“Retiro de Cuaresma 2026”

Feb 20, 2026

    

Alza los ojos en torno y mira

Retiro de Cuaresma 2026

M. Carmen Martín. I.S. Vita et Pax. Madrid

 

Sabemos que Israel es el pueblo del oído, está a la escucha de la Palabra, pero, cuando se aproximan los tiempos de la venida del Mesías, el “Escucha Israel” (Dt 6,4) deja paso a un nuevo requerimiento: “Alza los ojos en torno y mira” (Is 60,4). Y esta es la misma llamada que nosotras recibimos de Dios en esta Cuaresma 2026.

E iniciamos con una súplica, como aquellos ciegos del relato de Mateo: “Señor, que se nos abran los ojos” (Mt 20,33). La verdad del corazón se expresa en la mirada y toda la realidad entra por las puertas de nuestros ojos. Los ojos son el lugar de la lucidez, pueden mirar o cerrarse, profundizar o pasar de largo, pueden dar vida o matar (hay miradas que matan). Vivir con los ojos abiertos es sinónimo de vivir con claridad, de comprender la realidad, de mirar con honradez sin negar lo que no nos es cómodo mirar. Es fácil cerrar los ojos y creer que, porque no vemos lo que no nos gusta, no existe.

En ocasiones vivimos cegadas y participamos de miradas negativas. Miradas de las que murmuran, de las que miran con desconfianza, de las que no esperan nada nuevo, de las que ponen el ojo en lo que falta, miradas que oscurecen y lastiman. Miradas flecha que se clavan allí donde miran, o que ignoran y no ven. Tristemente, tenemos experiencia de que podemos vivir juntas y mirarnos una a otra cada día sin vernos realmente; podemos mirar imágenes de sufrimiento, personas empobrecidas por las calles y no ver. Frente a esas miradas que desdicen, que opacan, necesitamos cultivar una mirada nido que acoge lo que hay y le deja ser, que ofrece confianza, que en vez de subrayar el límite nos hace caer en la cuenta del don.

  • Nacemos de una mirada luminosa

Cuando Dios mira por primera vez su creación, lo hace con arrobo, con deleite: “Miró Dios cuanto había hecho y lo vio muy bueno” (Gn 1,31). El término hebreo que traducimos por bueno, también significa: lleno de belleza, gustoso, verdadero, precioso, agradable, bello… Igualmente la tierra que Dios dará a los israelitas es buena y hermosa (Dt 1,35). En el Nuevo Testamento cuando Dios mira a Jesús utilizará esta misma significación cuando dice: “eres mi hijo amado en quien me complazco” (Mc 1,11). El Abbá ve a Jesús colmado, repleto, inundado de benignidad y de belleza.

Esta mirada luminosa también se posó en María: “porque ha mirado la pequeñez de su sierva” (Lc 1,48), una mirada que le produce gozo, una alegría desbordante que la lleva a cantar. La mirada de Dios envuelve a María sacando su mejor yo; desde que Dios la ha mirado, ya nada es igual, ni su vida, ni sus planes, ni su propia persona, ni Dios mismo… Todo ha cambiado para ella, para su pueblo y para la historia futura. El Dios que ha mirado a María es el mismo que ha visitado a su pueblo. El Dios de María es amigo que mira y visita, alguien que está cerca, muy al lado, asumiendo nuestro mismo sufrimiento y gozo en el camino de la historia.

Con esta misma mirada luminosa sobre cada una de nosotras nacemos, con esta bendición original que se nos va opacando con el transcurso de la vida pero que, a la vez, la intentamos recuperar. Es esa mirada luminosa que nos dice a cada una “eres bella, eres hermosa, eres tal como te soñé, bienvenida a esta tierra…”. Una mirada que transmite confianza como experiencia de seguridad y coraje, como atrevimiento para afrontar el mundo y arriesgarnos.

Todas necesitamos sentirnos miradas así.  Exponernos cada día a esta mirada de infinita ternura es recibir de ella una insólita belleza y fuerza para que, con nuestras pequeñas miradas, podamos seguir nosotras transmitiendo esa belleza y esa fuerza.

Reflexión para compartir: “¿Ves a esta mujer?” (Lc 7,44) le dirá Jesús a Simón el fariseo que se escandaliza por los gestos de amor que ella tiene con Jesús. ¿La ves realmente? Jesús le irá mostrando lentamente a Simón la generosidad de esta mujer a la que él juzga y critica. Y qué belleza transmite ella cuando Jesús la mira. Esta pregunta es también para nosotras hoy. ¿Somos capaces de percibir tantas miradas luminosas, tantos gestos de ternura y de derroche a nuestro alrededor, vengan de donde vengan? ¿Los vemos? ¿Nuestra mirada valora esos gestos que aparentemente no resuelven nada, no sirven para nada, pero humanizan la vida?

  1. El Dios de la mirada luminosa nos invita a mirar

En la carta a los Efesios encontramos esta expresiva oración: “Que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo … ilumine los ojos de vuestro corazón” (Ef 1,17-18). La Palabra de Dios y la humanidad entera se convierten en colirios eficaces que nos van sanando la vista para que lleguemos a ser mujeres de “ojos grandes”, que contemplan la realidad con hondura en su vulnerabilidad y también en sus infinitas posibilidades:

  1. “Estad alertas, despiertas, con los ojos bien abiertos” (Is 35,5; 1 Ts 5,6). Esta exigencia atraviesa una y otra vez las páginas de la Sagrada Escritura que con Jesús aún será más acuciante. Jesús inaugurará una escuela del ver, del ojear y la fe será un dotar a los seres humanos de ojos bien abiertos para percibir a los demás, especialmente, a los que resultan invisibles para muchos. Frente al discurso de “la fe ciega” o la “gracia invisible”, Jesús insistirá en la visibilidad, en la percepción. Lo que nos ciega no es la fe, sino el odio, que ni mira a los demás ni se deja mirar.

En la tradición bíblica, las personas aparecen a menudo como aquellas que “teniendo ojos no ven” (cf. Mc 8,18). En la actualidad, padecemos especiales trastornos de la vista y no nos referimos a las cataratas ni a la degeneración macular. Cada vez más la comunicación se va dando “en la red” y no cara a cara, la inundación de imágenes en tantas pantallas tiene, a menudo, el efecto de dejarnos un poco más ciegas. El ritmo acelerado con el que vivimos, los cambios imparables, el consumo, enredarnos en nuestra propia fragilidad… no permiten una visión fiable. Ver, mirar bien, necesita tiempo, tranquilidad, generosidad, decisión…

Jesús ya nos advirtió con antelación de estas deficiencias y nos animó a realizar “ejercicios visuales”: en el camino que va de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por los ladrones. Un sacerdote pasa de largo, ve pero no ve; un levita pasa de largo, ve pero no ve… (cf. Lc 10,25-37). Jesús insiste: quien no esté alerta, quien no abra bien los ojos, quien no afine la vista… tampoco estará preparado para verme. En el descubrir, en el ver a las personas a las que solemos excluir de nuestro campo visual cotidiano y que por tanto permanecen invisibles, empieza el vislumbre, la visibilidad de Dios entre nosotras. Es ahí donde encontramos su huella. En el encuentro con los rostros ajenos nos encontramos con Jesús.

  1. “No te harás escultura ni imagen alguna” (Ex 20,4; Dt 5,8). La prohibición bíblica de fabricar imágenes es también una advertencia contra el empleo de prejuicios, estereotipos, etiquetas… Muchas veces percibimos a las personas, especialmente cuando son diferentes a nosotras, como un peligro, como una amenaza, como una carga. Y es así porque no nos encontramos con la persona sino con la imagen que nos hemos hecho de ella.

Este imperativo bíblico llama la atención sobre algo muy importante: el problema principal no son las otras, las personas que me rodean o las que están más lejos, las extrañas como tales, sino la manera como las percibimos. Lo que asusta no es lo diferente tanto de pensamiento, ideología, religión, carácter, color de piel… sino los prejuicios que tenemos.

Cuando rezamos, no lo hacemos sólo a “mi” Dios sino también al Dios de las demás personas, de todas, tal y como las encontramos en la vida cotidiana. Rezamos al Dios de las que pasan hambre, de las que vienen en pateras, de las que no piensan como yo, de las que son de otro color… La mirada de Jesús no se dirigió principalmente al pecado sino al dolor de la gente.

  1. “Mirad que estoy haciendo algo nuevo” (Is 43,19; Ap 21,5). El profeta Isaías proclama estas palabras en el siglo VI a.C., en Babilonia. El pueblo está en el exilio pero se ha adaptado, se ha acostumbrado a esa realidad y cuando se le da la oportunidad de cambio prefiere seguir como está. Y Dios grita a través del profeta: ¡Mirad! Mirar es más que ver, encierra una decisión y una intención, ¿queremos siempre mirar todo lo que vemos? ¡Mirad! No es una sugerencia, es un imperativo. No es algo que se nos ocurre sino que resuena en nuestro interior en conexión con la realidad de fuera. Es un grito que nos lanza el Dios creador del universo. ¡Mirad! No es una llamada individual sino grupal, como comunidad de mirada. ¡Mirad! Lo nuevo que está surgiendo. Es una llamada a taladrar la superficie de la realidad, a reconocer en la realidad compleja lo que ya es signo del Reino de Dios, a reconocer el bien. Mirar ya, aquí y ahora, cómo Dios está haciendo algo nuevo, la obra de Dios es un proceso continuo, pero, atención, una obra que no se hace sin nosotras. Somos aliadas, amigas, cómplices de Dios.

Reflexión para compartir: ¿Qué textos de la Palabra de Dios y qué personas o situaciones humanas me ayudan a mirar más y mejor?

  1. Mujeres que miran la cruz

Y tenían que ser ellas, las mujeres, las que permanecieran mirando la cruz: Juan 19,25-27; Mateo 27,55-56; Marcos 15,40-41 y Lc 23,49 ¿Dónde encontraron estas mujeres la fuerza para seguir a Jesús hasta el final? Se han dejado tocar la vista por el Amigo y, sin llegar a comprenderlo del todo, han guardado en su corazón aquellas palabras desconcertantes: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…” (Mc 10,33).

Suben con Él al lugar del abandono y el dolor, su presencia levanta un puente de cercanía y de solidaridad que cruza la totalidad de la vida de Jesús: “El de Nazareth, el crucificado, el que ha resucitado” (Mc 16,6). Finalmente, observarán el sepulcro donde colocan el cuerpo (Mc 15,47). Ni un solo instante de su existencia terrena han apartado de Él sus miradas.

¿Qué hacían aquellas mujeres allí? ¿Realizan alguna acción eficaz? ¿Van a poder impedir el sufrimiento de un inocente? Ellas tienen el coraje de aparecer, de dejarse ver. Mientras otros han desistido, o se alejan asustados, ellas están de pie. Permaneciendo, precediéndonos en el camino. Están juntas, como comunidad de “discípulas de la mirada” en torno a su Maestro. ¡Qué difícil es no poder hacer nada, saber que solamente podemos estar ahí mirando! En medio de la impotencia, no se apartan del dolor al ver sufrir a quien se ama.

Sus miradas limpian y curan las nuestras. Nos sanan de nuestros egoísmos, de nuestras quejas, de nuestros miedos… y nos desvelan nuestra indigencia y también nuestra belleza. Con ellas, allí, mirando la cruz, aprendemos a contemplar, a hacer sagrada la vida, allí recibimos la Única Mirada. Y ojalá podamos oír aquella bienaventuranza de Jesús “dichosos vuestros ojos porque ven” (Mt 13,16).

Reflexión para compartir: Apartar la mirada o sostenerla, en eso se nos juega el camino. Desviarnos, dar un rodeo, pasar de largo… o detenernos a mirar y dejar que el rostro que miramos se imprima en el nuestro. Es en la escuela de las personas desfiguradas, deterioradas, rotas… donde nuestras antepasadas nos convocan a dejarnos educar la visión. No podemos vivir al Resucitado si no nos atrevemos a mirar y a dejarnos mirar por los Crucificados. Reflexiono en los crucificados y crucificadas que en esta Cuaresma voy a mirar y dejarme mirar.

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