Retiro de Cuaresma 2020

Por: M. Carmen Martín.

Cuaresma: despertar el deseo dormido

  1. Abrir espacios para el deseo

No vamos a ser ingenuas en relación al deseo, sabemos de sus peligros. El deseo puede hacer que descendamos hasta lo más degradante de nosotras mismas o hacernos ‘subir’ a lo más alto de nuestra condición humana. En este retiro, queremos rescatar su sentido más positivo, ese que llevo a Octavio Paz a decir: ‘La voz del deseo es la voz misma del ser, porque el ser no es sino deseo de ser’.

El deseo es la fuerza interior que nos empuja hacia fuera de nosotras mismas. Vivir es desear. Es como una energía vivificadora que nos hace ser más, aspirar a lo mejor, anhelar cosas más grandes. El deseo es movilidad, tensión y búsqueda que nos pone el motor en marcha. Deseamos mucho pero siempre queda un hueco en nuestro corazón insatisfecho.

El término deseo es también una de las formas de llamar a nuestra búsqueda de Dios. Somos seres que deseamos, el gran deseo es Dios. Y podemos desear porque descubrimos en lo más íntimo el Deseo de Dios en nosotras. Él nos ha deseado primero. Dios crea porque desea hacerlo, redime porque lo desea, nos salva porque nos desea.

Jesús, a su vez, es el Seductor del corazón humano que nos atrae hacia sí y nos entrena para hacernos más ricas de nosotras mismas y capaces de aspirar a la plenitud, desde la confianza en nuestra fuerza humana de desear.

La intensidad y urgencia de nuestro deseo está en relación con nuestra oración. Dice San Agustín: “Tu deseo es tu oración … Si no quieres dejar de orar no interrumpas el deseo”. Orar es poner en guardia a nuestros deseos, mantener despierto el corazón y, a la vez, nuestro deseo de Dios es lo que nos hace permanecer en la oración.

El deseo, a veces, no está tan claro, remite a una inquietud insaciable que no parte de nosotras y que está en nosotras. Desear es seguir deseando siempre. Su fuente es el lugar más interior de la persona, el corazón; ahí es donde descubrimos los deseos más vitales sobre lo que somos y lo que esperamos del mundo y de la vida. El deseo nunca se llena, siempre se ahonda, es hambre de más.

Somos seres de deseo, no solamente seres que tienen necesidades. La necesidad es diferente al deseo. La necesidad parte de una misma, sabemos qué necesitamos, procede de una carencia. Normalmente no se hace caso al deseo, sólo a cubrir las necesidades. Los jóvenes, y de vez en cuando los adultos, piensan que todo lo que desean necesitan y no es verdad.

Aprender a desear no es fácil. Hace falta mucha paciencia para tratar con nuestros deseos porque los mejores están enterrados debajo de mucho lodo y arena. De ahí que se hace necesario un trabajo lento para abrir las compuertas y dejar que afloren. En el fondo dormido del corazón están las cosas importantes porque allí nacen las fuentes de la vida. Así nos lo recuerda el sabio de los Proverbios: “Por encima de todo otro cuidado, guarda, hijo mío, tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida” (Prov 4,23).

Sucede, además, con frecuencia, que los primeros deseos en salir no son los más profundos, sino los más superficiales y banales. Incluso puede pasar que, aún después de tantos años de vida, al dejarlos salir, aparezcan deformes y hasta egoístas. Pero si los cultivamos con cariño, pronto florecerán sus verdaderos rostros.

La invitación en esta Cuaresma es a despertar nuestros mejores deseos dormidos, porque son ellos los que nos pueden poner en la pista para saber de verdad quiénes somos. Aún queda mucho bueno por descubrir de una misma, no importa la época de la vida en la que estemos. Somos lo que deseamos, lo que nos hace vivir y soñar, los anhelos más profundos del corazón.

Para la reflexión:

Cuáles son tus mayores deseos. Cuál es el que más se repite.

Reflexiona en tu historia y descubre personas, acontecimientos y vivencias que te han abierto espacios para desear más y mejor.

  1. Dios: fuente del Deseo

El deseo humano tiene su origen en Dios como su fuente original. Hemos sido creadas por el Deseo de Dios y somos así deseadas y capaces de grandes deseos. El deseo de Dios envuelve nuestro corazón, nos habita y sentimos que Alguien nos desea, que no podemos controlarlo con nuestras fuerzas, que nos sabemos siempre en sus manos.

El deseo de Dios por la humanidad rompe los moldes de nuestra lógica y se levanta rebelde y atrevido contra los límites mismos de la condición humana. Por eso, el Cantar de los Cantares nos recuerda que el amor es más fuerte que la muerte, la pasión más poderosa que el abismo y sus flechas una llama del Señor (Cf. Ct 8,6).

A su vez, el deseo humano, anhelo o sed de Dios, recorre las páginas de la Sagrada Escritura, especialmente, los Salmos: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42,1-2). “Contigo nada deseo en la tierra. Aunque se consumen mi carne y mi corazón, Dios es siempre el apoyo de mi corazón” (Sal 73,25-26). “Languidece mi ser y anhela a gritos el atrio del Señor; mi corazón y mi carne saltan de gozo por el Dios Vivo” (Sal 84,1-2) …

Jesús se vivió a sí mismo como ‘el deseado de Dios’ (Mt 3,13-17). Después de ser bautizado por Juan en el Jordán, el narrador nos relata cómo Jesús se siente el ‘predilecto de Dios’, es decir, como el objeto de la complacencia del Deseo de Dios, aquel a quien más desea por encima de todos.

La misma enseñanza de Jesús está traspasada de deseo, el Reino es el tema central. Qué es lo que realmente merece desearse, nos pregunta Jesús, porque “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). La perla de gran valor, el tesoro enterrado en el campo, la moneda perdida o la oveja perdida: ¿no son todas estas parábolas del Reino parábolas de elecciones y prioridades en el deseo? De hecho, ¿no es el mismo Padrenuestro expresión del deseo, que pone a Dios, su Reino y su Santo Nombre en primer lugar, subordinando a ello todo lo demás?

Lucas nos narra que el último y más intenso deseo de Jesús en su vida terrenal fue celebrar su propia Pascua y la Última Cena con sus discípulos: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22,15). La Eucaristía, entonces, se convierte en el culmen del deseo divino. Y, Jesús, la noche antes de morir, nos entrega una tarea específica, celebrar la Eucaristía, es decir, celebrar su propio anhelo en nuestro anhelo en el Espíritu.

El deseo de Jesús, a veces, se ha visto truncado (Lc 13,31-35). Con una imagen llena de ternura, expresa su deseo de cuidar de los seres humanos como la gallina cuida de los pollitos; desea ofrecerles cobijo y alimento, pero no ha podido llevarlo a cabo: “¡Cuántas veces he deseado. pero no habéis deseado!”.

Por su parte, María Magdalena está habitada por el deseo (Jn 20,1-18). El relato nos introduce en un clima de vigilia y no es tiempo de dormir, sino de velar en medio de la oscuridad de la noche. Incluso el marco temporal refleja la urgencia que nace del apasionamiento. María Magdalena va el primer día de la semana, por la mañana, temprano, al sepulcro. La ausencia de Jesús ha despertado en ella el deseo y la búsqueda. No tiene más centro de atracción que Jesús. La interioridad de María Magdalena, lo que la “habita”, está polarizado en el deseo por Jesús.

Y otra mujer, la Samaritana, nos enseña cómo el deseo puede ser transformado en deseo de más y mejor (Jn 4,5-43). La Samaritana es una mujer que llega al pozo ajena a lo que allí le espera, va por agua con el cántaro vacío para volverse con él lleno a su casa. No hay más expectativas, ni más planes, ni más deseos. Pero del encuentro con Jesús sale con el peculiar deseo de ‘agua viva’, de agua ‘que salta hasta la vida eterna’. ¡Dichosas las sedientas de infinito porque el amor de Dios os saciará!

El seguimiento de Jesús convierte al discípulo o discípula en un aprendiz del deseo de Dios: su Reino y su justicia. El Espíritu hace que el deseo de Dios en Dios pase a ser el deseo de Dios en las seguidoras y seguidores de Jesús. El Espíritu, Dador de Vida, educa su deseo, lo incrementa y lo ajusta al deseo de Dios.

Para la reflexión:

La seducción de Dios es una llamada a pertenecerle por completo. Algo muy dentro nos dice que Él sólo nos basta, ¿has hecho alguna vez esta experiencia en tu vida?

  1. La conversión del deseo

La conversión es desear de una manera nueva, a esto nos invita la Cuaresma este año. El deseo aprende a aprender, es decir, afina e innova sus modos de desear. Jesús advierte que convertirse no es cambiar unos deseos por otros, es cambiar la dirección del desear. Y ese cambio exige una ruptura esencial: acabar con los ídolos no divinizando mis necesidades, ni mi yo, ni el dominio sobre los otros, ni mi propia seguridad…

Muchas veces deseamos sólo para satisfacer nuestras propias necesidades, aunque sean legítimas, pero sin darnos cuenta de que éstas se pueden convertir en nuestros ídolos, que nos exigen estar siempre pendientes de ellas y no nos dejan vivir, ni amar, ni ser felices. No podemos dejarnos engañar a estas alturas de nuestra vida y ser conscientes de que nuestros ídolos no son nada repugnantes, ni monstruosos, sino atractivos y seductores, por eso, tenemos que estar muy alertas. El ídolo no es una imagen que nos atemoriza, sino precisamente aquello que consideramos objeto de nuestro mayor deseo, lo que sentimos como lo mejor y más atrayente.

A veces, estamos tan centradas en nosotras mismas que solamente sabemos quejarnos y culpabilizar a las otras por lo que nos pasa. Somos como esos niños mimados que aún no han descubierto lo que son y lo que tienen, y se pasan el día lamentándose por lo que les falta. Parecemos unas quejicas insatisfechas porque lo que tenemos nos parece poco y somos incapaces de agradecer y valorar lo mucho que somos y tenemos.

Y en este lamento, entramos en una especie de competición. Desear no es competir con los deseos o necesidades de la otra como si fuera una carrera para ver quién desea más, quién necesita más, dándose una especie de rivalidad para ser la primera y así ser mejor atendida, aceptada o valorada. Al mismo Jesús no se le evitó la lucha. Cuando fue tentado en el desierto, tuvo que hacer frente a estos ídolos seductores que tiraban de Él y le separaban del Deseo del Padre. Y, por eso, nos animó también a nosotras a hacer frente y cambiar nuestra manera de desear, diferenciando los ídolos del Dios Vivo.

El Reino es el Deseo de Dios hecho historia, gesto, inclusión, justicia, comunión… y ya está entre nosotras. La invitación del Reino que nos hace Jesús tiene una calidad de relación muy especial. Se trata de estar cerca de Jesús, aprender desde su amistad una nueva manera de vivir el amor y la entrega. A lo que se nos llama no es a cambiar los objetos de nuestro deseo, no a desear otras cosas, sino a desear de otra manera. No a amar a otra gente sino a amar de una manera diferente y nueva.

La invitación de Jesús es para que nos dejemos ordenar los deseos del corazón de otro modo, pero esto solamente puede ser obra de Dios, y debemos dejarle espacio para que Él pueda llevar a cabo su labor.

La gratuidad del Reino de Dios significa que se nos regala una nueva forma de desear desde el Deseo de Jesús; que se nos invita a confiar en ella, porque Dios mismo es el garante de esa nueva posibilidad; que se nos introduce en algo nuevo, ese Reino de Dios que es un mundo nuevo de relaciones personales y de mujeres y hombres que descubren la llamada del Deseo de Dios. Desear es dejarse transformar por el objeto de deseo.

Para la reflexión:

¿Cómo distingues tu deseo de tus ídolos?

¿Cuáles son tus mayores ‘ídolos’? ¿Cómo les haces frente?

  1. Abrirnos al deseo de desear más

Cuando nos decidimos a emprender con Jesús el camino del seguimiento, lo primero con que nos encontramos es con lo recortado de nuestros propios deseos. ¡Somos mezquinas deseando! Habíamos imaginado que nuestro corazón era una máquina de deseos, que teníamos unas ganas enormes de lanzarnos a tope y, sin embargo, nos damos cuenta de la limitación de nuestro desear.

Aunque parezca mentira, no somos personas de grandes deseos, a veces, nos tenemos que contentar con los deseos de deseos, con esa mezcla ambigua de querer y no querer, de desear y no desear. Jesús nos dice que tenemos que abrirnos a desear más, a experimentar con Él un ensanchamiento de nuestros pobres deseos de ser amadas, de estar protegidas, de ser importantes, de tener enseguida lo que necesitamos… Como amigas y amigos, Jesús nos echa en cara lo limitado de nuestras aspiraciones, lo pequeño de nuestro inquieto corazón, y nos propone un camino nuevo que debemos recorrer junto a Él.

Se trata de saltar sobre nuestros propios deseos y desear desear más. Nos enseña que lo más importante no es que consigamos aquello que deseamos, sino que mantengamos vigilante nuestro corazón, que apretemos el acelerador de nuestra vida, aunque caminemos con muletas y artrosis, y que despertemos la confianza en Dios que nos pone en movimiento.

Uno de los avisos más repetido de Jesús en los evangelios es que estemos vigilantes, despiertas, que mantengamos alerta y viva la llama de nuestra lámpara para que no nos vayamos a quedar sin aceite, como aquellas muchachas que esperaban en la noche la llegada del esposo. Y el aceite de nuestra lámpara es la permanencia del deseo, es decir, que no se debilite la llama del corazón, que no se nos acabe el alimento de ese fuego de Dios con el que ardemos.

Desear junto a Jesús es siempre desear más, es amar sin condiciones, es desprendernos de todo aquello que nos ata y no nos permite vivir bien. Se nos convoca a mantener el motor de nuestra vida en marcha, a alimentarlo de su amor. Este motor del corazón es el Deseo de Dios. Desde Él se nos invita a desear más.

Seguir a Jesús es hacernos con Él peregrinas del deseo. Seguirle a Él y solo a Él se convierte en el único objetivo de toda nuestra vida. Aprender que nada es imposible para quien confía, y que la fe es como un grano de mostaza que crece y crece abriéndose paso entre las dificultades, las piedras del camino o los espinos que nos ahogan la fuerza de la vida.

No se nos asegura que vamos a caminar por un camino fácil. Al contrario, a veces, es muy empinado. Ya sabemos de qué estamos hablando, acumulamos mucha experiencia. Con todo, se nos invita a dar ese nuevo paso, a arriesgarnos una vez más a amar sin restricciones. No es tarde, aún hay tiempo, podemos avanzar en esta Cuaresma 2020.

Para la reflexión:

Cómo mantienes la lámpara de tu deseo de fraternidad encendida y a punto para seguir iluminando el camino de tu vida cotidiana.

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