Nos cambia la vida

Nos cambia la vida

5º Domingo del T.O. Ciclo B

Por: Santiago Aparicio. Zaragoza (Publicado en Eucaristía)

Un hombre para los demás

Jesús siempre está atento al prójimo y especialmente a quien más lo necesita. Su mirada sagaz descubre el interior de cada persona y no pasa de largo, sino que se detiene ante cada uno. Ciegos, cojos, lisiados… son destinatarios privilegiados de su atención. Pecadores y endemoniados son receptores de su perdón. Extranjeros y paganos son puestos como ejemplo para todos. La vida de cualquier persona parece más importante que la suya propia. Siempre vive en función de los demás. Por si fuera poco, cuando ha estado un tiempo en un lugar, continúa su camino. No quiere vivir de la fama ni de los aplausos. Su vida es para los demás, es su convicción y la constante de su camino. Que nadie se quede sin escuchar, ver y sentir la grandeza de la Buena Nueva.

Un Dios que vela por sus hijos

Todo aquel que se encuentra con Jesús queda transformado. Su vida cambia. El encuentro con Jesucristo es el encuentro con el Mesías, con el Salvador, con quien «da vida y vida en abundancia». Su actividad sanadora nos presenta a un Dios que está más implicado en los sufrimientos cotidianos de lo que podíamos esperar. Dios vela por sus hijos y quiere su felicidad. La de todos y la de cada uno. Que nadie se quede sin experimentar el poder curativo del encuentro con el Señor. Curados de su enfermedad, libres de sus limitaciones, perdonados de sus pecados, aceptados en la sociedad…, todos son transformados. Jesús nos muestra el rostro misericordioso y acogedor de Dios que generación tras generación transforma nuestra existencia y nos libera de aquello que no nos deja vivir. Es la fe, saber y sentir que siempre estamos en las manos de Dios, aunque pasemos por cañadas oscuras.

Una Iglesia que anuncia el Evangelio

La comunidad cristiana lo entendió muy bien. No podemos ocultar este tesoro. No podemos enterrar la Palabra y la Acción del Señor. La Iglesia está al servicio del Evangelio y se hace servidora de la humanidad proclamando la presencia y la misericordia de Dios. No es una imposición, no es una campaña publicitaria, no es una moda… La Iglesia, y los cristianos, no podemos silenciar la memoria y la presencia de Jesucristo hoy. Negaríamos nuestro ser. La Iglesia existe para continuar con la tarea del Señor. En cada tiempo vivimos una situación nueva, una realidad distinta, una problemática diferente. Nuestro anuncio del Evangelio no es una mera repetición de fórmulas aprendidas… es la actualización del mensaje de Cristo. Nuestros contemporáneos están deseosos de ver la evidencia de la fe en nuestras palabras y en nuestros actos. No solo en las palabras y acciones de toda la Iglesia, sino en la vida de cada cristiano. Nos hemos encontrado con el Señor y hemos sido transformados.

Unas personas transformadas

Como Jesús, también nosotros nos apoyamos en Dios. La oración comunitaria y personal es garantía de fecundidad. Queremos cuidar el encuentro de fe con Dios y dejarnos cautivar por Él. Que Dios nos ayude a escuchar su Palabra y a ser dóciles a su llamada; que sepamos reconocer su acción en nosotros y seamos valientes para compartirla con los demás, que vivamos la alegría del Evangelio y seamos audaces para anunciarlo.

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