Retiro de Adviento 2018

Adviento:

Tiempo para soñar, tiempo para vivir

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Puede que los sueños estén desprestigiados. El viejo calificativo de “soñadora” no dice bien de una persona. Y, sin embargo, no podemos vivir sin sueños. Es la señal de que estamos vivas. Solamente los muertos carecen de sueños. El sueño es una energía, una fuerza, algo que sale de dentro, que nos sostiene e impide que nos quebremos. No importa si el sueño se cumple o no, tenerlo ya es una suerte. Los sueños nos hacen seres resistentes.

Quien no sueña no vive. Sin los sueños la humanidad se habría extinguido, nosotras no existiríamos… Nos conviene, por tanto, alimentar, cuidar, sostener sueños, por razones de humanidad.

En este momento de nuestra historia más de una vez nos encontraremos en el dilema de optar entre administrar nuestra fragilidad o soñar preparando el futuro. De ahí la necesidad de ser conscientes de que la realidad no es solamente lo que somos, sino lo que queremos hacer con lo que somos. Es muy importante despertar los sueños dormidos del corazón.

Por experiencia sabemos que, generalmente, nuestros sueños son pequeños, humildes, se adaptan a lo cotidiano. Pero, de cualquier manera, en esos sueños se amasa nuestra vida. Son su esqueleto. Sin ellos, nuestra vida se derrumbaría. Por eso resulta preciso mirar con aprecio el mundo de nuestros sueños.

Somos personas soñadoras no ensoñadoras. Un sueño es un dinamismo que nos lleva a poner a funcionar algo nuevo, ha de ir acompañado de un evidente arremangarse para tratar de ir tras él; una ensoñación, por el contrario, es un anhelo que, al no ir acompañado de un esfuerzo por conseguirlo, se queda vacío. Los sueños se pueden alimentar, como toda realidad viva. Un sueño alimentado, aunque sea poco, tiene futuro; un sueño no alimentado se esfuma.

Este Adviento 2018 nos vamos a proponer alimentar nuestros sueños, soñar lo que Jesús soñó.

  1. Los grandes sueños

Somos herederas de una rica tradición de grandes sueños, no en vano algunas hemos nacido en la tierra de D. Quijote, y es enriquecedor que estén como telón de fondo de nuestros humildes y concretos sueños. Son sueños que no han sido únicamente anhelos, sino que hay detrás personas que se han empeñado y empeñaron sus vidas en ellos. Recordamos algunos:

1.1. Personas soñadoras bíblicas

“Ahí viene el soñador”, dijeron los hermanos de José al verle venir hacia ellos. No es el único personaje al que la Biblia relaciona con sueños. Soñó Abrán que Dios lo bendecía aunque aún no había recibido su nombre definitivo (Gn 15,12); soñó Jacob y vio una escalera que comunicaba el cielo con la tierra (Gn 28,12); soñó el Faraón y vio vacas gordas y vacas flacas pastando junto al Nilo (Gn 41,1­3); soñó Nabucodonosor y se agobió tanto, que buscó a Daniel para que le explicara su pesadilla (Dn 2,1); soñó Joel con un pueblo en el que iban a profetizar jóvenes y muchachas (Jl 3,1). Zacarías soñó cómo sería la vida si Dios reinase (Za 8,4-5): ancianos y niños, los extremos débiles de la humanidad, podrán estar a sus anchas en las plazas de Jerusalén. También el profeta Isaías expresa bellamente su sueño en el que Yahveh promete hacerlo todo nuevo, el pasado será totalmente cancelado (Is 65,17­19).

En el NT sueña José y se despierta decidido a llevarse a María a su casa (Mt 1,20); sueñan los Magos y, al cambiar de camino en su retorno, se libran de los desvaríos de Herodes (Mt 2,12); vuelve a soñar José y salva a María y al Niño de la locura homicida de Herodes (Mt 2, 13), en otro sueño, descubre que ha llegado el tiempo de volver a Nazaret (Mt 2,19); sueña la mujer de Pilato y su sueño la alarma porque están condenando al Inocente (Mt 27,19).

Y dando un paso más podríamos decir que Dios tiene sus sueños: el gran sueño de la fraternidad, el Reino de Dios, la reconciliación… Y, sobre todo, el gran sueño de la encarnación, este loco sueño de Dios de querer nacer en la sencillez de lo humano, enamorado de la vida y apasionado por la humanidad. Seguimos a alguien que se ha hecho carne, cuerpo, y que entregará ese cuerpo y su sangre para la vida del mundo y lo hace como expresión de un amor y una libertad insospechada. Somos el rostro del sueño de Dios. Un Dios que ha quemado las naves viniendo “de su cielo” a nuestra historia, a hacer de lo nuestro, su verdadero cielo.

La encarnación es el riesgo de Dios en la historia, Dios que llama a las puertas del corazón y a la responsabilidad humana. Podríamos vivir este año el Adviento como el tiempo en el que contemplamos el sueño que Dios acaricia: el de unirse a nuestra humanidad para que esta humanidad, tan humilde, cobre otro brillo, otra luz y tenga horizonte. Esto nos unirá con los sueños de todas las personas, en especial, con las de quienes están peor.

1.2. Personas soñadoras actuales

  1. Martin Luther King: ¡Tengo un sueño! un solo sueño, seguir soñando que nuestros hijos lleguen a vivir en un país donde no se les juzgará por el color de su piel sino por su forma de ser.
  2. Obreras de Massachussets 1912: ¡Queremos pan, pero también queremos rosas! nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte, los corazones padecen hambre al igual que los cuerpos ¡queremospan, pero también queremos rosas! Mientras vamos marchando, gran cantidad de mujeres muertas van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan. ¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por las rosas! Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte.
  3. Etty Hillesum: Voy a ayudarte, Dios, a no apagarte en mí, pero no puedo garantizarte nada por adelantado. Dios mío, estos tiempos son tiempos de terror. Sin embargo, hay una cosa que se me presenta cada vez con mayor claridad: no eres tú quien puede ayudarnos, sino nosotros quienes podemos ayudarte a ti y, al hacerlo, ayudarnos a nosotros mismos. Esto es todo lo que podemos salvar en esta época, y también lo único que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío.
  4. Cornelio Urtasun (Fundador de Vita et Pax): ¡Señor Jesús: sueño con vivir de tu Vida! Yo jamás pensé en ser padre fundador, yo he sido un hombre, si se puede decir, que me he sentido

“atropellado ” por el Espíritu Santo, que me ha hecho ir por donde yo no hubiera querido y sobre todo por donde yo nunca pensé… Haz, Maestro que tu silueta se transparente radiantemente garbosa, a través de todas mis cosas y de todos mis pasos. Yo se lo dije con toda mi alma. En ello sueño noche y día.

  1. Joan Chittister: Quiero (sueño) un Dios que sea “Madre”. Estoy cansada del Dios-Padre legislador, con tiara y anillo. Quiero un Dios que sea energía fecunda portadora de vida. Mi vida. Directamente. No mi vida mediada únicamente por hombres que excluyen a las mujeres porque “Dios” les dice que lo hagan, por lo que “no tienen autoridad para cambiarlo”.
  2. Papa Francisco: Sueño con una Iglesia en salida. Con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.

 

  1. Los sueños en peligro

Y aquí seguimos nosotras, empeñadas unas veces en seguir soñando y otras sin pegar ojo, porque el futuro que entrevemos nos provoca insomnio y el presente en ocasiones también. Un gran peligro recorre hoy nuestra sociedad global y nuestro Instituto en particular: la desilusión, el desencanto… El realismo desencantado es un cáncer para los sueños. Por otra parte nos invade el utilitarismo, a veces, el “para qué” nos paraliza. ¿Para qué sirven los sueños? Pareciera que la respuesta de E. Galeano cuando habla de las utopías: “para avanzar”, ya no nos termina de convencer. Afortunadamente, si nuestros sueños son inspirados por Otro y no por fantasías, siguen ahí, tenaces y persistentes, sosteniendo nuestros desánimos y estimulándonos hasta que los hagamos realidad. En este tiempo de Adviento podemos repetir con la terquedad de Habacuc: “Aunque los campos no dan cosechas y no quedan vacas en el establo, yo festejaré al Señor gozando con mi Dios salvador” (Ha 3,17-18).

Los sueños permanecen, no mueren, aunque, haya épocas que estén algo apagados. Pero de repente rebrotan, surgen potentes, están ahí, arden debajo, son fuego oculto que pueden prender con cualquier brisa que sople, sobre todo, si esa brisa es la del Espíritu. Tiene razón el poeta cuando dice que “somos lo que soñamos ser”. Somos lo que soñamos, eso hace parte de lo que realmente somos y no habrá desencanto capaz de debilitar el dinamismo de los sueños y su manantial.

  1. Reavivar los sueños

Tal vez nuestra tarea en este tiempo de Adviento se concrete en reavivar el rescoldo de nuestros sueños, de los propios, de las compañeras y compañeros y de las personas con las que nos relacionamos. Reavivar para volver a recuperar el sentido de la vida y de la vocación, sacarle el gusto, otra vez, a nuestro vivir cotidiano, devolver la luz a nuestra mirada, volver a sentir el corazón en ascuas como los de Emaús…

  • Reavivar significa volver a nuestro manantial de vida, a nuestra fuente, que es nuestro Carisma y la experiencia de nuestro fundador y de las primeras compañeras. Y no sólo volver, sino revitalizar el don recibido. Regar las raíces de nuestra consagración para arraigarnos mejor en la rica tradición institucional de la que somos deudoras; sin raíces no hay alas.
  • Reavivar supone saborear, como buen vino, la opción de vida que hemos elegido. La vida nos urge a no perder la alegría. Soñar no es cuestión de juventud, sino de madurez. Porque, cuanto más conocemos y gustamos un estilo de vida, tanto más nos identificamos con sus modos y disfrutamos de sus posibilidades. Conocer y gustar son sinónimos de apreciar, de valorar, de saber sacarle el gusto a lo que somos y hacemos.
  • Reavivar quiere decir ahondar en la ternura al acercarnos a las personas, es decir, ahondar en el respeto, sensibilidad, en modos más dialogantes y menos impositivos en el encuentro y en la gestión de las diferencias. No criticar, no decir mal de las otras y otros.
  • Reavivar entraña no abandonar los grandes sueños. Porque sean grandes y nos parezcan casi inalcanzables o porque pensemos que son de cuando éramos jóvenes no los abandonemos. En este Adviento, seguir soñando el gran sueño de la fraternidad universal, el sueño de la justicia, el sueño evangélico de que desaparezca el llanto de los ojos de los pobres, el sueño de todos los estómagos colmados, el sueño de hacer retroceder la muerte causada por los seres humanos..
  • Reavivar significa despertarnos de la somnolencia de la indiferencia, del no sentirnos concernidas por el dolor y la muerte de nuestros semejantes, sobre todo, cuando son claramente evitables. Nuestro pecado ha repetido el Papa Francisco en muchas ocasiones es que nos hemos olvidado de llorar, de llorar por los otros y otras, por aquellas personas que no soy yo ni son los “nuestros”.
  • Reavivar es, independientemente de la situación en que me encuentre, decir NO. No a que la banca, pase lo que pase, siempre gane; no a la corrupción de una parte de la clase política; no a trabajos precarios que hipotecan la vida de nuestros jóvenes; no a un tipo de economía que mata; no a la cultura del descarte… Decir no es sacar la cabeza del ala y avivar los sueños que nos acompañan y abren nuevos caminos.
  • Reavivar exige despertarnos del letargo del bienestar, seguridad, consumo. que legitiman que el mercado sea más importante que la dignidad de las personas y que las vidas de unos valgan más que las de otros, dependiendo del dinero que tengan, color de piel o lugar de nacimiento. Jesús de Nazaret vino a despertarnos de esa modorra y desde entonces estamos amaneciendo.
  • Reavivar implica creer con firmeza en la posibilidad de un mundo mejor. Esto no es idealismo ingenuo. Decía un pensador que el mundo no es. El mundo está siendo. Y en ese estar siendo nosotras podemos introducir, aunque sea de manera muy sencilla, semillas de bondad.
  • Reavivar supone celebrar este gran sueño que es la encarnación del Señor. Celebremos acogiendo este hermoso sueño de Dios y acogiendo los nuestros. No hay sombra que pueda contra una persona que sueña. Que la Navidad ablande y alegre nuestra entraña humana para acercarnos al sueño de Dios.

Qué sueño me ha acompañado a lo largo de mi vida Qué sueños me propongo reavivar en este Adviento

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