Retiro Cuaresma 2015

lunes, febrero 9th, 2015

… os lo repito, estad alegres”: Flp 4,4

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Año tras año, con incuestionable regularidad, llega la Cuaresma y con ella trae asociadas toda una serie de palabras en la mentalidad creyente: conversión, desierto, tentación, oración, ayuno, limosna… Y este año, también, alegría. Los seres humanos estamos creados para la alegría… todos, todas y siempre. La alegría de vivir, del vivir con sentido, la alegría de la propia dignidad, la alegría de encontrar el lugar en el mundo… Este puede ser nuestro camino cuaresmal 2015: ser cristianos, hombres y mujeres, alegres.

El Papa Francisco no se cansa de invitarnos a la alegría, a quitar de nuestro rostro, de una vez por todas, la “cara de vinagre” (EG85). Ya mucho antes San Pablo nos invitaba e insistía en lo mismo: “Estad siempre alegres en el Señor…” (Flp 4,4). Pero cómo podemos estar alegres con la que está cayendo. Cómo estar alegres con la situación de dolor que vive nuestro mundo, con la crisis que estamos padeciendo, con el número de personas paradas que hay en nuestro país, con las vallas que separan y matan, con el hambre reflejado en la mirada de los niños…

Tanto San Pablo como el Papa conocen la situación de su época y, a pesar de ella, o, tal vez, junto a ella, nos siguen llamando a la “alegría”. Una alegría que no es euforia fácil, ni risa floja, ni ilusión superficial des-implicada, ni un estado provisional o efímero de bienestar… Es más bien, un encontrar sentido, causas y un horizonte hacia el que avanzar. Es saber lidiar con la vida en su complejidad. Es la alegría del riesgo, de la mano tendida y del abrazo tierno, aun en medio del sufrimiento… Esta alegría es contagiosa, se contagia, hace ir adelante…

1. La realidad es tozuda y dura

Hablamos, frecuentemente y con pasión, de otro mundo posible, como si éste no poseyera en sí ingentes valores y medios para hacer más feliz la vida de quienes en él hemos venido y vendrán. Este mundo, en su realidad global de pueblos, razas, culturas, climas, formas de vida… resulta maravilloso. En tal sentido, no queremos otro. Pero, precisamente, porque es un mundo portador de incontables posibilidades de bien común nos duele el dolor que le habita.

A pesar de los avances conseguidos en todas las esferas del conocimiento, la ciencia, la tecnología y la cultura, la pobreza extrema sigue siendo una realidad cotidiana para más de 1.000 millones de seres humanos que subsisten con menos de 1 dólar por día. Más de 800 millones de personas sufren malnutrición. En el caso de los niños pequeños, la falta de alimentos es aún más peligrosa porque retarda su desarrollo físico y mental y pone en peligro su supervivencia…

A esto se añade que vivimos en un mundo turbulento, en medio de una escalada de la violencia. En los últimos seis años, el mundo se volvió menos pacífico. Conflictos en Irak, Siria, Afganistán, Sudán, República Centroafricana… ayudaron a lastrar el Índice de Paz Mundial Anual.

Por otra parte, en los países ricos, la crisis actual “nos saca” de las casillas, nos saca del propio cuerpo, nos expulsa del territorio. Es el caso de los desahucios y la exclusión del padrón municipal de las personas extranjeras en situación irregular. La paradoja es que a éstas no se les permite “estar” en la ciudad en la que viven, con las graves consecuencias que ello conlleva para el cuidado del propio cuerpo porque también se les excluye de la atención sanitaria universal.

Los datos del desempleo en España son tan atroces que pueden parecer increíbles. Casi cinco millones de parados, de los que más de la mitad han estado sin trabajo durante más de un año. Más de un millón de hogares españoles tienen a todos sus miembros en paro. Hay más de 3,8 millones de personas desempleadas de larga duración y sin cobertura. Entre los jóvenes o los inmigrantes, el desempleo supera el 50%…

Y junto a este sufrimiento, se acumulan fraudes, mentiras, robos, corrupción de numerosos políticos y personalidades públicas, también impunidad, políticas de ajuste contra la ciudadanía, recorte de derechos, pérdida de libertades… Todo esto puede ser evitado, por eso, se pasa del sufrimiento a la indignación, a la protesta. La pobreza, el desempleo masivo, la corrupción o el hambre podrían herir en cualquier momento de la historia pero sólo ofenden cuando son evitables, como ahora.

La crisis que vivimos tiene mucho de crucificante y está llevando a numerosas personas a sentirse parte de un pueblo crucificado. Y es que la cruz, como realidad y como símbolo, es un lugar de dolor y de soledad. Escuchar la palabra alegría tiene, por tanto, algo de provocador. ¿Cómo hablar de alegría en medio del sufrimiento y del sinsentido? ¿Cómo hacerlo sin que resulte hiriente? ¿Cómo afirmarlo para “hoy” y no para un futuro idílico o nebuloso?

2. Un crucificado resucitado, causa de nuestra alegría

¿De dónde nace la alegría? Algunas personas dirán que nace de las cosas que se poseen: desde la rapidez de un coche a la seguridad del dinero; desde las vacaciones en un crucero al bienestar de una casa en el campo y otra en la ciudad… Sabemos que todo esto puede satisfacer algún deseo, crear emociones, pero al final es una alegría que permanece en la superficie, que necesita, cada vez más, seguir acumulando cosas para conseguirla.

Para los creyentes la verdadera alegría no viene de las cosas, del tener… ¡No! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace de sentirse aceptada, comprendida, amada y de aceptar, comprender y amar. La alegría nace de la gratuidad de un encuentro, de cualquier encuentro y, sobre todo, del encuentro con Dios. Un Dios que nos dice “Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo”. Jesús a cada una, a cada uno, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría.

La alegría es el gran regalo. Es el regalo por excelencia prometido por el mismo Jesús: “para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea colmada” (Jn. 15,11; 16,24; 17,13). Los Evangelios son explícitos en este sentido. Lucas nos señala la alegría que precede a la venida de Jesús: la alegría de Zacarías, de Isabel, de María, de los pastores, de todo el pueblo… (Lc. 1,14.44.47; 2,10); la alegría acompaña después la difusión de la Buena Noticia: los setenta y dos llegan alegres de la misión realizada, los Once por la aparición del Resucitado y el envío que les hace… (Lc. 10,17; 24,41.52); la alegría es el típico signo de la presencia y expansión del Reino (Lc. 15,7.10.32; Hch. 8,39; 11,23; 15,3; 16,34; Rm. 15,10.13)…

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (P. Francisco). Contemplando a Jesús descubrimos la “mística del encuentro gozoso”, es decir, la capacidad de acoger, de escuchar, de escuchar a las demás personas, de buscar juntos el camino, el método, el modo… saber renunciar a “mi” derecho en favor del bien del otro o de la otra.

Esto es lo que hace Jesús. Él siempre está atento al prójimo y, especialmente, a quien más lo necesita. Su mirada sagaz descubre el interior de cada persona y no pasa de largo, sino que se detiene ante cada una. Ciegos, cojos, lisiados… son destinatarios privilegiados de su atención. Su pasión por la vida le llevó a la cruz. Los poderosos del momento no lo soportaron. Y llegó a gritar: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Solo al “tercer día” le respondió Dios… con la Vida. Y el abrazo del Padre y del Hijo en la mañana de resurrección impregna el mundo de alegría y castañuelas. Por eso, nuestra alegría es pascual, garantizada por el Espíritu (Gal 5,22; 1 Tim. 1,6; Rm 14,17); pasa por el conflicto con los grandes de este mundo y la cruz para llegar a la vida.

Todo aquel que se encuentra con Jesús queda transformado. Su vida cambia. El encuentro con Jesucristo es el encuentro con quien «da vida y vida en abundancia». Que nadie se quede sin experimentar la alegría del encuentro con el Señor. Alegría producida porque Jesús nos muestra el rostro misericordioso y acogedor de Dios que, generación tras generación, transforma nuestra existencia y nos libera de aquello que no nos deja vivir. Es la fe, saber y sentir que siempre estamos en las manos de Dios, aunque pasemos por cañadas oscuras.

El encuentro con Jesucristo necesita ser alimentado constantemente por la inquietud de la búsqueda. Una “inquietud del corazón” como fue para Agustín de Hipona que lo llevó al encuentro personal con Cristo, lo llevó a comprender que ese Dios que buscaba lejos de sí es el Dios cercano a cada ser humano, el Dios cercano a nuestro corazón, más íntimo a nosotras que nosotras mismas.

La alegría no es un adorno superfluo, es exigencia y fundamento de la vida humana. En el mundo con frecuencia falta la alegría. Las personas creyentes no estamos llamadas a realizar gestos heroicos ni a proclamar palabras altisonantes, sino a testimoniar la alegría que proviene de la certeza de sentirnos amadas y de la confianza de ser salvadas. La alegría del encuentro con Jesús nos lleva a no cerrarnos, sino a abrirnos al servicio de los hermanos y hermanas.

Cada uno y cada una seremos causa de alegría para los crucificados de la historia si somos capaces de transmitir con nuestra palabra y vida que no están solos. Que la vida de Jesús expresa, en su solidaridad radical y en su fidelidad hasta la muerte, una profunda y real cercanía con todos los grupos y personas oprimidas. Por eso, sus seguidores y seguidoras, estamos llamadas y llamados en esta Cuaresma a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos.

No caminamos aislados. La alegría se consolida en la experiencia de fraternidad, donde cada una y cada uno es responsable de la fidelidad al Evangelio y del crecimiento de los demás. Como Jesús, hacemos nuestras las alegrías y los sufrimientos de la gente, dando “calor al corazón”, mientras esperamos con ternura al que se siente cansado, débil, para que el camino en común tenga luz y sentido en Cristo.

3. Seis sonrisas en esta Cuaresma

La sonrisa de la oración: La persona creyente debe orar ante y con las víctimas de la injusticia, del desempleo, de los desahucios, de la exclusión social, de la violencia… Mateo 25,31-40, nos ayudará a afinar nuestra mirada y nuestra sensibilidad, y también para recordar la Pasión de Dios en la com-pasión con los hermanos sufrientes, desde la intercesión. “No me dieron de comer … no me dieron de beber”, no son condenados porque hicieron mal, sino porque no hicieron bien. Es el pecado de omisión. La oración nos permite ensanchar el corazón, transformar la mirada, abrirnos a la solidaridad…

La sonrisa del llanto: Ante tanta muerte y dolor que encontró el Papa cuando visitó la isla italiana de Lampedusa se preguntaba: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste? ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que buscaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”… En esta Cuaresma no queremos que el dolor nos sea indiferente (Mt. 5,3).

La sonrisa del compartir: Se trata de compartir los bienes con los más pobres, no de manera aislada ni de modo automático, sino comunitariamente, con creatividad, respondiendo a las necesidades de nuestro entorno. Explorar nuevas formas de ejercer la comunicación cristiana de bienes; encarnar comunitariamente en nuestras casas, parroquias, grupos, la opción preferencial por los pobres desde la aportación concreta que cada cual pueda hacer y que juntos y juntas podamos articular. Quizá podemos financiar un piso de acogida, un fondo anti-desahucios, una bolsa común para libros escolares o becas para niños del “tercer mundo”… Cada una por su cuenta no puede, pero juntas y juntos sí (Jn. 6,1-13).

La sonrisa de estudiar: Es claro que la situación de nuestra sociedad nos desborda, supera nuestra capacidad de respuesta, también nuestra capacidad de análisis y de propuesta. Pero no por ello debemos arrojar la toalla, ni limitarnos a respuestas puntuales. Necesitamos asumir el reto de la complejidad, ir más allá de análisis superficiales. Por ello, es bueno leer, estudiar, analizar, debatir, aprender, buscar, pensar… Cada cual en su propio nivel, todos debemos hacer el esfuerzo de formarnos, de no hablar de oídas, de no tomar prestadas las opiniones del primero que coge un micrófono. Y mucho menos, como personas cristianas, podemos dejarnos llevar por corrientes que tienden a excluir a los pobres, criminalizar a los inmigrantes, culpabilizar a los excluidos… (St. 2,1-13).

La sonrisa de soñar: Vivimos una especie de dictadura de la economía, de la eficacia, de lo operativo. Ante esta situación, necesitamos reivindicar la utopía del Reino, “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia” (2 Pe. 3,13) y donde “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor; porque lo de antes ha pasado” (Ap. 21,4). Esta mirada utópica nos lleva más allá de las visiones estrechas y limitadas que dominan el mundo. Podemos y debemos soñar con la utopía, con la justicia, con la fraternidad, con la solidaridad universal, con un mundo sin exclusiones. Y para ello es bueno ampliar el corazón y la mirada hacia lo que hay detrás del horizonte que divisamos.

La sonrisa de actuar: Junto con la utopía debemos asumir compromisos concretos en favor de quienes más lo necesitan. Es necesario poner en marcha lo que Juan Pablo II llamó “la imaginación de la caridad”. Iniciativas como el comercio justo y el consumo solidario, bancos del tiempo, cooperativas de consumo, banca ética, tiendas de ropa de segunda mano, apoyar y, si llega el caso, poner nuestras casas al servicio de personas en situación de exclusión social… No se trata de esperar que otros actúen. Se trata de sumarnos, de conocer, de saber, de escuchar y de actuar (St. 2,14-17).

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