Que Él sea mi asombro cotidiano

Que Él sea mi asombro cotidiano

Domingo 2º de Pascua, ciclo B

Por: Rosa María Belda Moreno. Grupo Mujeres y Teología de Ciudad Real.

Nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hechos de los Apóstoles 4, 32-35).

En el grupo de los creyentes había una sintonía especial, nos dicen las Escrituras, y es que la vida al lado de Jesús deja una marca imborrable, la de los que quieren que el Reino sea posible aquí y ahora, en este mundo. El testimonio de la Resurrección empieza por algo muy tangible: Que nadie pase necesidad. Esto se consigue, no de cualquier manera, sino poniendo lo nuestro a disposición, no llamando mío a nada de lo que tengo. Jesús no es vanidad, es sencillamente propuesta de que todos encuentren a través suyo, el rostro de Dios. A veces estamos paralizados, pensando en el momento en el que haremos obras grandiosas. Sin embargo, basta con dar lo tuyo, lo que tienes, lo pequeño, que te desprendas de todo y así, desnuda de ataduras, seas capaz de sentir el clamor de los que sufren.

No solo con agua, sino con agua y sangre” (1Juan 5, 1-6)

En esta carta, Juan llama a cumplir los mandamientos como signo del amor a Dios. Pero estos mandamientos no son pesados, nacen de Dios, de ese Dios que ama, no tienen nada que ver con la vieja ley sino con la novedad del amor. Los que creemos en Jesús, Hijo de Dios, nos apoyamos en alguien que no ha venido solo con la inocencia del agua, sino que ha venido con sangre. Ha sufrido, ha atravesado el dolor, ha sido maltratado. La humanidad de Dios es patente también en la Resurrección. Es ese Dios que está con los hombres y mujeres en sus tragedias y muertes. Ese y solo ese, es el Dios en el que creemos.

Paz a vosotros, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Juan 20, 19-31).

Jesús, se presenta en medio de los discípulos escondidos, con miedo a los judíos, aquellos que abandonan a Jesús en la cruz, y les dice, tres veces en este texto: “Paz a vosotros”. ¿Nos atrevernos a dejar que esta llamada a la paz penetre en el corazón de cada una, en lo profundo de nuestra vida? La paz de Dios llega a nuestro corazón en medio de las exigencias propias y ajenas, en medio de lo que ahí fuera pasa, que nos aprieta y nos persigue de mil maneras. Podemos elegir entre dejarnos arrebatar la posibilidad de vivir el presente con plenitud, o dar lo mejor de una misma en cada gesto cotidiano. Son demasiadas cosas que nos hacen vivir expropiadas, dejando a Jesús de lado. La paz significa traer a Jesús al presente, a la faena de cada día, a mi presencia total en cada minuto cotidiano.

Jesús Resucitado da un paso más: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. El perdón es el don de los dones, el mayor don, ese que solo es posible en el corazón habitado por Dios. Solo dejando que Dios sea Dios en mí, experimento la Resurrección, y esto ocurre cuando dejo atrás los viejos fardos, me perdono a mí misma por tantos abandonos, y dirijo una mirada de perdón y de reconciliación al mundo.

El gesto de Tomás, símbolo del incrédulo, es fácil que sea el nuestro. ¿Quién puede creer sin comprobar, sin evidencias, sin agarrarse a una teoría? Tal vez la paz y el perdón que propone son el camino, pero Dios ofrece más posibilidades, no se cansa y espera una y otra vez, para quien no cede en dejarse abarcar por Él. Abre el costado de la creatividad, y expone las llagas de sus manos como nuevas oportunidades para creer más, para afianzar nuestra fe.

Ojalá, en este tiempo de Pascua podamos decir una y otra vez: “Señor mío, Dios mío”, cada mañana y cada anochecer, en cada frustración y en cada éxito, en cada caída y en cada reencuentro… Que Él sea mi asombro cotidiano.

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