Vivimos de la fe y damos la vida por ella

lunes, septiembre 30th, 2013

Domingo 27º del T.O., Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

La fe tiene sus raíces en la vida misma y hace posible toda vida humana, digna de este nombre, pues la fe es, ante todo, la confianza original del ser humano en la vida. Desde que nacemos vivimos de la confianza, en primer lugar, en nuestros padres y, por extensión, en las personas que vamos conociendo a lo largo del camino. La propia identidad como persona no se forma de la nada, junto a  nuestra libertad, se va fraguando en las relaciones recíprocas con quienes vamos caminando, entre lo que recibimos y damos.

La fe, a su vez, hace posible el encuentro con las otras personas y con la Otra; facilita la comunicación; nos permite el acceso a lo más íntimo del ser. Por muchos análisis bio-psicológicos a que sometamos a una persona, no podremos conocer su interioridad más que si entre las dos se abre una corriente de “confidencia” (cum fide). Sin fe, mi “yo” sería el límite definitivo de toda experiencia posible. La única manera de establecer relaciones con alguien, humana o divina, es mediante la confianza y la aceptación mutua.

Esto nos abre a la comprensión de la fe como encuentro personal. Cuando hablamos de fe, cabe referirse a ella, al menos, de dos maneras. Puede entenderse como una creencia y, es verdad, este aspecto se da en toda fe, pero para que cobre su pleno sentido debe integrarse en un concepto más amplio, el de la fe como encuentro interpersonal, que abarca a la totalidad de la persona: su inteligencia, su voluntad y sus sentimientos. Entonces, decir “yo creo” significa: “yo creo en ti, te creo”, confío plenamente en ti y en lo que tú me dices.

La fe viene a ser la forma por la que tenemos acceso a la intimidad más profunda de la otra. Sólo se conoce la hondura personal en la medida en que se cree a la persona en sí misma y ésta se abre libremente. La fe es, de esta manera, respuesta a una oferta de amor y posibilidad de participar en la vida de la amada, en su pensamiento, en su manera de ser. La fe ha dejado el terreno del mero ejercicio intelectual y ha entrado en el ámbito de lo personal, de lo vivificador, de los transformador, convirtiéndose en una forma excelente de conocimiento.

Sin embargo, no queremos, de ninguna manera, relativizar la importancia del ejercicio intelectual, ya que la fe busca siempre la verdad. La fe busca la verdad más allá de una misma y más allá de la apariencia, por eso, no puede aceptarse cualquier cosa ni a cualquier persona, sino sólo aquello y a aquellas que nos resultan creíbles, dignas de crédito. Conscientes de que toda creencia comporta el peligro del error, de equivocarnos, de ahí la necesidad de ser críticas. Críticas con lo que recibimos, de quiénes lo recibimos y con nosotras mismas, pues debemos tener presente nuestros propios límites.

Muchas de las censuras que se han hecho a la fe religiosa provienen de entenderla únicamente como creencia y entender la creencia como acogida y aceptación obligatoria de una serie de verdades o conocimientos. En realidad hay que entenderla como la acogida y aceptación libre del Dios que nos sale al encuentro y requiere nuestro amor. Este encuentro no excluye el conocimiento ni la doctrina sino que lo integra, porque la fe en la persona supone la fe en la palabra de esa persona.

Entendida  así, la fe cristiana es una experiencia y un participar en la vida del Dios que se nos da: el justo vivirá por su fe; el que cree en el Hijo tiene la vida eterna (Jn 3,16). La vida cristiana no es, pues, en su esencia, una filosofía o incluso una religión más, sino la entrada en una nueva vida, la vida de Dios. Al acoger la Buena Noticia y responder por la fe, la persona creyente entra en una nueva relación con Dios: nueva alianza, recibe una nueva familia: el pueblo de Dios que es la Iglesia, recibe una nueva identidad: un nombre nuevo, recibe un nuevo encargo: dar Vida, dar la vida.

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