«Por sus Obras los Conoceréis» III Domingo de Cuaresma.
Por: Francisco Gijón. Escritor. Alicante

«Por sus Obras los Conoceréis» III Domingo de Cuaresma.
Por: Francisco Gijón. Escritor. Alicante

Textos Litúrgicos:

Ex 20,1-17
Sal 18
1Cor 1,22-25
Jn 2, 13-25

Este tercer domingo de Cuaresma la Iglesia escoge un pasaje actualísimo que nos ofrece dos puntos cruciales para reflexionar. El primero es la devaluación de la práctica religiosa a parámetros mundanos y el segundo la importancia de que Cristo cumpla su promesa y resucite al tercer día. En su primera carta a los Corintios, San Pablo nos señalará, años después de la escena que nos describe hoy San Juan, que si Cristo no ha resucitado «vana es nuestra predicación y vacía también nuestra fe» (I Cor. 15, 14-15); y a continuación nos advierte de que, en tal caso, seríamos falsos testigos de Dios porque estaríamos dando testimonio en Su contra.

Si, como San Juan de la Cruz afirma, «al atardecer de la vida, nos examinarán de amor», sería muy conveniente una autoevaluación periódica de nuestra formación en ese Amor que sólo puede derivarse del absoluto convencimiento de que la Segunda Persona de la Trinidad levante al tercer día el templo de su cuerpo. Por otra parte, en el Evangelio más periodístico de los cuatro, Lucas se hace eco de una advertencia muy directa del Señor acerca de los falsos profetas: «por sus obras los conoceréis».

Hagamos un análisis inverso basado, no en el Evangelio de hoy, sino en nuestra actitud ante el mismo. El Señor arremetiendo primero contra quienes han convertido el templo de todos en un mercado de transacciones y anunciando después que su autoridad procede de que Él levantará Su templo en tres días. Porque el templo es Él, del mismo modo que la Santísima Virgen María fue su primer Sagrario. Lamentablemente, el riesgo de que nuestro seguimiento de Jesús sea equívoco siempre ha estado ahí. La laxitud resulta contraproducente para la Iglesia. Si hay algo que no hace Jesús en ninguna página del Evangelio es encogerse de hombros ante las injusticias (acaso podemos interpretar que lo haga sólo una vez: cuando la injusticia se comete contra Él). Si nuestro objetivo es convertir nuestras vidas en una imitación de Cristo Jesús, tanto más nos acercaremos a Su persona cuanto más nos pongamos en Su lugar y contestemos a la pregunta primordial: ¿qué haría el Señor ante esta circunstancia que la vida me presenta? La respuesta completa puede que tardemos en encontrarla, pero la sencilla viene de inmediato: no callarse. Al encomendarnos que fuésemos a predicar el Evangelio, lo que nos pidió fue que no estuviésemos callados y encerrados en nuestras casas, en nuestras parroquias, en nuestras reuniones asamblearias, así como que, dentro de ellas, fuésemos activos y vivificadores. Eso y que fuésemos reconocibles por nuestras obras. El Señor que denuncia la injusticia, que proclama las Bienaventuranzas y que cumple con su promesa de resucitar al tercer día, haciendo así valedera nuestra fe, es el que prefiere al pecador de la calle antes que al fariseo, que es un negligente religioso de alto standing; pero también es el que nos quiere activos en todo momento. Dúplice mensaje: Jesús nos quiere sencillos pero dinámicos para que por las arterias de Su Iglesia circule con alegre palpitación el torrente de la santidad. Nos conmina a que seamos valientes y nos da la más valedera de todas las razones: Él.

Dios ha entrado en la Historia del hombre para que el hombre entre en la divinidad con Dios. Ya no hay excusas para no rechazar el poder mundano y aspirar a lo eterno que se nos promete. Cristo en nuestras vidas marca el fin de la religión de poder, de la religión mercantil, del toma y daca, del intercambio supersticioso de sacrificios por bendiciones. Sólo así vendrá a nosotros Su Reino. Porque el encaje de la Fe dentro de los parámetros humanos no sólo nos aleja de Dios en un suspiro, que es el suspiro que nos delatará cuando, al atardecer de la vida, nos examinemos de Amor; es que además nos conduce inexorablemente a dar testimonio en Su contra, esto es, como dice San Pablo, a ser falsos testigos.

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