El “venerable Sacramento” de la Cuaresma

martes, febrero 28th, 2012

Por: D. Cornelio Urtasun

No pocos cristianos de buena voluntad se preguntan por qué la Iglesia se empeña en ordenar muchas de sus cosas tan de cara al pasado. Una de ellas sería la Cuaresma, tan pasada de moda, hace ya tantos años, por no decir siglos. ¿Para qué sirve la Cuaresma? ¿Qué utilidad se sigue, se puede seguir, de su celebración? ¿No sería cosa de dejarla en su sitio: en el museo de recuerdos históricos del cristianismo?

La Cuaresma ¿institución meramente humana?

En varios de los grandes Diccionarios, de carácter universal e informativo, no es extraño encontrarse con la idea de que la Cuaresma es fruto de una concepción inteligente y aun genial de la vida de la Iglesia, la cual, pensando que debía orientar al pueblo cristiano para la celebración de la Pascua, la fiesta de las fiestas del cristianismo, habría ideado, a través de los siglos, un tiempo de preparación que, poco a poco, habría ido perfilándose hasta llegar a obtener la estructura de hoy. Para muchos historiadores e investigadores, la Cuaresma es el fruto del genio creador del cristianismo y de la capacidad organizativa de la Iglesia.

Pero ante un fenómeno de tan profundas resonancias en la vida, incluso civil, de los pueblos, es inevitable preguntarse: ¿qué hay dentro de ese fenómeno que llamamos observancias cuaresmales, hecha de tanta oración, no poca penitencia, individual y colectiva, y de práctica multisecular de la caridad en todas sus formas?

¿Tiene una explicación meramente humana el profundo arraigo en el corazón de los creyentes de todos los tiempos, del fenómeno de la Cuaresma? Parece que no.

En los ambientes cristianos, bien sea que se trate de las Iglesias antiguas o de Iglesias jóvenes, la sola palabra Cuaresma tiene unas resonancias especiales que hacen pensar en la oración, la mortificación, la solidaridad, como fruto de la intensificación de la caridad. Todo ello como manifestación de eso que llamamos conversión: el volver de cada hacia nuestro Dios, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón.

La Cuaresma, idea personal del Hijo de Dios

Parece inevitable pensar que se trata de una voluntad decidida de Dios, manifestada por su Hijo Jesucristo, de manera inconfundible:

Fue llevado por el Espiritu al desierto para ser tentado por el Diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Mas él respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le lleva consigo a la ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: Si eres Hijo de Dios tírate abajo porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le dijo: también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: Todo esto te daré si postrándote me adoras. Dícele entonces Jesús: Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto. Entonces el diablo le deja” (Mt 4,1-11).

Del relato evangélico, en el que aparece el Señor Jesús marchando al desierto, en el momento (humanamente hablando) menos oportuno para su “presentación programática en sociedad”, desaprovechando la teofanía de que había sido objeto en el cauce del río Jordán, brotan ya, como por generación espontánea, las paradojas de la Cuaresma, personificadas en su iniciador:

– en la hora misma en que el Salvador va a manifestarse al mundo, para anunciarle la Buena Noticia, he aquí que se retira bruscamente de todo contacto con los hombres a quienes viene a evangelizar

– es conducido por el Espíritu Santo;

– para ser tentado por el diablo;

– pasa cuarenta días y cuarenta noches totalmente dedicado a la oración, en el retiro más completo;

– paralelamente, pasa la cuarentena, entregado a un ayuno total de cuarenta días con sus noches;

– es tentado en la triple escalada de la concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, la soberbia de la vida, señaladas por S. Juan (1 Jn 2,16-17).

Un pequeño análisis de la escalada de las tentaciones que registra el Señor, así como el examen de la entraña de cada una de ellas, resultaría altamente ejemplar y orientador sobre la estrategia que el Maligno ha empleado, y sigue empleando, para instigar a los hombres a que hagan lo que desagrada al Señor.

La Cuaresma es una de las herencias que Jesucristo dejó en la Iglesia. Ésta la desarrolló, a través de los siglos, principalmente desde la Iglesia en Roma. Es una historia de veinte siglos, que ha contado con enamorados que la han estudiado, con tanta profundidad como amor.

El número 40

Entre las preguntas que vienen a la mente de una manera casi instintiva es la de interrogar: ¿por qué, precisamente, cuarenta días de Cuaresma?

No hay otra respuesta que la referencia a un querer concreto de Dios, manifestado por su Hijo Jesucristo, cuando vino a la tierra a realizar el designio de salvación que el Padre le encargó realizar.

Una mirada a las Escrituras da la medida sorprendente de la predilección de Dios por el número 40, en la realización de tantos acontecimientos de la Historia de la Salvación, desarrollados, a lo largo de 40 años o 40 días ¿Por qué? Yo no encuentro explicación racional, religiosa, política, sociológica. Nosotros no podemos hacer más que constatar unas realidades ­que se suceden a través de los tiempos. Por ejemplo:

– el diluvio dura 40 días (Gn 7,1-24),

– el embalsamamiento de Jacob dura 40 días (Gen 50,1-14),

– Moisés permanece en la cumbre de la montaña, en “retiro” personal con Dios, 40 días y 40 noches (Ex 24,12-18; Ex 34,27-35),

– los israelitas viven en el desierto 40 años, y durante los mismos, comen el maná que les manda Dios, durante todo ese tiempo (Ex 16,1-32),

– el rey David reina durante 40 años (Sam 5,1-5),

-Jonás emplaza a Nínive para que se convierta en un plazo de 40 días (Jon. 3,1-10)

– Elías camina 40 días y 40 noches hasta el encuentro con Dios en el Horeb (1 R 9,2-16);

– cuando llega la plenitud de los tiempos, Jesús pasa 40 días y 40 noches en el desierto antes de empezar su misión (Mt 4,1-11); junto a Jesucristo, en quien reverbera, a la hora de su Transfiguración en el monte, toda la gloria del Padre, aparecen dos expertos de la cuarentena: Moisés y Elías (Mc 9,2-8);

– por si todo esto no era bastante, he aquí que el Señor Jesús ya resucitado: “Se les presentó a sus discípulos dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles, durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios” (Hch 13).

El Señor Dios, que tantas maravillas enmarcó en el número 40, también quiso legar a su Iglesia el sacramento de la Cuaresma, enmarcado en un período de 40 días y 40 noches.

La Cuaresma ¿sacramento?

Indudablemente sí.

En las oraciones del primer domingo de Cuaresma se llama a la Cuaresma en el texto original “Sacramento de la Cuaresma” y “Sacramento venerable”. Los teólogos puntualizan las condiciones básicas requeridas para que una cosa sea sacramento: voluntad expresa del Señor Jesús de fundarlo como una institución permanente, para significar la gracia y para causarla.

De la personalísima influencia de Jesucristo en la fundación de la Cuaresma, no cabe margen de duda. Tampoco cabe duda alguna acerca de los componentes, elementos y circunstancias que acompañaron aquella primera edición, realizada en el desierto, bajo el impulso decidido del Espíritu de Dios. Que todo ello rezuma un ambiente revelador manifestador de la gracia de Dios que se va producir, es más que claro. Que los 40 días que Jesús pasa en el desierto son causadores de una gracia inconfundible, aparece incontrovertible: Jesús, orante, recio ayunador resiste a la tentación, la supera, propina al tentador unas lecciones soberanas, mientras a nosotros nos lega una herencia inconfundible. La Cuaresma es algo recio, donde las apariencias cuentan poco: la oración se toma en serio; el ayuno es contundente; el retiro no es un arreglo, y el combate con el Maligno se desarrolla a brazo partido. Es un combate donde hay un claro vencedor y un vencido total. Y como dirá san Agustín: tentados los cristianos en Cristo, victoriosos los miembros en la Cabeza.

Culminada la Cuaresma, “galvanizado” el temple del Señor, en la primera Cuaresma, helo ya bajar al “campamento“, a realizar el designio salvífico del Padre, santa y totalmente entregado a aquel “amor hasta el extremo” (Jn 13,1), que le llevará a “pasar haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Luego, para su Iglesia, es obvio que la evolución que llevó al nacimiento del sacramento de la Cuaresma, como gracia que prepara la Pascua, es fruto de este ejemplo y de esta voluntad de Cristo, el que vivió intensamente la primera Cuaresma y la primera Pascua.

 

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