Testimonio de vida de Don Cornelio Urtasun

viernes, noviembre 4th, 2011

Por: Padre Philippe Kloeckner de la diócesis de Clermont-Ferrand

En 2009 Pàrroco de la parroquia Saint Luc à Clermont
Responsable a la conferencia episcopal de Francia del Área América Latina

Escribir en un momento de su vida puede ser una necesidad para mí, corresponde al encuentro de este deseo y de la sugerencia de Lola. De ninguna manera siento eso como una carga, sino, más bien, un momento feliz de amistad entre todos nosotros.

Un día el rector del Seminario francés, en los años ochenta, me preguntó si podía y si aceptaba ayudar a un sacerdote español, en un trabajo de traducción. Prestar servicio ya me alegraba, para un español me daba gusto, pero hacerlo por un sacerdote me llenaba de entusiasmo.

No imaginaba que el encuentro con Don Cornelio iba a cambiar algo de mi vida. No me atrevo a decir toda mi vida, sin embargo, no me parece tan lejos de esa realidad.

Me gusta decir también que, se me pidió un trabajo y me gané a un gran amigo. Además pienso que mi sacerdocio ha sido marcado profundamente por él.

Una de las cosas que se me quedan grabadas en la mente es la infinita delicadeza de Don Cornelio:

Primero, no hablaba fuerte como tantos amigos españoles que tengo, él hablaba en voz suave y lentamente, a un ritmo que permite apreciar las cosas. Su delicadeza se manifestaba también en la precaución que expresaba para pedir algo o para hacer notar un parecer.  Eso me ayudó bastante en aquel tiempo.

Segundo, su interés para que las cosas se hicieran bien casi a la perfección y para eso no había nada urgente; sabía que íbamos a tomarnos el tiempo necesario. Adivinaba su deseo de tener lo más pronto posible la traducción de los estatutos del Instituto Vita et Pax pasados al francés, pero en ningún momento sentí un apuro de su parte, menos una presión que habría podido expresarse.

 Me ayudó a comprender que Dios actúa finalmente. Se confirma que cada día,  Dios se esconde en lo pequeño, en lo discreto, en las personas humildes, en los excluidos, toda esa gente descartada de la vida, de una vida digna. Por eso quiero agradecer a Don Cornelio ese aprendizaje que se hizo día a día sin haberlo deseado,  pero útil en una vida de sacerdote.

De Cornelio entre miles de cosas que recuerdo es la experiencia de una profunda amistad. Para mí era un hombre mayor, tenía más años que mi padre. No me imaginaba que iba a gozar tanto en la amistad con esa persona. Poco a poco, sin darme realmente cuenta, su forma de ser provocó mi corazón hasta llegar a una amistad que se manifestó en la fidelidad. Pienso en las comidas que nos reunían, enriqueciendo el aprecio mutuo. Pienso en los consejos discretos que Cornelio dispensaba. No puedo olvidar las ayudas que me procuró en mis años de estudiante en Roma.

Tal vez lo más intenso fue su presencia en mi ordenación sacerdotal en Clermont el 28 de junio del 1987. Me hizo un regalo enorme al venir hasta Clermont, imponiéndome las manos. Sentí la fuerza del Espíritu, la fuerza de la comunión eclesial, el peso de lo que es la fraternidad sacerdotal; y también con Cornelio una cierta protección de quien daba de su persona, ya avanzado en edad, para decir a un joven su profunda amistad y solidaridad sacerdotal. Este día descubrí que tenía un gran amigo, un hermano en el sacerdocio y luego después comprendí que lo tenía como a un padre, atento siempre al buen futuro de su hijo. De todo corazón, gracias Cornelio.

 A través de su persona pude descubrir la importancia de la liturgia en la formación del sacerdote en la cual estaba avanzando. Aprendí algo de su sabiduría y de su discreción. La medida en la liturgia sin exceso, pero intensamente vivida queda aún, no sólo en mi memoria sino también en mi práctica. El número de sus delicadezas para explicarme lo que no entendía  es impresionante; me pregunto aún cómo hacía para tener tanta ternura pastoral. ¡No lo dudo es “hombre de Dios” cumplido!

Recuerdo también su bondad al entregarme su libro sobre las oraciones de la misa. Pude comprobar su pasión por la liturgia bien entendida y vivida en profundidad.

Cada vez que voy a Roma, en la tienda o en el barrio, siento más intensa su presencia.

Como conclusión sólo quiero dar gracias al Señor por la suerte de haber puesto en el camino de mi vida a Don  Cornelio. Gracias también a todo el grupo de Vita et Pax que me facilitó siempre los encuentros.

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