Retiro de Adviento 2015

¡Atención, estamos de obras!

Preparamos el camino del Señor

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax.

Huele a nuevo, empieza el Adviento y con él, el nuevo año litúrgico. El Adviento es el tiempo que nos enseña a esperar lo que está más allá de lo obvio, adiestrándonos a ver lo que hay detrás de lo aparente. El Adviento nos hace buscar a Dios en todos esos lugares que hasta ahora hemos ignorado.

Esperar a Dios es mirar al mañana y confiar en una promesa. Hay quien dice que no hay que fiarse de nadie. No es verdad. En Jesús, Dios nos ha hecho promesas. Nos ha prometido que no nos abandonará; que hemos nacido de un amor verdadero y somos imagen del mismo; que la vida tiene sentido; que el mal no tiene la última palabra; que un mundo diferente y más bondadoso es posible… Y Dios siempre cumple sus promesas.

Hay muchas formas de esperar. Podemos esperar sentadas, aburridas, o podemos anticipar y preparar la venida. Isaías nos despierta con su grito: “Preparad el camino del Señor” (Is 40,3). Por lo tanto, ¡vamos de obras! Y no estamos solas, nos van a ayudar tres especialistas en caminos: Juan Bautista, María y el profeta Isaías. Son personajes del Adviento y tienen vidas de Adviento. Sus vidas nos hablan de honradez, de hondura espiritual y de compromisos profundos. Tres buenos materiales para preparar el camino del Señor.

  1. Juan Bautista: una persona honrada

Juan Bautista:

Juan apuntaba maneras desde el inicio. Nos cuentan que, cuando su madre aún estaba encinta, recibieron la visita de su pariente María y Juan saltó de gozo en el seno de Isabel (Lc 1,39-41). Lucas ha querido preanunciar la que ha de ser su misión. Juan reconocerá la presencia del Mesías que llega trayendo la salvación. Y él será su precursor y mensajero, nada más y nada menos.

Desde jovencito se formó en el desierto para esta misión. Los espíritus recios se forjan siempre en el “desierto”. Algunas gentes de la época, hastiadas por la corrupción que se respiraba en el ambiente, se retiraban a la soledad del desierto de Judá. Allí trataban de reencontrar a Dios y de encontrase a sí mismas. Y allá fue Juan. Mientras se formaba, hacía suyas las palabras de Isaías e invitaba a preparar el camino del Señor (Mc 1,6-8).

Su voz debía de tener acento de sinceridad porque fueron muchos los que acudieron a él (Mc 1,4-5). Entonces, como ahora, andamos a la búsqueda de gente honrada y cabal. En su discurso anticipaba las exigencias de Jesús. No trataba de cambiar el sistema, al menos, a corto plazo, pero trataba de cambiar las conciencias. Seguramente este cambio habría de desembocar en el otro (Mt 3,1-12).

Sin embargo, Juan tenía claro que él no era la meta de la búsqueda. El sólo es el dedo que señalará la presencia cercana de Jesús, el Cristo. Juan sabía que no era Dios, sabía cuál era su papel en la vida y no ambicionó ningún poder ni fama que no le correspondiera. Por eso, está a la expectativa, espera y lo reconocerá cuando llegue.

Y ese día llegó. Parecía uno más entre la multitud. Es como si tratase de pasar inadvertido. Pero Juan lo vio acercarse a las orillas del Jordán (Mt 3,13-15). Lo reconoció entre las gentes del pueblo y lo señaló a gritos para que todos se enteraran de que ya nada sería igual, que Dios se hacía cercanía y compasión: “Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Y Jesús lo reconoció a él y dijo: “no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,2-11).

Como toda persona honrada, Juan no se vendió y fue encarcelado; en la mazmorra, seguía siendo la voz sin mordaza que proclamaba la verdad, exigía justicia y pedía conversión. Y si lo había hecho con todos, no iba a callar ante el mismo Herodes, al que abiertamente recrimina su adulterio. Por lo que, en el marco de una fiesta, Herodes acabará ofreciendo su cabeza (Mc 6,14-29).

No podía terminar de otra forma el que había sido elegido desde el vientre de su madre para preparar los caminos del Mesías. Sus discípulos recogieron su cuerpo para darle sepultura pero no pudieron enterrar su voz (Mt 14,12).

Falta de honradez en nuestro mundo:

Estoy impresionada. He escrito en google la voz “Corrupción” y han salido 43.500.000 resultados en 0’36 segundos, si escribes “corrupción en España” aparecen 16.700.000 resultados. Copio al azar: Caso Blesa, Caso Bárcenas, Caso Gürtel, Caso Bankia, Caso Nóos, Operación Pokémon, Tarjetas Opacas de Caja Madrid…

Sólo en España el fraude fiscal lo ha fijado hacienda en un 23% anual. Esto quiere decir que al fisco español se le escapan unos 80.000 millones de euros anuales, de los cuales la mayor parte corresponde a impuestos que evaden las principales compañías del Ibex.

Por desgracia, la corrupción es más cotidiana de lo que parece. Son tantas las pequeñas encrucijadas de la vida en las que lo moral de las acciones entra en juego… Y, sin embargo, lo pensamos poco e, incluso, nosotras terminamos cayendo: no avisar de que te han devuelto mal el cambio, copiar en un examen, no rendir lo suficiente en el lugar de trabajo o servicio, hacer fotocopias privadas a costa del erario público…

Parece que sólo es cosa de los potentes y prepotentes de este mundo, pero también nosotros y nosotras, participamos por acción o por omisión en la corrupción de nuestra sociedad. Para guardar nuestro tren de vida tomamos determinadas posiciones políticas, sociales, de consumo… y nos ponemos en el lado de quienes viven mejor. Nuestro silencio es también corrupción. Hablar es complicarse, reivindicar nos pone en riesgo y optamos por callarnos, o nos dejamos llevar, vamos donde todo el mundo va. A veces, hemos roto la coraza y hemos salido de ella, pero vistos los pocos resultados nos cansamos. Permanecer en ese estado de “cansancio” es otra forma de corrupción.

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Sería interesante empezar este tiempo de Adviento con silencio y con el deseo de querer escuchar. Silencio para escuchar lo esencial. Afinar el oído, discernir para no dar crédito a voces falsas.

  • Podemos nombrar los valores donde se sustenta nuestra vida y seguir buscando valores nuevos, sólidos, no importa la edad. Tener convicciones que nos ayuden a elegir, en el día a día, para decidir qué pasos debemos dar o qué caminos tendríamos que evitar. Revisemos el polvo del camino que se nos ha pegado en los valores que nos sostienen.

  • Con demasiada frecuencia aparece la lógica fácil de “todo depende”. Ser una persona íntegra no significa que una sea absolutamente coherente. Pero sí significa que quiere serlo. Y que en el camino está dispuesta a luchar con el mundo, con la propia debilidad y las incertidumbres para lograrlo. Por eso, pongo nombre a mis “trapicheos” más frecuentes, en la relación conmigo misma, con los otros y otras, con la naturaleza y con Dios.

  1. María: una persona con hondura espiritual

María:

María es una mujer dispuesta a escuchar y a percibir lo que acontecía en su interior (Lc 2,19.51…). Está a la búsqueda de aquello que quiere madurar en ella. Y es en este centro interior donde se encuentra con la esencia de lo que es y se encuentra con el propio Dios.

En Lucas, María aparece como una mujer profundamente creyente, con una fe activa y comprometida, dispuesta a abandonar la vida que siempre había llevado y a confiar en la palabra del ángel. Se fía de Dios, poniéndose a su disposición (Lc 1,26-38). Cosa nada fácil, aunque de tanto escucharlo esto ya casi ni sorprende. El encuentro con Dios hace que se manifieste en toda su grandeza esta sencilla muchacha de Nazareth que se denomina a sí misma “la esclava del Señor”.

María no es una persona aislada es hija de un pueblo. “La esclava del Señor” no se trata de un título humillante con el que ella sola se empequeñece. Al contrario, el pueblo de Israel se entendía a sí mismo como siervo de Dios. Pero la mayoría de los varones habían fracasado. Se habían ido cerrando cada vez más a Dios. María se pone, de forma representativa, al frente de su pueblo y dice: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Entre el temor y el temblor asume la responsabilidad de hablar en nombre de todo Israel y de prestarle a éste un servicio con su “sí”. Con su entrega contribuye a que cambie no solo la situación del pueblo, sino de la humanidad.

La escritora Esther Harding, tras haber investigado el significado de la palabra “virgen”, lo explica así: es la persona que se halla en armonía consigo misma, que hace lo que hace, no porque quiera caer bien o desee ser estimada o busque atraer la atención o el amor de otra persona, sino porque lo que hace es verdadero, porque es acorde con su ser más íntimo. De esta manera, María es una mujer libre, libre en su interior que la impulsa a tomar decisiones inéditas, a pesar de que contravenía todas las normas de la época.

El encuentro con el ángel y con el mensaje que éste le comunica de parte de Dios pone a María en movimiento, la hace salir de sí misma. Se encamina a la sierra, a visitar a su pariente Isabel (Lc 1,39-45). Las dos embarazadas se saludan. Y, en cuanto se encuentran, cada una de ellas se hace consciente del misterio de su propia vida y de la vida de la otra.

En el seno de Isabel, el niño salta de alegría. Y María estalla en un canto de alabanza a Dios por la acción que está llevando a cabo en ella y en su pueblo. Reconoce que Dios ha hecho cosas grandes en ella. Luego, María sigue cantando las cosas grandes que hará Dios en su pueblo (Lc 1,46-56).

Así pues, María desde su hondura espiritual es capaz de encontrarse con Dios y ponerse a disposición de su llamada. Llamada que cambiará su vida y su proyecto. Llamada que le dará alas para volar a donde no había ni sospechado (Jn 19,25-27).

Falta de hondura espiritual en nuestro mundo:

En la vida cotidiana somos tentadas para vivir en la superficie, sin cuestionamientos posibles. Muchas de las certezas que han configurado a las personas y la sociedad se han roto en pedazos. Vivir sin interrogarse hace que se vaya adormilando en nosotros la capacidad de buscar sentido profundo a la existencia. No hay grandes proyectos que pongan la vida a tiro de algo más digno.

No queremos ser conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor. Las anestesias de nuestra sociedad pueden ser variadas: el consumo que nos impulsa a comprar cada vez algo nuevo; la intrascendencia de llenar el tiempo husmeando en las vidas ajenas; el mirarse a una misma en vez de mirar a las gentes que nos rodean…

Nadie prepara caminos, salvo el de Mercadona o el Corte Inglés. En el ambiente frío de nuestra cultura actual, el rastro de Dios se hace más borroso e indefinido. Para protegernos, las personas creyentes nos montamos “espiritualidades tranquilizantes” que nos hagan “sentir bien”; en vez del camino del Señor, nos construimos una burbuja de espiritualidad aislada de la realidad para que ésta no nos incomode. Nos podemos hacer espiritualidades “cinco estrellas”.

Y es más frecuente de lo que quisiéramos el que las personas más “religiosas”, encerradas en lamentos y quejas porque nada es lo que era, caigamos en lo que los santos padres llamaban acedía, descuido, negligencia… una mezcla de indiferencia, desaliento y apatía. Se instala en nuestro interior, junto con el desánimo y el disgusto, esa banda sonora repetitiva de la “queja permanente”…

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Es muy importante iniciar en este Adviento un proceso de crecimiento interior, no importa si es el décimo que comenzamos en nuestra vida y le pedimos a alguien que nos acompañe en ese proceso. No podemos renunciar a seguir creciendo.

  • Este Adviento nos abrimos a la contemplación. Cultivar no sólo unos ojos que vean la realidad sino que sean capaces de contemplar en medio de la oscuridad la presencia de la luz. Que la hay.

  • Como diría Jeremías, “desatarnos el sayal del desencanto”. Desencanto con nuestro mundo, con la Iglesia, con las Instituciones, con los grupos a los que pertenecemos, con la familia, con nosotros mismos… Cada día nos despedimos de un desencanto…

  • Vamos a compartir con las personas más cercanas nuestra sencilla experiencia de Dios. Con las palabras que nos salgan, perdiendo el miedo o el pudor. Abrirnos, con naturalidad, a los otros para que lo vivido se ahonde, se enriquezca y ayude, a su vez, a quien nos escucha.

  • Como a María, Dios nos invita a que la fe nos desinstale. Cuando queremos asegurarnos la vida, cuando tendemos a quedarnos en rutinas, lugares y modos que nos dan cierto sabor seguro, Dios nos ofrece la invitación a desinstalarnos. Escucho esta invitación e intento responder.

  1. El profeta Isaías: una persona de compromisos profundos

El profeta Isaías:

Y percibí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra?. Dije: Heme aquí, envíame…” (Is 6,8). Prontitud, disponibilidad y vulnerabilidad caracterizan la respuesta directa y llena de confianza de Isaías a la necesidad que tiene Dios de un mensajero.

Isaías existe en un tiempo y en un lugar determinados y él conoce su época. No se deja arrastrar por la vida sin un sentido de identidad o sin un propósito. Por eso, aunque no sepa todo el alcance, es consciente de dónde se está metiendo cuando dice: ‘Envíame’. ¡Que asombrosa valentía en esta respuesta! Entra de lleno al servicio de Dios. Hará cualquier cosa que le pida. Irá dondequiera que Dios lo envíe.

El profeta concibe la vida como una tarea, un trabajo asignado para bien de una comunidad. Esa tarea es, lo que hoy llamaríamos el “bien común”, buscar el bienestar para todos los miembros: instaurar la justicia, ocuparse de los débiles, los desvalidos, dar sustento a los desamparados… Esto quiere decir, además, orientar y reorganizar las instituciones públicas para que esos débiles y desvalidos no sean excluidos de la comunidad (Is 1,16-17).

Isaías, desde sus compromisos profundos, denuncia las cosas que no son de Dios (Is 1,23; 5,8.23). Denuncia el contraste entre una clase opulenta -que inunda el templo con sacrificios y ofrendas, celebra asambleas litúrgicas y multiplica sus plegarias (1,10-15) mientras se permite los mayores lujos (3,18-21), acumula casas y campos (5,8-10), banquetea espléndidamente (5,11-13), posee grandes riquezas (2,7)- y un amplio sector de la población, desatendido (1,17), explotado y robado (3,12-15), que pierde sus posesiones poco a poco (5,8-10), con la complicidad descarada de los jueces (5,23).

El profeta denuncia ese mundo injusto pero también anuncia que un futuro mejor es posible (10,20-11,16). A Israel se le anuncia la salvación para un resto. Comienza hablando de un “renuevo” que brota del tocón de Jesé. De la naturaleza muerta reverdece la vida. Del tocón de Jesé, sepultado hace siglos, brota un vástago. Lo importante no es el simple renacer de la vida, sino el que esa vida está impregnada por el Espíritu de Dios.

Isaías tiene debilidad especial por la paz (Is 2,4). No basta con desear la paz, ni tampoco con rezar por ella. Dice que tenemos que construirla y destruir las armas del odio. Es posible que no sepamos cómo construir la paz en una determinada situación, pero es indudable que sabemos que somos llamados a construirla.

Falta de compromisos profundos en nuestro mundo:

Hoy lo público está de capa caída. Los objetivos vitales que tenemos son personales. Un lema de nuestra época podría ser: “Yo, a lo mío”; y, en el mejor de los casos, “Nosotros, a lo nuestro”. Pero quién quiere comprometer hoy su vida por algo como “el bien común”.

Por otra parte, ante tanta tragedia que acontece, nos asalta la sensación de impotencia. A veces, es un cierto mecanismo de defensa, después de todo, qué podemos hacer. Ante la dificultad de responder o la desproporción entre lo que sucede y nuestros recursos terminamos diciendo: ‘No hay nada que hacer’. En algún punto del camino te acostumbras a ello y deja de sorprenderte o inquietarte.

Y poco a poco vamos perdiendo la motivación. ¿Por qué dejar al otro invadir mi vida, mi espacio o llenarme de inquietud? Van desapareciendo las motivaciones para implicarme. Nos conmovemos, nos estremecemos… pero tan rápido como llega, el sentimiento se va. Y en muchos casos no moviliza. ¿Por qué querer al otro hasta el punto de padecer con sus penas, acompañar sus angustias y curar sus heridas? No es fácil salir de ciertas burbujas. Aunque quieras. Nos encerramos en nuestras casas seguras al calor de nuestras justificaciones.

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Es Adviento, es decir, tiempo de despertar, de tener una conciencia lúcida para percibir la realidad y desenmascarar las mentiras con las que el sistema nos bombardea: leer, escuchar noticias, compartir debates… Para ir de obras necesitamos desear despertarnos del sueño de nuestra inconsciencia.

  • Estas obras no las podemos hacer solas. Buscaremos ayuda en grupos, movimientos de resistencia y colectivos que trabajen por el cambio de este sistema sociopolítico y económico injusto.

  • Estamos en Adviento y en tiempo de elecciones. Estamos llamadas a votar con suma responsabilidad pensando en el bien común y, sobre todo, en quienes peor lo pasan.

  • Es tiempo de tener el coraje de permanecer, no podemos abandonar. Permanecer en los compromisos adquiridos. Permanecer en las luchas por defender los derechos humanos en nuestra sociedad y en el interior de nuestra Iglesia. Permanecer junto a los excluidos de nuestro mundo. Permanecer luchando por la utopía de que otro mundo es no solo posible sino imprescindible. Permanecer y ampliar la denuncia de la expoliación y explotación a la que estamos sometiendo al planeta Tierra. Permanecer anclados en la fidelidad a Jesús y su Reino allanando, hoy, su camino y consentir que el viento del Adviento se lleve nuestros miedos y cansancios…

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