El que pierda su vida por mí y por la buena noticia la salvará

martes, septiembre 11th, 2012

Por: Paqui Castilla Muñoz, militante de la HOAC de Ciudad Real.

Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

La primera lectura de este domingo (Is 50, 5-9) nos muestra una fe en el Señor que sostiene y apoya al que desfallece, al que se siente perseguido y ultrajado. Insiste, asimismo, el Salmo 115, en la fe en un Dios que escucha la voz suplicante, que nos consuela y salva de la angustia, que es tierno y justo y “guarda a los sencillos”. Cuando desfallecemos, cuando creemos que todo se hunde, ahí está Dios.

Pero la fe no pueden ser sólo palabras ni debe confundirse con una espiritualidad intimista y evasiva. Santiago, en la segunda lectura, nos lo recuerda: “la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma”.

Vivimos en la realidad histórica de nuestro mundo actual tiempos duros. Esta escandalosa crisis, y las “soluciones” que se están planteando para salir de ella, nos hacen toparnos día a día con situaciones de sufrimiento (familias empobrecidas por el paro y la precariedad laboral, personas inmigrantes sin atención sanitaria, servicios sociales cada vez más desmantelados…). Los cristianos y cristianas no podemos permanecer impasibles ante este sufrimiento, aunque muchas veces caigamos en la tentación de encerrarnos en nosotros y nosotras mismas adormecidos en una fe intimista que nos conforta. Es precisamente esta fe en el Dios de Jesús, en el Dios que nos ama, que escucha nuestra voz suplicante, que es benigno y justo, la que nos debe llevar al compromiso solidario con nuestros hermanos y hermanas, especialmente con los últimos.

El evangelio de Marcos relata el camino de Jesús, un camino inesperado que va desde el inaugural anuncio gozoso del Reino por los caminos polvorientos de Galilea hasta el giro dramático de su entrega como Hijo del Hombre en Jerusalén. El paso del anuncio de la llegada del Reino al nuevo anuncio de su propia muerte por el Reino, marca la segunda parte del evangelio de Marcos. En el tenso diálogo de Jesús con Pedro, cuando iban de camino hacia las aldeas de Cesarea, Jesús expuso abiertamente a sus discípulos las nuevas y exigentes implicaciones, descubiertas tras el camino recorrido, para que el Reino sea posible en esta tierra: el Reino no vendrá sin la entrega de su propia vida hasta la muerte.

Jesús había escogido a los Doce, para que estuviesen con él, y para así enviarlos a predicar en su nombre (3,15). Ahora reformula ese motivo, diciéndoles que sólo podrán acompañarlo en el camino mesiánico si están dispuestos a caminar tras él, con el compromiso de entregar con él y por él la vida, es decir, por el Reino.

Jesús quiere que sus discípulos se conviertan (y nos convirtamos) en verdaderos seguidores, asumiendo en sí mismos el camino mesiánico de la solidaridad no violenta hasta entregar la vida por el Reino. Quiere que caminen (y caminemos) su mismo camino y lo caminemos de la manera que él lo camina, porque no hay otro camino ni otra manera de ser “cristiano y cristiana”. Es esta enseñanza la que Pedro no entiende y que le costará asimilar. Pues bien, hasta que un seguidor de Jesús no le conozca de verdad, es decir, no aprenda a vivir conforme a su proyecto de entrega “en pobreza, humildad y sacrificio” (“si alguien quiere seguir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”), Jesús le impone total silencio sobre su persona: “les mandó que no hablaran a nadie sobre él”. Esta cura de silencio es esencial para cualquier seguidor fiable de Jesús. Sólo el seguimiento cotidiano tras Jesús hará por fin posible que el discípulo le entienda de verdad y pueda hablar de él con palabras que salven al que escucha: ofreciendo espacios de solidaridad a los pobres y no muerte de los otros, y entrega personal, en medio de la violencia y egoísmo de la sociedad en la que vive.

La manera de ser cristianos y cristianas, que “no es la de Dios, sino la de los hombres”, a la que tantos nos hemos apuntado, ha de enmudecer sobre Jesús; pues lo que se nos pide es comenzar de nuevo el seguimiento de nuestro único Señor hasta aprender a renunciar a nosotros mismos, cargar con la cruz de un amor total a nuestros hermanos y hermanas empobrecidas y seguir así humildemente tras Jesús hasta la entrega total.

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