“La Lámpara de la Sabiduría’”
Domingo XXXII TO.
Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Rwanda

“La Lámpara de la Sabiduría’”
Domingo XXXII TO.
Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Rwanda

 

Textos Litúrgicos.
Sab 6,12-16;
Sal 62;
1Tes 4,13-18;
Mt 25,1-13

Despertad, velad, sed lúcidos, asumid horizontes en la vida, tened vuestra lámpara encendida… No es fácil escuchar hoy este mensaje. Hemos perdido cierta capacidad para vivir algo intensamente de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo. La impotencia, la resignación, la indiferencia… nos adormecen. Sólo lo nuevo parece interesar como una ráfaga repentina que dura poco más de un minuto.

Estamos asediadas de mensajes como ‘el mundo es como es’, ‘las cosas son así’, ‘no se puede hacer nada’… Mensajes que intentan apagar nuestras lámparas y que no busquemos aceite, para qué, si todo va a seguir igual. Una y otra vez la ideología dominante quiere que veamos lo que acontece como algo que no puede ser de otro modo, invita a la resignación, a permanecer dormidas, a la penumbra. Y cuando se impone la desolación, no queda espacio para la reflexión.

Pero la lámpara de la sabiduría no nos deja instalarnos cómodamente en el sofá, nos espolea; es una sacudida al conformismo que atrinchera a los seres humanos en su pequeño mundo, se articula como palanca de acción que intenta cambiar las cosas. La luz de esta lámpara nos lleva a la reflexión personal y compartida, al pensamiento crítico, a la pregunta que nos incomoda, a abrir una nueva senda para el compromiso. La luz de la sabiduría nos ilumina para resistir frente a la teoría de lo inevitable, para encontrar y enfrentar el punto débil del ‘siempre se ha hecho así’ porque, es verdad, las cosas se pueden hacer de otro modo mucho mejor.

La lámpara de la sabiduría permite la necesaria paciencia para hacer acopio de información, para personalizar y pensar por una misma, hombre o mujer, para formarse una opinión propia, para dialogar. Nos permite preguntarnos, buscar respuestas, pensar de forma crítica y autónoma. Nos ilumina para detenernos y tomar conciencia de lo que sucede por nosotras mismas. No podemos pasar de largo, no podemos callar. No podemos no querer ver.

La lámpara de la sabiduría nos ilumina para pensar un nuevo mundo más justo y para ello es preciso derribar el antiguo. No sirven parches. Para soñar futuros posibles hay que decir no al fanatismo que reduce a los seres humanos a objetos de consumo rápido. La luz de la sabiduría nos impulsará a sacar la cabeza del ala y vislumbrar utopías que ya nos acompañan y abren nuevos caminos.

La lámpara de la sabiduría nos permite ver y leer el mundo desde la perspectiva de las víctimas, y nos impulsa a desbloquear la inercia dominante del fatalismo histórico y su trampa, que se alimenta del aceite de la resignación y la indiferencia. La luz de la lámpara se torna fuego que señala la injusticia y el atropello, por lo que convoca a las gentes a salir de la oscuridad, a la movilización, a organizarse, es decir, aglutina otras lámparas en aras de una acción colectiva.

Esta lámpara de la sabiduría no es mágica, no es la de Aladino, es una lámpara que requiere el aceite de nuestro mejor esfuerzo personal, de nuestro empeño terco y permanente de que se puede avanzar en la dignificación de nuestro mundo y apostar, con generosidad, lo más excelente de una misma a su realización.

La lámpara de la sabiduría no lo puede todo, pero alumbra el derecho vulnerado y se queda iluminando al expulsado, al sobrante, a la que le han robado el futuro, a los pueblos empobrecidos…

La luz que se adivina al final del túnel no viene de fuera ni se regala, antes bien, es el resultado de la superación de los afectados y afectadas y del lampadario que forma el coraje emprendido de forma activa y esperanzada en la mejora de nuestro mundo de muchas lámparas anónimas.

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