La paz es el camino

lunes, enero 28th, 2013

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

El reloj suena, el reloj humano y el de Dios suena. Es la hora de la paz. Y cuánto necesitamos esa paz. En la actual situación nuestra vida es una vida amenazada. Vivimos angustiados. Nos sentimos frágiles. Hay muchos conflictos. Hoy los Estados padecen guerras que desencadenan las organizaciones terroristas y otras las provocan los Estados para prevenir la misma guerra. Las multinacionales de las armas florecen. Aparece el choque de las civilizaciones. Sufrimos la violencia en la vida ordinaria de nuestras relaciones, en la calle, en el trabajo. Es fácil recurrir a la violencia para hacer valer el propio interés o para hacer notar la presencia…

Sin embargo, existe y se constata otra realidad: el anhelo interior de paz de muchos hombres y mujeres y cómo empeñan su vida por ella. La paz no es sólo un don del que disfrutar en nuestro interior o en los reducidos grupitos de los que nos sentimos afines. La paz es una realidad social que debemos construir entre todas y todos. Es llegar a disfrutar de una convivencia armónica y respetuosa en la que cada persona o grupo pueda ejercer sus derechos, manifestar sus preferencias y opiniones, disfrutar de sus libertades sin que ninguna diferencia se anteponga a la dignidad e igualdad fundamental, una convivencia en la que los conflictos se resuelvan de forma no violenta. Como decía Ghandi: “No existe un camino hacia la paz. La paz es el camino. Los fines están en los medios como el árbol en la semilla”.

Y esa construcción comienza por el corazón de la persona. Porque en el corazón se genera la violencia, de él proceden el orgullo y la prepotencia que la engendran. Necesitamos parar la espiral de violencia que se inicia desde el fondo de nuestro interior y desarmar nuestras conciencias. Pero La construcción de la paz no se agota en el interior, pasa por la comunidad cristiana, por la Iglesia. Una Iglesia que sea capaz de superar los conflictos que existen en su interior y posibilite el que puedan sentarse todas y todos alrededor de la mesa para dialogar: mujeres y hombres, laicos y clero, jóvenes y adultos. Una Iglesia que aúna esfuerzos con toda la gente que busca la paz.

La construcción de la paz pasa también por el difícil terreno de las relaciones sociales. Y va precedida por la justicia. Para garantizar la paz es necesario luchar por el derecho al trabajo, a un salario digno, a unos ingresos mínimos de subsistencia para quienes no puedan trabajar, a la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación, la salud… Sólo cuando pongamos en pie estructuras en las que se exprese la dignidad de cada persona, la condición de iguales de hermanas y hermanos, se podrá hacer realidad la paz que deseamos. También con la naturaleza tenemos que reconciliarnos para que reine la paz sobre la tierra. Y para eso es indispensable abandonar la actitud de dominio y de explotación con que nos relacionamos con ella y aprender de nuevo a mirarla con ojos contemplativos que sepan descubrir su belleza, comulgar con sus energías y desarrollar sus posibilidades.

Pero… al final… más allá de todos nuestros deseos, más allá de todos nuestros propósitos, más allá de todas las estrategias, nos vemos en la necesidad de volver los ojos hacia este Jesús que se nos hace presente en medio de la comunidad y clamarle “cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Que, junto a los mayores esfuerzos, ésta sea la oración más repetida.

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