento histórico que vivimos. Como suelen decir los jóvenes, esto es lo mejor que me ha pasado hasta ahora.

La imagen que tenemos de los africanos, la mayoría de nosotros, es la que nos muestran los medios de comunicación:

  • Niños desnutridos y harapientos

  • Episodios de guerras interétnicas, donde se matan unos a otros sin piedad (Siria, Irak, Palestina, Sudán, RDC y tantas otras…).

  • Colas de gente recibiendo ayuda humanitaria que generalmente enviamos los países ricos para compensar los destrozos que han causado las guerras, las malas cosechas, las epidemias y las catástrofes naturales.

  • Epidemias incontrolables que matan a la gente porque no tienen medios económicos ni personal lo suficientemente formado para hacerles frente (SIDA, Colera y en nuestros días el Ébola).

  • Otra imagen poco atractiva que nos llega de África son las elecciones fraudulentas, los políticos corruptos que se resisten a dejar el poder, los grandes mafiosos y estafadores que viven con un pie en el Sur donde roban y otro en el Norte donde disfrutan sus beneficios.

  • La imagen de un continente alejado hasta hace unos años, pero que se nos acerca en pateras y que últimamente nos invade y nos protegemos con murallas, concertinas, policía y muchas veces con rechazo de la población…

Todo esto existe, pero hay otra parte de la sociedad mucho más numerosa y más atractiva de la que os quiero hablar desde mi experiencia.

El pueblo ruandés, me recuerda mucho a la gente sencilla de nuestros pueblos manchegos donde yo crecí hace ya bastantes años. Son personas amables, alegres, solidarias, luchadoras. Todos estos valores y otros muchos los desarrollan los pobres para conseguir el milagro diario de la supervivencia.

Llegué a Rwanda con 24 años, con un diploma de enfermera recién estrenado, sin experiencia de trabajo y poca de la vida. Mi origen sencillo tampoco me invitaba a pensar que tenía que transformar el mundo y así empecé a vivir y a trabajar con los ruandeses en un centro de salud que gestionaba un equipo del Instituto Secular Vita et Pax al que pertenezco. Pronto descubrí que las jóvenes enfermeras ruandesas sabían mucho más que yo en todos los campos: medicina tropical, arte de curar con pocos medios, idioma, costumbres y de una manera natural fui aprendiendo de ellas.

Otro factor importante que favoreció mi apertura a trabajar estrechamente con los ruandeses fue que varias de mis compañeras de Instituto, por una serie de circunstancias familiares y personales, tuvieron que venirse a España y esto me obligó a delegar responsabilidades entre los miembros del equipo de trabajo con el fin de poder seguir gestionando el centro de salud, que seguía creciendo, para dar respuesta a nuevas necesidades que la población iba expresando.

Todas estas circunstancias, que en su momento las viví como negativas, más tarde he descubierto que me ayudaron a integrarme más en el país y a colaborar más estrechamente con la población local. Los resultados han sido muy positivos para todos:

  • Se ha creado un centro de salud sólido, pues está construido sobre las verdaderas necesidades que ha ido expresando el pueblo.

  • Los ruandeses han jugado y juegan un papel importante en la organización y en la gestión del centro, porque son ellos los que conocen sus necesidades y los que saben cómo satisfacerlas.

  • Los que aportamos los recursos económicos hemos jugado también un papel importante en la gestión del dinero, no porque somos más inteligentes o más honrados que los africanos, sino porque somos más libres al no tener las presiones familiares y sociales que tienen ellos para desviar el dinero hacia otras necesidades urgentes.

  • Esta experiencia de estrecha colaboración, donde cada uno hemos aportado lo que somos y tenemos, nos ha permitido valorarnos mutuamente y salir todos enriquecidos. La dinámica paternalista nos disminuye siempre y nos deja insatisfechos.

Esta larga experiencia entre los africanos me permite analizar su mundo y el nuestro. En los dos mundos hay cosas buenas y malas y todos nos podemos ofrecer lo mejor que somos y tenemos para enriquecernos mutuamente. Sin lugar a dudas en nuestros países del Norte hay más medios materiales y económicos (a pesar de la crisis que tanto nos inquieta). Los habitantes de los países empobrecidos, para poder sobrevivir, han desarrollado más la fuerza interior que tenemos los seres humanos a la que llamamos VALORES:

    • valores humanos

    • valores psicológicos

    • valores espirituales

Si pudiéramos entender la Cooperación Internacional a gran escala en estos términos, seguramente ya no moriría nadie de hambre en nuestro mundo, pero la Cooperación Internacional va por otros caminos porque lo que es una realidad es que en la actualidad mueren de hambre todos los días 40.000 personas.

Sí, los Organismos Internacionales, que despertaron tanta esperanza hace algunas décadas, hoy tienen mucho que cambiar para resolver los problemas urgentes de la humanidad y para recuperar su credibilidad y su autoridad moral.

El jueves pasado, estuve en un acto organizado por INTERMON en el que nos hablaron del hambre en el momento actual. Todos los que tomaron la palabra eran gentes interesantes y competentes, pero entre ellos había un hombre mayor que nos impresionó a todos. Se trata de José Esquinas, ingeniero agrónomo, hijo y nieto de agricultores manchegos y que tiene una larga carrera en los OI, ha trabajado 30 años en la FAO. Nos decía entre otras muchas cosas: “Los europeos estamos pagando la crisis con parados, pero ellos, los habitantes de los países empobrecidos, la están pagando con muertos. Cada día mueren 40.000 personas como consecuencia del hambre y se gastan 4.000 millones de dólares en armamento. El hambre es un lujo que el mundo no se puede permitir y si no se actúa por generosidad que se haga, al menos, por egoísmo inteligente. La lucha contra el hambre es una necesidad hoy más que nunca y, aunque sea solamente porque la seguridad alimentaria va unida a la seguridad mundial y a la paz en el mundo, es imprescindible terminar con esta lacra de la humanidad. En el fondo, no es un problema de carencia de alimentos, sino de reparto. O acabamos entre todos con el hambre en el mundo o seremos la última generación de este planeta.”

Y posiblemente muchos de vosotros estaréis pensando que esto nos supera, que en realidad, ¿qué podemos hacer para que no mueran de hambre 40.000 personas todos los días y para que no se gasten 4.000 millones de dólares en armamento?. Si además ya ponemos nuestro granito de arena para ayudar a la gente que nos rodea, ¿qué más podemos hacer?

Los discípulos de Jesús seguramente pensaron lo mismo cuando dijeron a Jesús, con mucho sentido común, que despidiera a los 5.000 que le estaban escuchando, para que fueran a comer a las aldeas vecinas. Pero Jesús les sorprendió diciéndoles: dadles vosotros de comer.

Yo ahora sé, por experiencia, que el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, del que nos habla el Evangelio y que tanto nos cuesta entender y más todavía creer, es una realidad cotidiana que permite que la vida sea posible para muchos habitantes de los países empobrecidos.

Cuantas veces le he preguntado a Jesús, como lo hicieron los apóstoles, ¿qué haremos este año con tantos enfermos, con la gente que se muere de hambre, con los que sufren las consecuencias de la guerra, con los enfermos del SIDA…, si no sabemos si tendremos medios para hacer frente a tantos problemas? Y la respuesta se expresa en ese deseo que nace en nosotros de seguir ayudando. Los que estamos aquí ofreciendo nuestra pequeña contribución, los que están allí repartiendo lo que les llega con respeto, cariño y profesionalidad y Dios sigue haciendo el milagro.

También me parece importante tener un recuerdo por los misioneros y misioneras para que no solo den, que también sepan recibir y aprender de la gente sencilla con la que viven y que se vengan satisfechos y agradecidos de haber sido elegidos para vivir con los preferidos de Dios.

Y les digo a estos jóvenes que están escuchando con tanta atención, que si un día Dios los llama a compartir la vida con sus predilectos, que no duden en dar ese paso porque, si van con el corazón abierto, seguro que recibirán mucho más de lo que han dado.

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