Esa viuda pobre ha echado más que nadie

lunes, noviembre 5th, 2012
Por: José Alegre Aragüés. Zaragoza

Domingo 32 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Una gran paradoja

La vida tiene esas cosas. Lo que está hecho para algo, a veces, destruye o impide la consecución de su objetivo. El negocio que se monta pensando en hacerse rico es, tantas veces, la causa de la ruina. Y una experiencia de pobreza, a veces, es motivo de nuevas iniciativas que generan bienestar. Es lo que se esconde en el trasfondo de las lecturas de hoy.

Elías vive en un momento cultural muy interesante dentro de lo que es el mundo del Oriente Medio antiguo. La política lleva, con frecuencia, a la guerra por el reparto de poderes entre potencias muy belicosas que pugnan por controlar las rutas prósperas del comercio internacional que se asoma al Mediterráneo para transportar productos.

En medio de tanta riqueza, mucha guerra. En medio de tanta guerra, mucha miseria, hambre, inseguridad. La gente sencilla busca protección en otras instancias que sus gobernantes. Surge una religiosidad que da respuesta a esta necesidad y crea la ilusión de la seguridad económica. Es la religión natural que identifica las fuerzas de la naturaleza con divinidades. Estos dioses son los que controlan la lluvia, el viento, el calor, las estaciones,…

De ellos depende la prosperidad porque conceden la lluvia, evitan la helada, dan calor a su tiempo. Hacen productivos los campos y fecundos los ganados. Dan hijos a la familia y, con ellos, fuerza para trabajar y producir.

Pero no siempre es así. Cuando más se extendió esta religiosidad, en tiempos de Elías, una sequía asoló la economía de aquellos países cuyos habitantes quedaron reducidos a una pobreza más extrema que la anterior, porque quedaron desprovistos  de la solidaridad que, anteriormente, les movía a ayudarse. La viuda es un personaje simbólico de aquella situación humana y social, consecuencia de una política absurda y una religiosidad ilusoria.

Personas como la viuda, lisiados, huérfanos, extranjeros, son pasto de abusos como expresión de una legalidad que no les ampara y una mentalidad que los margina. Sin ingresos, sin medios, sin posesiones, tienen que arreglárselas en pugna con alimañas y perros.

Nuestros dioses modernos

También hoy tenemos nuestros dioses de la fecundidad identificados en una confianza extrema en la razón humana y en su capacidad de dirigir las nuevas tecnologías hacia un progreso ilimitado. Sin embargo, un progreso sin compasión está condenado al fracaso, como estamos viendo en estos tiempos de crisis interminable. Porque la compasión no es una cualidad intrínseca a la razón ni a la tecnología ni a la riqueza. La compasión es la sensibilidad de quien se siente humano y pone lo humano por encima de cualquier otra cosa. Y nada hay tan humano y compasivo como la preocupación, cercanía y proximidad a la pobreza y la desnudez.

Por eso el mundo necesita a los pobres que son los que ostentan y despiertan la capacidad de sentirse cercanos al otro. Las viudas de nuestras lecturas no dan cantidad de algo sino la sinceridad de su humanidad. Son humanas y despiertan una llamada a ser así de humanas. Los pobres pueden aportar al mundo nada menos que esa humanidad que notamos ausente de nuestros objetivos sociales, empresariales y políticos.

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