Salvación y obrar desde los empobrecidos

lunes, septiembre 3rd, 2012

Por: Julio Ruiz Rodríguez, militante de la HOAC de Ciudad Real.

Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Las lecturas de este 23 domingo del tiempo ordinario son toda una selección privilegiada que expresan de manera contundente la dimensión, una vez más, salvífica de Dios, que hace presente su Reino ya en la vida de las gentes de cada momento de la historia. No se trata de una salvación etérea, abstracta, y solo tras la muerte, sino que el Dios de Jesús expresa la universalidad y plenitud de su mensaje y de su Reino en la carne y en el cuerpo de los hombres y mujeres de cada momento de la historia.

De nuevo el camino de la salvación integral y plena que Dios nos ofrece son los empobrecidos y excluidos por el orden dominante vigente: los últimos, los ignorados, menospreciados y sin voz (mudos).

Cada una de las lecturas de este domingo (el salmo 145, Isaías y Santiago) van insistiendo y reforzando esta idea hasta culminar en el relato de la curación del sordomudo en el Evangelio de Marcos.

El Salmo 145 es todo un canto de alabanza a la confianza en Dios frente a los “poderosos seres humanos que no pueden salvar”. No nos habla de un Dios que solamente contempla y observa, sino de un Dios que actúa: “hace justicia”, “libera”, “abre los ojos”… y que no se mantiene equidistante entre los poderosos y los débiles y empobrecidos, sino que toma claramente partido por los “oprimidos”, “hambrientos”, “cautivos”, “humillados”, “justos”, “emigrantes”, “huérfanos”.

El capítulo 2 de la carta de Santiago insiste de manera inapelable en esta idea: “¿No eligió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino…?”

Sin embargo, Dios sabe de nuestras flaquezas, debilidad y desconfianza. Sabe cómo las ideas más nobles y las buenas intenciones, cuando dependen de nosotros mismos, fallan con frecuencia.

Isaías en el capítulo 35 nos alienta y empuja para que permanezcamos afianzados, pues no es esta voluntad salvadora solo obra humana, sino sobre todo obra y acción de Dios en persona: “¡Ánimo, no temáis, mirad a vuestro Dios… Viene en persona a salvaros… Los oídos de los sordos se abrirán”.

Así pues, la fraternidad y la salvación divina pasan por la liberación y salvación de los más postergados en nuestro mundo. Sin esto no acontece aquello, o al menos no de manera plena y como Dios quiere.

Así llegamos al relato del Evangelio de Marcos en el que Jesús cura a un sordomudo en la región de la Decápolis.

Los escrituristas nos dan algunas claves para entender algo mejor este texto. Por ejemplo, en lo que se refiere a la geografía, Jesús en su viaje misionero viene de Tiro y Sidón, regiones paganas, y se dirige también a la región pagana de la Decápolis; aparecen también el Mar de Galilea, lugar abierto y de confluencia de diferentes países y creencias, de judíos y paganos.

Jesús, pues, parece traspasar los límites nacionalistas religiosos de la ley judía, y predica y obra también en tierra pagana. El mensaje de universalidad de los destinatarios del Reino de Dios parece claro.

Allí, en tierra de no creyentes, Jesús obra uno de sus signos: la curación de un sordomudo (sin voz ni oído para escuchar a Dios y responderle).

Allí, entre la increencia, Jesús actúa cuidadosamente y pone las condiciones adecuadas para que la hostilidad inicial a la predicación no sea un impedimento a la acción salvadora de Dios: “Jesús lo apartó de la gente y a solas con él…”. Los asistentes, incrédulos antes y extraños a la religión judía, quedan admirados ante la obra de Jesús y se convierten en predicadores apasionados de la obra salvadora de Jesús: “Todo lo ha hecho bien, a los sordos hace oír, a los mudos hablar…”.

Dos ideas podemos, entre otras muchas, sacar aquí a relucir: el ambiente de increencia en el que actúa Jesús se convierte en lugar teológico donde se experimenta la salvación de Dios, y los pobres y excluidos (sordomudos o sin voz) se convierten en sujetos que, habiendo experimentado la gracia salvadora de Dios con obras y hechos verdaderamente significativos para sus vidas, se convierten en nuevos mensajeros de esa fuerza salvadora de Jesús.

Cuántas lecciones, pues, nos aportan estos textos para nuestro ser eclesial en este momento de nuestra historia.

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