Experiencias de “la montaña alta”

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares. SJ. Madrid.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B

Es muy conocida la indicación de K. Rahner: “el cristiano del futuro o será místico, o dejará de serlo”. Apuntaba ya Rahner a lo que ha sucedido, que el cristianismo  sociológico ha desaparecido y sólo nos podemos mantener en nuestra fe desde la experiencia mística de relación honda, cercana, afectiva, con el misterio de Dios. A esto, me parece, que es a lo que invita el evangelio de hoy, a desear y buscar experiencias de este tipo con Dios. Experiencias de “la montaña alta”, como indica Marcos.

Pablo, en su carta a los Corintios les dice “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Pero la experiencia de la vida nos confirma que en muchas ocasiones, cuando aparecen las contrariedades, cuando experimentamos nuestra debilidad y vulnerabilidad, lo que acontece y no entendemos, etc.; entonces, y con fuerza, surge la duda desde dentro de nosotros mismos sobre si realmente Dios está con nosotros o nos ha abandonado, o no es tan bueno y solidario como creíamos.

Marcos en el evangelio de hoy nos narra algo muy importante que les sucedió a Pedro, Santiago y a Juan. Jesús se transfiguró. Es decir, percibieron en Él algo más de lo que habitualmente percibían, de lo que su figura mostraba en el día a día. Algo así como: éste es más de lo creemos y nosotros sin enterarnos. Jesús no es sólo un maestro, es la divinidad, y pese a lo que vaya a venir resucitará. Debieron quedar impactados de esta experiencia porque el evangelista dice que “esto se les quedó grabado”.

Nosotras y nosotros, mujeres y varones de nuestra época, también necesitamos experiencias de “la montaña alta”. En donde, al menos por un momento, sentimos con tal fuerza la presencia y cercanía de Dios sobre nuestras vidas, que las dudas se despejan, el corazón se ensancha y se hace más creyente. Decía Santa Teresa que “Dios no se muda”. Por eso necesitamos hacer memoria de nuestras experiencias de “la montaña alta”, recordar que lo que allí descubrimos, lo que se nos reveló de Dios, no se muda, sigue siendo real cuando en nuestra vida tenemos que atravesar la vereda del dolor, la enfermedad, la injusticia, la falta de sentido, la soledad, etc.. Hacer este ejercicio de memoria no es un capricho, re-cordar (volver a pasar por el corazón) estas experiencias nos salvan, porque nos hacen caminar en la fe cuando la divinidad parece esconderse.

Estamos en cuaresma, tiempo de conversión. No nos convertimos poniéndonos garbanzos en los zapatos, cuyo dolor nos recuerda lo malos que somos y que debemos cambiar. Nos cambian las experiencias de “la montaña alta”, que no siempre suceden en los ratos de oración (aunque también), sino cuando de pronto la cáscara fea y rugosa de la realidad se rompe y descubrimos a Dios donde menos lo pensábamos.

Pidamos a Dios que nos convierta, que se nos regale tener experiencias de “la montaña alta” que nos hacen más creyentes y más humanos.

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