Mi madre

Mi madre

Por:  M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Todos los Santos, Ciclo B

Algunas veces en la vida nos sentimos sorprendidas por sus quiebros y nos damos de bruces contra lo inevitable. Son sucesos que nos desvelan la fragilidad en la que vivimos, que nos desnudan de los ropajes de la inconsciencia con los que a menudo nos revestimos y, de algún modo, nos abren la puerta a un paisaje nuevo. Para quien escribe, esta celebración de Todos los Santos es diferente a las celebraciones de otros años. Hace unos meses murió, repentinamente, mi madre. Este acontecimiento me hace mirar con ojos diferentes esta festividad. Tal vez porque estoy convencida que esta vida de ama de casa, sencilla y anónima, la de mi madre, también la celebramos hoy.

La muerte nos descubre que la vida es un regalo, un regalo fugaz, un soplo, porque somos un junco a la orilla del río de la vida que se puede quebrar. Un junco que piensa, decía Pascal. En momentos como éste nos encontramos mirando para el lugar equivocado, con el paso cambiado, abrigados solamente por nuestra esencial desnudez, regalados con nuestras carencias, enriquecidos por la fragilidad en la que nos reconocemos.

Sin embargo, es una gracia descubrir que la fragilidad es la puerta que se nos abre, el umbral por el que tenemos que atravesar para ser felices, porque si no la atravesamos seguiremos soñando ilusoriamente una vida inconsistente que se apoya sobre sí misma. Si no queremos entrar por esta puerta estrecha, como nos aconseja Jesús en el Evangelio, dejaremos pasar la ocasión y nos tendremos que resignar a vivir malamente hasta la próxima vez que la propia vida nos vuelva a alertar.

La festividad de hoy quiere profundizar en este sentido. La vida de las personas que llamamos santas son pequeñas biografías de mujeres y hombres que, desde su propia fragilidad, con sencillez, pretendieron ser buenos como Dios es bueno, sin conseguirlo plenamente. Todas ellas son reales como la vida misma. Sus protagonistas no son héroes, ni poseyeron poderes fantásticos. Sin embargo, como ha dicho, bellamente, Javier Vitoria, son historias que hacen correr rumores sobre la presencia del Dios de la Vida por nuestro mundo.

Su permanente recuerdo se convierte en suave invitación a cambiar el modo de pensar y de vivir, en provocadora incitación a verificar en la vida propia la verdad de la realidad que esas historias narran. Y todo ello porque la calidad humana de sus protagonistas posee un potencial de seducción y de contagio que anima a caminar libremente en su seguimiento y a acoger la salvación de Dios en la historia, aunque ese camino acarree peligros y dolores.

Sus historias dan fe de que las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy se cumplen. Las ocho bendiciones no son ocho preceptos o normas éticas que tengamos que llevar a cabo. Son ocho gritos de “¡Ánimo, aúpa, bien por vosotros y vosotras!”. Son el aliento del mismo Dios para nuestra vida en medio de sus dificultades. No son las obligaciones para aceptar su programa, sino que son, más bien, las ocasiones, las oportunidades, que se nos brindan, las puertas por las que cada uno puede entrar en el Reino de Dios.

De la misma forma que los ciegos ven, los cojos andan o los leprosos quedan limpios, también se proclama la felicidad a los pobres, los sencillos y afligidos. Desde ahora se nos anuncia que denunciar la injusticia, trabajar por la paz, cultivar un corazón limpio, ser generosa de corazón y todo lo demás, dejan de ser maldiciones y se convierten en bendiciones, en una ocasión, o mejor dicho, en ocho ocasiones para degustar la felicidad y vivirla.

No vamos a ser ingenuas, el camino así emprendido no resulta nada fácil y nuestro tiempo no da para ensordecedores clamores de Dios. No obstante, las historias de estas personas santas nos sintonizan con esa frecuencia que permite escuchar los ecos del silencio tenue de Dios. Compartir el camino con esas historias actúa como un colirio que dilata las pupilas de los ojos para ver y descubrir, como los discípulos de Emaús, a Dios en la oscuridad. Sus historias, tan vulnerablemente humanas, nos permiten recuperar un poco la esperanza en los seres humanos. Yo he tenido el gran privilegio de compartir, no sólo la historia, sino también la vida con una de ellas. ¡GRACIAS  MADRE!

Menú
Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies
Translate »