Los grupos Vida y Paz un camino de fraternidad

jueves, octubre 24th, 2019

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Llega el otoño y con él iniciamos el curso los grupos Vida y Paz de Alicante, Valencia, Barcelona y Ciudad Real. Y lo hacemos, como viene siendo habitual, con un encuentro más largo de reflexión, oración y merienda compartida para caldearnos el corazón y empezar con fuerza y deseo la nueva etapa. El tema que nos convocó esta vez fue: Los grupos Vida y Paz un camino de fraternidad en el mundo. Y lo formulamos como afirmación y anhelo; como sí pero todavía no del todo.En el mundo de hoy, aquí y ahora, los grupos Vida y Paz pretendemos ser un camino de Fraternidad en el mundo… y para el mundo, es decir, un camino que sea un seductor ofrecimiento del Evangelio de la Fraternidad para la humanidad; capaz de contagiar la certeza cristiana de que ser hermana o hermano es la vocación escondida, pero no perdida de la condición humana.

En nuestro encuentro meditamos los textos bíblicos que nos hablan de fraternidad y de Dios Amor. El P. Cornelio, fundador de Vita et Pax, nos recordaba en sus escritos que“Dios es Amor (1Jn 4,7-21) y Él nos amó primero. Amemos al Amor. Dios se revela como Padre tan apasionadamente amador de sus hijos, que hace que un mismo amor abarque al Padre y los hijos. No aceptará como amor a Él, el amor que se quiera separar de ELLOS”.

Pero, antes que esfuerzo y construcción, la fraternidad es un don de Dios.Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y aceptando recibir. Damos gracias a Dios por lo que él ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos y hermanas que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por lo que no nos da, sino que le damos gracias por lo que nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano.

Reflexionamos largamente la exhortación que hace el Papa Francisco a no dejarnos robar el ideal del amor fraterno: «Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! […] A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis (Jn 17,21) […] Al menos digamos al Señor: “Señor, yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella”. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!»(EG 98-101).

Tomamos más conciencia de nuestra misión, sencilla y esencial a la vez, dentro de la sociedad en la que vivimos, porque a estas alturas del siglo XXI la urgencia de comunidades fraternas se ha convertido en la primera de las urgencias eclesiales. A ello han contribuido especialmente que vivimos en una cultura marcada por la señal de Caín: el sistema económico mata, como ha denunciado el Papa, ante la indiferencia de la mayoría de los seres humanos. Millones de hombres y mujeres no padecen la «muerte del morir» sino la «muerte del matar».

«Las venas abiertas» del mundo reclaman propuestas reales de fraternidad que las suturen y pongan fin a esa hemorragia incontenible de vidas humanas que esta humanidad sufre, y que ningún discurso es capaz de detener. La fraternidad entre los seres humanos y los pueblos que habitan la Tierra es imprescindible para enfrentarse a esa “leucemia” del individualismo posesivo y mercantilista que tanto debilita la libertad y la igualdad.

Y va a ser el propio Padre Cornelio quien nos deje la tarea para este curso: “Que no pase ningún día de nuestra existencia sin que nos interpelemos de verdad, si a lo largo de la jornada que ha transcurrido, efectivamente, la preocupación suprema de nuestra actividad ha sido la de dar ese testimonio de amor al estilo de cómo lo dio Jesucristo por nosotros”.

 

 

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