El Desierto: un Lugar que Nos Ilumina
Paky Lillo. IS. Vita et Pax in CJ. Madrid
Textos Litúrgicos:
Gen 2, 7-9: 3,1-7
Sal 50
Rom 5, 12-19
Mt 4, 1-11
El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto no es solo un hecho aislado en la vida de Jesús, podríamos pensar que fue “un mapa” de su futuro inmediato que le tocaba vivir. En nosotros también tenemos momentos de dudas, toma de decisiones a las que nos enfrentamos desde nuestra fragilidad y el desierto puede ser nuestro lugar que ilumina.
El desierto es silencio; y en el silencio siempre nos llegan muchas voces, algunas nos ofrecen soluciones rápidas: “necesitas ya…”, “tienes que demostrar que…”, … Son voces que nos encaminan a lo inmediato, a lo visible. En sí mismas no tienen por qué ser dañosas, pero en la mayoría de las ocasiones nos invitan a vivir más deprisa, y a veces nos instalan en el temor y/o en la necesidad de acreditar quiénes somos.
Pero en ese “mismo” silencio también llega esa Voz que nos susurra y nos recuerda que “no necesitamos demostrar nada”, que somos querid*s, que somos amad*s, así, tal como somos.
La grandeza de las tentaciones es, que cada tentación, en el fondo, puede ser una oportunidad donde poder elegir entre lo esencial y lo superfluo, entre el control de la vida o mantener la fidelidad a un compromiso: “permanecer en el amor” aunque nos resulte, más fácil ceder al control.
En nuestra vida cotidiana también atravesamos pequeños desiertos: momentos de cansancio, de duda, de frustración. Y también escuchamos voces que nos dicen: “Asegúrate primero tú”, “No seas ingenua”, “Endurécete un poco”. Pero cada vez que elegimos la confianza en lugar del miedo, cada vez que optamos por la compasión en lugar del juicio, algo florece en medio del desierto: La esperanza
La esperanza consiste en que, a pesar de estar en nuestro desierto, sabemos que dentro de nosotros hay una fuente de agua viva, más honda que cualquier tentación. Una fuente que nos permite elegir el bien, discernir esa decisión que apunta al camino del Reino.
Y quizá ahí esté el verdadero mensaje: no se trata de vivir obsesionados con no caer, sino de vivir atentas a aquello que nos hace crecer en humanidad, en libertad y en ternura.
Porque cuando la ternura permanece, el desierto deja de ser amenaza y se convierte en posibilidad. Y cada elección pequeña, hecha desde el amor, es ya una victoria silenciosa de la esperanza.

