Retiro de Cuaresma 2018

LA CUARESMA: Entre parteras, madres, hermanas y princesas

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cuando hablamos del Éxodo nos viene a la cabeza con rapidez: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios…” (Ex 3,7-10). El libro del Éxodo se asocia directamente con la libertad y con Moisés como mediador de Dios para conseguir esa libertad. No obstante, antes que la libertad está la vida; antes que el Dios de la libertad está el Dios de la vida y antes que Moisés y su mediación para esa libertad, está un grupillo de mujeres, y su mediación para la vida. Sin ellas, Moisés no hubiera existido.

La Cuaresma es el camino hacia la Pascua, es decir, hacia la Vida. Jesús mismo dijo “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y mucho tiempo antes que Él, unas sencillas mujeres se arriesgaban y daban su vida para que otros tuvieran vida. Por eso, esta Cuaresma os invitamos a pasarla entre parteras, madres, hermanas y princesas. El Éxodo lo inauguran mujeres que, hábiles y sabias, “irradiarán vida” y van a transgredir los poderes de la cultura de muerte de su época. Lo harán por la vida, y por una vida en plenitud.

En el capítulo uno del libro del Éxodo aparece el faraón de turno con su poder ciego, corrupto y sin memoria. Necesita esclavos, brazos, mano de obra gratis para saciar su codicia. Pero además, tiene miedo, por eso, da orden a las parteras de las mujeres hebreas para hacer morir a los niños hebreos. Junto a este poder faraónico, aparecen dos mujeres insignificantes, Sifrá y Puá, dos parteras egipcias, de las que casi no se sabe nada, aparecen sus nombres en Ex 1,15-22. El faraón les ordenó que en vez de ayudar a las mujeres hebreas a parir, matasen a sus hijos varones. Nos podemos imaginar el estupor que les produjo tal petición y el miedo que sentirían. Se jugaban sus vidas si desobedecían su mandato.

En todos los tiempos y lugares, la fecundidad de los pobres es una amenaza para los que disfrutan de todo. Por eso, ordena el infanticidio, hay que matar a los niños ya nacidos. Orden de muerte y discriminación a la vez. Matar a los niños y dejar con vida a las niñas. Es a ellos a quien teme, no ve ningún peligro en las niñas, al fin y al cabo, no tienen capacidad para pensar, son seres débiles, buenas para el trabajo servil. Los “faraones” de turno tienen miedo a los varones porque les parece que ellos pueden rebelarse y usurpar el poder.

Nuestras dos comadronas egipcias temen al Dios de Israel a la vez que desobedecen al dios de Egipto (el faraón). Por eso, toman la decisión, sencillamente, de desobedecer protegiendo la vida, buscando bases de futuro, haciendo de sus manos un lugar para la vida. Y lo hacen con una sabiduría y arrojo absolutamente libres: si el faraón reprime la vida, ellas la fomentan; si él quiere destruirla, ellas la van a salvar. De ese modo se establece un pacto entre las mujeres egipcias y hebreas a favor de la vida. Un pacto que hace, frente al sistema de muerte, desde el cuidado de la vida. Estas mujeres emprendieron una lucha sin violencia ante el poder que mata. Ellas vencerán en sagacidad. Y, si es necesario, en estrategia. Resistirán, desobedecerán y mentirán al opresor y Dios estará con ellas.

El Faraón descubrió que seguían naciendo niños hebreos y las llamó para pedirles cuentas. Las parteras desobedecen, además mienten con descaro y dicen: “Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias: son robustas y dan a luz antes de que lleguen las comadronas” (v. 19). Y Dios las aprueba, el versículo 20 dice “y Dios favoreció a las parteras”. Que frase tan sencilla y tan importante. Dios no está del lado del Faraón, está del lado de estas sencillas mujeres. No está del lado de la muerte, está del lado de la vida.

Lo cierto es que, estas osadas mujeres, lo debieron de hacer tan bien, son tan hábiles y actúan con tanta audacia, que el Faraón ni se da cuenta de que le han mentido descaradamente y no toma ninguna represalia contra ellas. Cree con toda docilidad lo que le dicen, sin ninguna duda. Después cambia la orden, es ahora todo el pueblo quien tiene que matar a los niños ya nacidos (Ex 1,22). El Faraón les ordena que arrojen a los niños hebreos al Nilo para que allí mueran, de manera que el río de la vida se convierte en tumba de muerte.

En el capítulo 2, las parteras dejan paso a otras mujeres valientes que van a continuar enfrentándose y desobedeciendo al Faraón. Éste ha mandado poco antes no matar a las hijas de Israel, y ahora la historia empieza precisamente con dos de estas hijas y la suya propia. Aparecen sin nombre: una es la madre de un niño hermoso, la otra es su hermana y la tercera es la hija del Faraón. Están en relación entre ellas por causa de una acción que, sin saberlo, van a hacer juntas: salvar un niño, velar por el crecimiento de lo frágil. Todas las mujeres del relato “ven”: la madre ve que el niño es hermoso, la hermana espera para ver lo que sucede y la princesa verá el cesto y el niño que llora.

La madre, una mujer sometida política y socialmente a la ley del Faraón, llega un momento en que no puede ocultar más a su hijo y busca esconderlo. Es muy decidida, hará todo lo posible por salvarlo y lo hará ella sola, sin la ayuda del marido, del que no sabemos nada. Lo pone en una cesta. La palabra que usa en hebreo es la misma que utiliza el Génesis para hablar del arca de Noé en la que se debe “entrar” para sobrevivir (Gn 2,20). Igual sucede ahora para salvar la vida de Moisés. Y es la segunda mujer, la hermana del niño, la que se va a quedar a distancia para ver. Extraordinaria misión la de esta hermana que “vigilaba”, “cuidaba”, desde lejos a su hermano. Siempre mujeres velando la vida, en vigilancia, en contemplación.

Y, por último, la hija del Faraón que, al ver a un niño que llora, se compadece de su llanto incumpliendo abiertamente la orden de muerte que había dado su padre. Ella sabe que es un niño hebreo, pero surge en esta mujer una sensibilidad subversiva que lo arriesga todo. En ese momento, rompe las fronteras culturales, sociales y religiosas a favor de la vida. Se puede decir que la hija del Faraón es como otra partera que deja vivir al niño, sacándole del agua; como una ma­dre, como si ella hubiese dado a luz, por eso le pone el nombre de Moisés -lo he sacado de las aguas-. Ella hace lo contrario de su padre que echa a los niños al río, en cambio ella los rescata. La actitud de la princesa hacia el niño recuerda la de Dios hacia el pueblo. Ve al niño en la cesta, tiene compasión de él y decide salvarlo. Tuvo compasión no solo de un niño que lloraba sino de un niño hebreo. También Dios, viendo el sufrimiento del pueblo, tuvo compasión de él y decidió salvarlo del opresor.

En el momento en que la hija del faraón tiene al niño, aparece la hermana y ofrece una nodriza hebrea a la princesa. Por intermedio de ella, de su atención, agilidad y buena comunicación, la hija del Faraón conoce la realidad de la pobreza en estado de abandono, de fragilidad. Siguiendo el consejo de la hermana, la princesa, sin saberlo, otorga y confía el niño al cuidado de su propia madre, y la madre lo cría. La hermana procede con extraordinario sentido común. Se cuida muy bien de decirle “yo conozco a su madre” o “yo soy su hermana”. Actúa con una gran sagacidad. Y la princesa acepta la solución que le ofrece esta joven. En ella pudo más la compasión ante la fragilidad y el dolor, que el miedo hacia el castigo de su padre.

La madre hebrea aparece como defensora de la vida. Primero se arriesgó a mantener vivo y oculto al niño en contra de la ley del Faraón. Después lo puso en manos de Dios (en el río) y lo recibió de nuevo para criarlo y entregarlo después a la hija del Faraón. Puso su maternidad al servicio de la vida. Más aún, llegado el momento del conflicto, prefirió “dar” al niño, es decir, ponerlo en manos de la hija del Faraón, antes que conservarlo, antes que retenerlo junto a sí con el riesgo de que le mataran. Ella actuó como la madre verdadera del juicio de Salomón, cuando prefería que su niño viviera aunque fuera con otra mujer, antes que dejarlo morir (cf. 1 Rey 3, 16-28). Elige el bien del niño aunque al obrar así lo pierda.

La hija del Faraón pertenece al mundo de los dominadores pero se apiada del niño abandonado y lo acoge como propio, mostrando así que el sistema de Egipto no está totalmente corrompido. En la misma casa del Faraón, entre sus hijas e hijos, se encuentra esta mujer que, por encima de la ley del padre, responde a los principios de la vida. En un primer momento ella aparece como una mujer de lujo y corte, rodeada de doncellas, ocupada en baños, a la vera del gran río, sin más preocupaciones que ella misma y su cuerpo. Pero, en un momento dado, descubre algo más grande: el niño amenazado por las aguas de la muerte.

A pesar de sus esfuerzos, el Faraón no ha conseguido imponer su ley de exterminio, pues dentro de su misma casa y sangre hay quienes desobedecen. Esta hija del Faraón, que adopta al niño hebreo abandonado, es un signo de todos los varones y mujeres que parecen integrados en un sistema destructor y pervertido, pero que lo acaban rechazando. Ni la violencia más dura, ni la ambición más podrida logran impedir que surja un hueco de esperanza por donde actúan quienes se ponen al servicio de la vida amenazada.

La hermana es la primera “guía” de Moisés. Ella vigila su cesta en las aguas para ser luego mediadora entre las dos madres. La tradición la identifica con María, que será hermana/compañera de Aarón, la primera profetisa de la libertad (Ex 15, 20-21; Num 12, 1-15). Ella, con las otras dos mujeres, se encuentra en el principio de la liberación israelita. Externamente, aparece como niña que juega en torno al río, como joven ingenua y despreocupada que no sabe lo que hace. Sin embargo, el texto muestra que ella sabe bien lo que se trae entre manos y actúa vigilante y cuidadora de la vida. Con su buen hacer y decir se convierte en intermediaria entre las dos madres.

¡Vaya trama a favor de la vida! Vaya confabulación de mujeres de distintas religiones, de distintas nacionalidades, culturas, edades, condiciones sociales… Todas mujeres de la utopía y de la esperanza. Serán esclavas y princesas, madres y hermanas, trabajadoras y ociosas, ricas y pobres, hebreas y egipcias, judías y paganas, jóvenes y ancianas… Las mujeres del Éxodo: parteras, madre, hermana, princesa, todas están sujetas, aunque de distinta manera, al mismo poder asesino del Faraón. Y todas actúan con total libertad ante él. Entre las cinco tejen “redes de mujeres”. Juntas salvan la fragilidad de un niño abandonado que llora. Juntas inauguran una nueva maternidad que se llama “solidaridad ante la vida”.

Y qué discreción la de Dios. Sencillamente las deja hacer…

 

En esta Cuaresma hay algo que arde entre nosotras. No sabemos bien qué es… Parece una zarza, acerquémonos. El fuego de Dios nos dará vida, nos caldeará el corazón. Y, vayamos en grupo. La marcha la iniciará aquella niña inquieta que estableció los vínculos, la comunicación. Es la que tiene menos poder. No es la madre directa ni es la madre adoptiva, pero es la que teje relaciones, provoca encuentros y propicia comunión. Entre las cinco dan a luz un pueblo de esperanza, un pueblo que camina y que vuela escapando de los lazos y trampas del cazador.

En estos relatos tan olvidados encontramos una insólita complicidad y solidaridad entre mujeres porque, normalmente, a las mujeres se nos muestra enfrentadas unas a otras. Aquí aparecen círculos de ayuda mutua entre ellas, círculos de protección y cuidado recíproco, de desobediencia colectiva a la injusticia y aparece el derecho a vivir y a vivir con dignidad, reivindicando derechos o creando otros nuevos… Ahí nace un desafío para nosotras hoy, toda misión, por sencilla y escondida que sea, tiene que apostar más a favor de la vida, especialmente, de la vida de aquellas personas frágiles o excluidas.

A veces parece que la dignidad y la justicia son como dos objetos que nosotras tenemos en nuestras manos y que hemos de entregar a los que no los tienen. Nos cuesta todavía pensar que la justicia es un parto, lento, pero es parto; algo que nace del útero de los procesos históricos concretos, algo que no hay que dar a los empobrecidos, sino que ellos, ya sean individuos, pueblos, mujeres, indígenas, emigrantes… saben parir. Como cada parto se da por intercambio de ayuda mutua, por intercambio de sueños y expectativas, por capacidad de resistir y cuidar el día a día más cotidiano, sin heroísmo porque la vida es normal, no es heroica. En los lugares de exclusión o donde la vida se encuentra más amenazada o frágil hay muchos e importantes proyectos y acciones para devolver la dignidad, pero no siempre los resultados son los que se esperan. Lo importante es acompañar sin protagonismo porque los partos de los excluidos, tienen la misma fuerza anárquica de los partos de las mujeres hebreas y la misma complicidad que las parteras egipcias.

Reflexionar estos primeros capítulos del Éxodo nos plantea un sinfín de preguntas impetuosas y rebeldes que no se dejan encerrar. Es como si saliesen a borbotones del texto, como si se pelearan por abandonarlo y entrar en nuestra vida: ¿Qué nos dicen estos textos hoy? ¿Nuestros pensamientos, palabras y acciones, son a favor de la vida o de la muerte? ¿Tenemos miedo de perder el poder, el control, el pequeño reino que nos hemos creado? ¿Nos preocupa más nuestra vida que la de los demás? ¿Tenemos la sagacidad, la prontitud, el sentido del humor para neutralizar las palabras venenosas y responder al mal con el bien? ¿Se traduce nuestra compasión en acciones concretas y eficaces o se queda en el nivel de palabras y sentimientos? ¿Somos mujeres, hombres de esperanza? ¿En qué se basa nuestra esperanza o falta de ella? ¿Somos aún capaces de trabajar, juntas, con audacia y creatividad, por la vida? ¿Anhelamos todavía, a pesar de todos los pesares, entonar un cántico a favor de la vida?…

Es hoy como lo fue ayer. Sin violencia, sin derramar una gota de sangre, sin disparar un solo tiro, sin necesidad de ninguna guerra, las mujeres hacemos la revolución de la vida y nos enfrentamos a los faraones de turno. Estas cinco mujeres nos invitan en esta Cuaresma a:

  • Ser personas honradas con la realidad para descubrir y desenmascarar a los “faraones” actuales.
  • Ser capaces de perderle miedo al miedo y decir no a todo tipo de “faraón”.
  • Ser sagaces para saber buscar argumentos sutiles poniendo nuestra inteligencia al servicio de la vida, sobre todo, de quienes más lo necesiten.
  • Comprometerse en contra de todos los poderes que producen muerte.
  • Estar vigilantes para descubrir y denunciar las principales situaciones de muerte en nuestro entorno (cercano y lejano) a las que tenemos que decir NO.
  • Otear los lugares y situaciones donde podemos y debemos decir SÍ a la vida, a la calidad humana de la vida de todas las personas, a la vida de todo el universo por muy insignificante que parezca.
  • Vivir este compromiso desde la cotidianidad, en el día a día, sin grandes alardes ni algarabías. Quizá, sin que nadie se entere…

 

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