La hospitalidad: manantial de riqueza humana y divina

La hospitalidad: manantial de riqueza humana y divina

Domingo 16º del T.O., Ciclo C

Por: Jose Oller. Vita et Pax. Guatemala.

Los dos textos alrededor de los cuales gira el mensaje de este domingo, nos ofrecen una gran riqueza de elementos, sugerencias y detalles para la contemplación y la acción.

Abraham, como buen emigrante que ha sido, que ha tenido que abandonar su tierra, atravesar desiertos y llegar a un país extranjero, sabe como nadie lo que significa, en un día de calor, brindar hospedaje a quien se le acerca. Está él descansando, tranquilamente, bajo un árbol a la puerta de la tienda pero ve en seguida que se le acercan tres hombres. No consiente que lleguen hasta él del todo, se levanta y corre a su encuentro. Intuye quiénes son los tres personajes, o mejor la intuición le lleva a reconocer en ellos a su Señor, de tal manera que se prosterna, adora y los invita a no pasar de largo. Desde nuestra perspectiva neotestamentaria nos vienen a la mente: Isabel al reconocer rápidamente en María a “la madre de mi Señor” y Juan, el discípulo amado: “es el Señor” ¡ Felices los intuitivos, los y las que reconocen al Señor en medio de las normales circunstancias de la vida y en quien pide posada!

Y Abraham después de pedirle al Señor que entre en su casa les ofrece toda la acogida propia de la hospitalidad oriental, tan llena de detalles por la experiencia que se tiene de lo que significa andar por caminos desérticos y polvorientos: les hace descansar, les lava los pies, hace preparar el pan, mata el mejor ternero que hace guisar a sus sirvientes y que luego él mismo sirve. Lo hace corriendo, por tres veces usa el texto el verbo correr. Gozosamente lo da todo. Y lo más bello: Dios hecho caminante, pobre, necesitado acepta compartir familiarmente con su amigo Abraham. ¿No se sienten ya los preludios de la encarnación? Y si contemplamos el cuadro de Rublev ¡cuántas cosas se descubren de nuestra espiritualidad eucarística, trinitaria, eclesial y secular!!!

Todo invita a la apertura, a la desinstalación, a dejar nuestros “arboles” bajo los cuales estamos acomodados/as, a matar nuestros “gordos terneros”: es la única manera de entrar en el misterio: ¿son Tres… es Uno…? Y recibir el Don: Dios no se deja ganar en generosidad: a Abraham y a Sara les viene la promesa cuyo cumplimiento no tardará, promesa por otra parte, que exige fe y confianza absoluta. A pesar de las apariencias podemos ver “milagros” en este momento concreto de nuestra historia.

Y el evangelio de Lucas no es menos sugerente. Marta anda presurosa, agobiada, quiere atender lo mejor que pueda a Jesús, el amigo que llega con tanta libertad y familiaridad a su casa. Pero Marta está atribulada y se pone nerviosa viendo que su hermana no colabora con ella. Podemos imaginar lo que estaba pasando por su mente. La confianza que tiene con Jesús le hace surgir la queja. Y Jesús –que tiene siempre a flor de labios el mensaje evangelizador- le dice con todo cariño: “Marta, Marta…. una sola cosa es necesaria, María ha escogido la mejor parte”. Una excelente lección del Maestro que él va por delante en practicar.

Porque, efectivamente, cuando se trata de acoger a Dios –Marta sabía que Jesús era el Hijo– la primera ley es la escucha: “escucha Israel….”. Antes que nada, hay que hacerse discípulo, discípula, sentarse a los pies del Maestro para asimilar sus palabras que son Palabra de Dios. Esto es escoger la primera y mejor parte, la que va a conducirnos a la identificación con el pensar y sentir de Jesús, la que va a impulsar la acción evangelizadora, la que nos va a hacer hospitalarias, samaritanas, compasivas y misericordiosas, la que nos va a capacitar para darlo todo, aprisa y corriendo como nuestros protagonistas.

Con el salmo 14 pidamos al Señor que nos haga dignos de ser sus huéspedes. Que nos purifique el corazón para ser leales, justos, honrados. Así podremos entrar en su santuario para adorarlo, bendecirlo y alabarlo.

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