Hoy se cumple esta Escritura

lunes, enero 21st, 2013

3º Domingo del tiempo ordinario, ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Estamos viviendo momentos muy duros en los que no faltan discursos oficiales en favor de los empobrecidos. Sin embargo, no parece que estos discursos estén acompañados de las decisiones políticas pertinentes para cambiar la suerte de millones de personas que viven en la pobreza. Las palabras se quedan vacías y se las lleva el viento. Siempre hay alguna coyuntura que sirve de excusa y se deja la toma de decisiones necesarias para una ocasión más propicia. Más aún, a los pobres les toca siempre sufrir las consecuencias más duras de unas crisis que, ciertamente, ellos no han provocado.

En España, primero fueron meses discutiendo sobre palabras. Que si “desaceleración”, que si “crisis”, que si “recesión”, que si “brotes verdes”, que si… Después han venido otros largos meses porfiando sobre números: porcentajes, cifras absolutas, euros, íbex, millones de déficit, puntos básicos en las primas de riesgo, recortes, presupuestos austeros… Más tarde nos cayó encima la dictadura de lo real: “yo no quiero hacer esto pero la realidad me obliga”… En cualquier caso, parece que nos hemos olvidado que, detrás de las palabras y de los números, siempre hay personas.

 En este contexto volver a escuchar los “discursos” de Jesús, como el del evangelio de hoy en la sinagoga, nos introduce en otra dinámica. Las suyas no son palabras para la muerte sino para la vida. Quizá por eso siguen resonando con toda su fuerza pasados los siglos. Jesús no tuvo otra arma, otra infraestructura, otros medios, otras herramientas que su palabra, despojada y humilde pero vibrante y llena de verdad. Jesús va trenzando un vivir, un decir y hacer que da vida, sobre todo, a los ninguneados: pobres, cautivos, ciegos, oprimidos…

 Este Jesús de Nazareth, que pasó haciendo el bien (Hch 10,8), que se adentró en los caminos de Galilea, se encarnó y se implicó. Es curioso cómo la palabra “encarnarse”, tan usada en otro tiempo, hoy ha desaparecido de nuestro vocabulario cotidiano y es necesario reivindicarla. Jesús proclama en la sinagoga la Buena Noticia de Dios y se lanza por los caminos a vivirla y anunciarla. Esta Buena Noticia no es una idea, no es una doctrina, no es un concepto; esta Buena Noticia es vida, y a Jesús le va su vida con ella.

 Jesús proclama la Buena Noticia y la acompaña con su prácticas, con su compromiso compasivo contra todo tipo de mal. Jesús no hará extravagancias, ni portentos maravillosos. Se trata de otra cosa más entrañablemente humana, como es el encuentro con los rostros sufrientes concretos de su época, de hacerse cercano a las gentes abatidas que andan como ovejas sin pastor, de dejarse afectar por lo que está aconteciendo ya en esta realidad y lo que acontece es que hay demasiadas criaturas de Dios abatidas y deshauciadas.

 Por eso, su discurso puede resultarnos profético y comprometedor; puede ser un correctivo para nuestras palabras porque como reza el dicho, muchas veces, la fuerza se nos va por la boca; puede empujarnos a que nuestra vida toda acompañe nuestra palabra; puede convertirse, también, en un estímulo creativo que nos ayude a ponernos lúcidamente junto a las personas más empobrecidas y de su parte, en definitiva, su discurso hoy, puede ayudarnos a nuestra propia encarnación. Previamente, hemos tenido que dejar que la Buena Noticia penetre en nosotras mismas, nos chorree, nos empape, nos sumerja, siga iluminando nuestro caminar por la vida real y concreta ya que, a veces, las seguidoras y seguidores estamos secos, es más, estamos re-secos porque accedemos a ella desde lo ya sabido, desde lo que es así, desde lo de siempre y no puede ser de otra manera, y terminamos ahogando o aguando la Buena Noticia.

 La Buena Noticia nos empuja a poner palabras a la vida y vida a las palabras. A salir a la calle y seguir apostando por la vida, especialmente por las vidas de aquellos que para nuestra sociedad están muertos o mejor que no existieran, y que son vecinos nuestros, de la misma escalera de piso o están en la puerta de la tienda donde compramos todos los días el pan. La Buena Noticia nos empuja a seguir seducidas por la tarea de afirmar dignidades, tal vez, participando en aquella manifestación, denunciando esa injusticia o defendiendo a esa persona que, por oler mal, ya es culpable de cualquier cosa que se le impute. La Buena Noticia nos empuja a seguir construyendo lugares en los que se pueda compartir el techo, el pan y la palabra, por ejemplo, el comedor de nuestras casas…Y entonces diremos como Jesús: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

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