María se puso en camino y fue aprisa a la montaña

lunes, diciembre 17th, 2012

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla (Navarra)

Domingo 4º de Adviento, Ciclo C

Durante toda la semana, los evangelios nos han ido relatando la gestación de dos personas que van a ser fundamentales en la Historia de la Salvación: Juan el Bautista y el personaje central, Jesús de Nazaret; pero hoy las protagonistas principales son María e Isabel, sus madres.

Las dos mujeres están habitadas por el Espíritu, han acogido su presencia con un corazón abierto y dispuesto; y las dos son conscientes de que algo extraordinario están viviendo. Su amistad no les viene solamente por su parentesco, sino porque tiene como base la misma comprensión de la vida y, lo más importante, están siendo consecuentes con su “sí”.

El camino recorrido que el Señor les iba marcando era muy difícil, tenían sus resistencias, sus incomprensiones: Isabel, mujer estéril y de edad avanzada, junto con su esposo Zacarías, “eran justos ante Dios y caminaban sin faltas según los mandamientos y leyes del Señor”. Sufren porque no pueden tener hijos, pero al cumplirse la promesa que el ángel del Señor le hizo a su esposo Zacarías, Isabel concibió y vivía en la montaña en un pueblo de Judá como nos dice el evangelio de hoy.

María recibió el anuncio de su concepción por medio del ángel; al igual que Zacarías, tampoco María entiende nada, y seguro que las respuestas y aclaraciones del ángel a sus preguntas no le aclararían demasiado. Pero sí que sintió esa presencia del espíritu, la acogió y dijo: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Ahora llega el tiempo de la respuesta, la llamada de Dios no es para quedarse embelesados/as y sentirte especial, sino para salir corriendo allí donde te necesiten, sin medir el día ni la hora, sin pararte a pensar en  los kilómetros que te separan del lugar donde eres necesaria “se puso en camino y fue aprisa a la montaña”. Olvida su situación, sus problemas, apremiada por las necesidades de su prima Isabel.

Esta actitud de María nos invita a salir de nuestra comodidad, a estar atentas a las necesidades que nos rodean y a actuar con urgencia ante las situaciones que no pueden esperar más. Si dejamos de ser el centro de nosotras mismas, tendremos una mirada mucho más lúcida para detectar las necesidades de las/los demás y el encuentro se dará. No de una manera superficial, sino en profundidad  y, como Isabel, descubriremos a quien tenemos delante, y el misterio que encierra.

A partir del saludo de María a Isabel, toda la acción la desarrolla Isabel. Su hijo Juan da saltos en su vientre, se llena del Espíritu Santo y eso provoca las alabanzas a María y el reconocimiento de que el hijo que lleva en su vientre es el Señor. Por eso termina con una alabanza: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

Las cosas más sublimes se realizan en la cotidianidad de la vida, solo hace falta abrir bien los ojos y el corazón para descubrir la grandeza de tanta gente sencilla que nos rodea y que vive entregada a los demás sin esperar ningún reconocimiento. Ahí están las semillas del Reino que se dan en la búsqueda sin descanso de un mundo más justo, más pacificado, menos agresivo.

Este encuentro es una llamada a la esperanza, a aceptar la Palabra, a creer que, cuando nos disponemos como María y desde la fe respondemos: “Hágase en mí según tu Palabra”, empezamos a comprender mejor el mensaje de Jesús y su proyecto del Reino de Dios. María e Isabel nos invitan a la alegría y a la esperanza por su próxima maternidad.

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